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¿A quién le importan los hechos?

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 28/05/2020.-


La cuestión estriba en determinar los límites de la verdad y la resistencia de los individuos frente a las “realidades alternativas”. Los apologistas de la posverdad y las tribus cautivas que ensalzan sus logros creen que el futuro les sonríe.



“Uno goza de libertad para elegir sus opiniones, pero no puede elegir libremente los hechos”. Esta elemental máxima metodológica que señaliza la frontera entre la ficción y la realidad ha dejado de regir el universo del discurso público en las modernas sociedades complejas. El estándar de racionalidad que acompañó el desarrollo del pensamiento ilustrado y que está en la base de los grandes logros de la civilización occidental se ha diluido, hasta evaporarse, en las brumosas constelaciones del “pensamiento débil”, el deconstructivismo, la teoría de las perspectivas, los marcos mentales y los “spin doctors”.
 
El resultado final es una especie de anarquismo metodológico, un “todo vale” universal en el que el discurso se ha emancipado de “la dictadura de los hechos”. No hay ninguna verdad “ahí fuera” que podamos captar al margen de nuestras impresiones subjetivas. La realidad es un “constructo” moldeado e impregnado por la identidad del sujeto que la transforma en un hecho. La objetividad es una ilusión y la ciencia un relato más, una narración que compite en un mercado saturado, sospechoso de “colonialismo cultural”.
 
Este es el sustrato ideológico que otorga carta de naturaleza a los “alternative facts” y a las conocidas “fake news”. Conviene no olvidarlo cuando algunos se dedican frívolamente desde sus cómodos pesebres subvencionados a atacar la verdad de la ciencia y a postular alguna modalidad de esa sandez que es el relativismo epistemológico azuzando el fantasma que aparece cuando los sueños se hacen realidad, cuando un político sin escrúpulos considera que sus delirios son más acertados que la evidencia empírica o cuando se apoderan del discurso los negacionistas de la ciencia o los fanáticos del nativismo.
 
 
 
Abandonar el ideal regulativo del método científico, “superar” la racionalidad del relato bajo el pretexto de los prejuicios objetivistas, no es democratizar el discurso sino abrir la puerta de par en par a los oportunistas, a los fabuladores, a los “fabricantes de los hechos” que se aprovechan de nuestras disposiciones emocionales para conseguir objetivos muy alejados de los ideales democráticos que proclaman. Es el nuevo rostro del autoritarismo que ya no necesita de los desfiles uniformados de las camisas pardas ni de las estruendosas marchas al compás de los sones de Wagner. Le basta con las sofisticadas técnicas que les permiten construir realidades alternativas.
 
En la actualidad un sector importante de la vida política ha sido colonizado por estas prácticas. También actores sociales significativos y una parte no desdeñable de los medios de comunicación se ha sumado a la beligerancia contra la racionalidad. Un síntoma no anecdótico de todo ello es la necesidad de practicar una especie de “hermenéutica informativa” para poder escudriñar la noticia enmascarada en muchas ocasiones por la sesgada interpretación, que adecuadamente encuadrada en el marco mental correspondiente, se sirve a los consumidores.
 
La cuestión estriba en determinar los límites de la verdad y la resistencia de los individuos frente a las “realidades alternativas”. Los apologistas de la posverdad y las tribus cautivas que ensalzan sus logros creen que el futuro les sonríe. Tienen algunos motivos para el optimismo. Han conseguido éxitos no desdeñables y es posible que obtengan algún triunfo aún en el futuro. Pero la construcción alternativa de la realidad, la falsificación de los hechos y el desprecio al ideal regulativo del conocimiento, de una verdad que en alguna medida se corresponde con los hechos, tiene límites infranqueables. No es posible superar indefinidamente la realidad por la sencilla razón de que esta “existe”. En última instancia, hay un mundo ahí fuera donde vivimos, trabajamos, amamos y morimos y en el que hemos sido arrojados sin alternativa. Sencillamente no lo podemos desconocer. Los narcóticos pueden distraernos y aliviar el dolor, pero no ocultar su existencia pues como decía aquel científico al que se le pretendía convencer de que el mundo sólo existía en sus pensamientos “sé que es real porque cuando doy una patada a una piedra me duele”. Los políticos oportunistas y los arribistas de toda laya se equivocan: a muchos ciudadanos si nos importan los hechos.



Madrid, 28/05/2020.-

Álvaro Lobato

Patrono fundador de FIDE.

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