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Aquella temporada que pasamos en casa

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, Madrid, 26/3/2020.-


Perder la movilidad nos devolvió parte del tiempo que llevábamos toda la vida reclamando.



Ya que me preguntas, la cosa fue como por oleadas. En Navidad comentamos que había una nueva enfermedad, una extraña gripe con mala uva, en China, donde lo cogen todo, porque comen porquerías como murciélagos, pangolines o qué sé yo. Pensamos que, como mucho, sería otra gripe A.
 
Murió el medico chino que dio la voz de alarma y, luego, muchos chinos más. Aquí, este tipo de noticias nunca nos preocuparon demasiado. ¡Había tanto chino y estaban tan lejos!
 
En enero se supo que los chinos no estaban tan lejos. Estaban en la Lombardía y eso pillaba al lado. A mediados de febrero me llamó mi primo Alfonso, que acababa de llegar de Milán y al que le dijeron que no pisara la oficina. Podía parecer muy exagerado, pero ―pensamos entonces― era mejor prevenir que curar.
 
Mientras tanto, nosotros, a lo nuestro. Entretenidos en una primavera anticipada con endémicas querellas domésticas, llegamos al Carnaval y a las manifestaciones. Y de pronto, como si hubiéramos sufrido un ataque bacteriológico, un lunes la cuaresma se hizo cuarentena. En muy pocos días, la recomendación de no salir se convirtió en la prohibición de moverse.
 
Había empezado a leer La montaña mágica, por recomendación de un amigo. Hans, el protagonista, antes de incorporarse a su trabajo de ingeniero, se acercaba a saludar a su primo Joachim, ingresado en un sanatorio en las montañas. Iba a estar de visita tres semanas, lo que me pareció una eternidad, aunque allí el tiempo se contaba por meses, ya que la salud era demasiado importante para darse prisa en volver a la vida de abajo. Al principio a Hans le cuesta hacerse con el sitio. Totalmente ajeno a la enfermedad, que sufren o tratan ingresados, médicos, enfermeras y personal, solo por simpatía o solidaridad con su primo, mantiene los horarios, los paseos, las curas de descanso y el régimen de comidas pantagruélicas. Sin embargo, a los pocos días de llegar, se encuentra mal, se pone el termómetro y, a partir de ese momento, se convierte en un enfermo más.
 
Las tres semanas se extenderán mucho más allá, incluso después de que Joachim se incorpore a su regimiento. Su recuperación física será la oportunidad para la profunda transformación espiritual de Hans, cada día más alejado del ajetreo de abajo, los negocios o la familia.   
 
Algo así nos empezó a pasar en casa. Lo que iban a ser dos semanas, aunque nadie lo tenía muy claro, enseguida se convirtió en un mes. Lo de quedarse en casa, que entendimos al principio como muestra de civismo para que no se extendiera el virus entre ancianos o grupos de riesgo, gente desconocida, se convirtió en una medida personal de defensa frente a la epidemia cuando la enfermedad y el dolor empezó a extenderse entre amigos y conocidos. Un día empezamos a ponernos el termómetro como Hans. 
 
Pasados los días en los que estábamos en casa como de visita, nos conformamos con el cambio, sin perder del todo el orden ―la noche es por la noche, los lunes siguen siendo lunes― ni el sentido.
 
Nos acordamos de los clásicos, que decían que las cosas importantes nos las regalaban los dioses sin pedirnos nada. Perder la movilidad nos devolvió parte del tiempo que llevábamos toda la vida reclamando. No podíamos salir, pero podíamos hacer todo lo demás: asistir a reuniones de trabajo, ver a los amigos, disfrutar de la conversación, descubrir algún museo, escribir y leer, volver a componer. Poner las cosas en su sitio, querer a la gente o, por lo menos, dejarse querer un poco.
 
Volvimos a salir, pero ya nunca fue del todo igual.  
 
 
 


Madrid, 26/3/ 2020.-

Javier Zapata

Secretario General, Emisores Españoles.




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