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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa





EL DÍA DESPUÉS

Hace ahora tres años, con motivo de la celebración de la Díada del 11 de septiembre de 2014, escribí un artículo en El Periódico de Catalunya en el que bajo el título "Quo vadis Catalunya?" advertía respecto de la peligrosa deriva que estaba adquiriendo el proceso de secesión soberanista, deslizándose en una espiral de enfrentamiento creciente con el Estado que de prolongarse sólo podría concluir, fuere cual fuere su resultado, con una profunda y trágica fractura del conjunto de la sociedad civil.

Desgraciadamente, desde entonces la siniestra sombra de los peores vaticinios ha ido perfilándose hasta adquirir el contorno de una inevitable confrontación, cuyas secuelas se prolongarán durante un tiempo que ahora no podemos calcular.

Cómo se ha llegado hasta aquí, es la historia tantas veces contada de las descontroladas pasiones humanas agitadas en el caótico magma de las emociones primitivas de la sangre y la tierra, del poder de la identidad y de la necesidad de pertenencia, esos impulsos biológicos que nos enraízan en nuestra existencia, pero también es el producto de una historia en ocasiones conflictiva, de un imaginario social victimizado plagado de agravios largo tiempo silenciados, de la inevitable tensión entre el centro y la periferia en el costoso proceso de construcción de la identidad nacional, de dos modos de estar en el mundo que nunca alcanzaron una simbiosis armónica.

El nacionalismo catalán fue siempre, y lo sigue siendo en la actualidad, un fenómeno de carácter marcadamente económico. La identidad nacional catalana se configuró desde el comienzo, en los orígenes del Estado español, bajo la hegemonía de la pequeña burguesía urbana de las grandes ciudades en torno a las élites industriales y comerciales que defendían una visión del mundo tolerante y liberal, similar a sus homónimos europeos. Una ética del trabajo y del esfuerzo individual que armonizaba con el orden calvinista que se imponía en el conjunto de Europa. En ese sentido tenían poco que ver con sus compatriotas del resto de España educados en la rigurosa tradición del catolicismo tridentino, con ese acento salvífico y redentor que proclamaba la solidaridad de los iguales en el mítico Reino de los cielos.

En alguna medida tiene razón César Molinas cuando identifica el problema de Cataluña como el encaje de una nación del norte en un país del sur. Esta matriz geográfica y cultural que nos remite a imaginarios antagónicos sintetiza de manera muy gráfica algunas de las más agudas incomprensiones y ácidos desencuentros entre el Estado español y los ciudadanos de Cataluña.

El nacionalismo catalán no es un nacionalismo étnico. Su Bildung no se nutre de la sacralización de los valores profanos de la sangre y la tierra, del destino común o de la historia compartida. Ni siquiera el idioma nacional es el elemento que vértebra su núcleo identitario y reivindicativo. El catalán fue siempre la lengua oficiosa-hasta convertirse en oficial- en el territorio y ha convivido con el castellano en una armonía social que ni siquiera episodios aislados han logrado fracturar.

La identidad de Cataluña como nación, la emergencia de un pueblo que aspira a constituirse en un estado, se ha erigido por las élites políticas de la burguesía catalana sobre la base de la singularidad de ese peculiar carácter nacional que les distinguía del resto de los ciudadanos del Estado: la ética protestante del trabajo, esa contabilidad de la recompensa y el castigo, la jerarquía calvinista que premia el esfuerzo individual y condena la pereza y la indolencia de los menesterosos.

Lo que una mayoría significativa de la sociedad civil en Cataluña plantea hoy al resto de los ciudadanos del Estado es, en gran parte, una actualización de estos principios. Quieren cambiar, por decirlo así, el contrato de asociación con el resto del Estado, su relación de equivalencia con el Estado español. La ecuación de canje entre Cataluña y el resto del Estado que diseñaron los protagonistas de la transición de 1978 se ha tornado insatisfactoria e insuficiente, porque también se han alterado bruscamente las condiciones globales de la economía y los consensos éticos de la época keynesiana. La quiebra de los grandes relatos ha dejado al descubierto el lado oscuro de las virtudes morales. Muchos catalanes han comprendido, como tantos otros, que también hay un momento perverso en la solidaridad y están cansados de soportarlo. Y yo no me atrevo a censurarles por ello.

Lo que resulta altamente cuestionable es si ese legítimo anhelo de equilibrar la balanza de una solidaridad periclitada debe necesariamente envolverse en una bandera y articularse bajo la égida de un Estado propio. Yo no lo creo, quizás porque no soy nacionalista y carezco por completo de ese sentimiento de pertenencia identitaria. Pero comprendo algunas de las razones de quienes no están cómodos en un país que arrastra el pesado lastre de unos déficits históricos de los que no hemos sido capaces de desprendernos.

En todo caso, el haber llegado hasta aquí es el índice de un gran fracaso colectivo cuyos responsables no están sólo en Cataluña. Me pregunto cuántas veces habrán lamentado los responsables del Estado el haber despachado con un sonoro portazo las razonables peticiones económicas del Gobierno de la Generalitat para equilibrar la balanza fiscal con el resto del Estado. Y si no lo han hecho, entonces al cargo de inconsciencia e ingenuidad política ha de añadirse el de estulticia.

La espiral secesionista del desafío catalán no terminará el uno de octubre, se celebre o no el referéndum anunciado. Lo que está en juego en Cataluña no es, tan sólo, la unidad del Estado. El resplandeciente fulgor del nacionalismo ensombrece el antagonismo entre dos modos de estar en el mundo, entre dos cosmovisiones que no han logrado conciliarse definitivamente, que no han alcanzado nunca nada más que un precario equilibrio inestable.

Por eso, el problema del soberanismo catalán no tiene una solución jurídica. No es un problema normativo, sino axiológico. Desde la atalaya del independentismo Cataluña interpela al resto del Estado sobre nuestro modelo de convivencia, acerca de los valores que compartimos, de los principios que nos inspiran y de los proyectos que albergamos para nuestro futuro.

Muchos compartimos el guión aunque no nos gusten ni los protagonistas ni el escenario. Estamos en el albur del florecimiento de una nueva etapa: la revolución digital ha traído consigo una nueva variante del individualismo, más autónoma y consciente, menos egoísta que la versión original del siglo XIX. Un individualismo que se fundamenta en el altruismo recíproco, que está en la base de nuestra naturaleza evolutiva.

Lo que esto significa es que nuestros viejos anclajes morales, los contenidos semánticos de nuestros mandatos éticos, la idea de la virtud y el orden, de la solidaridad y de la igualdad, de lo público y lo privado, del Estado y del individuo han de reconfigurarse nuevamente en correspondencia con nuestro nuevo horizonte hermenéutico.

La crisis institucional que ha abierto la iniciativa del referéndum convocado por el Gobierno de la Generalitat resulta ser también, paradójicamente, una oportunidad para un nuevo comienzo. Desde luego, para reequilibrar conforme a las pautas acuñadas de un renovado concepto de solidaridad, la ecuación de canje entre Cataluña y el Estado español, pero también debe representar un aldabonazo para desembarazarnos definitivamente de ese lastre de paternalismo cavernario que, cubierto con el almidonado ropaje de una solidaridad perversa, ha sido tradicionalmente instrumentalizado por nuestros gobernantes para manipular la sociedad civil con el exclusivo fin de permanecer alojados en las esferas del poder.

Resulta urgente ofrecer a los catalanes y al resto de los españoles un proyecto colectivo ilusionante en el que el todo sea algo más que la suma de las partes y en el que cada uno de los participantes se sienta orgulloso de contribuir. Cualquier ciudadano de Oregón, Illinois o California se identifica en primer lugar y por encima de todo como norteamericano, porque la pertenencia a una nación común le hace sentirse más fuerte y más seguro. Ésa es la tarea que hemos de emprender entre todos a partir del día dos de octubre.


Martes, 12 de Septiembre 2017

UN NUEVO TOTALITARISMO
Acabo de concluir la lectura de un libro apasionante: Grand Hotel Abyss, de Stuart Jeffries, un acreditado editor del periódico The Guardian . Utilizando el irónico sobrenombre con el que Lukács se refería a los más prominentes miembros de la Escuela de Francfort, el autor logra entretejer un relato histórico, pero crítico y actualizado, de la vida y de la obra de los más reputados miembros del Instituto de Investigación Social: Max Horkheimer, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Friedrich Pollock, Erich Fromm o Herbert Marcuse, entre otros.
 
No voy a negar que admiro gran parte de la obra de este formidable grupo de intelectuales alemanes que, exiliados de su patria pero conservando su lengua, alumbraron uno de los más penetrantes y lúcidos análisis de la modernidad en el siglo XX. Pero no son sus agudas y premonitorias reflexiones sobre el fracaso de aquella promesa de felicidad que encarnaba la Ilustración las que quiero destacar ahora aquí. Es su inquebrantable voluntad de negación, un insobornable espíritu de ajustarse a la verdad que, forjado en la resistencia frente al totalitarismo que condujo a la Segunda Guerra Mundial, se articularía en una metodología dialéctica conocida como Teoría Crítica, lo que me trae a la memoria otro acontecimiento de mucha más reciente actualidad en el que resuena el eco lejano de las retóricas de la intransigencia y del excluyente principio de identidad.
 
Todos los medios de comunicación, y por supuesto, también las redes sociales, se han hecho eco del fulminante despido de un ingeniero de Google a raíz de una carta dirigida a la vicepresidenta del departamento de Diversidad, Integridad y Gobierno de la compañía, Danielle Brown, en la que bajo el título "la caja de resonancia ideológica de Google" el empleado discrepaba de la política de la compañía en este aspecto, y ofrecía algunas sugerencias alternativas con la intención de mejorar la política de diversidad.

Los titulares de la práctica totalidad de la prensa escrita y de los informativos televisivos dan cuenta del justificado y merecido despido de un empleado incorregiblemente machista, que hace gala de un sexismo discriminatorio e hiriente, tiene la desfachatez de redactar un panfleto en el que desprecia a las mujeres y justifica su discriminación laboral, que pone en duda su aptitud para trabajos de alta dirección y pretende confinarlas al gueto de la casa y del hogar. En suma, un anacronismo propio del pleistoceno que vive en el tiempo equivocado.

Pero la noticia encierra alguna sorpresa. Y es verdaderamente explosiva. Basta leer la carta que el desafortunado ingeniero dirigió a la directora del departamento de Diversidad de Google para comprender la magnitud de la catástrofe intelectual que ha desencadenado el totalitarismo de la corrección política, impregnando con la pervertida complicidad de un círculo de silencio todo el tejido de la vida social. La unanimidad de los medios, en un tratamiento distorsionado de la información, es un elocuente índice del grado de barbarie que hemos alcanzado. Nadie puede sobrevivir más allá de las barreras de éste moderno Muro de Adriano, del nuevo limes ideológico que han erigido los guardianes de la Palabra Sagrada que ahora se declina en la conjugación laica de la democracia y la igualdad.

Y si no juzguen ustedes mismos. ¿Cúal es el crimen que ha cometido esa especie de Autralopithecus digital que tanto ha enervado a la comunidad bienpensante de los medios y de sus paniaguados adláteres?. Pues sencillamente hacerse eco de lo que hace tiempo la mejor ciencia, la psicología y la biología evolutiva, han acreditado de manera indubitada: que existen diferencias biológicas, innatas y definitivas entre los géneros; que los hombres y mujeres tenemos capacidades, inclinaciones, sentimientos y afectos diferentes; que todos, hombres y mujeres, estamos expuestos y padecemos determinados sesgos y que el único modo de limitar su efecto es ser plenamente conscientes de ello; que las mujeres son "abiertas en sus sentimientos y estéticas y que tienen un interés más fuerte en las personas antes que en las cosas en comparación con los hombres"; que , "se comportan de manera más extrovertida y más amable y que por eso lo pasan peor a la hora de negociar salarios, pedir aumentos, negociar o de dirigir empresas".

Y respecto de los hombres ha tenido el atrevimiento de afirmar-junto con toda la actual tradición científica seria-que "los hombres son más ambiciosos y tienen mayor predisposición hacia el estatus, que el estatus es la primera métrica con la que a menudo se juzga los hombres empujando a muchos de ellos a trabajos mejor pagados pero menos satisfactorios que aportan el estatus que ansían" que, "al contrario que las mujeres que buscan, de media, un mejor equilibrio entre la vida y el trabajo, los hombres prefieren un mejor estatus".

Al decir del autor del texto muchas de estas características condicionarían fuertemente la presencia de las mujeres en puestos tecnológicos de alta dirección de la compañía. Desconozco si esa conclusión es o no acertada, pero lo que parece evidente es que las premisas se corresponden con el actual estado de nuestro conocimiento científico por mucho que no se ajusten al dictatorial protocolo de la corrección política.

¿Y qué es lo que propone nuestro empleado para remediar el actual estado de cosas en la compañía?. Algo en todo caso muy sensato. "Demoralizar la diversidad", esto es, abandonar la política de moralizar los problemas; "dejar de alienar a los conservadores" porque en determinados entornos se sienten cohibidos y se encierran en sí mismos para evitar la hostilidad o "tener una discusión abierta y honesta sobre los costes y beneficios de nuestros programas de diversidad"; enfocarse en la seguridad psicológica, no sólo en la diversidad raza/género,; desempatizar la empatía, priorizar la intención y ser abierto con respecto a la ciencia de la naturaleza humana". Es decir una especie de decálogo que debería figurar en el frontispicio de cualquier institución sea política, empresarial o de otro tipo.

Como por supuesto, el pobre diablo se temía el huracán que iba a desencadenar, insiste, denodadamente, en varias ocasiones en afirmar su "pureza de sangre" su inmaculado árbol genealógico de cristalino brillo democrático; se identifica como liberal, afirma: " creer firmemente en la diversidad racial y de género" añadiendo, ingenuamente, "pienso que deberíamos tener más todavía" y por supuesto suscribe la política de diversidad de la compañía. De nada le ha servido. En su infantil ingenuidad-y esto lo añado yo-puntualiza que lo único que pretende es mejorar las prácticas de la compañía en el seno de una comunidad abierta de libre discusión. Naturalmente, Google es una compañía multicultural, tolerante y abierta… hasta cierto punto, el límite lo marca esa dictadura cada vez más visible que hace de la denominada "corrección política" un modo de estar en el mundo.

Es la chispa que enciende la mecha de una alocada carrera en la que no hay medalla de plata, un juego de suma cero en el que el ganador se lo lleva todo; en el podium solo hay una plaza y es para el campeón: el más progresista, el más inclusivo, el epítome de la diversidad. Si para conseguir el premio ha tenido que pisotear la historia entera de la ciencia, entonces la solución es bien sencilla: construyamos otro relato alternativo, el científico ya no nos sirve. Me siento orgulloso de no participar en esa competición.

Vivimos atrapados en un círculo cerrado del discurso unidimensional. Si Herbert Marcuse reescribiera hoy su famosa obra cambiaría el título. Se ha producido un cierre del universo del discurso, particularmente en el seno de la izquierda, en torno a los nuevos mitos surgidos de las microculturas de la sociedad posmoderna. La pérdida del privilegio ontológico de la clase obrera como sujeto revolucionario, ha provocado la emergencia de múltiples candidatos, a cada cual más esotérico. Tengamos la osadía de decirlo definitivamente: no hay ningún sujeto privilegiado en la historia, no hay ningún maestro de ajedrez oculto que maneje al autómata como creía Benjamin; Popper estaba en lo cierto la historia carece de rumbo, no hay ningún destino prefijado.

El materialismo histórico es sólo un método, como profecía ha resultado ser un rotundo fracaso.

Urge reivindicar el prestigio de la razón. Todavía nos resta por ultimar el legado histórico de la ilustración. No hemos recorrido el largo camino del desencantamiento del mundo, desprendiéndonos de los mitos y supersticiones religiosas, solo, para caer bajo el hechizo de los nuevos clérigos de lo políticamente correcto.

Para terminar, un solo momento de nostalgia. Me pregunto qué diría hoy Adorno si pudiera contemplar este espectáculo; él definió un nuevo imperativo categórico: vivir para que Auschwitz no se repita. Es verdad, pero vivimos todavía bajo los humeantes rescoldos de los hornos de Treblinka.


Miércoles, 9 de Agosto 2017

¿ES LA MATERNIDAD UNA OPCIÓN?

Recientemente he tenido ocasión de leer un par de libros, escritos desde diferentes perspectivas, que me han suscitado alguna interesante reflexión sobre esta pregunta, un tanto iconoclasta e impertinente, que cuestiona las bondades tradicionalmente asociadas a la procreación.
 
Las autoras, porque de dos mujeres se trata, abordan la cuestión desde diferentes perspectivas. “No Madres” es, en alguna medida, el relato desgarrador de la traumática experiencia que vivió la periodista María Fernández-Miranda-hoy subdirectora de la revista Cosmopolitan- en su denodado y finalmente frustrado empeño por alcanzar la maternidad y satisfacer de ese modo las naturales expectativas del mundo en el que había sido educada y del entorno en que vivía.
 
“Madres Arrepentidas” es un estudio sociológico, emprendido por Orna Donath una investigadora de la Universidad Ben Gurion, sobre un conjunto de veintitrés mujeres israelíes, de diferentes clases sociales y con edades comprendidas entre los veintiséis y los setenta y tres años, que manifiestan abiertamente su arrepentimiento por haber sido madres.
 
A pesar de las diferentes ópticas con las que abordan esta problemática en ambos casos subyace el mismo presupuesto que se oferta más como reivindicación que como análisis científico: el derecho de las mujeres a decidir y optar por la no maternidad, a abandonar el rol que tradicionalmente la sociedad les ha asignado como madres y afirmar su propia identidad como seres humanos completos.
 
Naturalmente, si esto fuera todo yo tendría muy poco que añadir, salvo, evidentemente , sumarme con entusiasmo y sinceridad a la proclamación de lo que hoy nos parece un derecho elemental: la libertad de cada ser humano para elegir el modelo de vida que mejor satisfaga sus deseos y necesidades. Pero esta es sólo una parte de la historia y, en mi opinión, la menos interesante.
 
Vaya por delante, para tranquilizar las trémulas conciencias de los ayatollah de la corrección política, que no es mi intención impugnar las conclusiones de las autoras que se desenvuelven en un ámbito de discusión distinto del que yo pretendo suscitar aquí. Quiero también afirmar explícitamente que comparto muchos de los supuestos en los que se fundamentan tanto la malhadada experiencia de María Fernández Miranda como la investigación de Orna Donath.
 
 Ciertamente, traer hijos al mundo es una tarea muy costosa, especialmente para las mujeres; en primer lugar ocasiona un considerable incremento del gasto que en ocasiones ha de asumirse en solitario dado el alto índice de siniestralidad matrimonial con el que hoy convivimos, interrumpen  en muchas ocasiones la carrera profesional y las perspectivas vitales de muchas mujeres que han de comprometer su tiempo y su esfuerzo en el cuidado de los hijos, las gratificaciones emocionales están claramente mitificadas porque rara vez alcanzan el nivel de las expectativas no satisfechas, y efectivamente existe una enorme presión social sobre el género femenino-especialmente por las propias mujeres-para procrear y ser madres.
 
Lo que esto significa es bien evidente: si en esta cuestión nos comportáramos de manera racional, ponderando las ventajas e inconvenientes de nuestra elección, valorando con la fría y desapasionada técnica que nos proporciona un árbol de decisión, confrontando el activo con el pasivo del resultado elegido, entonces es harto probable que en muchos casos, muchos más de los que imaginamos, dado que los costes superan ampliamente a los beneficios que individualmente se obtienen con la procreación, las mujeres-pero también los hombres-optarían por la no maternidad y la no paternidad.
 
Pero este es, justamente, el único resultado prohibido por la inviolable ley de la evolución que nos impone como especie el imperativo inderogable de la reproducción. Todos nosotros estamos aquí con un único propósito: continuar, aportar descendencia para perpetuar nuestro desarrollo evolutivo. Las leyes de la biología son inmunes a cualquier canto de sirena, tanto si proceden de las melodiosas plegarias de nuestros templos, como de las embravecidas entonaciones de nuestros “sagrados” valores constitucionales.
 
Por eso, en última instancia, la respuesta a la pregunta que formulábamos ha de ser necesariamente negativa. La maternidad no es-aunque pueda concebirse como-una opción. Y no lo es porque el ser humano no puede decidir caprichosa o discrecionalmente acerca de su propia reproducción. Estamos, de alguna forma, condenados a perpetuarnos porque nos lo imponen las leyes biológicas que nos crearon y que crearon el mundo y el universo tal como lo conocemos. Se trata de una materia sobre la que los seres humanos, sencillamente, no podemos disponer.
 
Y por ende, tampoco las mujeres pueden decidir libérrima y colectivamente sobre su maternidad. Las hembras en todas las especies, y también en la nuestra, son las depositarias de la continuidad de la vida y de la especie. En esa medida, la biología es el destino de las mujeres y también de los hombres. Como especie carecemos de alternativa.
 
Este imperativo biológico no es incompatible con la elección individual, esporádica y aislada.
No hay ninguna razón, más allá de los tabúes y mitos culturales que deben ser superados, por las que algunas mujeres no puedan decidir voluntariamente no ser madres. Pero se tratará de una elección minoritaria y poco significativa. Preguntémonos qué sucedería si una mayoría de mujeres decidiera optar por la no maternidad desvinculándose así de la procreación. El equilibrio de la especie se alteraría y con mucha probabilidad nos hallaríamos ante el umbral de la extinción. Y esta es precisamente la razón por la que la sociedad colectivamente, por mucho que le duela a nuestras autoras, ejerce una presión difícilmente superable para contribuir al mantenimiento del equilibrio evolutivo.
 
Frente a la biología no hay opciones ni derechos. Tenemos que aceptar las limitaciones de la especie a la que pertenecemos. Somos parte de algo más grande: de un conjunto de leyes y regularidades físicas que crearon el universo y el mundo que habitamos. Tenemos tendencia a impugnar todo aquello que no controlamos, pero aquí asoma de nuevo la vieja falacia del dominio de la voluntad sobre la naturaleza que nos legó la ambigua dialéctica de la ilustración. Pero esta es otra historia, que en algún otro momento habrá que relatar……
 
 
 
 


Lunes, 7 de Agosto 2017

POR QUÉ NO ME GUSTA EL PARAÍSO

Desde hace tiempo tradicionalmente los países nórdicos han figurado en los primeros puestos de todos los ranking internacionales que miden la riqueza, el bienestar y la igualdad. Igualmente, sus ciudadanos se identifican y reconocen como los seres más satisfechos y felices del planeta. Los habitantes de los países escandinavos en general y los daneses en particular son los campeones mundiales de la felicidad en todos los informes y encuestas que se han efectuado al respecto; tanto el Informe Mundial de la Felicidad elaborado por las Naciones Unidas, como el Índice para una Vida Mejor de la OCDE o la Encuesta Social Europea les otorgan posiciones de absoluto privilegio. Se trata, por utilizar el afortunado título del libro de Michael Booth al respecto de "Gente casi perfecta".
 
No cabe duda de que estamos en presencia de sociedades plenamente integradas y muy cohesionadas, que disfrutan de un estado del bienestar extraordinariamente generoso que provee a todos los ciudadanos de sanidad y educación universales y gratuitas -incluyendo el acceso a la universidad-, de reducidas jornadas laborales que permiten compatibilizar la vida personal y profesional, de una irrestricta igualdad de género que proscribe cualquier discriminación salarial o de otro tipo, de una amplia cobertura en caso de desempleo, de ayudas y subvenciones para los desfavorecidos, de unas generosas seis semanas de vacaciones al año y, en fin, de toda una amplia gama de prestaciones sociales. En estas condiciones, me pregunto ¿quién no querría vivir en esta especie de paraíso en la tierra?. Porque, con la excepción de la climatología, no hay ninguna sociedad que haya alcanzado tan altos índices de bienestar y satisfacción en todos los parámetros que tradicionalmente se utilizan para medir algo tan subjetivo como la felicidad.
 
Y sin embargo, no soy el único que se formula esta pregunta. Michael Booth ha escrito un sugerente y apasionante relato sobre su experiencia escandinava -está casado con una danesa- tratando de encontrar una respuesta . Y aunque hay muchas cosas que le sorprenden y desagradan -lo atribuye a su exagerada arrogancia británica- no acaba de proporcionar una explicación satisfactoria al hecho de que pese a todos los innegables logros económicos y sociales hay algo que no termina de encajar en esa utopía escandinava de la gente casi perfecta.
 
Todo el cuadro destila una armonía que lo hace sospechoso. Es una voz que susurra instintivamente que algo huele a podrido en el paraíso. No se trata de los inevitables problemas y dificultades con las que tienen que lidiar también estos países. Michael Booth los explicita magistralmente, pero al fin y a la postre, se ve forzado a reconocer que, en todo caso, han logrado gestionar  sus contradicciones infinitamente mejor que el resto de nosotros. Es algo distinto, una sensación de abstracta y genérica incomodidad, una resistencia interior a aceptar la aparente armonía de la perfección. Podría ser un prejuicio, de esos que es necesario desterrar porque están anclados en la heurística de los sesgos. Pero también podría ser esa clase de intuición que anticipa un juicio racional.
 
Curiosamente, la respuesta la encontré entre los mismos protagonistas que habían despertado mi curiosidad. Meik Wiking es director ejecutivo del Instituto de Investigación sobre la Felicidad de Copenhague, un centro dedicado al estudio del bienestar y la calidad de vida. Wiking ha escrito un libro verdaderamente emblemático en el que pretende dar respuesta al misterio de la inigualable felicidad que envuelve la vida de los daneses. "HYGGE, la felicidad de las pequeñas cosas" es algo más que un manual para alcanzar el nirvana nórdico. Su autor, probablemente sin pretenderlo, nos ha ofrecido una excelente respuesta a ese inquietante sospecha que nos hacía interrogarnos sobre las bondades de la utopía escandinava. El libro ha iluminado mi respuesta: ahora comprendo bien porque no me gusta el paraíso.
 
Hygge es un concepto específicamente danés, de difícil traducción a cualquier lengua extranjera. Y eso, como explicaré después no es anecdótico. Podríamos traducirlo como una especie de calidez, comodidad o unión. En palabras del autor algo así como una especie de "abrazo sin tocarse" un disparador de la oxitocina que hace las veces de auténtico "pegamento social". La dificultad de la traducción es un índice de la amplitud del concepto: la palabra hygge se puede añadir a casi cualquier otra de la lengua danesa para denotar todo tipo de situaciones presididas por esa placentera sensación: hyggekrog, es el rinconcito "donde te gusta acurrucarte con una manta, en compañía de un libro y una taza de té",Hyggelig es la cualidad que se predica de algo que posee Hygge y así sucesivamente.
 
El Hygge no es un estado de ánimo. Es mucho más. Es una visión del mundo, una ideología que impregna todos los aspectos de la vida. Desde la ropa que vistes, a la comida que ingieres, la casa en la que vives,  la gente con la que te relacionas etc... Las estaciones del año también están marcadas por un calendario hygge , las horas de ocio, los amigos y compañías que frecuentas, las relaciones sociales, el trabajo en la oficina todo está permeado por ese maravilloso manto de la felicidad: lo hyggelig.
 
La casa constituye lo que el autor considera "la sede del hygge" que, por supuesto, debe contener los requerimientos clásicos de la felicidad en su singular versión danesa: una chimenea, unas velas, cosas hechas de madera, la sempiterna naturaleza, algo de porcelana y el omnipresente toque vintage . Por supuesto, en situaciones de emergencia, en las que el pobre diablo se encuentra bajo de energía y la intensidad del hygge disminuye, el autor le proporciona un kit de emergencia en el que no pueden faltar las velas, el chocolate (del bueno), un buen par de calcetines de lana, un jersey de batalla, un álbum de fotos y cualquier otro trasto inservible que queramos añadir.
 
Aunque la Navidad es el momento más emblemático en donde cristaliza el espíritu hygge , sería inconcebible que tal despliegue de felicidad quedara reducido a una sola estación del año. El autor propone un maravilloso plan para cada mes, empezando por "la noche de peli" en enero, continuando con la "excursión y cocinar en la fogata" para abril y concluyendo con unos buñuelos en diciembre, siempre que el atormentado pupilo no haya tenido la afortunada idea de suicidarse antes.
 
Además contamos con otra ventaja añadida. El hygge es maravillosamente democrático, humilde, lento y sobre todo… barato. ¿O acaso las actividades que sugiere Wiking no están al alcance de todos aquellos entusiastas que deseen incorporarse al mantra de la felicidad, con independencia de sus recursos económicos?. Los juegos de mesa, la fiesta de las conservas, la noche de tele- con palomitas por supuesto-,la petanca, encender una hoguera o montar en trineo son todas actividades profundamente hyggelig que condensan  la esencia de esa envidiable felicidad danesa.
 
Desde luego, esta intensa práctica de la felicidad no puede quedar reducida al recinto del hogar o a los espacios de ocio; debe prolongarse también en la oficina, en el lugar de trabajo. ¿Cómo conseguirlo? El autor proporciona una receta mágica: ponga una tarta en la oficina, sí, una tarta, y si puede ser ese océano de nata y mantequilla extraordinariamente hygge  que es el kringle-la pasta danesa clásica-te habrás aproximado a la perfección. Por supuesto, todo ello en un ambiente desenfadado e informal. Nada de trajes. Es obligado el color negro, el fular y " un supervoluminoso jersey". Sinceramente, detesto los trajes pero estoy considerando la posibilidad de vestir con raya diplomática todos los días del año.
 
Y por supuesto, no puede faltar el café-en abundancia-las velas, con una tenue y romántica iluminación, y los amigos y familiares, el último tormento que cabría añadir a este catálogo digno de la inquisición. Interminables reuniones con amigos escogidos y familiares sin escoger en torno a una mesa hyggelig , con una copa de vino, unos rancios calcetines de lana y algún chucho merodeando por la habitación… ¿Puede igualarse semejante parangón de felicidad?
 
Al terminar la lectura del libro, en la que el autor además propone lo que denomina un safari hygge -una especie de  visita guiada por Copenhague- he encontrado una respuesta definitiva a mi interrogante: ahora se perfectamente porque no me gusta el paraíso. Estoy de acuerdo con Michael Booth en alabar los impresionantes logros económicos y sociales del estado de bienestar escandinavo, pero con toda sinceridad si tuviera que elegir me encuentro mucho más próximo al denostado individualismo norteamericano que tanto abominan.
 
Ahora sé con toda claridad porque algo se agita en mi interior cuando olfateo esa aura de inmaculada perfección que destilan aquellos sistemas sociales tan coherentes e integrados: es una mueca de espanto ante esa visión del mundo, esa ideología que regula, con una conformidad totalitaria que elimina la diferencia como razón, todos los aspectos de la vida social e individual de los hombres y mujeres más "felices" de la tierra. Me alegro de no pertenecer a esa estadística. No me gusta el mundo administrado, ni tampoco los institutos para medir la felicidad. Se equivoca Meik Wiking cuando al final de su libro pretende parodiar algo así como una pretensión ensayística. La felicidad no es un asunto puramente subjetivo. Tiene, sin duda, una dimensión subjetiva, es la experiencia vivida de un sujeto, pero el contexto cuenta y en una dimensión distinta. No es posible separar la felicidad de un concepto enfático de verdad. También pertenece a una dimensión objetiva: aquella que nos remite al anhelo de una sociedad verdadera.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Jueves, 4 de Mayo 2017

EL GRAN VINCENZO

Le conocí en una estación de esquí durante unas breves vacaciones de invierno. Lucía el mejor aspecto que uno puede tener cuando ha sobrepasado la edad de jubilación. Una abundante y plateada cabellera, atildadamente recogida hacia atrás, envolvía un rostro que, aun surcado por los pliegues de una vida convulsa, todavía resultaba atractivo. Su estatura, aun sin ser excesiva, era suficiente para acoger el armazón de un cuerpo que conservaba las proporciones de lo que, sin duda, debió ser una juventud atlética.
 
Se conducía con el aplomo y la seguridad de quien ha tenido la fortuna de vivir en el lado privilegiado de la existencia. Su porte y sus ademanes, gobernados bajo la batuta de unas manos firmes y delicadas que se prolongaban en unos dedos escrupulosamente tallados, destilaban aquel aroma de elegancia que envolvía la escena cuando Gregory Peck aparecía en la pantalla. Vincenzo era muy consciente de ello y no se molestaba en disimular una mueca de orgullo natural que afloraba en el primer minuto de su conversación: había nacido y se había educado en Las Arenas de Getxo, el legendario e inexpugnable baluarte de la mejor sociedad de Euskadi.
 
Había recorrido la vida en un exagerado carrusel. Durante mucho tiempo la fortuna le había sonreído, convirtiéndose en un exitoso empresario gestionando una conocida línea aérea, pero después el destino le había arrebatado su modo de vida. Pero lo que el caprichoso azar no pudo sustraerle era esa inagotable jovialidad que impregnaba cada instante de su existencia de un contagioso amor por la vida, de una irrefrenable pasión por apurar cada instante como si fuera la antesala del final. Había algo de agónico y fatídico en la  irradiante estela de felicidad que dejaba a su paso.
 
Nos saludó con un protocolo digno del flaneur de Beaudelaire: su primera frase fue: "buenas noches", la segunda dejó las cosas claras desde un principio: "lamentablemente, soy un jubilado, vivo de una  pensión y estoy arruinado". Aquella memorable cena fue un precio ridículamente pequeño por disfrutar de la compañía de un hombre como Vincenzo. Resultó ser un partenaire inmejorable, un infatigable conversador que imprimía una desbordante vitalidad en cada frase, casi en cada palabra que pronunciaba.
 
Vincenzo no era un hombre especialmente culto. Afortunadamente, su reino era de este mundo, pertenecía a la sangre que corría por sus venas y a la tierra en la que había nacido y de la que tan orgulloso se sentía, un mundo muy alejado de la pedantería canónica de la Academia. En su talento no se percibía ninguna artificiosa compostura. Porque talento tenía y mucho.
 
No era la suya esa clase de habilidad que se compra en el mercado por un puñado de monedas. Poseía un agudo sentido de la existencia, esa destreza con la que la experiencia premia la inteligencia. Su conversación estaba trufada de un fino sentido de la ironía, una ironía que se había convertido mucho más en una técnica de conciliación y supervivencia frente al mundo que en la consecuencia de un elaborado escepticismo.
 
Vincenzo había aprendido a encarar los sinsabores de la vida desarrollando un singular espíritu dionisíaco que le permitía, por decirlo así, optimizar sus recursos. No era optimista, porque para visualizar el mundo con esas lentes hace falta una dosis de ingenuidad incompatible con quien ha experimentado las embestidas de la realidad más descarnada. Simplemente, Vincenzo se instalaba en el lado placentero de la vida. Y así, consideraba sus desventuras económicas como una momentánea incomodidad que procuraba compensar disfrutando de la hospitalidad y de la generosidad de sus acomodados amigos y anfitriones.
 
Su azarosa vida sentimental, jalonada por apoteósicos romances y desgarradoras rupturas, se encontraba en una fase, por así decir, de "transición", evolucionando hacia alguna forma de prosaico compromiso con la realidad. Cuando le conocí aquella noche estaba esperando la visita al día siguiente de una amiga cuya característica más singular, tal como nos dijo, era "haberse convertido recientemente en una rica heredera". Con un sarcasmo que no podía disimular un verdadero y genuino sentimiento de afecto nos confesó que su vida sentimental se había limitado a esperar la aparición de "un mirlo blanco con la leña", que le permitiera revertir definitivamente la triste condición de pensionista a la que había quedado reducido por los caprichos de un destino despiadado.
 
Vincenzo exageraba notablemente sus relatos, incorporando un lenguaje hiperbólico que engrandecía la narración en los extremos que él deseaba enfatizar. Y cuando su interlocutor mostraba algún gesto de extrañeza e incredulidad al escuchar sus "hazañas", después de matizar el relato con alguna dosis de realismo, acudía siempre a la misma explicación: "es que yo soy de Bilbao". Pero no era fanfarronería lo que destilaba su conversación, sino vitalidad. Tenía esa rara virtud de oxigenar el lenguaje, insuflando vida a los conceptos.
 
Era un hombre sin rencor, o al menos no lo traslucía en su conversación. Y ello, pese a que muy probablemente tenía sobrados motivos para albergar algunos odios africanos. De la nostalgia, sólo conservaba la necesaria para alimentar la ilusión del futuro, pero no anhelaba el regreso a ningún "paraíso perdido". Es ese tipo de nostalgia que te hace conservar en la memoria el excitante sabor de una deliciosa copa de champán en el Lounge de una estación de esquí sin que te importe que quizá sea la última vez.
 
Atribuía su infortunio económico a esa virtud que los desheredados del destino han convertido en patrimonio nacional: la honradez. En eso no había singularidad alguna. Según ese extendido relato que está detrás de cada fracaso empresarial, en España sólo se han empobrecido los honestos, ni siquiera los tontos. Sólo quienes han cumplido todas sus obligaciones y satisfecho hasta el último céntimo de sus deudas se han visto arrastrados al abismo de la miseria. Es algo así como el rescoldo de un residuo medieval, un estrafalario sentido de la hidalguía, una vocación  quijotesca de alcanzar el heroísmo mediante la autoinmolación personal en el santuario de la honradez.
 
Siempre me ha sorprendido que siendo la honestidad y la honradez virtudes tan escasas en nuestro glosario nacional, algunos acudan tan frecuentemente a ellas como blasón distintivo de una ética quijotesca. Vincenzo hacía gala de ello con un fervor que rayaba en el fanatismo. Como si aquello constituyera una especie de ritual de paso, la tarjeta de entrada en el Reino de los Cielos. Resultaba curiosa aquella explicación, tan curiosa que me hizo reflexionar sobre la autenticidad de Vincenzo. Era un hombre de otro tiempo. Hoy toda esa cháchara hubiera resultado anacrónica e incluso irrisoria. En la sociedad del pillaje a los honrados se les tilda de estúpidos y a  nadie le gustaría presumir de ello.
 
Lanzaba diatribas contra el mundo pero eran dardos edulcorados por un humor demasiado denso para percibir su negritud. No le gustaban los abogados, la ropa barata y la comida rápida y probablemente por ese orden. Adoraba a las mujeres, el lujo y el glamour y también por ese orden. Era un amante de la vida que apuraba hasta el infinito el último sorbo de la existencia. Y pese a toda su aparente frivolidad, en Vincenzo moraba un sentido de la trascendencia más profundo que el que simbolizan cien catedrales góticas. Todavía me estremezco cuando escucho en el eco lejano de su conversación un grito por la vida. Grande Vincenzo.


Jueves, 6 de Abril 2017

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