Menu

Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa





LA MAGIA DEL LENGUAJE

Acostumbramos a identificar el lenguaje como una manifestación de la racionalidad humana. Pero esa es sólo una parte de la historia. Probablemente sea cierto que en la estructura última del lenguaje, en su más profunda arqueología anida una vocación argumentativa. Es posible que la evolución del cerebro humano y las variaciones morfológicas que hicieron posible la comunicación hablada de nuestros ancestros evidencien una pretensión ilocucionaria susceptible de integrar una cierta racionalidad comunicativa.
 
Pero también hay otro relato igualmente verosímil. Es el que nos cuenta la historia de una retórica fundamentalista, de esas palabras cargadas con dinamita que socavan el núcleo de nuestras emociones, de ese lenguaje que se inserta como un venablo en la amígdala del  cerebro cortocircuitando el pensamiento argumentativo. Es el mundo arcádico de las grandes proclamas, de los atajos intelectuales que nos liberan del esfuerzo del pensamiento. Forman parte de ese universo que Víctor Lapuente en una obra de gran perspicacia ha identificado como la retórica de los chamanes.
 
Es cierto, que en nuestro país el debate público ha sido colonizado por la retórica de los chamanes, con su lenguaje radical, abstracto, monista que apela a  los grandes principios, una abstracta visión del mundo repleta de ideología que desprecia los datos empíricos porque carecen de la seductora grandilocuencia con la que se forja la Historia. El discurso  de la "exploradora", gradualista, incrementalista, empírico y ajustado a la realidad  se nos presenta como el lento y fatigoso esfuerzo de los pacatos que carecen del coraje necesario "para ir a la raíz del problema".
 
Se trata, sin duda alguna, de una mala elección. Porque ese lenguaje agónico y superlativo, repleto de adjetivos que anticipan un dantesco sucedáneo del fin del mundo,  destierra  la lógica argumentativa del diálogo y jibariza el universo del discurso reduciéndolo a un maniqueo juego de suma cero, de todo o nada. La realidad, desde luego, va por otro lado. Pero los espectadores ya no la perciben porque la magia se ha apoderado del escenario y la gente sólo espera  un sortilegio que convierta, como en el cuento, la carreta en una carroza.
 
No hay lugar para el diálogo informado entre sujetos conscientes con pretensiones de veracidad porque todo signo de objetividad aparece previamente contaminado por la prosa apocalíptica de los hechiceros. Son los únicos investidos de autoridad para descifrar la verdad que yace sepultada bajo toneladas de la jeroglífica jerga de los chamanes. Se advierte una capa demasiado gruesa como para ser horadada.
 
 
 
Se trata de un discurso que distorsiona la lógica de la comunicación. La  matriz racional del lenguaje  vocacionalmente enderezada al diálogo intersubjetivo queda definitivamente eclipsada por la prosa mayestática que apela al núcleo de las emociones y cierra la esclusa del pensamiento racional. ¿Para qué necesitamos la lógica de Aristóteles, si tenemos los conjuros del mago Merlín?.
 
Es un mundo en el que caben todo tipo de "efectos especiales". Cuando ésta retórica embrujada se apodera del debate público, se quebrantan los significados tradicionales y las palabras se convierten en fetiches. La jerga de los chamanes se distingue por la habilidad para acuñar amuletos que desencadenan reflejos paulovianos en sus receptores, bloqueando los significados y transformándolos en emociones.
 
Basten algunos ejemplos para ilustrar lo que quiero decir. El concepto de democracia proviene de antiguo, tiene una larga trayectoria y un significado político inequívoco. Sin embargo, en la jerga del chamán se ha transmutado en un adjetivo que exhala un humus purificador de indiscriminada aplicación para santificar cualquier comportamiento. No sólo la adjetivación del concepto legitima el afortunado sustantivo sobre el que aplica, sino, lo que es más importante, bloquea cualquier debate al respecto y censura la más mínima crítica que pudiere formularse.
 
Democracia es la nueva patente de corso de la modernidad tardía. Así cuando lo que se pretende es incumplir una norma se habla de "flexibilidad democrática" en su interpretación, si lo que se postula es la defensa de un interés particular preterido se apela a la "sensibilidad democrática". Si lo que pretendemos es la dimisión o el cese de algún adversario político qué mejor que invocar la "responsabilidad democrática". Y por último, siempre resulta legítimo el ejercicio de la "presión democrática" para acosar o forzar la voluntad de quienes se oponen a nuestros designios.
 
La jerga ha santificado el concepto convirtiéndolo en una sinfonía polilíngüistica que en la multiplicidad de sus voces carece de otra función que no sea la de avalar acríticamente cualquier comportamiento. Pero en ese tránsito, la alquimia del lenguaje también paga un alto precio: ya nadie sabe de qué está hablando.
 
En el moderno diccionario de la jerga, el conjuro de este aquelarre lingüístico ha acuñado dos conceptos-amuleto de probada e indiscutida eficacia. Pronunciar la palabra "copago" en un debate público-y aún privado-es algo así como invocar el espíritu de Belcebú bajo la cúpula de la Capilla Sixtina. El efecto es inmediato. Nadie que quiera sobrevivir intacto puede no ya apoyar, sino tan sólo razonar, la pertinencia de lo que en resumidas cuentas no es más que una distribución mutualizada del coste sanitario.
 
 El público está inmunizado frente a los argumentos, por muy económicamente justificados que puedan estar. La cuestión clave no se residencia en valorar las consecuencias de un gasto sanitario inasumible, del despilfarro de recursos que pueda suponer la subvención indiscriminada de medicamentos con independencia de la renta de sus beneficiarios o de cualquier otra valoración racional que pueda articularse. El debate no alcanza jamás ese nivel de profundidad porque las alarmas emocionales se han disparado mucho antes. No asistimos a una valoración ponderada de los beneficios o perjuicios que pudieran derivarse de la implantación de un sistema de esa naturaleza. Estamos ante una cuestión de principio. Nos hallamos en la médula de la estructura chamánica de la arquitectura social.
 
El otro concepto es el de "recortes". La mera pronunciación de la palabra desata todos los fantasmas que anidan en el abundante muestrario de la jerga. No hay debate racional que pueda resistir el mágico conjuro de esta extraordinaria pócima. Por definición los "recortes" son un atentado al bienestar de por "la gente" con independencia de que esa gente sean privilegiados rentistas o desahuciados sin hogar. Y aunque el elemental sentido común que aplica la mayoría de los ciudadanos en su vida privada nos diga que "no se debe gastar lo que no se tiene, si no se puede devolver lo prestado"  esa es una regla de conducta que deja de regir en el mundo abstracto e impersonal dominado por los chamanes .
 
Éstas palabras operan como un acelerador de partículas. Precipitan las emociones y bloquean la órbita frontal del cerebro anulando cualquier pretensión racional que pueda ser intersubjetivamente argumentada. En esa retórica proliferan los charlatanes, los nuevos demiurgos de la modernidad en red que, como muy bien apunta Víctor Lapuente en su magnífica obra, anuncian  el retorno de los chamanes.
 
 
 
 
 
 
 


Viernes, 17 de Febrero 2017

¿ES RENTABLE EL MATRIMONIO?

Depende de quien conteste a la pregunta. Si usted se llama Juana García-Courel, la afortunada segunda esposa del conocido empresario Fernando Fernández Tapias entonces, muy probablemente, el matrimonio haya sido el negocio más rentable de su vida. Pero si usted es el señor Fernández Tapias ,también muy probablemente, no compartirá esa opinión.
Lo cierto es que, más allá de la anecdótica singularidad que evidencian historias como ésta, cuando contemplamos el matrimonio desde una perspectiva económica se nos ofrece una visión novedosa y que en muchas ocasiones, contribuye a esclarecer los comportamientos asociados a la institución matrimonial. El análisis económico nos proporciona algunas claves para entender el matrimonio como un mercado, cuyo funcionamiento se disciplina mediante mecanismos similares a los que operan en cualquier mercado de distribución de bienes y servicios.
Parece razonable admitir que dos personas tomarán la decisión de casarse si sus expectativas matrimoniales suponen un incremento de su bienestar personal en relación con la decisión de permanecer solteros. Naturalmente, el bienestar, en este contexto, comprende no sólo un determinado status económico, sino la satisfacción de un conjunto de intereses y necesidades emocionales y afectivas. Las expectativas de los futuros esposos se conforman por el conjunto de estímulos o incentivos que cada uno de ellos percibe respecto de su decisión y la valoración de los riesgos globales asociados al futuro matrimonio. El resultado de esa valoración define un balance que determinará la decisión a tomar. La tesis que sostengo afirma que, en la actualidad, los incentivos para contraer matrimonio han disminuido sensiblemente, mientras que los riesgos se han incrementado en proporciones geométricas, por lo que, en muchas ocasiones, el matrimonio no alcanza el umbral de rentabilidad para uno o para ambos cónyuges.
El mayor incentivo para casarse es la creación o fundación de una familia. Esa llamada biológica a la reproducción de la especie, sigue siendo la base del emparejamiento matrimonial. La procreación, el cuidado y educación de los hijos que comporta la creación de los sólidos lazos emocionales que vinculan a la familia, permanece como una constante en todas las encuestas de opinión de los futuros cónyuges. Otros factores influyen, sin duda, en la decisión de contraer matrimonio. El amor, la necesidad de compañía, la satisfacción sexual o la mejora del status económico, tienen también su relevancia, pero ha de asignárseles un grado menor en la escala de incentivos, por cuanto que la satisfacción de esos objetivos puede alcanzarse al margen del matrimonio, casi sin ninguna presión social adicional.
Es cierto, que también puede fundarse una familia sin necesidad de que los padres estén casados, pero en este caso, a diferencia de los anteriores, aunque cada vez con menos intensidad, todavía pueden percibirse con nitidez los símbolos clásicos de la presión social, religiosa y familiar.
Lo que está sucediendo en la actualidad es que la creación de una familia y el cuidado de los hijos ya no constituye el objetivo fundamental de muchos jóvenes, hombres y mujeres que empiezan a valorar la familia y los hijos como una carga que debe figurar en el pasivo de su vida y no como una expectativa de mejorar su bienestar. El modelo tradicional del hogar de nuestras madres se percibe hoy como un escenario frustrante, plagado de sacrificios y dificultades que coarta, cuando no mutila, el libre desarrollo de la personalidad individual. Una vida consagrada al cuidado de los valores familiares se sitúa en franca e irreconciliable contradicción con la ética hedonista que hoy prevalece en las sociedades democráticas.
Pero lo que ha cambiado esencialmente en el entorno del mercado del matrimonio es la valoración de los riesgos que conlleva la decisión de casarse. En primer lugar, ha disminuido muy notablemente la estabilidad del matrimonio. El permanente incremento del número de separaciones y divorcios evidencia que " el matrimonio para toda la vida" es cosa que pertenece al pasado.
Los futuros pretendientes son plenamente conscientes del elevado índice de siniestralidad del contrato que han decidido suscribir y eso opera como una restricción importante a la hora de tomar la decisión definitiva. Ello conlleva el inevitable incremento del tiempo del noviazgo o "tiempo de búsqueda", con el resultado de que en muchas ocasiones esa búsqueda se prolongará interminablemente... No es raro encontrar muchas parejas que admiten ir al altar o al juzgado con una expectativa temporal limitada o al menos incierta. El "hasta que dure" ha sustituido el "para toda la vida".
En segundo lugar y de manera fundamental, se han incrementado drásticamente los costes de la ruptura y además lo han hecho asimétricamente , de modo tal que los efectos asociados a la disolución del matrimonio se distribuyen de manera muy desigual entre los cónyuges. La regulación legal de la disolución del matrimonio y la práctica mayoritaria de nuestros tribunales, responde a un modelo paternalista que sitúa en el vértice del sistema un acentuado proteccionismo para quien se supone es la parte más débil de la relación-la mujer-, convertida en esposa victimizada; un modelo que, en muchísimas ocasiones, no se corresponde con la cambiante efervescencia de una sociedad civil en la que las mujeres están adquiriendo, afortunadamente, un aceleradísimo papel protagonista.
En la medida en que la disolución del matrimonio, mediante el divorcio sin culpa promovido unilateralmente por uno de los cónyuges, se configura como un derecho para cualquiera de los esposos, el contrayente que goza de una menor protección jurídica y que experimenta un mayor desequilibrio con la ruptura, tenderá a minimizar la pérdida disminuyendo el riesgo, eludiendo el compromiso que representa el matrimonio.
En términos generales, son los hombres quienes sufren mayores pérdidas emocionales- abandono forzado del hogar familiar, pérdida de la convivencia con sus hijos- y patrimoniales- abono de pensiones, compensaciones etc.- . En muchas ocasiones, los hijos comunes se utilizan como moneda de cambio para obtener ventajas o compensaciones económicas adicionales. En estas condiciones, necesariamente una parte significativamente creciente de la población masculina, tiende a considerar el matrimonio como una empresa de alto riesgo en la que invierte una parte importante de su tiempo y de su esfuerzo y cuya continuidad depende de la voluntad de un socio, al que la ley, le otorga extraordinarios privilegios en caso de disolución de la empresa común.
Por el otro lado, la extensión de un proteccionismo casi sin restricciones que favorece indiscriminadamente a quien a priori se configura como la parte más débil de una relación sinalagmatica, favorece prácticas manifiestamente abusivas que producen resultados gravemente injustos, lo que, en definitiva, redunda en un significativo incremento de la conflictividad matrimonial o posmatrimonial, con sus secuelas de desestructuración familiar y violencia. En estas circunstancias, el matrimonio deja ser un horizonte vital deseable para muchos hombres , y también para muchas mujeres que no quieren ser beneficiarias de ninguna paternal admonición, sino conducirse, también en el seno de su vida en pareja, en términos de absoluta igualdad e independencia.
El resultado de todo ello es, por así decirlo, que en el matrimonio maximizan su valor de utilidad tan sólo aquellos que están en disposición de percibir,- a través de la ayuda y protección de una legislación intervencionista-, los dividendos extraordinarios derivados de su condición legal de " víctimas" o "desfavorecidos". El resto, que integra la mayoría de la población, o padece sus consecuencias o simplemente prescinde de la institución, buscando y creando modelos alternativos de convivencia.


Jueves, 19 de Enero 2017

UNA DICTADURA INVISIBLE

  
 

 

Desde que en 1979 François Lyotard caracterizara la posmodernidad, en una obra destinada a convertirse en canónica, como una época que inaugura el fin de los grandes relatos, el mundo en el que vivimos ha experimentado una gran transformación. Pero sean cuales sean el alcance y la profundidad de esos cambios, dice mucho en favor de la aguda intuición de Lyotard el hecho de que al clásico y homogéneo universo del discurso ilustrado, anteriormente dominante, le hayan sucedido un conjunto de prácticas, lógicas y relatos fragmentarios, vehículados subjetivamente en torno a experiencias individuales y de corte decididamente relativista. 
  
En la actualidad parece haberse consolidado una cierta visión del mundo que cuestiona la objetividad del conocimiento negando pertinencia a cualquier concepto enfático de verdad que ha dejado de ser el ideal regulativo del pensamiento para convertirse en la expresión mediada por el interés del grupo, la raza, el género o el “sujeto cognoscente” de que se trate. Consecuencia inmediata de ello es que el canon científico de aproximación a la verdad que surgió con la Razón ilustrada se encuentra permanentemente amenazado por una especie de pluralidad epistémica que reclama insistentemente un estatus equivalente. 
  
La emergencia de esta novedosa “democracia de los saberes” se recubre del sólido blindaje que le proporciona el consabido arsenal ético de la posmodernidad: la legitimación de lo diferente por su mera existencia. Lo otro, lo distinto, lo fragmentario y lo particular reivindican un lugar en el trono del saber, un saber despojado ahora de toda jerarquía referencial; una especie de catarsis del pensamiento que ha de expiar la supuesta culpa colectiva de la Razón ilustrada. 
  
A lo que asistimos es a un debilitamiento epistemológico del conocimiento, un mundo en el que ningún saber puede pretender ser hegemónico más allá de su horizonte hermenéutico. Cualquier ideal regulativo que legitime el discurso se desvanece en el brumoso lenguaje del género, la raza o la clase. No creo exagerar si afirmo que, en muchas disciplinas, se ha extendido un manto de silencio que ahoga cualquier disidencia; es la sutil pero muy efectiva dictadura del pensamiento y del lenguaje políticamente correcto. 
  
En algunos ámbitos la discrepancia respecto de la ortodoxia oficial es un sacrilegio que no se perdona. Se llega a la estridencia de eclipsar todo pensamiento crítico sacrificándolo en el altar del consenso de la corrección política. Son los espacios sensibles, las “zonas militarizadas" por el consenso del pensamiento correcto. Describiré sólo algunas muestras. 
  
En su magnífica obra “La Tabla Rasa” Steven Pinker pone al descubierto la errónea concepción que hasta finales de los años noventa del siglo pasado dominaba en los departamentos de psicología y biología de las mejores universidades norteamericanas. La triple idea de que nacemos con una mente en blanco, que nuestra inteligencia es sólo el resultado de un proceso de acumulación cultural, que el ser humano viene al mundo con una predisposición natural para hacer el bien-“el mito del buen salvaje” o que nuestro cuerpo está gobernado por una entidad inmaterial a la que llamamos mente en cuyo interior se aloja algo parecido al alma-"el fantasma en la máquina”-, todo ello configura una visión del mundo que se ajusta a la ortodoxia del pensamiento correcto pero sencillamente no se puede conciliar con el concepto científico de la ontogenia y la filogenia de una actividad cerebral que surge gradualmente. 
  
Un idílico paraíso no determinista, en donde cada ser humano goza de la más irrestricta libertad para elegir el rumbo y el destino de su vida, en donde la conciencia divina inoculada en el alma individual de cada uno de nosotros nos señala el camino recto de la moral y la ética. Idílico pero radicalmente falso a tenor de los avances científicos que evidencian la intrínseca desigualdad de la naturaleza, el indudable y, en ocasiones, decisivo peso de la herencia genética y la crueldad de la lotería darwiniana en el destino de la vida. Hoy la ciencia ofrece respuestas inequívocas pero durante mucho tiempo el establishment académico dominado por la teoría de la tabla rasa impuso rigurosamente su dictadura del silencio. 
  
El género es el tema tabú por excelencia. Aquí, aún hoy, la más leve desviación del credo oficial-el falso igualitarismo biológico de origen-se sanciona con el ostracismo académico y la censura social. Steven Pinker se atrevió a desafiar la verdad oficial en una obra inaugural- “Como funciona la mente”-y después de él, miles de estudios han acreditado las significativas diferencias biológicas entre el hombre y la mujer que se traducen también en distintas habilidades cognitivas marcadas por el rasgo del género. Pero en este terreno cualquier científico está obligado a justificarse “ideológicamente” proclamando abiertamente su frontal oposición a cualquier discriminación por ese motivo. El propio Steven Pinker ha sido objeto de agrios ataques por esta causa. 
  
Cuando Michael Ghigleri un profesor de antropología discípulo de Jane Goodall, en un magistral análisis sobre los orígenes de la violencia masculina, se atrevió a sostener que la violación tiene poco que ver con el afán de dominación, la voluntad de poder o el deseo de humillar a la víctima, sino que sus orígenes han de buscarse en nuestros antepasados de la sabana africana, un comportamiento que heredamos de nuestros ancestros primates como una estrategia reproductiva estándar que se ha desarrollado durante millones de años-y pese a que nadie puede discutir que se trata de un delito repugnante-al profesor Ghigleri y a algunas de sus ayudantes femeninas se les calificó de "machistas”, “defensores de los violadores”, acusándoles de fomentar la violencia contra las mujeres, promover la discriminación de género y otras lindezas semejantes. Y esos insultos no provenían de una masa de ignorantes fundamentalistas, sino de medios académicos y supuestamente progresistas. 
  
Más recientemente, Nicholas Wade ha sido calificado de charlatán, racista y xenófobo. Su delito: atreverse a publicar una obra -“Una herencia incómoda”-, por lo demás extraordinariamente sugerente, en la que sostiene la hipótesis-sólo una hipótesis, sustentada por hechos-de que la evolución no se ha detenido con la aparición de la especie humana, sino que sigue su ritmo inexorable marcado por la diversificación de las diferentes razas que forman nuestra especie. Aunque Wade ha afirmado- y acreditado-en multitud de ocasiones que no sólo no es racista sino que se considera un firme defensor de la igualdad de derechos, no parece haber sido suficiente para frenar la indignada ofensiva del pensamiento políticamente correcto: una carta firmada por ciento cuarenta académicos le reprochan haber hecho un uso indebido de los avances en genética molecular. 
  
Podríamos continuar y extender nuestra muestra a otros ámbitos como la historia o la política. Pero sería un esfuerzo innecesario. Porque la dictadura de la corrección política no es un método susceptible de verificación empírica. Sus adeptos no están dispuestos a renunciar por muy falsas que se revelen sus afirmaciones o sus predicciones. Su idea directriz está conformada por un patrón ideológico, una idea mítica de la naturaleza humana anclada en el anhelo insatisfecho de una utopía siempre frustrada. Pero como en los cuentos de hadas la realidad es demasiado tozuda; los hechos no se modifican, lo único que cambia es nuestra imaginación. Me vienen a la memoria las palabras del gran biólogo evolucionista Stephen Jay Gould: “Estamos aquí sólo porque hace millones de años las aletas de unos peces se transformaron en las patas de los animales terrestres, porque la vida no se extinguió durante la última glaciación y porque nuestra especie, surgida en África hace cientos de miles de años, se las arregló para sobrevivir contra viento y marea. Anhelamos una explicación más elevada, pero simplemente no la hay.” 
  
 

  



Martes, 27 de Diciembre 2016

Y EN ESO SE FUE FIDEL

En noviembre de 1936 apareció publicado en París un demoledor relato de André Gide acerca del que estaba destinado a ser su viaje iniciático al paraíso socialista. “Regreso de la URSS” se convirtió de inmediato en un éxito de ventas y en un icono del desencanto, fundamentalmente, porque su autor, un reputado escritor y “compañero de viaje” en la jerga de la época, había osado describir sin pudor alguno la profunda decepción y el amargo rechazo que le había inspirado casi todo lo que había tenido ocasión de presenciar de aquel gigantesco experimento social.
 
Semejante conmoción resulta impensable en la era de Internet. La sociedad de la información nos ha transformado en cosmopolitas domésticos clausurando para siempre el perturbador asombro que envuelve la lógica de los descubrimientos. Pero lo que no ha podido eliminar es la naturaleza de la experiencia, el aquí y ahora, ese momento  irreproducible de la fusión de horizontes que integra un saber que no se registra en los libros.
 
Para el observador extranjero una visita a Cuba es lo más parecido a un viaje en el tiempo. La controvertida situación política y económica de la isla es harto conocida en el mundo entero pero la experiencia de una estancia en el país permite un registro diferente. Los relojes en la isla se detuvieron en aquella mítica fecha de enero de 1959 cuando un grupo de “barbudos y exaltados nacionalistas”, internacionalmente aclamados, hicieron su entrada triunfal en La Habana- el nuevo mesías en la que iba a ser la Jerusalén socialista-. Poco después se iniciaría aquella interminable “estrategia de hibernación” que ha congelado la sociedad cubana durante sesenta años. Hoy la vida en Cuba languidece marchitada presa de una narcolepsia colectiva.
 
Significativamente, todo lo que en la actualidad conserva el aroma de lo que un día fue civilizado, aunque sea en el recuerdo nostálgico de un anhelo frustrado, se remonta a un tiempo anterior a la revolución, erigida en el acontecimiento fundacional de una nueva Cuba anclada en un agujero en el tiempo. De repente Einstein se ha convertido en historiador. El día en el que el Che y Fidel proclamaron el triunfo de la revolución desde la terraza del antiguo hotel Hilton el tiempo se detuvo en toda la isla. Y no sólo en un sentido figurado. Los sesenta años transcurridos desde entonces no han sido más que la estela de una épica narrativa que remite permanentemente a esa retórica fundacional. Por eso no sorprende que en el mismo museo de la revolución, transformado en poco más que en un relicario destartalado, la historia registrada termine en enero de 1959.
 
Y sin embargo pese a todo, el tiempo ha transcurrido inexorablemente. El cronómetro de la historia ha arrojado a Cuba al basurero de las naciones fallidas. Cuba es hoy un país estigmatizado, gobernado por una élite extractiva al frente de un estado depredador que ha arrastrado a la sociedad cubana a un empobrecimiento del que tardará generaciones en recuperarse. Lamentablemente la esencia de la revolución cubana tiene nombre y apellidos: se llama pobreza, miseria y dependencia. No hay nada romántico ni evocador en esa decadencia. Basta un paseo de algunas horas por La Habana para disipar el espejismo de ese mantra revolucionario que envuelve una gigantesca farsa.
 
La retórica ontológica de la revolución ha construido un imaginario social de trinchera y resistencia que arrastra pesadamente el lenguaje inflacionario de la solidaridad junto a la permanente apelación a la soberanía nacional amenazada por el bloqueo imperialista. Pero lo cierto es que su capacidad de movilización está más que agotada porque se asienta sobre la lacerante realidad de una indigencia sin esperanza en la que prácticamente vive la totalidad del pueblo cubano.
 
Cuba ha sido desde 1959 un estado averiado, un enfermo asistido siempre por las generosas subvenciones de la Unión Soviética primero, del petróleo de Venezuela después y de la magnanimidad de la Unión Europea más tarde. En la actualidad ha desarrollado una singular modalidad autóctona de la que podríamos denominar “economía del pillaje”. En la sociedad cubana conviven hoy dos sistemas económicos paralelos regidos por los mismos principios: la obtención, captación y exacción de rentas. Lo verdaderamente asombroso es que ambos sistemas han sido fomentados, patrocinados y desarrollados por el gobierno.
 
En Cuba no hay un mercado negro como tal, es decir un flujo de bienes y servicios organizados al margen de la economía oficial . Y no lo hay porque paradójicamente es el propio gobierno quien se ha encargado de organizar y desarrollar una actividad económica paralela mediante la introducción de una dualidad monetaria. En Cuba hay dos monedas en circulación que aunque tienen la misma denominación desempeñan funciones económicas muy diferentes: el peso convertible denominado CUC y el tradicional peso cubano o CUP. En realidad el valor de ambas es idéntico: prácticamente nulo. El peso cubano en ninguna de sus modalidades resulta una moneda admitida a cotización en ningún mercado de divisas del mundo.
 
Pero la habilidad del gobierno consiste en haberse anticipado al surgimiento del inevitable mercado paralelo que aparece siempre cuando la moneda está sobrevalorada. Asombrosamente es el mismo gobierno cubano el que ha creado ese mercado mediante la introducción del denominado peso convertible; en la práctica una moneda a la que el gobierno ha fijado arbitrariamente un tipo de cambio equivalente al del euro y veinticinco veces superior al peso cubano no convertible a fin de acaparar divisas con las que poder satisfacer las costosas importaciones que debe pagar prácticamente al contado por su muy limitado acceso al mercado financiero internacional.
 
El gobierno obliga a los visitantes y turistas a pagar en pesos convertibles y a unos precios elevadísimos, mientras que a sus ciudadanos y empleados-prácticamente la totalidad de la población trabajadora- les abona los salarios en moneda nacional no convertible. El truco consiste en cobrar precios europeos por servicios africanos. Y el gobierno ha desarrollado una admirable habilidad en esa práctica manifiestamente extractiva. El resultado es algo muy parecido a un apartheid económico: El ciudadano cubano que cobra un salario mensual equivalente a unos treinta o treinta y cinco euros o pesos convertibles no puede jamás acceder a los bienes y servicios que están a disposición de los extranjeros y turistas que pagan en moneda convertible. En contrapartida el gobierno subvenciona  la alimentación mediante una cesta básica de alimentos de escasísima calidad a precios reducidos y proporciona una infravivienda a la población.
 
El efecto es similar al que produce un narcótico. Se ha generalizado la falta de motivación, la indolencia, la picaresca y la resignación. Se ha deteriorado y distorsionado el mercado de trabajo generándose lo que el propio régimen denomina "pirámide salarial invertida", de modo que un taxista o un conserje de hotel tiene un salario muy superior al de un ingeniero o un médico porque los primeros perciben rentas en pesos convertibles de los turistas y visitantes, mientras que los profesionales que trabajan para el gobierno reciben su contraprestación en pesos nacionales.
 
La presencia tentacular del Estado y la inagotable codicia del gobierno por acaparar rentas alcanza tintes inimaginables en cualquier sociedad moderna. Un inversor extranjero se encuentra obligado a contratar al profesional designado por el Estado y a abonar la prestación de sus servicios con una retribución de acuerdo con los estándares occidentales. Pero lo asombroso viene después. El ingeniero o el abogado que trabaja para el inversor extranjero sólo recibe un dos por ciento de la renta que genera. El resto va a parar a las arcas insaciables del gobierno. Y así podríamos seguir hasta el infinito.
 
Resulta evidente para cualquier observador que la situación se tornara insostenible en el corto plazo. Cual sea el camino que elija la sociedad cubana resulta ser una incógnita en este momento porque dependerá de múltiples factores y no es el menor de ellos la capacidad de la "nomenklatura" para oponerse a los cambios y resistir las demandas de sectores cada vez más numerosos de la sociedad cubana. Hay mucha incertidumbre respecto del futuro. Pero una cosa es segura: sea cual sea el modelo que surja después de la inevitable transición, tendrá que fundamentarse en alguna variante de la economía de mercado, porque el problema fundamental de Cuba-al contrario de lo que sostienen muchos críticos-no es la ausencia de libertades políticas y derechos fundamentales. El problema de Cuba se llama simplemente pobreza y miseria, un diagnóstico muy fácil y muy sencillo para el que sólo hay un remedio.
 
 
 
 
 
 


Lunes, 12 de Diciembre 2016

UN INCÓMODO SECRETO DE FAMILIA

La mecánica cuántica es, sin duda alguna, la teoría de más éxito en la historia de la ciencia. Sus postulados han sido sometidos a prueba mediante  múltiples experimentos en miles de ocasiones y  todos y cada uno de ellos han corroborado con asombrosa exactitud las predicciones teóricas. Sus aplicaciones prácticas, desde el láser hasta los ordenadores, configuran el mundo que conocemos: más de un cuarenta por ciento de la economía mundial está hoy relacionada, en una u otra medida, con los fundamentos teóricos de la física de partículas.
 
Y sin embargo, pese a este éxito indiscutido, en el corazón mismo de la teoría anida desde su origen un antiguo enigma al que los científicos denominan apropiadamente “el problema de la medida” o dicho en términos más coloquiales, es el misterio que emerge del encuentro de la física con la conciencia. Adviértase, que no se discuten los resultados experimentales de la física cuántica. Lo que está en juego y genera un intenso debate es la implicación de esos resultados más allá de la física.
 
En 1935, Erwin Schrödinger un físico alemán que años antes había descubierto la formulación matemática de la ecuación de la función de onda, en virtud de la cual un objeto en movimiento es sólo un paquete de ondas que viaja, ideó un experimento para ilustrar la naturaleza antiintuitiva y contradictoria de la mecánica cuántica. La teoría cuántica nos dice que un átomo se encuentra en un estado de superposición que abarca una multiplicidad de posiciones, hasta el momento en que mediante la observación se produce el colapso de la ondulatoriedad y hallamos el átomo en un estado de posición definida.
 
El experimento mental de Schrödinger consistió en configurar una caja metálica a la que se le había adosado un contador Geiger que se dispara si registra la entrada de un átomo. Al dispararse, el contador acciona una palanca que destapa un frasco de cianuro de hidrógeno. En el interior de la caja hay un gato, que morirá si el venenoso cianuro sale del frasco. ¿Qué veremos si miramos dentro de la caja para ver si el gato está vivo o muerto?. De acuerdo con la teoría cuántica, antes de que observemos el interior de la caja  el gato se encuentra en un estado de superposición, es decir vivo y muerto por igual. Es nuestra observación, la que provoca el colapso de la función de onda y determina una historia congruente con la realidad observada.
 
Naturalmente esta es una situación por completo absurda que, de hecho, no ocurre en la realidad. Esto es precisamente lo que quería ilustrar Schrödinger. Pero es también una situación congruente con los postulados de la física cuántica; la observación, de alguna manera, crea el acontecimiento al colapsar la función de onda. El acto de observación define un horizonte congruente de sucesos hacia el futuro y elabora un relato del pasado que se ajusta a ese acontecer.
 
La interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica patrocinada por Niels Bohr sostiene que el experimento de Schrödinger adolece de un defecto intrínseco en su planteamiento porque en la vida real los objetos macroscópicos, como la caja metálica, el contador Geiger o el propio gato no pueden permanecer inobservados en un estado de superposición porque siempre estan en contacto y entrelazados con el resto del mundo y este entrelazamiento equivale a una observación.
 
Y sin embargo el problema subsiste. Se han demostrado superposiciones macroscópicas genuinas con miles de millones de electrones implicados, donde cada electrón se desplaza simultáneamente en dos direcciones. Todo ello evidencia que nuestra observación no sólo crea una realidad presente, sino que también crea un pasado congruente con esa realidad.
 
El mismo fenómeno del denominado “entrelazamiento cuántico” desafía nuestra concepción estándar del tiempo y de la velocidad . De acuerdo con la relatividad general hoy sabemos que no hay ningún objeto o particula que pueda viajar a una velocidad superior a la de la luz. Y sin embargo en cientos de experimentos, algunos de ellos realizados muy recientemente a kilómetros de distancia, dos partículas inicialmente entrelazadas han observado instantáneamente el mismo y recíproco comportamiento, sin influencia material entre ellas. De manera que es perfectamente posible predecir el comportamiento de un fotón denominado Alfa mediante la observación de su par denominado Omega sin que haya ninguna corriente de energía o vínculo entre ambos. Y ello aunque se encuentren  a distancias de cientos o miles de kilómetros. De alguna manera, que aún no conocemos, cuando se observa una de las partículas originalmente entrelazadas se conoce el estado de su par, como si una acción a distancia-Einstein la denominaba “acción fantasmal” se produjera entre ambas.
 
Ante estos hechos la ciencia se limita a constatar su existencia, sin extraer conclusiones más allá de la física. La respuesta clásica es que, simplemente, la física cuántica funciona. Y conforme a la interpretación mayoritaria de la mecánica cuántica se aplica tan sólo al mundo microscópico, porque aunque no hay ningún obstáculo teórico para que también la física de partículas se extienda a los objetos grandes, lo cierto es que no resulta necesario porque allí, en ese ámbito, la física clásica, newtoniana y predecible, nos proporciona todo lo que necesitamos saber.
 
Hay un hecho irrefutable: la física cuántica funciona y hasta donde sabemos contiene un extraordinario grado de aproximación a la verdad. Entonces ¿por qué no podemos ver un objeto simultáneamente en dos cajas o un gato en el estado de superposición?. Lo cierto es que nunca vemos los extraños estados correspondientes a cosas que están simultáneamente en varias posiciones. Algunos científicos aventuran una respuesta. Posiblemente la razón por la que sólo observamos estados caracterizados por posiciones únicas es que somos seres que sólo podemos experimentar la posición y el tiempo, y la velocidad es posición en dos momentos diferentes. La respuesta se halla en la evolución: parece que los seres humanos estamos construidos así. Pero el misterio continúa.
 
 
 
 
 
 


Lunes, 28 de Noviembre 2016

1 2 3 4 5