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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




Un análisis de la realidad española, alejado de los tópicos.


¿Por qué no tenemos Premios Nobels científicos?
En la última edición España estuvo en las quinielas de los Premios Nobels de Medicina y Química; lo que popularmente hemos llamado el corta pega genético pujó hasta el final y, probablemente, se quedó en las puertas a la espera de otra oportunidad. Lo cierto es que este hito científico se llevará, salvo algún desastre imprevisto, en algún momento la medalla sueca y también es cierto que quien lo descubrió y bautizó habla castellano, es de Alicante e investiga dentro del sistema español. El doctor Francis Mojica (Elche, 1963) es profesor de Fisiología, Genética y Microbiología y ha dedicado su vida científica al estudio de mecanismos moleculares que tienen lugar en las bacterias. Algo que a priori poco tiene de excelencia y traslacionalidad y que por tanto no se hace interesante a los ojos de los responsables primeros de la gestión de presupuestos para la ciencia. ¿Entonces, por qué entra en las nominaciones al más prestigioso premio científico? La explicación es sencilla: la ciencia con mayúscula se gesta en los laboratorios básicos, allí donde se buscan explicaciones estrafalarias, se prueban ideas locas o simplemente se estudian las bases del todo. Luego vienen las posibles aplicaciones, los fármacos que curan y las patentes millonarias.
El ejemplo de Mojica es el mejor: analizando eventos moleculares que tienen lugar en una bacteria descubre un sistema potente de edición genética. Lo mismo que hacemos todos los días con el procesador de texto cuando cortamos y pegamos frases, pero a nivel del ADN, es decir, tratando a los genes como si fueran palabras. Este ingenioso mecanismo lo tienen las bacterias para evitar ser infectadas por virus que tratan de meterse en su genoma. Mojica lo identificó, le dio nombre y lo publicó. Luego vinieron científicos de todas partes del planeta para sacarle provecho, entre ellos la francesa Emmanuelle Charpentier y la estadounidense Jennifer Doudna, quienes perfeccionaron una tecnología con aplicaciones infinitas basada en lo descubierto por el español. Muchas son las esperanzas puestas en esta técnica, entre ellas la solución definitiva a enfermedades crónicas como la diabetes y el VIH.
Pero volvamos a España y su sistema de financiación de ciencia. Llevamos unos años en los que las palabras ciencia de excelencia y proyectos traslacionales son los protagonistas en cada convocatoria que tiene como objetivo financiar proyectos científicos. Nuestros gestores hablan de ello cual mantra. ¿Y qué es esto? La traducción es apoyar sólo aquellas propuestas que tengan una clara aplicación inmediata, algo así como financiar el ladrillo científico, el proyecto que mañana por la tarde podrá aplicarse. Suena interesante y esperanzador, pero en la realidad con esta política nos apartamos de la ciencia que aporta y, a la larga, es rentable. La patente asociada al descubrimiento de Mojica es multimillonaria, pero no está en España, nuestro sistema es miope a los grandes saltos y sólo se interesa por los pequeños pasos que van dando soluciones intermedias. La inversión en ciencia se debe hacer sin tener en cuenta el cálculo del retorno inmediato o el beneficio electoral, es una carrera de fondo pero, a diferencia de otros campos, siempre tendrá recompensa. Es preocupante que nuestro sistema actual, escuálido en montos totales, olvide la ciencia básica, la única que nos puede aportar Premios Nobels y retornos económicos potentes.
Siguiendo los requerimientos de las convocatorias españolas para financiar ciencia se quedarían fuera proyectos cuyas aplicaciones hoy son indudables. Por citar dos ejemplos: en nuestro país jamás apoyaríamos una investigación básica para demostrar la existencia de la antimateria o para desarrollar estructuras matemáticas basadas en ceros y unos. Estas doslocuras proporcionaron a la humanidad por una parte, la tomografía axial computarizada (TAC) o lo que es lo mismo los escáneres que se usan en todos los centros hospitalarios para la exploración rápida e indolora de los pacientes y por otra, la existencia de los ordenadores.
Pero en lo que si somos rápidos es en reconocer el éxito ajeno. Aún conociendo que la génesis del corta pega genético estuvo en España, el comité que otorga los premios Princesa de Asturias galardonaron a Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna en 2015 por este hito científico e, imperdonablemente, olvidaron la aportación crucial de Francis Mojica. Esperemos que la Academia Sueca corrija el desliz español y tal vez pueda ser el próximo. Pero fundamentalmente, la comunidad científica española espera que nuestros gestores se percaten de la gran necesidad de invertir en ciencia básica y la importancia para el futuro que tiene el apoyo del gobierno. Quizá podríamos empezar por tener un Ministerio de Ciencia.
 



Miércoles, 12 de Octubre 2016

“Para hallarme en condiciones de penetrar en los secretos de la vida tuve que empezar por introducirme en el estudio de la muerte”


Re-definiendo la muerte...
Así empezaba su obra maestra Mary Shelley y hablamos de Frankenstein. Estudiar el final de la existencia, el exitus, el abandono de las contantes vitales ha sido y sigue siendo una obsesión humana. Muchas novelas, cuentos y filmes nos han contado historias de muertos que viven o vivos que han muerto. Por otra parte, la definición de muerte no sólo ocupa y preocupa a los biólogos y médicos, también los juristas echan mano del concepto para determinadas decisiones. Hasta ahora la cuestión estaba medianamente clara, pero en cuestión de horas las cosas se han complicado. Muchos medios de comunicación se han hecho eco de una noticia, cuanto menos curiosa. Unos científicos han descrito actividad génica horas y hasta días después de la muerte, tal y como la tenemos definida. Los datos son interesantes, según sus experimentos, un grupo considerable de genes, no sólo mantienen, sino que aumenta su actividad más allá de la muerte certificada según lo establecido actualmente. Primeramente demostraron la existencia de unos pocos genes activos en cadáveres humanos, luego encontraron una lista más amplia en ratones y peces. Algunos de estos genes mantienen su actividad hasta cuatro días después de la muerte. El análisis realizado indica que la mayoría de ellos están involucrados en procesos embrionarios, defensa inmune y crecimiento de tumores. Esto último puede explicar la tendencia a padecer cáncer de aquellas personas sometida a trasplantes de órganos cuyo donante había fallecido.  Es evidente que las fantasías y ganas de recrear mitos de la literatura están servidas. Algunos ya hablan de zombis palmarios  y avalados por la ciencia. Lo cierto es que, amigos juristas, se ha abierto una brecha en la definición de la muerte. Poco queda para encontrar genes que nos sirvan de chivatos sobre la hora precisa de la defunción y otras bondades que tendréis que añadir a la lista de “cosillas” que la ciencia proporciona. 



Martes, 5 de Julio 2016

… un Premio Princesa de Asturias que nos hace reflexionar


El hombre biónico ya está aquí
La fundación Princesa de Asturias, encargada de seleccionar cada año a los “Nobels” que concede España, ha decido homenajear este año con el premio en la categoría de investigación al biofísico norteamericano Hugh Herr. Este ingeniero del MIT es conocido como el hombre biónico ya que sus dos piernas son, justamente, biónicas. Con sólo 17 años sufrió un accidente que le hizo perder parte de sus extremidades inferiores. Le esperaba una existencia postrada, llena de lamentaciones. Sin embargo, un año después de aquella tragedia en una montaña helada ya estaba escalando nuevamente. Fue simple, agudizó su intelecto y excedió los moldes. “¿Por qué las prótesis tienen que ser externamente idénticas a lo perdido?” se preguntó. Lo esencial es la funcionalidad.
Pionero en una ciencia que mezcla todo tipo de conocimiento Hugh Herr ha experimentado con su propio cuerpo, haciendo de la carencia una virtud. Sus diseños son inteligentes y tienen como objetivo recuperar las funciones de la extremidad original aunque no sea del todo similar. Pero esto va más allá, hoy la tecnología se basa en sustituir lo perdido, pero mañana avanzaremos y mejoraremos lo que tenemos. Las puertas de una sociedad donde sus miembros sean una mezcla de biología, mecánica y electrónica ya han sido abiertas. Cerrarlas no tiene sentido, pero mucho trabajo se avecina para nuestros amigos los juristas. ¿Son las piernas de Hugh Herr suyas o de la compañía que las construyó? ¿Debemos permitir las mejoras de la especie humana suplementándonos con chips y artilugios que nos hagan más rápidos, inteligentes o resistentes a las inclemencias del tiempo y los ataques bacterianos? ¿Dónde está el límite? O mejor… ¿necesitamos un límite? Justamente hemos sido la especie “ganadora” en este concurso que se llama evolución porque nuestra inteligencia ha suplido los “errores” o “flaquezas” heredadas. Ponerles límite ahora, probablemente no tenga sentido.  



Miércoles, 1 de Junio 2016

… lo que nos faltaba para empezar a legislar


Vida artificial
Hace poco saltó a los medios una noticia científica que, aunque parezca increíble, ha pasado desapercibida por los juristas. “La vida más sencilla es artificial”, rezaba un titular reciente en un respetado medio español. Y no se equivocaba, hoy por hoy el organismo más simple, compuesto por tan sólo cuatro centenas de genes, es una bacteria artificial. Este pequeño ente tiene la capacidad de dividirse y hacer las funciones vitales necesarias para mantenerse dentro del mundo de los vivos. El objetivo final es el diseño de vida a la carta, microbios con genomas programados para realizar funciones específicas entre las que podría estar producir fármacos y  combustible de manera muy eficiente y por un precio irrisorio. Por ahora sólo se ha logrado una especie de mycoplasma, con lo mínimo necesario para subsistir, que se divide para dar lugar a una hija cada tres horas. Eso sí, cinco veces más rápido que los mycoplasmas naturales. Pero no todo es color de rosa para la nueva bacteria. La vida artificial y mínima es mucho más vulnerable, pues sólo subsiste en un cultivo de laboratorio muy azucarado y su genoma no está preparado para adaptarse a imprevistos como hacen el resto de seres vivos de este planeta. Escollos a un lado, queridos amigos la brecha está abierta. ¿Estamos preparados para hacer frente legal a las aplicaciones que este avance tecnológico vaticina? Hoy es una bacteria artificial, aparentemente inocua y azúcar dependiente. Pero mañana podrá ser un organismo mucho más autónomo con la capacidad de expandirse exponencialmente y cambiar el ecosistema para bien o para mal.  



Martes, 31 de Mayo 2016

La Ética y el Derecho deben ayudar, no levantar murallas para detener el Sol.


Spain is different...
Suelo ir al cine los fines de semana a las cuatro de la tarde. A la hora de la bendita siesta pocos son los contrincantes que encuentras en las taquilla y menos aún si eres de esos que prefieres la versión original. En una de esas incursiones cinéfilas me encontré con una verdadera “rara avis”, una película polaca de excelente factura titulada “Dioses” que cuenta la historia del primer trasplante de corazón en Polonia, y uno de los primeros del mundo. No, no me he equivocado de blog, sé que aquí no toca hablar de cine y sí de reflexionar sobre el matrimonio Derecho-Ciencia, Ciencia-Derecho. Pero con “Dioses” algo se me removió. Hoy hablamos de corazones trasplantados con la misma naturalidad que en los años ochenta se trataba una operación de apendicitis. Vamos mucho más allá y esperamos poder crear órganos en cubetas para no depender de donantes. Sin embargo, no recordamos que transgresores como Zbigniew Religa fueron señalados con el dedo acusador de la iglesia y parte de la sociedad. “¿Qué es eso de trasplantar un corazón?” “¿A dónde llegaremos?” Es curioso, estas preguntas hoy nos parecen sacadas del libro de los pequeños absurdos. Sin embargo, estas y algunas peores se escucharon hace tan sólo un par de décadas. Por estos días pasa lo mismo, pero otras son las dianas. Sobre la mesa está la ya famosa técnica del “corta y pega” genético que nos promete terapias para abordar patologías actualmente incurables. Sobre la mesa también tenemos los gritos desaforados de la Ética y el Derecho que, en ocasiones, se exceden y desoyen el razonamiento. La edición genética permite eliminar y sustituir porciones exactas del material genético. Esto abre un número importante de puertas a nuevas terapias celulares en aquellas patologías donde el problema radica en un defecto hereditario o una inserción de información viral en algunas células. Hablamos de muchas enfermedades raras, de algunos tipos de cáncer y hasta del VIH. En la otra cara tenemos los propósitos oscuros de crear un súper hombre, de potenciar caracteres peligrosos y una larga lista sacada del cine de ciencia ficción.
Por lo pronto el Reino Unido ha dado carta blanca a la experimentación con embriones humanos usando esta técnica y se convertirán en los reyes de la fertilidad asistida. ¿Qué pasa en España? Os lo digo, aún nos estamos cuestionando si es moral y ético que una pareja de hombres tenga derecho a un vientre de alquiler … como para estar pensando en algo tan avanzado como la edición génica. Dicho sea de paso, está técnica huele a Premio Nobel para sus dos “creadoras” que ya se han llevado el Premio Príncipe de Asturias. Quien no se llevará ningún premio ni participará de la patente millonaria que se está gestando alrededor de esta técnica será el alicantino Francis Mojica. Nadie habla de él pero fue quien descubrió las bases de este adelanto crucial en Biomedicina. La historia se repite, las agencias financiadoras españolas cortaron el proyecto que alimentaba su investigación. Le dio tiempo de ponerle nombre y publicar el primer trabajo sobre el tema… nada más. Aquí preferimos ser los primeros en premiar a quienes desarrollaron fuera lo gestado dentro. Pensemos dos minutos sobre ello.



Miércoles, 16 de Marzo 2016
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Eduardo López-Collazo
Eduardo López-Collazo
Ardiel Martinez
Eduardo López-Collazo es Físico Nuclear y doctor en Farmacia. Su actividad científica se ha desarrollado en el campo de la TumorInmunología y las Enfermedades Infecciosas. Es Director Científico del Instituto de Investigaciones Sanitarias IdiPAZ, Hospital La Paz en Madrid. Anteriormente ha trabajado en varias instituciones científicas de relevancia entre las que se encuentra Brown University, Washington University, University College of London y Max Planck Institute. Es autor de un número importante de artículos científicos, editor de varias revistas de su campo y ha sido Coordinador del Fondo de Investigación Sanitarias en las áreas de Cáncer y Enfermedades Infecciosas. Por otra parte, destaca por su labor en la divulgación de la Ciencia con varias colaboraciones en prensa y como crítico de danza y cine en las revistas especializadas Bachtrack y Ocio por Ocio.