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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




DESDE ESPAÑA PARA CATALUÑA CON AMOR

Cuando escribo estas líneas la Generalitat de Cataluña ha sido virtualmente desmantelada por la intervención del Gobierno Central y su máximo órgano ejecutivo-el Govern-encarcelado, a petición de la Fiscalía General del Estado, por la orden de una jueza de la Audiencia Nacional. La crisis gestada desde hace tanto tiempo, finalmente, se ha precipitado hacia el peor escenario posible.

Algunos están de enhorabuena. Para un sector de la sociedad española, encabezado por el gobierno y sus partidos satélites, sencillamente, se ha restablecido la legalidad y se ha impuesto el estado de derecho. Junto a ellos, con ellos o entre ellos, se cuentan los custodios del alma nacional, los incondicionales de esa España taurina y rociera, anclada en la distorsionada mística de un ancestral orgullo nacional aderezado con el fervor patriotero del aislamiento cultural y cobijado en una patética indigencia intelectual.

Su horizonte ya no pertenece a este mundo. Viven en un pasado para siempre perdido pero anidan, cómodamente instalados, entre los pliegues aterciopelados de una solidaridad perversamente administrada en beneficio de las élites políticas emanadas del régimen que alumbró la constitución de 1978. No podrán representar ningún papel político significativo en el futuro, pero como ha sucedido en demasiadas ocasiones en el pasado, dificultarán, retrasarán y obstaculizarán el inevitable proceso de cambio.

En realidad, tienen poco que festejar. Si la amargura del rencor y la densidad de su ignorancia-no acierto a vislumbrar en qué proporción-no hubieren nublado su juicio serían conscientes de las oscuras fuerzas que han desatado y de cuán problemático resultará conjugar los viejos demonios azuzados por la caja de Pandora del nacionalismo identitario. Pasará mucho tiempo-quizá generaciones-antes de que puedan restañarse las heridas abiertas en el frágil cuerpo de una sociedad civil vertebrada en torno a consensos trabajosamente alcanzados, ahora definitivamente volatilizados.

Con la intervención de la Generalitat concluye también la vigencia de la estructura política e institucional diseñada en los albores de la transición y consagrada en la constitución de 1978. La crisis que ha desatado el desafío soberanista en Cataluña no se limita a cuestionar la organización territorial del Estado, por más que este haya sido, inicialmente, su efecto más visible.

Lo he dicho cada vez que he tenido ocasión de pronunciarme al respecto, y en este momento crítico es necesario enfatizarlo con mayor intensidad aún: la reivindicación nacionalista en Cataluña es tan sólo un síntoma, y no el más significativo, del profundo movimiento telúrico que agita las pautas de comportamiento y los modelos de convivencia forjados por las sociedades occidentales en torno a los consensos básicos anteriores a la era digital.

El advenimiento de la sociedad digital ha subvertido definitivamente el orden político tradicional y en particular las rígidas estructuras de representación política y mediación institucional. Ha aparecido un nuevo sujeto político: el individuo-ciudadano que, empoderado tecnológicamente, reivindica una nueva forma de legitimación en el ámbito de la esfera pública, en ocasiones mediante el ejercicio directo de alguna forma de participación, pero con mucha mayor frecuencia lo que ello entraña es una alteración sustancial de los mecanismos de control y responsabilidad de los representantes, mediante fórmulas de revocación de mandato y fiscalización continua.

Además de esta crisis general del sistema de representación, consecuencia directa de la revolución tecnológica, en nuestro país convergen circunstancias adicionales que producen una aceleración de los efectos disolventes de las estructuras políticas tradicionales: el cambio generacional coincidente con la crisis económica y el agotamiento de un modelo institucional diseñado por los protagonistas de la transición; un pacto muy oportuno en su momento pero cuyos efectos se han ido diluyéndo al compás que languidecía la generación que lo alumbró.

En este contexto la habilidad del nacionalismo soberanista ha consistido en unificar en un relato en clave territorial las tensiones sociales, económicas y generacionales de sectores crecientes de la sociedad catalana, cuya identidad resultaba amenazada por la creciente incapacidad del sistema para integrar a las nuevas cohortes de jóvenes que han descubierto que el consenso en que fueron educados sus padres-la promesa de recompensa si se cumplen las reglas-se había quebrado unilateralmente. El nacionalismo les ha proporcionado una causa por la que luchar y una Arcadia con la que soñar.

Para quienes no hemos sentido nunca el latido del nacionalismo, ni hemos vibrado de emoción al oír los compases del himno nacional, ni se nos ha encogido el corazón al contemplar la bandera flameando al viento, nos resulta difícil comprender la apasionada simbología y la arrebatadora fuerza de la identidad nacional. Sinceramente no empatizo con el nacionalismo. No soy capaz de experimentar el arrobamiento romántico de aquellos a los que se les llenan los ojos de lágrimas escuchando un himno u ondeando una bandera. Me encuentro mucho más próximo a cualquier ciudadano de Londres, París, New York o Francfort que comparte mi visión del mundo, mis valores o mi estatus económico y cultural, que algún vecino o compatriota ajeno a mi mundo, aunque hable mi idioma, viva en mi ciudad y se llame Juan, Pedro o Antonio.

Y sin embargo, como demuestra el fenómeno independentista en Cataluña, sería un error, amén de una grave irresponsabilidad, desdeñar el potencial de la fuerza y el poder de la identidad nacional para catalizar en un relato coherente y unificado, esa especie de primigenio caldo emocional en el que conviven emociones, sentimientos e intereses, sin otra armonía común que un profundo rechazo a la adaptación, a la pertenencia e inclusión en un mundo que se ha vuelto demasiado estrecho para acoger a los descontentos.

Por eso el nacionalismo identitario no puede ser comprendido con las categorías clásicas de la política tradicional. Es un fenómeno transversal que difumina las fronteras económicas, sociales y de clase. El magnetismo de su atracción reside en la negatividad de su discurso. Hay una única respuesta para todos los descontentos, para todos aquellos que han sido defraudados por la promesa incumplida de un lugar bajo el sol: la construcción de un Estado propio como expresión de la identidad nacional. El nirvana es la patria anhelada que nos redime de cualquier sacrificio pasado.

Se trata de un postulado axiomático, no de una verdad científica. Por eso resulta inmune a cualquier refutación. Pero paralelamente al contenido emocional de esta épica narrativa también discurre un momento racional, un contenido de verdad: es un índice del agotamiento del sistema institucional y de su empeño en perpetuarse más allá de su funcionalidad histórica. Prolongar la vigencia de un armazón institucional inoperante sólo hará más larga la agonía. Y aunque el panorama es sombrío y no se vislumbran muchas razones para la esperanza es quizás en este momento, cuando ha llegado la hora de perseverar, aún nadando contracorriente, en una esperanza que, como sostenía Benjamín, sólo se justifica por amor a los desesperados. Pero esa puede ser una razón suficiente. Por amor a Cataluña.



Lunes, 6 de Noviembre 2017

ES EL FUTURO, ESTÚPIDO

En la campaña para las elecciones presidenciales norteamericanas del año 1992 el triunfal, altivo y arrogante presidente George H.W., Bush se enfrentaba a un joven y desconocido gobernador de Arkansas sin más experiencia política que el gobierno de un estado cuya población total es menor que la del barrio de Queens en Nueva York.

Bill Clinton era por entonces poco más que el prometedor y ambicioso candidato de un partido demócrata que seguía inmerso en el reflujo derrotista que había inaugurado la revolución conservadora de Reagan a principios de los años ochenta. Según la mayoría de analistas sus posibilidades de triunfo eran mínimas frente a un presidente que tanto había contribuido a restaurar el prestigio de los Estados Unidos en la victoriosa "Guerra del Golfo". Y sin embargo, contra todo pronóstico, Clinton se alzó con la victoria. ¿Cómo pudo suceder?.

El éxito de la candidatura de Clinton tuvo mucho más que ver con los errores cometidos por el partido republicano y la torpeza de sus líderes que con los méritos contraídos por un desconocido gobernador de un pequeño estado del Medio Oeste. Frente al relato epopéyico de una grandeza restaurada mediante una guerra victoriosa enarbolado por Bush y los republicanos, los demócratas volcaron su campaña en las preocupaciones cotidianas de la clase media americana, en la incertidumbre del empleo y la amenaza de la recesión, en la pérdida del poder adquisitivo y el encarecimiento de los precios, en las dificultades de acceso a vivienda y los problemas de asignación de los distritos escolares, en la precarización de la sanidad y el deterioro de las infraestructuras públicas.

Conectaron con el sentir del imaginario colectivo de la nación mediante una fórmula que, desde entonces, se ha acuñado como el paradigma de la ceguera política y del error de diagnóstico: "Es la economía, estúpido". Y fue la economía la que aupó a Clinton a la presidencia, porque eran los problemas domésticos y cotidianos de la mayoría de los estadounidenses los que constituían el anhelo de sus preocupaciones y por lo que estaban dispuestos a apostar por una candidatura hasta entonces desconocida.

Algo similar está ocurriendo en nuestro país con la crisis territorial que se ha desencadenado en Cataluña. Los acontecimientos que se han sucedido desde la celebración del fallido referéndum del uno de octubre evidencian la incapacidad del gobierno de la Nación para entender los profundos movimientos tectónicos que están sobredeterminando la erupción de las reivindicaciones soberanistas.

El independentismo catalán es un fenómeno complejo que no se ajusta a la descripción simplificada con los gruesos trazos del nacionalismo clásico. La emergencia de la reciente conciencia nacional en Cataluña se entiende mucho mejor como la síntesis dialéctica de un conjunto yuxtapuesto de fuerzas y factores característicos de la nueva sociedad digital, recubiertos por una fina y cada vez más debilitada capa de una historia reescrita en clave de agravios. En este nuevo escenario lo que cuenta no es la simbología de la lengua y la bandera. Lo que está en juego es la construcción de una identidad diferenciada en la sociedad global, un sentimiento de pertenencia no "euclidiana", sino de geometría variable: no hay un sólo vínculo que nos una y nos defina se llame clase, tierra o lengua.

Bajo el ropaje del fervor soberanista se cobijan un conjunto de sentimientos, emociones e intereses cuya matriz no es la nación, aunque sea el relato nacionalista la narración que les confiere un sentido unificado. La necesidad de contar con una voz que sea escuchada-el incombustible "queremos votar"-compartido de forma abrumadoramente mayoritaria por la sociedad catalana sea o no independentista, pone de manifiesto la aparición de un nuevo sujeto político que ha hecho posible la sociedad digital de la comunicación en red: el individuo constituido en ciudadano, autónomo, titular de derechos políticos que no quiere delegar en ningún mandatario o representante porque puede ejercerlos soberana y personalmente y está dispuesto a hacerlo.

Muchos catalanes consideran la pertenencia al estado español como un formidable corsé que paraliza cualquier iniciativa de cambio, que vincula el destino de Catalunya a una España cuya imagen refleja el rostro de aquella hidalguía castellana anclada en un pasado mítico de tradición, religiosidad y oscurantismo, del interminable folclore del sur con la ética hedonista que caracteriza a sus habitantes y su impenitente condición de acreedores de la existencia. El relato nacionalista vértebra también la esperanza de alcanzar una modernidad sin los lastres de un estado rezagado, plagado de pedigüeños y adicto a una solidaridad perversa.

La Jefatura del Estado y la tradición de una monarquía históricamente asociada con las élites más conservadoras de la nación, se opone a una república catalana independiente entroncada con la modernidad y abierta al mundo. Es el relato sugerente de un futuro numinoso, frente al mundo castizo de la Castilla casposa y eterna.

El independentismo ha conseguido bordar en el imaginario de la sociedad catalana un relato sugerente y emotivo vinculado a la promesa de un futuro que está amaneciendo en el presente de la sociedad digital, vertebrado en torno a la idea de una nación nueva que representa no solo, ni principalmente, una comunidad política soberana; un estado en el que hacer posible el viejo anhelo de emancipación nacional empoderando al individuo-ciudadano como rector de su propio destino.

Frente a este universo de emociones, esperanzas y sentimientos el estado central sólo ha sido capaz de articular la prosaica respuesta de un leguleyo sin imaginación. Los anclajes de la ley no apelan a las emociones sino a la racionalidad, de ahí su nula capacidad de movilización. En la cambiante dinámica de las emociones la legalidad, cuando pretende trazar las fronteras, sólo suscita rechazo. Captar esa secuencia y actuar consecuentemente es lo que distingue a un estadista.

La consecuencia de la aplicación estricta de la ley no puede ser otra que el ejercicio de la violencia, cuyo monopolio legítimo lo ostenta el estado. Hace treinta años el binomio causa- efecto funcionaba como una maquinaria bien engrasada. En la sociedad digital aparecen contradicciones contrafácticas. La utilización de la violencia es ineficaz y contraproducente cuando no está articulada en un relato que la legitime; es lo que sucedió el pasado uno de octubre. La desafortunada intervención policial, lejos de encapsula la protesta, multiplicó sus efectos suscitando una oleada de insurrección popular, difícil de contener sin costes adicionales.

La torpeza de las autoridades del estado central ha añadido una mueca más en su largo rosario de desaciertos: la inoportuna intervención del jefe del Estado culpabilizando en exclusiva al gobierno de la Generalitat y reprochándole tozudamente el sempiterno incumplimiento de la legalidad, como si se tratara de un Rubicón infranqueable, cuando hace mucho que la legalidad ha dejado de ser una barrera contra las protestas populares, no sólo constituye un grave error de estrategia, sino que, con toda probabilidad, arrastrará a la corona al terreno de la confrontación política, un escenario muy resbaladizo para una institución que ha agotado el escaso crédito que le restaba. Es una muestra más de que viven en un mundo que ha desaparecido.

Nos ha tocado vivir en un mundo líquido de geometría variable, en donde la idea de permanencia es poco más que la efímera transición de un instante a otro. Las coordenadas económicas y sociales por las que se han regido las sociedades occidentales en los últimos cincuenta años, sencillamente han desaparecido o están en trance de desaparición. Las ubicuas redes sociales han invalidado el concepto de representación y han alterado para siempre los modos de participación de los ciudadanos en la vida pública. Del mismo modo el mundo global ha trastocado los conceptos de identidad y pertenencia, la naturaleza de la sociabilidad y el concepto mismo de lo individual.

Este es el horizonte de futuro en el que ya estamos viviendo. Gobernar significa más que nunca entenderlo con una mentalidad abierta, en permanente disposición de aprender. Sencillamente, no es posible comprender la dinámica de la sociedad de la información con la mentalidad tabular de un funcionario del registro.


Miércoles, 4 de Octubre 2017

ESTADISTAS Y GOBERNANTES

A finales de mayo de 1940 el Cuerpo Expedicionario Británico ( BEF) destacado en el norte de Francia se encontraba en una situación desesperada: cercado en una estrecha franja de terreno en torno al puerto de Dunkerque, sus 300.000 hombres integraban un ejército completamente desmoralizado que, después de innumerables derrotas y retiradas, sólo se mantenía en pie por la esperanza de una rápida evacuación que pusiera fin a toda aquella interminable pesadilla. Las posibilidades de evitar la aniquilación eran muy escasas porque no había ninguna fuerza de resistencia eficaz que se interpusiera entre el mar y la poderosa maquinaria bélica alemana.
 
Sin embargo, pese a todos los augurios negativos se obró el milagro: 330.000 soldados británicos y franceses fueron evacuados desde los muelles de Dunkerque a los puertos del sur de Inglaterra en poco más de una semana evitando una humillante capitulación y permitiendo a Inglaterra continuar en la lucha. Pero Dunkerque no fue una victoria militar. De hecho, constituye una de las mayores catástrofes militares sufridas por el ejército británico a lo largo de su historia. Y sin embargo, paradójicamente, fue allí entre las ruinas de unos muelles incesantemente bombardeados, en los cráteres de arena de unas playas arrasadas por la aviación alemana, donde se fraguó la leyenda del "espíritu de Dunkerque".

Ese fue el comienzo del largo y tortuoso camino hacia la victoria final. Y su artífice fue un viejo aristócrata británico que tenía el imperio en el corazón y el resto del mundo en su cabeza. Winston Churchill proporcionó al pueblo británico en aquellos difíciles tiempos una identidad colectiva forjada en la resistencia frente a la tiranía que convertía a cada ciudadano del Reino Unido en un héroe anónimo en la difícil lucha por la supervivencia. Así se construyó el "espíritu de Dunkerque" al que después sobrevendría la leyenda de "Los Pocos", " The Few", los héroes de la batalla de Inglaterra, los jóvenes pilotos de la RAF.

Winston Churchill fue, por encima de cualquier otra consideración, un extraordinario estadista, uno de esos personajes que en ocasiones la historia tiene la galantería de brindarnos cuya indomable voluntad se sobrepone a cualquier circunstancia marcando el rumbo de su tiempo en las coyunturas más críticas. Inglaterra tuvo la fortuna de encontrar a Churchill cuando más lo necesitaba: en medio de una gigantesca tormenta que amenazaba la existencia misma de la nación británica.

Churchill estaba adornado con todas las venerables cualidades de los grandes hombres de estado: dotado de una abrasiva e irrefrenable personalidad se abría paso a grandes zancadas entre los bastidores de la protocolaria y jerarquizada sociedad británica para generar el caos en aquella burocratizada forma de entender el gobierno, pero era un caos creativo, el desorden que precede a un nuevo orden. Tenía el don de los grandes creadores: todo era posible, no había ningún obstáculo que no se pudiese sortear: ya se tratara de los tanques en El Alamein, los generales reacios a cumplir sus órdenes, las menguantes finanzas británicas o las disensiones del propio gabinete. Su manera de entender el mundo estaba imbuida de la misma grandeza del imperio en que había sido educado: su carácter no estaba hecho para adaptarse a la mansedumbre y no era un hombre para lidiar con medianías. La sabiduría del pueblo británico lo entendió perfectamente: al terminar la guerra fue relegado al museo de la historia; Clement Attlee , aquel insípido funcionario laborista, era más adecuado para gestionar la paz.

Lucía también, ostentosamente, aquellos defectos que la mediocridad vulgar de quien carece de grandeza jamás perdona: era descaradamente imprudente, de una impetuosidad que en ocasiones rozaba lo temerario, jamás se arredraba frente a una dificultad por enorme que fuese; de una impaciencia legendaria se desesperaba con aquella legión de funcionarios que restringían la eficacia de sus órdenes y se mostraba implacable frente al menor atisbo de negligencia o dilación. Pero fueron precisamente sus defectos, incluso más que sus virtudes, los que salvaron a Inglaterra en aquella coyuntura crítica.

Lo que la historia de los pueblos nos enseña es que en determinados momentos muy singulares, cuando lo que está en juego es el destino de la nación o la supervivencia del modo de vida de quienes la integran, cuando el curso ordinario de la vida se altera por la irrupción de un acontecimiento extraordinario, entonces ha terminado el tiempo de los gobernantes, que deben ceder el protagonismo de la escena a los verdaderos estadistas. La grandeza de una nación consiste en advertir la secuencia del proceso y encontrar la personalidad adecuada.

Hoy nuestro país se enfrenta a un dilema que merece el calificativo de histórico porque su resultado dejará una huella durante generaciones en nuestro destino como nación. La crisis territorial que se ha desencadenado en Cataluña marcará un hito en nuestra historia compartida porque afecta no sólo a la integridad territorial del Estado, sino al conjunto de los valores que defendemos, de los fundamentos de nuestra convivencia y del proyecto que albergamos para nuestro futuro. En el horizonte se vislumbran la emergencia de las nuevas fuerzas sociales y del nuevo orden económico que está germinando.

Comprender la naturaleza profunda de este fenómeno, que excede con mucho la reivindicación nacionalista de una identidad propia, entender que nos hallamos en el umbral de, por así decir, un cambio "tectónico" de época, en cuyo contexto la emergencia nacionalista es sólo un síntoma, significativo pero menor, de la transformación histórica en la que estamos inmersos es sólo la primera condición para superar la estrechez de miras con la que se está abordando, desde el gobierno de la nación, el denominado "desafío soberanista".

Acostumbrado a navegar en aguas seguras al gobernante, a diferencia del estadista, le basta con conducirse con la prudencia habitual de un hábil administrador, de un mero gestor diligente. Su utillaje es bien sencillo. No precisa del talento creativo, de la visión panorámica e innovadora de quien está obligado a adentrarse en un territorio desconocido. El gobernante encuentra en la ley su patria y en la burocracia su hogar. La previsibilidad y la prudencia son las virtudes supremas del administrador. Rehuye la incertidumbre y aborrece la inestabilidad que genera todo cambio. Su credo es exclusivamente normativo e invoca la legalidad como el único y cerrado universo de su existencia.

Es el modelo ideal de las clases medias, de los hombres y mujeres sencillos, del ciudadano de a pie, del individuo perfectamente normalizado. Es la quintaesencia de la mediocridad convertida ahora, mediante una especie de alquimia democrática, en el principio rector de la vida pública. "Soy uno de vosotros", podría ser el slogan publicitario de muchos de nuestros representantes en las instituciones públicas si no fuera porque de tanto usarlo ha quedado desgastado y desprovisto de todo contenido significativo.

Sin embargo, si el modelo goza aún de cierto predicamento es sencillamente porque funciona. Más precisamente, en las situaciones de normalidad institucional, cuando no hay ningún acontecimiento, del signo que sea, que agite el curso ordinario de la vida el gobernante no precisa de otro talento que aquel que Max Weber exigía a sus "héroes" ideales: austeridad, disciplina y ciega obediencia a la ley.

Sólo necesitamos un piloto experimentado cuando las aguas no discurren por el cauce que habíamos previsto. Los puntos de ebullición, los sobresaltos de la historia que no estaban en el guión, los momentos de cambio y revolución que van acompañados de una especie de "explosión creativa", exigen un liderazgo carismático que va mucho más allá de las formas tradicionales de ejercicio del poder. Es un tiempo para la innovación, es la hora de los grandes creadores dotados de una aguda intuición, ese momento de "imaginación exacta" con el que el mundo avanza por nuevos derroteros.

La profunda fractura social que se ha producido en Cataluña constituye uno de esos episodios de la historia que nos alertan de un decisivo cambio de rumbo. Nos encontramos frente a un nuevo "horizonte de sucesos" en el que los modos tradicionales de gobernar mediante los instrumentos de la racionalidad legal resultan abiertamente insuficientes.

La amenaza del estricto cumplimiento de la legalidad es una respuesta equivocada. Pertenece al capítulo de las malas soluciones que empeoran los problemas. Cuando lo que la ciudadanía cuestiona masivamente es, precisamente, esa legalidad que se incumple, el remedio no puede consistir en aplicar dosis adicionales de la misma medicina.

Lo que necesitamos es reinventar el comienzo, una nueva perspectiva que inaugure un tiempo nuevo para abordar la grave crisis territorial del estado con la suficiente flexibilidad, determinación y voluntad de diálogo capaz de revertir, como sucedió entonces, la triste retirada de las arenas de Dunkerque en el ilusionante proyecto de un destino compartido. Lo que, en definitiva, necesitamos es un nuevo Churchill. Desgraciadamente lo que tenemos es un registrador de la propiedad y una abogada del estado.


Lunes, 25 de Septiembre 2017

EL DÍA DESPUÉS

Hace ahora tres años, con motivo de la celebración de la Díada del 11 de septiembre de 2014, escribí un artículo en El Periódico de Catalunya en el que bajo el título "Quo vadis Catalunya?" advertía respecto de la peligrosa deriva que estaba adquiriendo el proceso de secesión soberanista, deslizándose en una espiral de enfrentamiento creciente con el Estado que de prolongarse sólo podría concluir, fuere cual fuere su resultado, con una profunda y trágica fractura del conjunto de la sociedad civil.

Desgraciadamente, desde entonces la siniestra sombra de los peores vaticinios ha ido perfilándose hasta adquirir el contorno de una inevitable confrontación, cuyas secuelas se prolongarán durante un tiempo que ahora no podemos calcular.

Cómo se ha llegado hasta aquí, es la historia tantas veces contada de las descontroladas pasiones humanas agitadas en el caótico magma de las emociones primitivas de la sangre y la tierra, del poder de la identidad y de la necesidad de pertenencia, esos impulsos biológicos que nos enraízan en nuestra existencia, pero también es el producto de una historia en ocasiones conflictiva, de un imaginario social victimizado plagado de agravios largo tiempo silenciados, de la inevitable tensión entre el centro y la periferia en el costoso proceso de construcción de la identidad nacional, de dos modos de estar en el mundo que nunca alcanzaron una simbiosis armónica.

El nacionalismo catalán fue siempre, y lo sigue siendo en la actualidad, un fenómeno de carácter marcadamente económico. La identidad nacional catalana se configuró desde el comienzo, en los orígenes del Estado español, bajo la hegemonía de la pequeña burguesía urbana de las grandes ciudades en torno a las élites industriales y comerciales que defendían una visión del mundo tolerante y liberal, similar a sus homónimos europeos. Una ética del trabajo y del esfuerzo individual que armonizaba con el orden calvinista que se imponía en el conjunto de Europa. En ese sentido tenían poco que ver con sus compatriotas del resto de España educados en la rigurosa tradición del catolicismo tridentino, con ese acento salvífico y redentor que proclamaba la solidaridad de los iguales en el mítico Reino de los cielos.

En alguna medida tiene razón César Molinas cuando identifica el problema de Cataluña como el encaje de una nación del norte en un país del sur. Esta matriz geográfica y cultural que nos remite a imaginarios antagónicos sintetiza de manera muy gráfica algunas de las más agudas incomprensiones y ácidos desencuentros entre el Estado español y los ciudadanos de Cataluña.

El nacionalismo catalán no es un nacionalismo étnico. Su Bildung no se nutre de la sacralización de los valores profanos de la sangre y la tierra, del destino común o de la historia compartida. Ni siquiera el idioma nacional es el elemento que vértebra su núcleo identitario y reivindicativo. El catalán fue siempre la lengua oficiosa-hasta convertirse en oficial- en el territorio y ha convivido con el castellano en una armonía social que ni siquiera episodios aislados han logrado fracturar.

La identidad de Cataluña como nación, la emergencia de un pueblo que aspira a constituirse en un estado, se ha erigido por las élites políticas de la burguesía catalana sobre la base de la singularidad de ese peculiar carácter nacional que les distinguía del resto de los ciudadanos del Estado: la ética protestante del trabajo, esa contabilidad de la recompensa y el castigo, la jerarquía calvinista que premia el esfuerzo individual y condena la pereza y la indolencia de los menesterosos.

Lo que una mayoría significativa de la sociedad civil en Cataluña plantea hoy al resto de los ciudadanos del Estado es, en gran parte, una actualización de estos principios. Quieren cambiar, por decirlo así, el contrato de asociación con el resto del Estado, su relación de equivalencia con el Estado español. La ecuación de canje entre Cataluña y el resto del Estado que diseñaron los protagonistas de la transición de 1978 se ha tornado insatisfactoria e insuficiente, porque también se han alterado bruscamente las condiciones globales de la economía y los consensos éticos de la época keynesiana. La quiebra de los grandes relatos ha dejado al descubierto el lado oscuro de las virtudes morales. Muchos catalanes han comprendido, como tantos otros, que también hay un momento perverso en la solidaridad y están cansados de soportarlo. Y yo no me atrevo a censurarles por ello.

Lo que resulta altamente cuestionable es si ese legítimo anhelo de equilibrar la balanza de una solidaridad periclitada debe necesariamente envolverse en una bandera y articularse bajo la égida de un Estado propio. Yo no lo creo, quizás porque no soy nacionalista y carezco por completo de ese sentimiento de pertenencia identitaria. Pero comprendo algunas de las razones de quienes no están cómodos en un país que arrastra el pesado lastre de unos déficits históricos de los que no hemos sido capaces de desprendernos.

En todo caso, el haber llegado hasta aquí es el índice de un gran fracaso colectivo cuyos responsables no están sólo en Cataluña. Me pregunto cuántas veces habrán lamentado los responsables del Estado el haber despachado con un sonoro portazo las razonables peticiones económicas del Gobierno de la Generalitat para equilibrar la balanza fiscal con el resto del Estado. Y si no lo han hecho, entonces al cargo de inconsciencia e ingenuidad política ha de añadirse el de estulticia.

La espiral secesionista del desafío catalán no terminará el uno de octubre, se celebre o no el referéndum anunciado. Lo que está en juego en Cataluña no es, tan sólo, la unidad del Estado. El resplandeciente fulgor del nacionalismo ensombrece el antagonismo entre dos modos de estar en el mundo, entre dos cosmovisiones que no han logrado conciliarse definitivamente, que no han alcanzado nunca nada más que un precario equilibrio inestable.

Por eso, el problema del soberanismo catalán no tiene una solución jurídica. No es un problema normativo, sino axiológico. Desde la atalaya del independentismo Cataluña interpela al resto del Estado sobre nuestro modelo de convivencia, acerca de los valores que compartimos, de los principios que nos inspiran y de los proyectos que albergamos para nuestro futuro.

Muchos compartimos el guión aunque no nos gusten ni los protagonistas ni el escenario. Estamos en el albur del florecimiento de una nueva etapa: la revolución digital ha traído consigo una nueva variante del individualismo, más autónoma y consciente, menos egoísta que la versión original del siglo XIX. Un individualismo que se fundamenta en el altruismo recíproco, que está en la base de nuestra naturaleza evolutiva.

Lo que esto significa es que nuestros viejos anclajes morales, los contenidos semánticos de nuestros mandatos éticos, la idea de la virtud y el orden, de la solidaridad y de la igualdad, de lo público y lo privado, del Estado y del individuo han de reconfigurarse nuevamente en correspondencia con nuestro nuevo horizonte hermenéutico.

La crisis institucional que ha abierto la iniciativa del referéndum convocado por el Gobierno de la Generalitat resulta ser también, paradójicamente, una oportunidad para un nuevo comienzo. Desde luego, para reequilibrar conforme a las pautas acuñadas de un renovado concepto de solidaridad, la ecuación de canje entre Cataluña y el Estado español, pero también debe representar un aldabonazo para desembarazarnos definitivamente de ese lastre de paternalismo cavernario que, cubierto con el almidonado ropaje de una solidaridad perversa, ha sido tradicionalmente instrumentalizado por nuestros gobernantes para manipular la sociedad civil con el exclusivo fin de permanecer alojados en las esferas del poder.

Resulta urgente ofrecer a los catalanes y al resto de los españoles un proyecto colectivo ilusionante en el que el todo sea algo más que la suma de las partes y en el que cada uno de los participantes se sienta orgulloso de contribuir. Cualquier ciudadano de Oregón, Illinois o California se identifica en primer lugar y por encima de todo como norteamericano, porque la pertenencia a una nación común le hace sentirse más fuerte y más seguro. Ésa es la tarea que hemos de emprender entre todos a partir del día dos de octubre.


Martes, 12 de Septiembre 2017

UN NUEVO TOTALITARISMO
Acabo de concluir la lectura de un libro apasionante: Grand Hotel Abyss, de Stuart Jeffries, un acreditado editor del periódico The Guardian . Utilizando el irónico sobrenombre con el que Lukács se refería a los más prominentes miembros de la Escuela de Francfort, el autor logra entretejer un relato histórico, pero crítico y actualizado, de la vida y de la obra de los más reputados miembros del Instituto de Investigación Social: Max Horkheimer, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Friedrich Pollock, Erich Fromm o Herbert Marcuse, entre otros.
 
No voy a negar que admiro gran parte de la obra de este formidable grupo de intelectuales alemanes que, exiliados de su patria pero conservando su lengua, alumbraron uno de los más penetrantes y lúcidos análisis de la modernidad en el siglo XX. Pero no son sus agudas y premonitorias reflexiones sobre el fracaso de aquella promesa de felicidad que encarnaba la Ilustración las que quiero destacar ahora aquí. Es su inquebrantable voluntad de negación, un insobornable espíritu de ajustarse a la verdad que, forjado en la resistencia frente al totalitarismo que condujo a la Segunda Guerra Mundial, se articularía en una metodología dialéctica conocida como Teoría Crítica, lo que me trae a la memoria otro acontecimiento de mucha más reciente actualidad en el que resuena el eco lejano de las retóricas de la intransigencia y del excluyente principio de identidad.
 
Todos los medios de comunicación, y por supuesto, también las redes sociales, se han hecho eco del fulminante despido de un ingeniero de Google a raíz de una carta dirigida a la vicepresidenta del departamento de Diversidad, Integridad y Gobierno de la compañía, Danielle Brown, en la que bajo el título "la caja de resonancia ideológica de Google" el empleado discrepaba de la política de la compañía en este aspecto, y ofrecía algunas sugerencias alternativas con la intención de mejorar la política de diversidad.

Los titulares de la práctica totalidad de la prensa escrita y de los informativos televisivos dan cuenta del justificado y merecido despido de un empleado incorregiblemente machista, que hace gala de un sexismo discriminatorio e hiriente, tiene la desfachatez de redactar un panfleto en el que desprecia a las mujeres y justifica su discriminación laboral, que pone en duda su aptitud para trabajos de alta dirección y pretende confinarlas al gueto de la casa y del hogar. En suma, un anacronismo propio del pleistoceno que vive en el tiempo equivocado.

Pero la noticia encierra alguna sorpresa. Y es verdaderamente explosiva. Basta leer la carta que el desafortunado ingeniero dirigió a la directora del departamento de Diversidad de Google para comprender la magnitud de la catástrofe intelectual que ha desencadenado el totalitarismo de la corrección política, impregnando con la pervertida complicidad de un círculo de silencio todo el tejido de la vida social. La unanimidad de los medios, en un tratamiento distorsionado de la información, es un elocuente índice del grado de barbarie que hemos alcanzado. Nadie puede sobrevivir más allá de las barreras de éste moderno Muro de Adriano, del nuevo limes ideológico que han erigido los guardianes de la Palabra Sagrada que ahora se declina en la conjugación laica de la democracia y la igualdad.

Y si no juzguen ustedes mismos. ¿Cúal es el crimen que ha cometido esa especie de Autralopithecus digital que tanto ha enervado a la comunidad bienpensante de los medios y de sus paniaguados adláteres?. Pues sencillamente hacerse eco de lo que hace tiempo la mejor ciencia, la psicología y la biología evolutiva, han acreditado de manera indubitada: que existen diferencias biológicas, innatas y definitivas entre los géneros; que los hombres y mujeres tenemos capacidades, inclinaciones, sentimientos y afectos diferentes; que todos, hombres y mujeres, estamos expuestos y padecemos determinados sesgos y que el único modo de limitar su efecto es ser plenamente conscientes de ello; que las mujeres son "abiertas en sus sentimientos y estéticas y que tienen un interés más fuerte en las personas antes que en las cosas en comparación con los hombres"; que , "se comportan de manera más extrovertida y más amable y que por eso lo pasan peor a la hora de negociar salarios, pedir aumentos, negociar o de dirigir empresas".

Y respecto de los hombres ha tenido el atrevimiento de afirmar-junto con toda la actual tradición científica seria-que "los hombres son más ambiciosos y tienen mayor predisposición hacia el estatus, que el estatus es la primera métrica con la que a menudo se juzga los hombres empujando a muchos de ellos a trabajos mejor pagados pero menos satisfactorios que aportan el estatus que ansían" que, "al contrario que las mujeres que buscan, de media, un mejor equilibrio entre la vida y el trabajo, los hombres prefieren un mejor estatus".

Al decir del autor del texto muchas de estas características condicionarían fuertemente la presencia de las mujeres en puestos tecnológicos de alta dirección de la compañía. Desconozco si esa conclusión es o no acertada, pero lo que parece evidente es que las premisas se corresponden con el actual estado de nuestro conocimiento científico por mucho que no se ajusten al dictatorial protocolo de la corrección política.

¿Y qué es lo que propone nuestro empleado para remediar el actual estado de cosas en la compañía?. Algo en todo caso muy sensato. "Demoralizar la diversidad", esto es, abandonar la política de moralizar los problemas; "dejar de alienar a los conservadores" porque en determinados entornos se sienten cohibidos y se encierran en sí mismos para evitar la hostilidad o "tener una discusión abierta y honesta sobre los costes y beneficios de nuestros programas de diversidad"; enfocarse en la seguridad psicológica, no sólo en la diversidad raza/género,; desempatizar la empatía, priorizar la intención y ser abierto con respecto a la ciencia de la naturaleza humana". Es decir una especie de decálogo que debería figurar en el frontispicio de cualquier institución sea política, empresarial o de otro tipo.

Como por supuesto, el pobre diablo se temía el huracán que iba a desencadenar, insiste, denodadamente, en varias ocasiones en afirmar su "pureza de sangre" su inmaculado árbol genealógico de cristalino brillo democrático; se identifica como liberal, afirma: " creer firmemente en la diversidad racial y de género" añadiendo, ingenuamente, "pienso que deberíamos tener más todavía" y por supuesto suscribe la política de diversidad de la compañía. De nada le ha servido. En su infantil ingenuidad-y esto lo añado yo-puntualiza que lo único que pretende es mejorar las prácticas de la compañía en el seno de una comunidad abierta de libre discusión. Naturalmente, Google es una compañía multicultural, tolerante y abierta… hasta cierto punto, el límite lo marca esa dictadura cada vez más visible que hace de la denominada "corrección política" un modo de estar en el mundo.

Es la chispa que enciende la mecha de una alocada carrera en la que no hay medalla de plata, un juego de suma cero en el que el ganador se lo lleva todo; en el podium solo hay una plaza y es para el campeón: el más progresista, el más inclusivo, el epítome de la diversidad. Si para conseguir el premio ha tenido que pisotear la historia entera de la ciencia, entonces la solución es bien sencilla: construyamos otro relato alternativo, el científico ya no nos sirve. Me siento orgulloso de no participar en esa competición.

Vivimos atrapados en un círculo cerrado del discurso unidimensional. Si Herbert Marcuse reescribiera hoy su famosa obra cambiaría el título. Se ha producido un cierre del universo del discurso, particularmente en el seno de la izquierda, en torno a los nuevos mitos surgidos de las microculturas de la sociedad posmoderna. La pérdida del privilegio ontológico de la clase obrera como sujeto revolucionario, ha provocado la emergencia de múltiples candidatos, a cada cual más esotérico. Tengamos la osadía de decirlo definitivamente: no hay ningún sujeto privilegiado en la historia, no hay ningún maestro de ajedrez oculto que maneje al autómata como creía Benjamin; Popper estaba en lo cierto la historia carece de rumbo, no hay ningún destino prefijado.

El materialismo histórico es sólo un método, como profecía ha resultado ser un rotundo fracaso.

Urge reivindicar el prestigio de la razón. Todavía nos resta por ultimar el legado histórico de la ilustración. No hemos recorrido el largo camino del desencantamiento del mundo, desprendiéndonos de los mitos y supersticiones religiosas, solo, para caer bajo el hechizo de los nuevos clérigos de lo políticamente correcto.

Para terminar, un solo momento de nostalgia. Me pregunto qué diría hoy Adorno si pudiera contemplar este espectáculo; él definió un nuevo imperativo categórico: vivir para que Auschwitz no se repita. Es verdad, pero vivimos todavía bajo los humeantes rescoldos de los hornos de Treblinka.


Miércoles, 9 de Agosto 2017

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