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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa





¿TIENE CADA ÉPOCA LAS IDEAS QUE NECESITA?

Se trata de una cuestión controvertida pero la respuesta de Ian Morris en su magnífico libro “Cazadores, Campesinos y Carbón” nos invita a una profunda reflexión acerca de cómo se forjan los valores en las diferentes sociedades humanas que se han sucedido a lo largo de la historia. No resulta sencillo desalojar la sombra de la polémica cuando están en liza arraigados prejuicios ideológicos o religiosos que hacen saltar las alarmas de todas aquellas visiones del mundo precientíficas, hoy amenazadas de extinción.
 
El territorio de la ética, hasta hace poco tiempo monopolizado por los filósofos, está siendo aceleradamente colonizado por la ciencia; la biología evolucionista está en condiciones de proporcionar una explicación plausible a la emergencia de determinados valores humanos que aparecen genéticamente grabados en nuestros circuitos. Esta es también la tesis Morris: todos los grupos humanos tienen una idea aproximada de cómo tratar a los demás de manera justa y equitativa, del amor y del odio, tienden a evitar el daño y procurar el placer, y ello con independencia de su ubicación geográfica o del momento histórico.

Lo que varía esencialmente a lo largo de la historia de nuestra especie es el contenido de esos valores, la plasmación concreta en un momento históricamente determinado de esa “axiología innata” que forma parte de nuestro equipamiento genético y que, por supuesto, también está culturalmente modificada.

La geografía, en la tesis de Morris, es la llave que encierra el secreto de esta historia. Conforme los grupos humanos fueron aumentando de tamaño y densidad, condicionados por el clima y el entorno natural, esas agrupaciones humanas continuaron fortaleciéndose y capturando progresivamente mayores cantidades de energía, lo que necesariamente condujo a alteraciones sustanciales en las correspondientes instancias culturales, ideológicas y morales, de manera que aquellos sistemas se adaptasen a las nuevas necesidades materiales.

Así, las sociedades de cazadores-recolectores que aparecieron en los linderos del gran bosque pluvial del África central y que emigraron de aquel continente hace unos 70.000 años, instalándose progresivamente en las zonas más habitables del mundo, que vivían básicamente de la caza de animales salvajes y de la recolección de plantas y semillas, capturaban unas 5000 kcal diarias per cápita. Viviendo en grupos reducidos y desplazándose con mucha frecuencia, adoptaron el código de valores que mejor funcionaba en aquel contexto: eran sociedades decididamente igualitarias, con un explícito rechazo de la jerarquía, “todos somos líderes” respondió un cazador del desierto de Kalahari al antropólogo Richard Lee, cuando le preguntó, sorprendido, por la ausencia de líderes del grupo.

Había una razón para ello: los frecuentes desplazamientos del grupo en busca de alimentos dificultaban extraordinariamente la acumulación de riqueza material. La caza y la recolección como sistemas de captura de energía establecían límites estrictos a esa acumulación Se trataba de sociedades en las que la desigualdad de género se hallaba muy matizada por el uso generalizado de la violencia, un recurso que proporcionaba protección a las mujeres a cambio de la cual estas estaban dispuestas a sacrificar parcialmente sus ventajas sexuales.

Cuando la población se incrementó alrededor de los denominados Flancos Montañosos, en las Latitudes Afortunadas, surgió la agricultura, en zonas como Mesopotamia, el suroeste de Asia o Mesoamérica. Los modos de captura de energía se alteraron drásticamente y la “productividad” se elevó desde las 5000 calorías de las sociedades cazadoras-recolectoras hasta las 30.000 kcal diarias per cápita del imperio romano.

Naturalmente, los valores de las sociedades agrarias también se modificaron. Apareció lo que podríamos denominar el “Viejo Contrato” que rigió la vida de todas las sociedades hasta el advenimiento de la revolución industrial. Reposaba en un fundamento muy sencillo: la Naturaleza y los Dioses requerían que algunos mandaran y otros obedecieran, y mientras todos cumplieran con su función, todo funcionaría a las mil maravillas en el mejor de los mundos posibles.

Por supuesto, como señala Morris el trabajo forzado, la desigualdad de género y económica, la aparición del Estado y la reducción de la violencia fueron los obligados corolarios de aquel sistema cultural que tuvo que adaptarse a las nuevas condiciones reinantes. Las ideas y los valores cambiaron no por ninguna introspección subjetiva de la conciencia sino porque el nuevo código ético era el que mejor funcionaba en una sociedad agraria que había modificado drásticamente el modo de capturar energía.

Y lo mismo volvió a suceder mucho más tarde cuando la revolución tecnológica iniciada a finales del siglo XVIII en Inglaterra alumbró la sociedad de combustibles fósiles, multiplicando exponencialmente la captura de energía hasta las 250.000 kcal para cápita. La revolución industrial se extendió aceleradamente por todo el planeta, propagando con su imparable marcha una nueva verdad: en unas cuantas generaciones las ancestrales diferencias de género, las desigualdades económicas y las jerarquías políticas han pasado de ser consideradas como hechos naturales de la existencia a ser combatidas y eliminadas como residuos de sociedades arcaicas y poco civilizadas.

La hipótesis de Morris, empírica y verificable, y sobre la que éste ofrece innumerables pruebas y testimonios que le confieren un marchamo de autenticidad difícilmente rebatible, resulta rupturista y aún, revolucionaria, en más de un sentido. En primer lugar, ofrece una correlación causal, empírica y materialista entre los sistemas de obtención de energía y los códigos culturales y de valores en cada una de las sociedades históricas, sin emitir ningún juicio apriorístico desde el tradicional punto de vista privilegiado.

Después, refuta definitivamente cualquier idea de esencialismo axiológico. La antigua formulación de raíz Roussoniana de esos elevados valores humanos innatos debe ser enterrada definitivamente y en su lugar afrontar una nueva verdad incómoda: cada época genera las ideas que necesita.


Miércoles, 29 de Marzo 2017

OSOS PANDA, AUTOBUSES Y DRAG QUEEN EN EL CIRCO NACIONAL

Ha transcurrido casi un siglo desde que Ortega publicara su lapidaria conclusión sobre España y seguimos siendo, en más de un sentido, un país invertebrado. Esa fractura  esta lejos de limitarse a la frágil e inestable estructura territorial de la nación. Es en las zonas sensibles donde se perfilan las fronteras de la convivencia, allí donde los consensos básicos segregan el humus que sedimenta el espíritu de una comunidad donde se evidencian nuestros tradicionales déficits históricos, las grietas de un armazón permanentemente amenazado por el derrumbe.
 
Tres recientes episodios, historias que resultarían anecdóticas en un contexto de normalidad institucional, adquieren un significado cualitativo en la agitada coctelera de nuestra vida política y social.
 
Padecemos el viejo estigma del miedo a la libertad y seguimos anclados en el paternalismo proteccionista de un victimismo irredento. El reciente conflicto con los estibadores- un anacronismo gremial del siglo XVIII-que han consolidado un monopolio casi mafioso en los puertos españoles ha dejado al descubierto la patética indigencia intelectual y la naturaleza oportunista de un sector significativo de lo que se denomina la nueva izquierda.
 
La líder del movimiento en Andalucía, Teresa Rodríguez, en un arrebato con altas dosis de romanticismo ha exigido que se proteja a los estibadores españoles como si de una especie en extinción se tratara-"osos panda en el precarizado mercado de trabajo español", otorgando legitimidad a la protesta de una casta privilegiada; precisamente ese tipo de élites que identifican como los responsables de los males que tanto afectan a la gente que dicen defender.
 
Hay también una idiosincrasia singular en esa actitud. Es el lado perverso y oscuro de la solidaridad, que ya apuntábamos en un artículo anterior. Es el vínculo emocional con una tierra desgarrada que ha construido el relato de un imaginario colectivo, de un mundo victimizado de acreedores de la existencia. Que no se corresponda en absoluto con la realidad es la condición necesaria para que el narcótico funcione.
 
Y después queda algo más. La enormidad de la ignorancia, la malicia del oportunismo, la petulancia del anacronismo y ese viejo cliché de la España invertebrada: "el enemigo de mi enemigo es mi amigo". Es un síntoma de la debilidad de la sociedad civil que una élite medieval  sea capaz de paralizar la acción de un Gobierno y reciba el apoyo de quienes se pretenden actores y protagonistas en la sociedad del siglo XXI.
 
Y mientras, en Madrid, un autobús circula por las calles de la capital exhibiendo varios lemas de dudoso gusto que cuestionan la transexualidad. Está fuera de discusión que en las naciones civilizadas la identidad y la libertad sexual constituyen derechos fundamentales de los individuos y pertenecen a su más estricta intimidad.
 
Pero con el mismo empeño deberíamos defender también el derecho inalienable a expresar una opinión diferente. Las ideas no matan ni lesionan a nadie. Es su prohibición lo que ensombrece el horizonte y abre el camino a los totalitarismos. Por supuesto, los guardianes de la corrección política se han apresurado, con la fiscalía abriendo el desfile,  a condenar, prohibir y secuestrar el autobús aduciendo que incita al odio. Deberíamos reflexionar al respecto.
 
A mí, como a la inmensa mayoría nos repugna cualquier discriminación. Ideológica e intelectualmente me sitúo en las antípodas de movimientos o asociaciones como las que promueve este mensaje homófobo. Pero es en estos momentos cuando debemos recordar las palabras de aquel ilustrado intransigente que fue Voltaire: "no comparto tu opinión pero daría mi vida por tu derecho a expresarla". Es sencillo ser tolerante con los que piensan de manera idéntica. Pero es en el derecho a la diferencia, a la no identidad, donde la democracia se juega su destino. Es en la frontera, en el limes semántico del discurso, donde se pone a prueba la verdadera fortaleza de la sociedad civil.
 
Allí identificamos un punto de no retorno. Cuando, desde esa colina, atisbábamos  el horizonte sabemos que hemos cruzado el Rubicón; tenemos la seguridad de hallarlos en una tierra protegida, la fortaleza de una sociedad civil consolidada como síntoma de una sociedad vertebrada. En América es lícito quemar la bandera para expresar una idea, aquí secuestramos autobuses.
 
Y al otro extremo del país, en pleno carnaval de las Palmas, una tradición que moviliza toda la isla, se escuchan, en medio de la algarabía,  los compases siniestros de la sempiterna inquisición. La delicada sensibilidad del obispo alza su voz indignado por  la representación de una imagen de la virgen en el disfraz de una drag queen que ha obtenido el primer premio del carnaval . Una tragedia sin igual que le llevó al indignado dignatario a realizar algunas manifestaciones delirantes-de las que después tuvo que arrepentirse- comparando el dolor y la ofensa con las víctimas del trágico siniestro de Spanair.
 
Toda visión totalitaria del mundo comparte un denominador común: no admiten la diferencia, persiguen la no identidad. En su matriz ideológica anida una vocación de aniquilación. Cualquiera que manifieste una discrepancia, que se configure como depositario de la alteridad o proclame la no identidad con la conformidad totalitaria está expuesto a la persecución, la sanción y en último término al exterminio. Se llamen judíos, homosexuales, ateos o creyentes, son sencillamente diferentes y no se ajustan al patrón de la dominación.
 
La fortaleza de una sociedad equilibrada, socialmente vertebrada,  radica no tanto en la capacidad de anular-mediante la coacción o la fuerza- esas fuerzas centrífugas que distorsionan la convivencia, sino en crear las condiciones objetivas para que no puedan  emerger. Y aún nos queda mucho camino por recorrer.
 
 



Viernes, 3 de Marzo 2017

LA MAGIA DEL LENGUAJE

Acostumbramos a identificar el lenguaje como una manifestación de la racionalidad humana. Pero esa es sólo una parte de la historia. Probablemente sea cierto que en la estructura última del lenguaje, en su más profunda arqueología anida una vocación argumentativa. Es posible que la evolución del cerebro humano y las variaciones morfológicas que hicieron posible la comunicación hablada de nuestros ancestros evidencien una pretensión ilocucionaria susceptible de integrar una cierta racionalidad comunicativa.
 
Pero también hay otro relato igualmente verosímil. Es el que nos cuenta la historia de una retórica fundamentalista, de esas palabras cargadas con dinamita que socavan el núcleo de nuestras emociones, de ese lenguaje que se inserta como un venablo en la amígdala del  cerebro cortocircuitando el pensamiento argumentativo. Es el mundo arcádico de las grandes proclamas, de los atajos intelectuales que nos liberan del esfuerzo del pensamiento. Forman parte de ese universo que Víctor Lapuente en una obra de gran perspicacia ha identificado como la retórica de los chamanes.
 
Es cierto, que en nuestro país el debate público ha sido colonizado por la retórica de los chamanes, con su lenguaje radical, abstracto, monista que apela a  los grandes principios, una abstracta visión del mundo repleta de ideología que desprecia los datos empíricos porque carecen de la seductora grandilocuencia con la que se forja la Historia. El discurso  de la "exploradora", gradualista, incrementalista, empírico y ajustado a la realidad  se nos presenta como el lento y fatigoso esfuerzo de los pacatos que carecen del coraje necesario "para ir a la raíz del problema".
 
Se trata, sin duda alguna, de una mala elección. Porque ese lenguaje agónico y superlativo, repleto de adjetivos que anticipan un dantesco sucedáneo del fin del mundo,  destierra  la lógica argumentativa del diálogo y jibariza el universo del discurso reduciéndolo a un maniqueo juego de suma cero, de todo o nada. La realidad, desde luego, va por otro lado. Pero los espectadores ya no la perciben porque la magia se ha apoderado del escenario y la gente sólo espera  un sortilegio que convierta, como en el cuento, la carreta en una carroza.
 
No hay lugar para el diálogo informado entre sujetos conscientes con pretensiones de veracidad porque todo signo de objetividad aparece previamente contaminado por la prosa apocalíptica de los hechiceros. Son los únicos investidos de autoridad para descifrar la verdad que yace sepultada bajo toneladas de la jeroglífica jerga de los chamanes. Se advierte una capa demasiado gruesa como para ser horadada.
 
 
 
Se trata de un discurso que distorsiona la lógica de la comunicación. La  matriz racional del lenguaje  vocacionalmente enderezada al diálogo intersubjetivo queda definitivamente eclipsada por la prosa mayestática que apela al núcleo de las emociones y cierra la esclusa del pensamiento racional. ¿Para qué necesitamos la lógica de Aristóteles, si tenemos los conjuros del mago Merlín?.
 
Es un mundo en el que caben todo tipo de "efectos especiales". Cuando ésta retórica embrujada se apodera del debate público, se quebrantan los significados tradicionales y las palabras se convierten en fetiches. La jerga de los chamanes se distingue por la habilidad para acuñar amuletos que desencadenan reflejos paulovianos en sus receptores, bloqueando los significados y transformándolos en emociones.
 
Basten algunos ejemplos para ilustrar lo que quiero decir. El concepto de democracia proviene de antiguo, tiene una larga trayectoria y un significado político inequívoco. Sin embargo, en la jerga del chamán se ha transmutado en un adjetivo que exhala un humus purificador de indiscriminada aplicación para santificar cualquier comportamiento. No sólo la adjetivación del concepto legitima el afortunado sustantivo sobre el que aplica, sino, lo que es más importante, bloquea cualquier debate al respecto y censura la más mínima crítica que pudiere formularse.
 
Democracia es la nueva patente de corso de la modernidad tardía. Así cuando lo que se pretende es incumplir una norma se habla de "flexibilidad democrática" en su interpretación, si lo que se postula es la defensa de un interés particular preterido se apela a la "sensibilidad democrática". Si lo que pretendemos es la dimisión o el cese de algún adversario político qué mejor que invocar la "responsabilidad democrática". Y por último, siempre resulta legítimo el ejercicio de la "presión democrática" para acosar o forzar la voluntad de quienes se oponen a nuestros designios.
 
La jerga ha santificado el concepto convirtiéndolo en una sinfonía polilíngüistica que en la multiplicidad de sus voces carece de otra función que no sea la de avalar acríticamente cualquier comportamiento. Pero en ese tránsito, la alquimia del lenguaje también paga un alto precio: ya nadie sabe de qué está hablando.
 
En el moderno diccionario de la jerga, el conjuro de este aquelarre lingüístico ha acuñado dos conceptos-amuleto de probada e indiscutida eficacia. Pronunciar la palabra "copago" en un debate público-y aún privado-es algo así como invocar el espíritu de Belcebú bajo la cúpula de la Capilla Sixtina. El efecto es inmediato. Nadie que quiera sobrevivir intacto puede no ya apoyar, sino tan sólo razonar, la pertinencia de lo que en resumidas cuentas no es más que una distribución mutualizada del coste sanitario.
 
 El público está inmunizado frente a los argumentos, por muy económicamente justificados que puedan estar. La cuestión clave no se residencia en valorar las consecuencias de un gasto sanitario inasumible, del despilfarro de recursos que pueda suponer la subvención indiscriminada de medicamentos con independencia de la renta de sus beneficiarios o de cualquier otra valoración racional que pueda articularse. El debate no alcanza jamás ese nivel de profundidad porque las alarmas emocionales se han disparado mucho antes. No asistimos a una valoración ponderada de los beneficios o perjuicios que pudieran derivarse de la implantación de un sistema de esa naturaleza. Estamos ante una cuestión de principio. Nos hallamos en la médula de la estructura chamánica de la arquitectura social.
 
El otro concepto es el de "recortes". La mera pronunciación de la palabra desata todos los fantasmas que anidan en el abundante muestrario de la jerga. No hay debate racional que pueda resistir el mágico conjuro de esta extraordinaria pócima. Por definición los "recortes" son un atentado al bienestar de por "la gente" con independencia de que esa gente sean privilegiados rentistas o desahuciados sin hogar. Y aunque el elemental sentido común que aplica la mayoría de los ciudadanos en su vida privada nos diga que "no se debe gastar lo que no se tiene, si no se puede devolver lo prestado"  esa es una regla de conducta que deja de regir en el mundo abstracto e impersonal dominado por los chamanes .
 
Éstas palabras operan como un acelerador de partículas. Precipitan las emociones y bloquean la órbita frontal del cerebro anulando cualquier pretensión racional que pueda ser intersubjetivamente argumentada. En esa retórica proliferan los charlatanes, los nuevos demiurgos de la modernidad en red que, como muy bien apunta Víctor Lapuente en su magnífica obra, anuncian  el retorno de los chamanes.
 
 
 
 
 
 
 


Viernes, 17 de Febrero 2017

¿ES RENTABLE EL MATRIMONIO?

Depende de quien conteste a la pregunta. Si usted se llama Juana García-Courel, la afortunada segunda esposa del conocido empresario Fernando Fernández Tapias entonces, muy probablemente, el matrimonio haya sido el negocio más rentable de su vida. Pero si usted es el señor Fernández Tapias ,también muy probablemente, no compartirá esa opinión.
Lo cierto es que, más allá de la anecdótica singularidad que evidencian historias como ésta, cuando contemplamos el matrimonio desde una perspectiva económica se nos ofrece una visión novedosa y que en muchas ocasiones, contribuye a esclarecer los comportamientos asociados a la institución matrimonial. El análisis económico nos proporciona algunas claves para entender el matrimonio como un mercado, cuyo funcionamiento se disciplina mediante mecanismos similares a los que operan en cualquier mercado de distribución de bienes y servicios.
Parece razonable admitir que dos personas tomarán la decisión de casarse si sus expectativas matrimoniales suponen un incremento de su bienestar personal en relación con la decisión de permanecer solteros. Naturalmente, el bienestar, en este contexto, comprende no sólo un determinado status económico, sino la satisfacción de un conjunto de intereses y necesidades emocionales y afectivas. Las expectativas de los futuros esposos se conforman por el conjunto de estímulos o incentivos que cada uno de ellos percibe respecto de su decisión y la valoración de los riesgos globales asociados al futuro matrimonio. El resultado de esa valoración define un balance que determinará la decisión a tomar. La tesis que sostengo afirma que, en la actualidad, los incentivos para contraer matrimonio han disminuido sensiblemente, mientras que los riesgos se han incrementado en proporciones geométricas, por lo que, en muchas ocasiones, el matrimonio no alcanza el umbral de rentabilidad para uno o para ambos cónyuges.
El mayor incentivo para casarse es la creación o fundación de una familia. Esa llamada biológica a la reproducción de la especie, sigue siendo la base del emparejamiento matrimonial. La procreación, el cuidado y educación de los hijos que comporta la creación de los sólidos lazos emocionales que vinculan a la familia, permanece como una constante en todas las encuestas de opinión de los futuros cónyuges. Otros factores influyen, sin duda, en la decisión de contraer matrimonio. El amor, la necesidad de compañía, la satisfacción sexual o la mejora del status económico, tienen también su relevancia, pero ha de asignárseles un grado menor en la escala de incentivos, por cuanto que la satisfacción de esos objetivos puede alcanzarse al margen del matrimonio, casi sin ninguna presión social adicional.
Es cierto, que también puede fundarse una familia sin necesidad de que los padres estén casados, pero en este caso, a diferencia de los anteriores, aunque cada vez con menos intensidad, todavía pueden percibirse con nitidez los símbolos clásicos de la presión social, religiosa y familiar.
Lo que está sucediendo en la actualidad es que la creación de una familia y el cuidado de los hijos ya no constituye el objetivo fundamental de muchos jóvenes, hombres y mujeres que empiezan a valorar la familia y los hijos como una carga que debe figurar en el pasivo de su vida y no como una expectativa de mejorar su bienestar. El modelo tradicional del hogar de nuestras madres se percibe hoy como un escenario frustrante, plagado de sacrificios y dificultades que coarta, cuando no mutila, el libre desarrollo de la personalidad individual. Una vida consagrada al cuidado de los valores familiares se sitúa en franca e irreconciliable contradicción con la ética hedonista que hoy prevalece en las sociedades democráticas.
Pero lo que ha cambiado esencialmente en el entorno del mercado del matrimonio es la valoración de los riesgos que conlleva la decisión de casarse. En primer lugar, ha disminuido muy notablemente la estabilidad del matrimonio. El permanente incremento del número de separaciones y divorcios evidencia que " el matrimonio para toda la vida" es cosa que pertenece al pasado.
Los futuros pretendientes son plenamente conscientes del elevado índice de siniestralidad del contrato que han decidido suscribir y eso opera como una restricción importante a la hora de tomar la decisión definitiva. Ello conlleva el inevitable incremento del tiempo del noviazgo o "tiempo de búsqueda", con el resultado de que en muchas ocasiones esa búsqueda se prolongará interminablemente... No es raro encontrar muchas parejas que admiten ir al altar o al juzgado con una expectativa temporal limitada o al menos incierta. El "hasta que dure" ha sustituido el "para toda la vida".
En segundo lugar y de manera fundamental, se han incrementado drásticamente los costes de la ruptura y además lo han hecho asimétricamente , de modo tal que los efectos asociados a la disolución del matrimonio se distribuyen de manera muy desigual entre los cónyuges. La regulación legal de la disolución del matrimonio y la práctica mayoritaria de nuestros tribunales, responde a un modelo paternalista que sitúa en el vértice del sistema un acentuado proteccionismo para quien se supone es la parte más débil de la relación-la mujer-, convertida en esposa victimizada; un modelo que, en muchísimas ocasiones, no se corresponde con la cambiante efervescencia de una sociedad civil en la que las mujeres están adquiriendo, afortunadamente, un aceleradísimo papel protagonista.
En la medida en que la disolución del matrimonio, mediante el divorcio sin culpa promovido unilateralmente por uno de los cónyuges, se configura como un derecho para cualquiera de los esposos, el contrayente que goza de una menor protección jurídica y que experimenta un mayor desequilibrio con la ruptura, tenderá a minimizar la pérdida disminuyendo el riesgo, eludiendo el compromiso que representa el matrimonio.
En términos generales, son los hombres quienes sufren mayores pérdidas emocionales- abandono forzado del hogar familiar, pérdida de la convivencia con sus hijos- y patrimoniales- abono de pensiones, compensaciones etc.- . En muchas ocasiones, los hijos comunes se utilizan como moneda de cambio para obtener ventajas o compensaciones económicas adicionales. En estas condiciones, necesariamente una parte significativamente creciente de la población masculina, tiende a considerar el matrimonio como una empresa de alto riesgo en la que invierte una parte importante de su tiempo y de su esfuerzo y cuya continuidad depende de la voluntad de un socio, al que la ley, le otorga extraordinarios privilegios en caso de disolución de la empresa común.
Por el otro lado, la extensión de un proteccionismo casi sin restricciones que favorece indiscriminadamente a quien a priori se configura como la parte más débil de una relación sinalagmatica, favorece prácticas manifiestamente abusivas que producen resultados gravemente injustos, lo que, en definitiva, redunda en un significativo incremento de la conflictividad matrimonial o posmatrimonial, con sus secuelas de desestructuración familiar y violencia. En estas circunstancias, el matrimonio deja ser un horizonte vital deseable para muchos hombres , y también para muchas mujeres que no quieren ser beneficiarias de ninguna paternal admonición, sino conducirse, también en el seno de su vida en pareja, en términos de absoluta igualdad e independencia.
El resultado de todo ello es, por así decirlo, que en el matrimonio maximizan su valor de utilidad tan sólo aquellos que están en disposición de percibir,- a través de la ayuda y protección de una legislación intervencionista-, los dividendos extraordinarios derivados de su condición legal de " víctimas" o "desfavorecidos". El resto, que integra la mayoría de la población, o padece sus consecuencias o simplemente prescinde de la institución, buscando y creando modelos alternativos de convivencia.


Jueves, 19 de Enero 2017

UNA DICTADURA INVISIBLE

  
 

 

Desde que en 1979 François Lyotard caracterizara la posmodernidad, en una obra destinada a convertirse en canónica, como una época que inaugura el fin de los grandes relatos, el mundo en el que vivimos ha experimentado una gran transformación. Pero sean cuales sean el alcance y la profundidad de esos cambios, dice mucho en favor de la aguda intuición de Lyotard el hecho de que al clásico y homogéneo universo del discurso ilustrado, anteriormente dominante, le hayan sucedido un conjunto de prácticas, lógicas y relatos fragmentarios, vehículados subjetivamente en torno a experiencias individuales y de corte decididamente relativista. 
  
En la actualidad parece haberse consolidado una cierta visión del mundo que cuestiona la objetividad del conocimiento negando pertinencia a cualquier concepto enfático de verdad que ha dejado de ser el ideal regulativo del pensamiento para convertirse en la expresión mediada por el interés del grupo, la raza, el género o el “sujeto cognoscente” de que se trate. Consecuencia inmediata de ello es que el canon científico de aproximación a la verdad que surgió con la Razón ilustrada se encuentra permanentemente amenazado por una especie de pluralidad epistémica que reclama insistentemente un estatus equivalente. 
  
La emergencia de esta novedosa “democracia de los saberes” se recubre del sólido blindaje que le proporciona el consabido arsenal ético de la posmodernidad: la legitimación de lo diferente por su mera existencia. Lo otro, lo distinto, lo fragmentario y lo particular reivindican un lugar en el trono del saber, un saber despojado ahora de toda jerarquía referencial; una especie de catarsis del pensamiento que ha de expiar la supuesta culpa colectiva de la Razón ilustrada. 
  
A lo que asistimos es a un debilitamiento epistemológico del conocimiento, un mundo en el que ningún saber puede pretender ser hegemónico más allá de su horizonte hermenéutico. Cualquier ideal regulativo que legitime el discurso se desvanece en el brumoso lenguaje del género, la raza o la clase. No creo exagerar si afirmo que, en muchas disciplinas, se ha extendido un manto de silencio que ahoga cualquier disidencia; es la sutil pero muy efectiva dictadura del pensamiento y del lenguaje políticamente correcto. 
  
En algunos ámbitos la discrepancia respecto de la ortodoxia oficial es un sacrilegio que no se perdona. Se llega a la estridencia de eclipsar todo pensamiento crítico sacrificándolo en el altar del consenso de la corrección política. Son los espacios sensibles, las “zonas militarizadas" por el consenso del pensamiento correcto. Describiré sólo algunas muestras. 
  
En su magnífica obra “La Tabla Rasa” Steven Pinker pone al descubierto la errónea concepción que hasta finales de los años noventa del siglo pasado dominaba en los departamentos de psicología y biología de las mejores universidades norteamericanas. La triple idea de que nacemos con una mente en blanco, que nuestra inteligencia es sólo el resultado de un proceso de acumulación cultural, que el ser humano viene al mundo con una predisposición natural para hacer el bien-“el mito del buen salvaje” o que nuestro cuerpo está gobernado por una entidad inmaterial a la que llamamos mente en cuyo interior se aloja algo parecido al alma-"el fantasma en la máquina”-, todo ello configura una visión del mundo que se ajusta a la ortodoxia del pensamiento correcto pero sencillamente no se puede conciliar con el concepto científico de la ontogenia y la filogenia de una actividad cerebral que surge gradualmente. 
  
Un idílico paraíso no determinista, en donde cada ser humano goza de la más irrestricta libertad para elegir el rumbo y el destino de su vida, en donde la conciencia divina inoculada en el alma individual de cada uno de nosotros nos señala el camino recto de la moral y la ética. Idílico pero radicalmente falso a tenor de los avances científicos que evidencian la intrínseca desigualdad de la naturaleza, el indudable y, en ocasiones, decisivo peso de la herencia genética y la crueldad de la lotería darwiniana en el destino de la vida. Hoy la ciencia ofrece respuestas inequívocas pero durante mucho tiempo el establishment académico dominado por la teoría de la tabla rasa impuso rigurosamente su dictadura del silencio. 
  
El género es el tema tabú por excelencia. Aquí, aún hoy, la más leve desviación del credo oficial-el falso igualitarismo biológico de origen-se sanciona con el ostracismo académico y la censura social. Steven Pinker se atrevió a desafiar la verdad oficial en una obra inaugural- “Como funciona la mente”-y después de él, miles de estudios han acreditado las significativas diferencias biológicas entre el hombre y la mujer que se traducen también en distintas habilidades cognitivas marcadas por el rasgo del género. Pero en este terreno cualquier científico está obligado a justificarse “ideológicamente” proclamando abiertamente su frontal oposición a cualquier discriminación por ese motivo. El propio Steven Pinker ha sido objeto de agrios ataques por esta causa. 
  
Cuando Michael Ghigleri un profesor de antropología discípulo de Jane Goodall, en un magistral análisis sobre los orígenes de la violencia masculina, se atrevió a sostener que la violación tiene poco que ver con el afán de dominación, la voluntad de poder o el deseo de humillar a la víctima, sino que sus orígenes han de buscarse en nuestros antepasados de la sabana africana, un comportamiento que heredamos de nuestros ancestros primates como una estrategia reproductiva estándar que se ha desarrollado durante millones de años-y pese a que nadie puede discutir que se trata de un delito repugnante-al profesor Ghigleri y a algunas de sus ayudantes femeninas se les calificó de "machistas”, “defensores de los violadores”, acusándoles de fomentar la violencia contra las mujeres, promover la discriminación de género y otras lindezas semejantes. Y esos insultos no provenían de una masa de ignorantes fundamentalistas, sino de medios académicos y supuestamente progresistas. 
  
Más recientemente, Nicholas Wade ha sido calificado de charlatán, racista y xenófobo. Su delito: atreverse a publicar una obra -“Una herencia incómoda”-, por lo demás extraordinariamente sugerente, en la que sostiene la hipótesis-sólo una hipótesis, sustentada por hechos-de que la evolución no se ha detenido con la aparición de la especie humana, sino que sigue su ritmo inexorable marcado por la diversificación de las diferentes razas que forman nuestra especie. Aunque Wade ha afirmado- y acreditado-en multitud de ocasiones que no sólo no es racista sino que se considera un firme defensor de la igualdad de derechos, no parece haber sido suficiente para frenar la indignada ofensiva del pensamiento políticamente correcto: una carta firmada por ciento cuarenta académicos le reprochan haber hecho un uso indebido de los avances en genética molecular. 
  
Podríamos continuar y extender nuestra muestra a otros ámbitos como la historia o la política. Pero sería un esfuerzo innecesario. Porque la dictadura de la corrección política no es un método susceptible de verificación empírica. Sus adeptos no están dispuestos a renunciar por muy falsas que se revelen sus afirmaciones o sus predicciones. Su idea directriz está conformada por un patrón ideológico, una idea mítica de la naturaleza humana anclada en el anhelo insatisfecho de una utopía siempre frustrada. Pero como en los cuentos de hadas la realidad es demasiado tozuda; los hechos no se modifican, lo único que cambia es nuestra imaginación. Me vienen a la memoria las palabras del gran biólogo evolucionista Stephen Jay Gould: “Estamos aquí sólo porque hace millones de años las aletas de unos peces se transformaron en las patas de los animales terrestres, porque la vida no se extinguió durante la última glaciación y porque nuestra especie, surgida en África hace cientos de miles de años, se las arregló para sobrevivir contra viento y marea. Anhelamos una explicación más elevada, pero simplemente no la hay.” 
  
 

  



Martes, 27 de Diciembre 2016

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