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Balance y sesgo. Cuando llegue el momento

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 6/4/2020.-


Nos llegará el momento de hacer balance de las situaciones y experiencias vividas. Balances más o menos honestos sobre lo que nos ha pasado y lo que nos ha enseñado esta pandemia.



El diccionario de la Real Academia Española (RAE) define sesgo como la oblicuidad o torcimiento de una cosa hacia un lado. El concepto también se utiliza en sentido simbólico para mencionar una tendencia o inclinación. Se dice: “Su historia tiene un claro sesgo machista” o “En su intervención se apreciaba un ligero sesgo populista”. Me he dado cuenta de que, últimamente, estoy más sensible al sesgo. Escucho la intervención de un científico hablando del COVID-19 y me parece apreciar un sesgo en sus palabras, hasta en la forma de presentar las cifras. Veo con mis hijos un nuevo capítulo de La Casa de Papel -que les encanta- y me parece apreciar un claro sesgo en los diálogos y en los propios personajes. Paradójicamente, a los únicos en los que no veo sesgo en sus intervenciones es en los políticos. Y es que el sesgo, según lo entiendo yo, requiere de cierta sutileza, un enfoque discreta y disimuladamente tendencioso. Y eso no lo veo en los políticos. Los políticos, los nuestros, los actuales sin duda, pero quizás todos los políticos, casi por definición, son transparentes en ese (quizás único) sentido, no disimulan y tuercen y retuercen sus intervenciones sin ningún pudor. Son tan tendenciosos que el concepto de “sesgo” se les queda corto.  En el resto, el sesgo es constante. Y me temo que yo principalmente aprecio (en el sentido de que lo identifico más fácilmente, no que lo valore positivamente) el sesgo que no coincide con el mío. Porque no hay duda de que yo también tengo mi sesgo, más o menos latente o manifiesto y disimulado, según las circunstancias. Y como soy consciente de ello, de verdad que trato de contenerlo, de no dejarme llevar por él, de vencerlo y pensar con objetividad. Y entiendo que esa búsqueda de la objetividad, de vencer el propio sesgo es, en teoría, esencial en la función pública y social de los periodistas. El respeto a la verdad, la investigación de los hechos, la búsqueda continua e incansable de la objetividad aunque parezca inaccesible, contrastar los datos, confrontar las distintas versiones de un hecho y, finalmente, diferenciar información de opinión. Es decir, una lucha sin cuartel contra el sesgo. Y así como veo que el personal sanitario está cumpliendo con su código deontológico de una forma ejemplar, poniendo en riesgo sus vidas para cumplir con su juramento hipocrático de una forma heroica, lamentablemente tengo la impresión de que los del cuarto poder no están a la altura, no tratan de luchar contra su sesgo o el de su medio informativo. No tratan de averiguar la verdad sino en la medida en que sirva para sostener su posición previa, su sesgo. En la presente situación, en la crisis sanitaria y social que estamos viviendo, ni las muertes, ni el confinamiento, ni la destrucción de empresas y empleo están sirviendo de acicate para que ese cuarto poder esté a la altura de las circunstancias. Salvo honrosas excepciones (me vienen a la memoria unos artículos de J.L. Cebrían y de Javier Marías), una gran parte de los periodistas han renunciado a cumplir con su código deontológico y, con un cortoplacismo evidente, optan por seguir la línea editorial que les marca el Gobierno de turno, bien directamente o bien de forma indirecta a través de los grandes grupos de comunicación.

Nos llegará el momento de hacer balance de las situaciones y experiencias vividas. Balances más o menos honestos sobre lo que nos ha pasado y lo que nos ha enseñado esta pandemia. Y habrá personas, muchas, que tengan un balance claramente negativo, con seres queridos fallecidos, sin trabajo, negocios en quiebra… Todo eso pesará mucho en la balanza. Y también habrá personas que podrán considerarse afortunadas, que podrán contar esta historia a sus nietos sin bajas personales, con momentos familiares felices, únicos hasta la fecha, que seguramente no se volverán a repetir, con una mayor intimidad con los más íntimos, y consigo mismos, con la lectura, la escritura, con este nueva forma de vida que es el teletrabajo. Junto a esos balances individuales, como sociedad civil haremos también balance y, probablemente, aprenderemos que el periodismo de nuestro país tiene mucho que mejorar y que, en términos de honestidad, compromiso y ética profesional, no le llega a la suela de los zapatos al sector sanitario. Con las redes sociales, las reglas y mecanismos de la información han cambiado enormemente, pero los principios del buen periodismo siguen siendo los mismos. Y más necesarios que nunca.  
 
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Abogado Socio de Dla Piper.
Madrid, 6/4/2020.-
El diccionario de la Real Academia Española (RAE) define sesgo como la oblicuidad o torcimiento de una cosa hacia un lado. El concepto también se utiliza en sentido simbólico para mencionar una tendencia o inclinación. Se dice: “Su historia tiene un claro sesgo machista” o “En su intervención se apreciaba un ligero sesgo populista”. Me he dado cuenta de que, últimamente, estoy más sensible al sesgo. Escucho la intervención de un científico hablando del COVID-19 y me parece apreciar un sesgo en sus palabras, hasta en la forma de presentar las cifras. Veo con mis hijos un nuevo capítulo de La Casa de Papel -que les encanta- y me parece apreciar un claro sesgo en los diálogos y en los propios personajes. Paradójicamente, a los únicos en los que no veo sesgo en sus intervenciones es en los políticos. Y es que el sesgo, según lo entiendo yo, requiere de cierta sutileza, un enfoque discreta y disimuladamente tendencioso. Y eso no lo veo en los políticos. Los políticos, los nuestros, los actuales sin duda, pero quizás todos los políticos, casi por definición, son transparentes en ese (quizás único) sentido, no disimulan y tuercen y retuercen sus intervenciones sin ningún pudor. Son tan tendenciosos que el concepto de “sesgo” se les queda corto.  En el resto, el sesgo es constante. Y me temo que yo principalmente aprecio (en el sentido de que lo identifico más fácilmente, no que lo valore positivamente) el sesgo que no coincide con el mío. Porque no hay duda de que yo también tengo mi sesgo, más o menos latente o manifiesto y disimulado, según las circunstancias. Y como soy consciente de ello, de verdad que trato de contenerlo, de no dejarme llevar por él, de vencerlo y pensar con objetividad. Y entiendo que esa búsqueda de la objetividad, de vencer el propio sesgo es, en teoría, esencial en la función pública y social de los periodistas. El respeto a la verdad, la investigación de los hechos, la búsqueda continua e incansable de la objetividad aunque parezca inaccesible, contrastar los datos, confrontar las distintas versiones de un hecho y, finalmente, diferenciar información de opinión. Es decir, una lucha sin cuartel contra el sesgo. Y así como veo que el personal sanitario está cumpliendo con su código deontológico de una forma ejemplar, poniendo en riesgo sus vidas para cumplir con su juramento hipocrático de una forma heroica, lamentablemente tengo la impresión de que los del cuarto poder no están a la altura, no tratan de luchar contra su sesgo o el de su medio informativo. No tratan de averiguar la verdad sino en la medida en que sirva para sostener su posición previa, su sesgo. En la presente situación, en la crisis sanitaria y social que estamos viviendo, ni las muertes, ni el confinamiento, ni la destrucción de empresas y empleo están sirviendo de acicate para que ese cuarto poder esté a la altura de las circunstancias. Salvo honrosas excepciones (me vienen a la memoria unos artículos de J.L. Cebrían y de Javier Marías), una gran parte de los periodistas han renunciado a cumplir con su código deontológico y, con un cortoplacismo evidente, optan por seguir la línea editorial que les marca el Gobierno de turno, bien directamente o bien de forma indirecta a través de los grandes grupos de comunicación.
Nos llegará el momento de hacer balance de las situaciones y experiencias vividas. Balances más o menos honestos sobre lo que nos ha pasado y lo que nos ha enseñado esta pandemia. Y habrá personas, muchas, que tengan un balance claramente negativo, con seres queridos fallecidos, sin trabajo, negocios en quiebra… Todo eso pesará mucho en la balanza. Y también habrá personas que podrán considerarse afortunadas, que podrán contar esta historia a sus nietos sin bajas personales, con momentos familiares felices, únicos hasta la fecha, que seguramente no se volverán a repetir, con una mayor intimidad con los más íntimos, y consigo mismos, con la lectura, la escritura, con este nueva forma de vida que es el teletrabajo. Junto a esos balances individuales, como sociedad civil haremos también balance y, probablemente, aprenderemos que el periodismo de nuestro país tiene mucho que mejorar y que, en términos de honestidad, compromiso y ética profesional, no le llega a la suela de los zapatos al sector sanitario. Con las redes sociales, las reglas y mecanismos de la información han cambiado enormemente, pero los principios del buen periodismo siguen siendo los mismos. Y más necesarios que nunca.  
 
Joaquín Echánove Orbea,
Abogado Socio de Dla Piper.
Madrid, 6/4/2020.-
El diccionario de la Real Academia Española (RAE) define sesgo como la oblicuidad o torcimiento de una cosa hacia un lado. El concepto también se utiliza en sentido simbólico para mencionar una tendencia o inclinación. Se dice: “Su historia tiene un claro sesgo machista” o “En su intervención se apreciaba un ligero sesgo populista”. Me he dado cuenta de que, últimamente, estoy más sensible al sesgo. Escucho la intervención de un científico hablando del COVID-19 y me parece apreciar un sesgo en sus palabras, hasta en la forma de presentar las cifras. Veo con mis hijos un nuevo capítulo de La Casa de Papel -que les encanta- y me parece apreciar un claro sesgo en los diálogos y en los propios personajes. Paradójicamente, a los únicos en los que no veo sesgo en sus intervenciones es en los políticos. Y es que el sesgo, según lo entiendo yo, requiere de cierta sutileza, un enfoque discreta y disimuladamente tendencioso. Y eso no lo veo en los políticos. Los políticos, los nuestros, los actuales sin duda, pero quizás todos los políticos, casi por definición, son transparentes en ese (quizás único) sentido, no disimulan y tuercen y retuercen sus intervenciones sin ningún pudor. Son tan tendenciosos que el concepto de “sesgo” se les queda corto.  En el resto, el sesgo es constante. Y me temo que yo principalmente aprecio (en el sentido de que lo identifico más fácilmente, no que lo valore positivamente) el sesgo que no coincide con el mío. Porque no hay duda de que yo también tengo mi sesgo, más o menos latente o manifiesto y disimulado, según las circunstancias. Y como soy consciente de ello, de verdad que trato de contenerlo, de no dejarme llevar por él, de vencerlo y pensar con objetividad. Y entiendo que esa búsqueda de la objetividad, de vencer el propio sesgo es, en teoría, esencial en la función pública y social de los periodistas. El respeto a la verdad, la investigación de los hechos, la búsqueda continua e incansable de la objetividad aunque parezca inaccesible, contrastar los datos, confrontar las distintas versiones de un hecho y, finalmente, diferenciar información de opinión. Es decir, una lucha sin cuartel contra el sesgo. Y así como veo que el personal sanitario está cumpliendo con su código deontológico de una forma ejemplar, poniendo en riesgo sus vidas para cumplir con su juramento hipocrático de una forma heroica, lamentablemente tengo la impresión de que los del cuarto poder no están a la altura, no tratan de luchar contra su sesgo o el de su medio informativo. No tratan de averiguar la verdad sino en la medida en que sirva para sostener su posición previa, su sesgo. En la presente situación, en la crisis sanitaria y social que estamos viviendo, ni las muertes, ni el confinamiento, ni la destrucción de empresas y empleo están sirviendo de acicate para que ese cuarto poder esté a la altura de las circunstancias. Salvo honrosas excepciones (me vienen a la memoria unos artículos de J.L. Cebrían y de Javier Marías), una gran parte de los periodistas han renunciado a cumplir con su código deontológico y, con un cortoplacismo evidente, optan por seguir la línea editorial que les marca el Gobierno de turno, bien directamente o bien de forma indirecta a través de los grandes grupos de comunicación.
Nos llegará el momento de hacer balance de las situaciones y experiencias vividas. Balances más o menos honestos sobre lo que nos ha pasado y lo que nos ha enseñado esta pandemia. Y habrá personas, muchas, que tengan un balance claramente negativo, con seres queridos fallecidos, sin trabajo, negocios en quiebra… Todo eso pesará mucho en la balanza. Y también habrá personas que podrán considerarse afortunadas, que podrán contar esta historia a sus nietos sin bajas personales, con momentos familiares felices, únicos hasta la fecha, que seguramente no se volverán a repetir, con una mayor intimidad con los más íntimos, y consigo mismos, con la lectura, la escritura, con este nueva forma de vida que es el teletrabajo. Junto a esos balances individuales, como sociedad civil haremos también balance y, probablemente, aprenderemos que el periodismo de nuestro país tiene mucho que mejorar y que, en términos de honestidad, compromiso y ética profesional, no le llega a la suela de los zapatos al sector sanitario. Con las redes sociales, las reglas y mecanismos de la información han cambiado enormemente, pero los principios del buen periodismo siguen siendo los mismos. Y más necesarios que nunca.  
 

Madrid, 6/4/2020.-

Joaquín Echánove Orbea

Abogado Socio de DLA Piper

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