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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa





POR QUÉ NO ME GUSTA EL PARAÍSO

Desde hace tiempo tradicionalmente los países nórdicos han figurado en los primeros puestos de todos los ranking internacionales que miden la riqueza, el bienestar y la igualdad. Igualmente, sus ciudadanos se identifican y reconocen como los seres más satisfechos y felices del planeta. Los habitantes de los países escandinavos en general y los daneses en particular son los campeones mundiales de la felicidad en todos los informes y encuestas que se han efectuado al respecto; tanto el Informe Mundial de la Felicidad elaborado por las Naciones Unidas, como el Índice para una Vida Mejor de la OCDE o la Encuesta Social Europea les otorgan posiciones de absoluto privilegio. Se trata, por utilizar el afortunado título del libro de Michael Booth al respecto de "Gente casi perfecta".
 
No cabe duda de que estamos en presencia de sociedades plenamente integradas y muy cohesionadas, que disfrutan de un estado del bienestar extraordinariamente generoso que provee a todos los ciudadanos de sanidad y educación universales y gratuitas -incluyendo el acceso a la universidad-, de reducidas jornadas laborales que permiten compatibilizar la vida personal y profesional, de una irrestricta igualdad de género que proscribe cualquier discriminación salarial o de otro tipo, de una amplia cobertura en caso de desempleo, de ayudas y subvenciones para los desfavorecidos, de unas generosas seis semanas de vacaciones al año y, en fin, de toda una amplia gama de prestaciones sociales. En estas condiciones, me pregunto ¿quién no querría vivir en esta especie de paraíso en la tierra?. Porque, con la excepción de la climatología, no hay ninguna sociedad que haya alcanzado tan altos índices de bienestar y satisfacción en todos los parámetros que tradicionalmente se utilizan para medir algo tan subjetivo como la felicidad.
 
Y sin embargo, no soy el único que se formula esta pregunta. Michael Booth ha escrito un sugerente y apasionante relato sobre su experiencia escandinava -está casado con una danesa- tratando de encontrar una respuesta . Y aunque hay muchas cosas que le sorprenden y desagradan -lo atribuye a su exagerada arrogancia británica- no acaba de proporcionar una explicación satisfactoria al hecho de que pese a todos los innegables logros económicos y sociales hay algo que no termina de encajar en esa utopía escandinava de la gente casi perfecta.
 
Todo el cuadro destila una armonía que lo hace sospechoso. Es una voz que susurra instintivamente que algo huele a podrido en el paraíso. No se trata de los inevitables problemas y dificultades con las que tienen que lidiar también estos países. Michael Booth los explicita magistralmente, pero al fin y a la postre, se ve forzado a reconocer que, en todo caso, han logrado gestionar  sus contradicciones infinitamente mejor que el resto de nosotros. Es algo distinto, una sensación de abstracta y genérica incomodidad, una resistencia interior a aceptar la aparente armonía de la perfección. Podría ser un prejuicio, de esos que es necesario desterrar porque están anclados en la heurística de los sesgos. Pero también podría ser esa clase de intuición que anticipa un juicio racional.
 
Curiosamente, la respuesta la encontré entre los mismos protagonistas que habían despertado mi curiosidad. Meik Wiking es director ejecutivo del Instituto de Investigación sobre la Felicidad de Copenhague, un centro dedicado al estudio del bienestar y la calidad de vida. Wiking ha escrito un libro verdaderamente emblemático en el que pretende dar respuesta al misterio de la inigualable felicidad que envuelve la vida de los daneses. "HYGGE, la felicidad de las pequeñas cosas" es algo más que un manual para alcanzar el nirvana nórdico. Su autor, probablemente sin pretenderlo, nos ha ofrecido una excelente respuesta a ese inquietante sospecha que nos hacía interrogarnos sobre las bondades de la utopía escandinava. El libro ha iluminado mi respuesta: ahora comprendo bien porque no me gusta el paraíso.
 
Hygge es un concepto específicamente danés, de difícil traducción a cualquier lengua extranjera. Y eso, como explicaré después no es anecdótico. Podríamos traducirlo como una especie de calidez, comodidad o unión. En palabras del autor algo así como una especie de "abrazo sin tocarse" un disparador de la oxitocina que hace las veces de auténtico "pegamento social". La dificultad de la traducción es un índice de la amplitud del concepto: la palabra hygge se puede añadir a casi cualquier otra de la lengua danesa para denotar todo tipo de situaciones presididas por esa placentera sensación: hyggekrog, es el rinconcito "donde te gusta acurrucarte con una manta, en compañía de un libro y una taza de té",Hyggelig es la cualidad que se predica de algo que posee Hygge y así sucesivamente.
 
El Hygge no es un estado de ánimo. Es mucho más. Es una visión del mundo, una ideología que impregna todos los aspectos de la vida. Desde la ropa que vistes, a la comida que ingieres, la casa en la que vives,  la gente con la que te relacionas etc... Las estaciones del año también están marcadas por un calendario hygge , las horas de ocio, los amigos y compañías que frecuentas, las relaciones sociales, el trabajo en la oficina todo está permeado por ese maravilloso manto de la felicidad: lo hyggelig.
 
La casa constituye lo que el autor considera "la sede del hygge" que, por supuesto, debe contener los requerimientos clásicos de la felicidad en su singular versión danesa: una chimenea, unas velas, cosas hechas de madera, la sempiterna naturaleza, algo de porcelana y el omnipresente toque vintage . Por supuesto, en situaciones de emergencia, en las que el pobre diablo se encuentra bajo de energía y la intensidad del hygge disminuye, el autor le proporciona un kit de emergencia en el que no pueden faltar las velas, el chocolate (del bueno), un buen par de calcetines de lana, un jersey de batalla, un álbum de fotos y cualquier otro trasto inservible que queramos añadir.
 
Aunque la Navidad es el momento más emblemático en donde cristaliza el espíritu hygge , sería inconcebible que tal despliegue de felicidad quedara reducido a una sola estación del año. El autor propone un maravilloso plan para cada mes, empezando por "la noche de peli" en enero, continuando con la "excursión y cocinar en la fogata" para abril y concluyendo con unos buñuelos en diciembre, siempre que el atormentado pupilo no haya tenido la afortunada idea de suicidarse antes.
 
Además contamos con otra ventaja añadida. El hygge es maravillosamente democrático, humilde, lento y sobre todo… barato. ¿O acaso las actividades que sugiere Wiking no están al alcance de todos aquellos entusiastas que deseen incorporarse al mantra de la felicidad, con independencia de sus recursos económicos?. Los juegos de mesa, la fiesta de las conservas, la noche de tele- con palomitas por supuesto-,la petanca, encender una hoguera o montar en trineo son todas actividades profundamente hyggelig que condensan  la esencia de esa envidiable felicidad danesa.
 
Desde luego, esta intensa práctica de la felicidad no puede quedar reducida al recinto del hogar o a los espacios de ocio; debe prolongarse también en la oficina, en el lugar de trabajo. ¿Cómo conseguirlo? El autor proporciona una receta mágica: ponga una tarta en la oficina, sí, una tarta, y si puede ser ese océano de nata y mantequilla extraordinariamente hygge  que es el kringle-la pasta danesa clásica-te habrás aproximado a la perfección. Por supuesto, todo ello en un ambiente desenfadado e informal. Nada de trajes. Es obligado el color negro, el fular y " un supervoluminoso jersey". Sinceramente, detesto los trajes pero estoy considerando la posibilidad de vestir con raya diplomática todos los días del año.
 
Y por supuesto, no puede faltar el café-en abundancia-las velas, con una tenue y romántica iluminación, y los amigos y familiares, el último tormento que cabría añadir a este catálogo digno de la inquisición. Interminables reuniones con amigos escogidos y familiares sin escoger en torno a una mesa hyggelig , con una copa de vino, unos rancios calcetines de lana y algún chucho merodeando por la habitación… ¿Puede igualarse semejante parangón de felicidad?
 
Al terminar la lectura del libro, en la que el autor además propone lo que denomina un safari hygge -una especie de  visita guiada por Copenhague- he encontrado una respuesta definitiva a mi interrogante: ahora se perfectamente porque no me gusta el paraíso. Estoy de acuerdo con Michael Booth en alabar los impresionantes logros económicos y sociales del estado de bienestar escandinavo, pero con toda sinceridad si tuviera que elegir me encuentro mucho más próximo al denostado individualismo norteamericano que tanto abominan.
 
Ahora sé con toda claridad porque algo se agita en mi interior cuando olfateo esa aura de inmaculada perfección que destilan aquellos sistemas sociales tan coherentes e integrados: es una mueca de espanto ante esa visión del mundo, esa ideología que regula, con una conformidad totalitaria que elimina la diferencia como razón, todos los aspectos de la vida social e individual de los hombres y mujeres más "felices" de la tierra. Me alegro de no pertenecer a esa estadística. No me gusta el mundo administrado, ni tampoco los institutos para medir la felicidad. Se equivoca Meik Wiking cuando al final de su libro pretende parodiar algo así como una pretensión ensayística. La felicidad no es un asunto puramente subjetivo. Tiene, sin duda, una dimensión subjetiva, es la experiencia vivida de un sujeto, pero el contexto cuenta y en una dimensión distinta. No es posible separar la felicidad de un concepto enfático de verdad. También pertenece a una dimensión objetiva: aquella que nos remite al anhelo de una sociedad verdadera.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Jueves, 4 de Mayo 2017

EL GRAN VINCENZO

Le conocí en una estación de esquí durante unas breves vacaciones de invierno. Lucía el mejor aspecto que uno puede tener cuando ha sobrepasado la edad de jubilación. Una abundante y plateada cabellera, atildadamente recogida hacia atrás, envolvía un rostro que, aun surcado por los pliegues de una vida convulsa, todavía resultaba atractivo. Su estatura, aun sin ser excesiva, era suficiente para acoger el armazón de un cuerpo que conservaba las proporciones de lo que, sin duda, debió ser una juventud atlética.
 
Se conducía con el aplomo y la seguridad de quien ha tenido la fortuna de vivir en el lado privilegiado de la existencia. Su porte y sus ademanes, gobernados bajo la batuta de unas manos firmes y delicadas que se prolongaban en unos dedos escrupulosamente tallados, destilaban aquel aroma de elegancia que envolvía la escena cuando Gregory Peck aparecía en la pantalla. Vincenzo era muy consciente de ello y no se molestaba en disimular una mueca de orgullo natural que afloraba en el primer minuto de su conversación: había nacido y se había educado en Las Arenas de Getxo, el legendario e inexpugnable baluarte de la mejor sociedad de Euskadi.
 
Había recorrido la vida en un exagerado carrusel. Durante mucho tiempo la fortuna le había sonreído, convirtiéndose en un exitoso empresario gestionando una conocida línea aérea, pero después el destino le había arrebatado su modo de vida. Pero lo que el caprichoso azar no pudo sustraerle era esa inagotable jovialidad que impregnaba cada instante de su existencia de un contagioso amor por la vida, de una irrefrenable pasión por apurar cada instante como si fuera la antesala del final. Había algo de agónico y fatídico en la  irradiante estela de felicidad que dejaba a su paso.
 
Nos saludó con un protocolo digno del flaneur de Beaudelaire: su primera frase fue: "buenas noches", la segunda dejó las cosas claras desde un principio: "lamentablemente, soy un jubilado, vivo de una  pensión y estoy arruinado". Aquella memorable cena fue un precio ridículamente pequeño por disfrutar de la compañía de un hombre como Vincenzo. Resultó ser un partenaire inmejorable, un infatigable conversador que imprimía una desbordante vitalidad en cada frase, casi en cada palabra que pronunciaba.
 
Vincenzo no era un hombre especialmente culto. Afortunadamente, su reino era de este mundo, pertenecía a la sangre que corría por sus venas y a la tierra en la que había nacido y de la que tan orgulloso se sentía, un mundo muy alejado de la pedantería canónica de la Academia. En su talento no se percibía ninguna artificiosa compostura. Porque talento tenía y mucho.
 
No era la suya esa clase de habilidad que se compra en el mercado por un puñado de monedas. Poseía un agudo sentido de la existencia, esa destreza con la que la experiencia premia la inteligencia. Su conversación estaba trufada de un fino sentido de la ironía, una ironía que se había convertido mucho más en una técnica de conciliación y supervivencia frente al mundo que en la consecuencia de un elaborado escepticismo.
 
Vincenzo había aprendido a encarar los sinsabores de la vida desarrollando un singular espíritu dionisíaco que le permitía, por decirlo así, optimizar sus recursos. No era optimista, porque para visualizar el mundo con esas lentes hace falta una dosis de ingenuidad incompatible con quien ha experimentado las embestidas de la realidad más descarnada. Simplemente, Vincenzo se instalaba en el lado placentero de la vida. Y así, consideraba sus desventuras económicas como una momentánea incomodidad que procuraba compensar disfrutando de la hospitalidad y de la generosidad de sus acomodados amigos y anfitriones.
 
Su azarosa vida sentimental, jalonada por apoteósicos romances y desgarradoras rupturas, se encontraba en una fase, por así decir, de "transición", evolucionando hacia alguna forma de prosaico compromiso con la realidad. Cuando le conocí aquella noche estaba esperando la visita al día siguiente de una amiga cuya característica más singular, tal como nos dijo, era "haberse convertido recientemente en una rica heredera". Con un sarcasmo que no podía disimular un verdadero y genuino sentimiento de afecto nos confesó que su vida sentimental se había limitado a esperar la aparición de "un mirlo blanco con la leña", que le permitiera revertir definitivamente la triste condición de pensionista a la que había quedado reducido por los caprichos de un destino despiadado.
 
Vincenzo exageraba notablemente sus relatos, incorporando un lenguaje hiperbólico que engrandecía la narración en los extremos que él deseaba enfatizar. Y cuando su interlocutor mostraba algún gesto de extrañeza e incredulidad al escuchar sus "hazañas", después de matizar el relato con alguna dosis de realismo, acudía siempre a la misma explicación: "es que yo soy de Bilbao". Pero no era fanfarronería lo que destilaba su conversación, sino vitalidad. Tenía esa rara virtud de oxigenar el lenguaje, insuflando vida a los conceptos.
 
Era un hombre sin rencor, o al menos no lo traslucía en su conversación. Y ello, pese a que muy probablemente tenía sobrados motivos para albergar algunos odios africanos. De la nostalgia, sólo conservaba la necesaria para alimentar la ilusión del futuro, pero no anhelaba el regreso a ningún "paraíso perdido". Es ese tipo de nostalgia que te hace conservar en la memoria el excitante sabor de una deliciosa copa de champán en el Lounge de una estación de esquí sin que te importe que quizá sea la última vez.
 
Atribuía su infortunio económico a esa virtud que los desheredados del destino han convertido en patrimonio nacional: la honradez. En eso no había singularidad alguna. Según ese extendido relato que está detrás de cada fracaso empresarial, en España sólo se han empobrecido los honestos, ni siquiera los tontos. Sólo quienes han cumplido todas sus obligaciones y satisfecho hasta el último céntimo de sus deudas se han visto arrastrados al abismo de la miseria. Es algo así como el rescoldo de un residuo medieval, un estrafalario sentido de la hidalguía, una vocación  quijotesca de alcanzar el heroísmo mediante la autoinmolación personal en el santuario de la honradez.
 
Siempre me ha sorprendido que siendo la honestidad y la honradez virtudes tan escasas en nuestro glosario nacional, algunos acudan tan frecuentemente a ellas como blasón distintivo de una ética quijotesca. Vincenzo hacía gala de ello con un fervor que rayaba en el fanatismo. Como si aquello constituyera una especie de ritual de paso, la tarjeta de entrada en el Reino de los Cielos. Resultaba curiosa aquella explicación, tan curiosa que me hizo reflexionar sobre la autenticidad de Vincenzo. Era un hombre de otro tiempo. Hoy toda esa cháchara hubiera resultado anacrónica e incluso irrisoria. En la sociedad del pillaje a los honrados se les tilda de estúpidos y a  nadie le gustaría presumir de ello.
 
Lanzaba diatribas contra el mundo pero eran dardos edulcorados por un humor demasiado denso para percibir su negritud. No le gustaban los abogados, la ropa barata y la comida rápida y probablemente por ese orden. Adoraba a las mujeres, el lujo y el glamour y también por ese orden. Era un amante de la vida que apuraba hasta el infinito el último sorbo de la existencia. Y pese a toda su aparente frivolidad, en Vincenzo moraba un sentido de la trascendencia más profundo que el que simbolizan cien catedrales góticas. Todavía me estremezco cuando escucho en el eco lejano de su conversación un grito por la vida. Grande Vincenzo.


Jueves, 6 de Abril 2017

¿TIENE CADA ÉPOCA LAS IDEAS QUE NECESITA?

Se trata de una cuestión controvertida pero la respuesta de Ian Morris en su magnífico libro “Cazadores, Campesinos y Carbón” nos invita a una profunda reflexión acerca de cómo se forjan los valores en las diferentes sociedades humanas que se han sucedido a lo largo de la historia. No resulta sencillo desalojar la sombra de la polémica cuando están en liza arraigados prejuicios ideológicos o religiosos que hacen saltar las alarmas de todas aquellas visiones del mundo precientíficas, hoy amenazadas de extinción.
 
El territorio de la ética, hasta hace poco tiempo monopolizado por los filósofos, está siendo aceleradamente colonizado por la ciencia; la biología evolucionista está en condiciones de proporcionar una explicación plausible a la emergencia de determinados valores humanos que aparecen genéticamente grabados en nuestros circuitos. Esta es también la tesis Morris: todos los grupos humanos tienen una idea aproximada de cómo tratar a los demás de manera justa y equitativa, del amor y del odio, tienden a evitar el daño y procurar el placer, y ello con independencia de su ubicación geográfica o del momento histórico.

Lo que varía esencialmente a lo largo de la historia de nuestra especie es el contenido de esos valores, la plasmación concreta en un momento históricamente determinado de esa “axiología innata” que forma parte de nuestro equipamiento genético y que, por supuesto, también está culturalmente modificada.

La geografía, en la tesis de Morris, es la llave que encierra el secreto de esta historia. Conforme los grupos humanos fueron aumentando de tamaño y densidad, condicionados por el clima y el entorno natural, esas agrupaciones humanas continuaron fortaleciéndose y capturando progresivamente mayores cantidades de energía, lo que necesariamente condujo a alteraciones sustanciales en las correspondientes instancias culturales, ideológicas y morales, de manera que aquellos sistemas se adaptasen a las nuevas necesidades materiales.

Así, las sociedades de cazadores-recolectores que aparecieron en los linderos del gran bosque pluvial del África central y que emigraron de aquel continente hace unos 70.000 años, instalándose progresivamente en las zonas más habitables del mundo, que vivían básicamente de la caza de animales salvajes y de la recolección de plantas y semillas, capturaban unas 5000 kcal diarias per cápita. Viviendo en grupos reducidos y desplazándose con mucha frecuencia, adoptaron el código de valores que mejor funcionaba en aquel contexto: eran sociedades decididamente igualitarias, con un explícito rechazo de la jerarquía, “todos somos líderes” respondió un cazador del desierto de Kalahari al antropólogo Richard Lee, cuando le preguntó, sorprendido, por la ausencia de líderes del grupo.

Había una razón para ello: los frecuentes desplazamientos del grupo en busca de alimentos dificultaban extraordinariamente la acumulación de riqueza material. La caza y la recolección como sistemas de captura de energía establecían límites estrictos a esa acumulación Se trataba de sociedades en las que la desigualdad de género se hallaba muy matizada por el uso generalizado de la violencia, un recurso que proporcionaba protección a las mujeres a cambio de la cual estas estaban dispuestas a sacrificar parcialmente sus ventajas sexuales.

Cuando la población se incrementó alrededor de los denominados Flancos Montañosos, en las Latitudes Afortunadas, surgió la agricultura, en zonas como Mesopotamia, el suroeste de Asia o Mesoamérica. Los modos de captura de energía se alteraron drásticamente y la “productividad” se elevó desde las 5000 calorías de las sociedades cazadoras-recolectoras hasta las 30.000 kcal diarias per cápita del imperio romano.

Naturalmente, los valores de las sociedades agrarias también se modificaron. Apareció lo que podríamos denominar el “Viejo Contrato” que rigió la vida de todas las sociedades hasta el advenimiento de la revolución industrial. Reposaba en un fundamento muy sencillo: la Naturaleza y los Dioses requerían que algunos mandaran y otros obedecieran, y mientras todos cumplieran con su función, todo funcionaría a las mil maravillas en el mejor de los mundos posibles.

Por supuesto, como señala Morris el trabajo forzado, la desigualdad de género y económica, la aparición del Estado y la reducción de la violencia fueron los obligados corolarios de aquel sistema cultural que tuvo que adaptarse a las nuevas condiciones reinantes. Las ideas y los valores cambiaron no por ninguna introspección subjetiva de la conciencia sino porque el nuevo código ético era el que mejor funcionaba en una sociedad agraria que había modificado drásticamente el modo de capturar energía.

Y lo mismo volvió a suceder mucho más tarde cuando la revolución tecnológica iniciada a finales del siglo XVIII en Inglaterra alumbró la sociedad de combustibles fósiles, multiplicando exponencialmente la captura de energía hasta las 250.000 kcal para cápita. La revolución industrial se extendió aceleradamente por todo el planeta, propagando con su imparable marcha una nueva verdad: en unas cuantas generaciones las ancestrales diferencias de género, las desigualdades económicas y las jerarquías políticas han pasado de ser consideradas como hechos naturales de la existencia a ser combatidas y eliminadas como residuos de sociedades arcaicas y poco civilizadas.

La hipótesis de Morris, empírica y verificable, y sobre la que éste ofrece innumerables pruebas y testimonios que le confieren un marchamo de autenticidad difícilmente rebatible, resulta rupturista y aún, revolucionaria, en más de un sentido. En primer lugar, ofrece una correlación causal, empírica y materialista entre los sistemas de obtención de energía y los códigos culturales y de valores en cada una de las sociedades históricas, sin emitir ningún juicio apriorístico desde el tradicional punto de vista privilegiado.

Después, refuta definitivamente cualquier idea de esencialismo axiológico. La antigua formulación de raíz Roussoniana de esos elevados valores humanos innatos debe ser enterrada definitivamente y en su lugar afrontar una nueva verdad incómoda: cada época genera las ideas que necesita.


Miércoles, 29 de Marzo 2017

OSOS PANDA, AUTOBUSES Y DRAG QUEEN EN EL CIRCO NACIONAL

Ha transcurrido casi un siglo desde que Ortega publicara su lapidaria conclusión sobre España y seguimos siendo, en más de un sentido, un país invertebrado. Esa fractura  esta lejos de limitarse a la frágil e inestable estructura territorial de la nación. Es en las zonas sensibles donde se perfilan las fronteras de la convivencia, allí donde los consensos básicos segregan el humus que sedimenta el espíritu de una comunidad donde se evidencian nuestros tradicionales déficits históricos, las grietas de un armazón permanentemente amenazado por el derrumbe.
 
Tres recientes episodios, historias que resultarían anecdóticas en un contexto de normalidad institucional, adquieren un significado cualitativo en la agitada coctelera de nuestra vida política y social.
 
Padecemos el viejo estigma del miedo a la libertad y seguimos anclados en el paternalismo proteccionista de un victimismo irredento. El reciente conflicto con los estibadores- un anacronismo gremial del siglo XVIII-que han consolidado un monopolio casi mafioso en los puertos españoles ha dejado al descubierto la patética indigencia intelectual y la naturaleza oportunista de un sector significativo de lo que se denomina la nueva izquierda.
 
La líder del movimiento en Andalucía, Teresa Rodríguez, en un arrebato con altas dosis de romanticismo ha exigido que se proteja a los estibadores españoles como si de una especie en extinción se tratara-"osos panda en el precarizado mercado de trabajo español", otorgando legitimidad a la protesta de una casta privilegiada; precisamente ese tipo de élites que identifican como los responsables de los males que tanto afectan a la gente que dicen defender.
 
Hay también una idiosincrasia singular en esa actitud. Es el lado perverso y oscuro de la solidaridad, que ya apuntábamos en un artículo anterior. Es el vínculo emocional con una tierra desgarrada que ha construido el relato de un imaginario colectivo, de un mundo victimizado de acreedores de la existencia. Que no se corresponda en absoluto con la realidad es la condición necesaria para que el narcótico funcione.
 
Y después queda algo más. La enormidad de la ignorancia, la malicia del oportunismo, la petulancia del anacronismo y ese viejo cliché de la España invertebrada: "el enemigo de mi enemigo es mi amigo". Es un síntoma de la debilidad de la sociedad civil que una élite medieval  sea capaz de paralizar la acción de un Gobierno y reciba el apoyo de quienes se pretenden actores y protagonistas en la sociedad del siglo XXI.
 
Y mientras, en Madrid, un autobús circula por las calles de la capital exhibiendo varios lemas de dudoso gusto que cuestionan la transexualidad. Está fuera de discusión que en las naciones civilizadas la identidad y la libertad sexual constituyen derechos fundamentales de los individuos y pertenecen a su más estricta intimidad.
 
Pero con el mismo empeño deberíamos defender también el derecho inalienable a expresar una opinión diferente. Las ideas no matan ni lesionan a nadie. Es su prohibición lo que ensombrece el horizonte y abre el camino a los totalitarismos. Por supuesto, los guardianes de la corrección política se han apresurado, con la fiscalía abriendo el desfile,  a condenar, prohibir y secuestrar el autobús aduciendo que incita al odio. Deberíamos reflexionar al respecto.
 
A mí, como a la inmensa mayoría nos repugna cualquier discriminación. Ideológica e intelectualmente me sitúo en las antípodas de movimientos o asociaciones como las que promueve este mensaje homófobo. Pero es en estos momentos cuando debemos recordar las palabras de aquel ilustrado intransigente que fue Voltaire: "no comparto tu opinión pero daría mi vida por tu derecho a expresarla". Es sencillo ser tolerante con los que piensan de manera idéntica. Pero es en el derecho a la diferencia, a la no identidad, donde la democracia se juega su destino. Es en la frontera, en el limes semántico del discurso, donde se pone a prueba la verdadera fortaleza de la sociedad civil.
 
Allí identificamos un punto de no retorno. Cuando, desde esa colina, atisbábamos  el horizonte sabemos que hemos cruzado el Rubicón; tenemos la seguridad de hallarlos en una tierra protegida, la fortaleza de una sociedad civil consolidada como síntoma de una sociedad vertebrada. En América es lícito quemar la bandera para expresar una idea, aquí secuestramos autobuses.
 
Y al otro extremo del país, en pleno carnaval de las Palmas, una tradición que moviliza toda la isla, se escuchan, en medio de la algarabía,  los compases siniestros de la sempiterna inquisición. La delicada sensibilidad del obispo alza su voz indignado por  la representación de una imagen de la virgen en el disfraz de una drag queen que ha obtenido el primer premio del carnaval . Una tragedia sin igual que le llevó al indignado dignatario a realizar algunas manifestaciones delirantes-de las que después tuvo que arrepentirse- comparando el dolor y la ofensa con las víctimas del trágico siniestro de Spanair.
 
Toda visión totalitaria del mundo comparte un denominador común: no admiten la diferencia, persiguen la no identidad. En su matriz ideológica anida una vocación de aniquilación. Cualquiera que manifieste una discrepancia, que se configure como depositario de la alteridad o proclame la no identidad con la conformidad totalitaria está expuesto a la persecución, la sanción y en último término al exterminio. Se llamen judíos, homosexuales, ateos o creyentes, son sencillamente diferentes y no se ajustan al patrón de la dominación.
 
La fortaleza de una sociedad equilibrada, socialmente vertebrada,  radica no tanto en la capacidad de anular-mediante la coacción o la fuerza- esas fuerzas centrífugas que distorsionan la convivencia, sino en crear las condiciones objetivas para que no puedan  emerger. Y aún nos queda mucho camino por recorrer.
 
 



Viernes, 3 de Marzo 2017

LA MAGIA DEL LENGUAJE

Acostumbramos a identificar el lenguaje como una manifestación de la racionalidad humana. Pero esa es sólo una parte de la historia. Probablemente sea cierto que en la estructura última del lenguaje, en su más profunda arqueología anida una vocación argumentativa. Es posible que la evolución del cerebro humano y las variaciones morfológicas que hicieron posible la comunicación hablada de nuestros ancestros evidencien una pretensión ilocucionaria susceptible de integrar una cierta racionalidad comunicativa.
 
Pero también hay otro relato igualmente verosímil. Es el que nos cuenta la historia de una retórica fundamentalista, de esas palabras cargadas con dinamita que socavan el núcleo de nuestras emociones, de ese lenguaje que se inserta como un venablo en la amígdala del  cerebro cortocircuitando el pensamiento argumentativo. Es el mundo arcádico de las grandes proclamas, de los atajos intelectuales que nos liberan del esfuerzo del pensamiento. Forman parte de ese universo que Víctor Lapuente en una obra de gran perspicacia ha identificado como la retórica de los chamanes.
 
Es cierto, que en nuestro país el debate público ha sido colonizado por la retórica de los chamanes, con su lenguaje radical, abstracto, monista que apela a  los grandes principios, una abstracta visión del mundo repleta de ideología que desprecia los datos empíricos porque carecen de la seductora grandilocuencia con la que se forja la Historia. El discurso  de la "exploradora", gradualista, incrementalista, empírico y ajustado a la realidad  se nos presenta como el lento y fatigoso esfuerzo de los pacatos que carecen del coraje necesario "para ir a la raíz del problema".
 
Se trata, sin duda alguna, de una mala elección. Porque ese lenguaje agónico y superlativo, repleto de adjetivos que anticipan un dantesco sucedáneo del fin del mundo,  destierra  la lógica argumentativa del diálogo y jibariza el universo del discurso reduciéndolo a un maniqueo juego de suma cero, de todo o nada. La realidad, desde luego, va por otro lado. Pero los espectadores ya no la perciben porque la magia se ha apoderado del escenario y la gente sólo espera  un sortilegio que convierta, como en el cuento, la carreta en una carroza.
 
No hay lugar para el diálogo informado entre sujetos conscientes con pretensiones de veracidad porque todo signo de objetividad aparece previamente contaminado por la prosa apocalíptica de los hechiceros. Son los únicos investidos de autoridad para descifrar la verdad que yace sepultada bajo toneladas de la jeroglífica jerga de los chamanes. Se advierte una capa demasiado gruesa como para ser horadada.
 
 
 
Se trata de un discurso que distorsiona la lógica de la comunicación. La  matriz racional del lenguaje  vocacionalmente enderezada al diálogo intersubjetivo queda definitivamente eclipsada por la prosa mayestática que apela al núcleo de las emociones y cierra la esclusa del pensamiento racional. ¿Para qué necesitamos la lógica de Aristóteles, si tenemos los conjuros del mago Merlín?.
 
Es un mundo en el que caben todo tipo de "efectos especiales". Cuando ésta retórica embrujada se apodera del debate público, se quebrantan los significados tradicionales y las palabras se convierten en fetiches. La jerga de los chamanes se distingue por la habilidad para acuñar amuletos que desencadenan reflejos paulovianos en sus receptores, bloqueando los significados y transformándolos en emociones.
 
Basten algunos ejemplos para ilustrar lo que quiero decir. El concepto de democracia proviene de antiguo, tiene una larga trayectoria y un significado político inequívoco. Sin embargo, en la jerga del chamán se ha transmutado en un adjetivo que exhala un humus purificador de indiscriminada aplicación para santificar cualquier comportamiento. No sólo la adjetivación del concepto legitima el afortunado sustantivo sobre el que aplica, sino, lo que es más importante, bloquea cualquier debate al respecto y censura la más mínima crítica que pudiere formularse.
 
Democracia es la nueva patente de corso de la modernidad tardía. Así cuando lo que se pretende es incumplir una norma se habla de "flexibilidad democrática" en su interpretación, si lo que se postula es la defensa de un interés particular preterido se apela a la "sensibilidad democrática". Si lo que pretendemos es la dimisión o el cese de algún adversario político qué mejor que invocar la "responsabilidad democrática". Y por último, siempre resulta legítimo el ejercicio de la "presión democrática" para acosar o forzar la voluntad de quienes se oponen a nuestros designios.
 
La jerga ha santificado el concepto convirtiéndolo en una sinfonía polilíngüistica que en la multiplicidad de sus voces carece de otra función que no sea la de avalar acríticamente cualquier comportamiento. Pero en ese tránsito, la alquimia del lenguaje también paga un alto precio: ya nadie sabe de qué está hablando.
 
En el moderno diccionario de la jerga, el conjuro de este aquelarre lingüístico ha acuñado dos conceptos-amuleto de probada e indiscutida eficacia. Pronunciar la palabra "copago" en un debate público-y aún privado-es algo así como invocar el espíritu de Belcebú bajo la cúpula de la Capilla Sixtina. El efecto es inmediato. Nadie que quiera sobrevivir intacto puede no ya apoyar, sino tan sólo razonar, la pertinencia de lo que en resumidas cuentas no es más que una distribución mutualizada del coste sanitario.
 
 El público está inmunizado frente a los argumentos, por muy económicamente justificados que puedan estar. La cuestión clave no se residencia en valorar las consecuencias de un gasto sanitario inasumible, del despilfarro de recursos que pueda suponer la subvención indiscriminada de medicamentos con independencia de la renta de sus beneficiarios o de cualquier otra valoración racional que pueda articularse. El debate no alcanza jamás ese nivel de profundidad porque las alarmas emocionales se han disparado mucho antes. No asistimos a una valoración ponderada de los beneficios o perjuicios que pudieran derivarse de la implantación de un sistema de esa naturaleza. Estamos ante una cuestión de principio. Nos hallamos en la médula de la estructura chamánica de la arquitectura social.
 
El otro concepto es el de "recortes". La mera pronunciación de la palabra desata todos los fantasmas que anidan en el abundante muestrario de la jerga. No hay debate racional que pueda resistir el mágico conjuro de esta extraordinaria pócima. Por definición los "recortes" son un atentado al bienestar de por "la gente" con independencia de que esa gente sean privilegiados rentistas o desahuciados sin hogar. Y aunque el elemental sentido común que aplica la mayoría de los ciudadanos en su vida privada nos diga que "no se debe gastar lo que no se tiene, si no se puede devolver lo prestado"  esa es una regla de conducta que deja de regir en el mundo abstracto e impersonal dominado por los chamanes .
 
Éstas palabras operan como un acelerador de partículas. Precipitan las emociones y bloquean la órbita frontal del cerebro anulando cualquier pretensión racional que pueda ser intersubjetivamente argumentada. En esa retórica proliferan los charlatanes, los nuevos demiurgos de la modernidad en red que, como muy bien apunta Víctor Lapuente en su magnífica obra, anuncian  el retorno de los chamanes.
 
 
 
 
 
 
 


Viernes, 17 de Febrero 2017

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