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Antes y después

Valladolid, 22/3/2020.-


Sinceramente, no contábamos con esto; quizá pensábamos que a nosotros no nos podía pasar, que las pandemias eran propias del subdesarrollo, de lugares atrasados, de países lejanos. Pero a nosotros, no.



Decretan en Madrid el cierre de universidades | EFE
Decretan en Madrid el cierre de universidades | EFE
En varias ocasiones durante estos días de encierro, mientras preparaba explicaciones grabadas para mis alumnos y veía la mejor forma de hacérselas llegar a distancia, se me ha venido a la mente un lejano recuerdo. A comienzos de 1975, justamente cuando yo iniciaba el recorrido académico como profesor en la Facultad de Derecho, se cerró la Universidad de Valladolid, como muchos todavía recordarán; fue una decisión político-administrativa, propia de la época, que buscaba algún tipo de escarmiento que frenara una conflictiva situación muy extendida en la ciudad en aquel momento. ¡Bien empezamos¡, pensé yo entonces. Mi primer año de profesor y la Universidad cerrada. Y me dispuse, con nula experiencia y buena voluntad, a participar en aquella inolvidable iniciativa de la “Universidad paralela”, que pretendía mantener viva la actividad académica en aulas improvisadas, como así ocurrió.
 
Han pasado 45 años, me encuentro yo ahora justamente en el último año de mi trayectoria como profesor, a tiro de piedra de la jubilación, y otra vez la Universidad cerrada. ¡Bien terminamos¡, pienso esta vez. Obviamente, la causa es muy distinta; un virus inédito y dañino, que lo va parando todo a su paso. Y cuando comparo aquello y esto, aquellas clases en sacristías y bares y estas grabaciones para clases virtuales a distancia, pienso también en todo lo demás, en todo lo que ha cambiado, en el contexto ilusionado de entonces, lleno de expectativas por lo que estaba ya cercano, y en la percepción colectiva de ahora, que es la de una sociedad que se sentía segura y protegida, tecnológicamente avanzada, vencedora y superior, y un buen día se levantó absolutamente vulnerable e indefensa, antes de quedarse temerosa y triste durante una temporada  que nadie sabe con seguridad cuánto durará.
 
Sinceramente, no contábamos con esto; quizá pensábamos que a nosotros no nos podía pasar, que las pandemias eran propias del subdesarrollo, de lugares atrasados, de países lejanos. Pero a nosotros, no. Como mucho, habíamos leído en los libros, o habíamos escuchado a nuestros mayores, algo de una gripe terrible y devastadora, allá por 1918, justo hace un siglo. Pero fue cosa del pasado, de hace mucho tiempo; nada que ver con la situación ahora, con tantos avances en la ciencia y en la medicina. Y de los que sufrieron aquello con uso de razón ya no queda nadie vivo que nos pueda contar en directo lo que pasó y cómo lo hicieron frente.
 
Así nos pilló, perfectamente desprevenidos: un fin de semana de tiempo agradable, de manifestaciones y fútbol, una semana de creciente inquietud por la información que se iba conociendo, y otro fin de semana de estado de alarma y con aviso de confinamiento inmediato. Y así estamos, expectantes, precavidos, preocupados. Como si de repente todo lo demás se hubiera relativizado, hasta el punto de que los problemas que hace nada nos parecían especialmente graves hayan perdido importancia. Que, en toda esta semana, ni Cataluña, ni el proyecto de Ley de Igualdad Sexual, ni las reformas tributarias, ni prácticamente nada de lo que nos ocupó hace unos días, haya sido objeto de una mínima atención, lo dice todo. Hagan la prueba: tomen al azar un periódico de hace unos días y uno de hoy mismo; compárenlos; tendrán la sensación de haber cambiado de planeta, como de estar metidos en una película de ciencia ficción, porque además hay muchas películas de esas precisamente, que imaginan un mundo invadido y asolado por plagas de todo tipo.
 
Y en medio de esta desorientación, supongo que nos estaremos preguntando por el día después, por cómo será todo cuando esto haya pasado. Las opciones básicas son dos: que todo vuelva a ser como antes y alcancemos relativamente pronto el nivel deseable de una sociedad alegre y confiada, o que nada vuelva a ser lo mismo, teniendo en cuenta la magnitud del acontecimiento. Porque debemos saber que el impacto de lo sucedido no va a dejar nada indemne; para bien o para mal, afectará a todo. Afectará a la economía, cómo no, que necesitará tiempo, esfuerzo, estímulo y presupuestos convenidos para recuperar el ritmo de actividad en todos los sectores, y especialmente en de las pequeñas y medianas empresas, que se van a ver más afectadas; y quede claro que no valdrán las recetas que se usaron en la todavía reciente crisis financiera, que ésta de ahora es una crisis sanitaria y social, aunque tenga también efectos financieros. Afectará a la política, por supuesto, porque si de ésta no aprendemos que hará falta dejar a un lado los frentismos radicales y excluyentes para disponerse a entrar en los espacios compartidos, naturalmente transversales, en los que se puedan fijar objetivos comunes que se van a necesitar mucho, no lo aprenderemos ya nunca. Afectará a la propia sociedad, también, no sé si sólo en las relaciones sociales convencionales, o incluso en eso que llamamos la moral cívica colectiva, ese listón del mínimo ético que nos imponemos para poder vivir en común.
 
De todo lo otro, lo político y lo económico, habrá mucho que hablar, muchas preguntas que hacer, muchas opiniones que expresar. Demos tiempo al tiempo. De eso último, lo social y lo moral, que es también lo que nos atañe más personalmente, está surgiendo ya un auténtico filón para el análisis. Basta observar de vez en cuando lo que nos entra en los móviles, las iniciativas individuales o colectivas, las ocurrencias simpáticas, las alarmas inquietas, las quejas tristes, las palabras de ánimo, los llamamientos angustiados, los gestos solidarios. Jamás encontraremos un material tan rico para analizarnos como seres humanos ante una situación extraordinaria. Esto es lo que no había en ninguna otra época anterior y estoy seguro de que los sociólogos, antropólogos, psicólogos, filósofos, moralistas, etc., necesitarán varias vidas para estudiarlo a fondo. Lo que se percibe a simple vista es que nos estamos echando de menos los unos a los otros, y que el deseo de volver a encontrarnos irá a más a medida que transcurran los días de aislamiento y ausencia; tal vez la distancia física se esté compensando con la cercanía moral, aumentando las dos al mismo tiempo, por paradójico que parezca. Porque si esto fuera así, y el día después resultara que el espacio de la solidaridad real haya crecido en una sociedad que tendía ostensiblemente hacia el individualismo egocéntrico, no digo que habrá merecido la pena, porque no es así, pero sí que, al menos, nos habremos hecho un poco más conscientes de los límites de nuestra suficiencia. Que no sería poco.
 


Valladolid, 22/3/2020.-
Artículo publicado en el periódico El Norte de Castilla el día 22/3/2020.-

Jesús Quijano

Vocal Permanente de la Sección de Derecho Mercantil, Comisión General de Codificación. Catedrático de Derecho Mercantil, Universidad de Valladolid. Licenciado y Doctor en Derecho por la Universidad de Valladolid. Consejero Académico de Allen&Overy. Autor de diversas publicaciones de la especialidad en diversos sectores del Derecho Mercantil: Derecho de Sociedades, Derecho de la Competencia, Derecho Concursal, Contratos Mercantiles y Títulos valores. Consejero académico de Allen&Overy. Asimismo, ha ocupado diversos cargos políticos, ha sido Vocal  de distintos patronatos de fundaciones, asociaciones y ONGs de carácter cultural y benéfico. Miembro del Consejo Académico de Fide.

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