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¿Competimos o colaboramos?, por Rafael Martínez-Cortiña.


La Unión Europea acaba de publicar ahora mismo sus conclusiones sobre lo que se denomina “economía colaborativa”, explicando que son apps y solicitando una mayor liberalización y menores trabas a los estados miembros. Sin ser vinculantes, las recomendaciones han producido un pequeño terremoto en los medios de comunicación. Tras una primera lectura, ¿cuál es el fondo de la cuestión y por qué, de repente, se posicionan de esa manera?



La Unión Europea acaba de publicar ahora mismo sus conclusiones sobre lo que se denomina “economía colaborativa”, explicando que son apps y solicitando una mayor liberalización y menores trabas a los estados miembros. Sin ser vinculantes, las recomendaciones han producido un pequeño terremoto en los medios de comunicación. Tras una primera lectura, ¿cuál es el fondo de la cuestión y por qué, de repente, se posicionan de esa manera?

Los estados miembros que más han apoyado el esquema colaborativo entienden que éste permite a sus ciudadanos estar en contacto con el siglo XXI, multiconectados a través de aplicaciones móviles, hasta generar en toda la población una cultura de innovación, por contagio natural y por uso cotidiano de la tecnología. Si desde que naces en 2016 tus padres te llevan con toda naturalidad en un Uber, cuando tengas 18 años en 2034 Uber te parecerá algo tan vintage como tus padres y tu mente emprendedora querrá mejorarlo. Si sólo has ido en un taxi, en 2034 te encantará usarlo en muchos otros países, porque viajaremos, pero te lamentarás de que en España no haya nada igual. Pero nada más.

El resultado es que no permitiremos la cultura de la innovación en la población española porque no habrá permeado en nosotros desde que nacemos en todos los actos cotidianos de nuestra vida y encima estará demonizada y amenazada por oscuras instituciones del Estado. Y eso que las plataformas hacen todo lo que pueden para cumplir la ley. Lo que ocurre es que la ley te obliga a ser autónomo, aunque ganes 3 euros al mes. Si quieres ser autónomo, tienes que incurrir en unos 400 euros de coste fijo mensual, entre unos y otros. Para compartir los gastos de tu coche o tu casa con personas con quienes compartes muchos valores, entre ellos la confianza, el Estado te burocratiza; la justicia te prohíbe ; los gobiernos te generan conflictos manifiestamente inconstitucionales ; Hacienda te arruina ; las administraciones públicas te amenazan y los lobbies te insultan. Y aun así, entre las catacumbas, sigue creciendo el número de ciudadanos productores como la espuma, porque lo que une a todos los demandantes de estos servicios es un elemento muy poderoso: la confianza.

En vez de regular a favor del ciudadano que simplemente desea utilizar un Uber o irse con su familia a un Airbnb, nosotros parece que preferiremos explicarlo en nuestro sistema educativo, mediante una asignatura que se denominará probablemente “economía colaborativa”. Eso será tras una ardua tarea de consenso político y negociación sindical, para explicar a los chavales lo que ya saben, aunque no sabrán cómo sacar provecho de ello. En España, solo pueden ir en taxi y les parece todo muy bien. ¡Que inventen ellos !

En realidad, son dos maneras legítimas de apostar por el futuro. La Unión Europea se ha dado cuenta de que los verdaderos protagonistas de la economía colaborativa son los ciudadanos, que son los que han generado una economía para ciudadanos, todo un alter sistema, bien porque se ven expulsados de la economía con empresas o porque un esquema les ofrece garantía 100% y el otro confianza.

La Unión Europea considera ahora a la confianza como el nuevo petróleo del siglo XXI, quizás porque cada día ofrecemos menos de ella al mundo. El Reino Unido, que sigue la estela de la bomba colaborativa norteamericana, fue el primero en impulsar la economía colaborativa como política de estado. Así, por ejemplo, los británicos culturalmente no entienden que el esquema colaborativo se vea limitado enormemente por las políticas de innovación europeas, burocratizadas, agresivas, restrictivas y nada amables con el ciudadano. A ellos les ha funcionado muy bien y transforman sus parados en ciudadanos productores. Sus parados ahora son capaces hasta de producir energía, constituidos como comunidades confianza que hacen uso de lo que buenamente tienen. Sí, los parados en el Reino Unido también tienen tejados donde poner placas solares y esos pequeños ingresos que reciben es lo que les permite complementar un sistema que ya existe y hacerse con unas libras al mes para ir tirando. Todo muy apoyado por el gobierno británico, claro, que ha delegado inteligentemente funciones. En España, la situación no es tan vanguardista.

Los estados miembros que más han apoyado el esquema colaborativo entienden que sus ciudadanos son suficientemente adultos como para tomar sus propias decisiones, siendo ellos los que se equivocan y asumen sus riesgos. Nosotros culturalmente preferimos un marco con tanta seguridad que hemos terminado por no permitir respirar a la innovación. Ellos se dejan llevar por la confianza, a nivel político, empresarial y social. Por ello, la madrileña Traity, la primera plataforma del mundo especializada en generar un estándar de reputación digital (confianza), tuvo que dejar Madrid para irse en 2014 a Silicon Valley, protagonizando la mayor ronda de financiación del año. Sigue en Estados Unidos, una pena para España. En San Francisco, la verdad es que están mejor, lamentablemente.

Es precisamente la confianza lo que resulta de desvelar las cinco incógnitas de la demanda. En la función de la oferta las incógnitas son precio y cantidad, y ante eso el consumidor toma una decisión sabiendo que existe una garantía que protege sus derechos frente a las empresas. Las incógnitas de la demanda son diferentes, pero parece que pueden ser ofrecidas por los nuevos ciudadanos productores, esos nuevos ciudadanos conectados del siglo XXI que son capaces de generar con total confianza microingresos a través de la tecnología. Ellos son capaces de ofrecer (1) tranquilidad (lo que hemos acordado es lo que se hará, o nuestra seguridad jurídica); (2) libertad (ofreciendo opciones donde elegir: ahora un taxi, ahora un Uber, ahora un autobús); (3) comprensión, que equivale a nuestro value for money; (4) pertenencia, porque somos gregarios y no nos gusta sentirnos solos ante una empresa); y (5) transparencia, porque no ofrecen ninguna duda. Y encima, ellos empatizan.

La Unión Europea, al igual que la CNMC, al igual que la Autoridad Catalana de Competencia y al igual que muchos otros ya, se han dado cuenta que los ciudadanos productores son ciudadanos que responden brillantemente a la demanda y, además, son capaces de demostrar que son de confianza. No hay más que mirar sus perfiles públicos de reputación digital y veremos cómo los visitantes les catalogan como sobresalientes (5 estrellas). Estos ciudadanos sobresalientes, son los que han reaccionado de la manera más inteligente ante una enorme crisis de empleo y lo hacen porque quieren pagar sus facturas, porque encima son los ciudadanos que no desean vivir de subvenciones públicas. Si después de una brillante carrera en marketing, por ejemplo, te ves implicado en un ERE y en la calle con 40 años y dos hijos, lo lógico es que te busques la vida, siendo tú mismo tu mejor proyecto profesional vital, porque tus hijos ahora dependen de ello. Tu reputación es tu reclamo.

¿En serio que no eres el mejor anfitrión de tu propia casa con personas con quienes compartes valores y que van a tu casa porque les interesas tú y tus cosas tan españolitas, realmente? ¿En serio que no eres el mejor conductor y que los viajes no son infinitamente más divertidos con amigos que solos? La industria hotelera piensa que compartir tu casa no implica gastos, aunque usen la luz, el agua, el ADSL y a veces se puedan romper cosas. Lo mismo prefiere que estos viajeros, también excelentes, estén en una cueva, que es el lugar natural de los nuevos ciudadanos productores. O metidos en el maletero del coche, quizás, por si les pilla un taxista. Y esto es así porque nosotros en España demonizamos mientras en otros estados miembros prefieren facilitar. Sí, estamos en un momento en que preferimos que inventen otros.

La cuestión es qué hacemos con la economía de los ciudadanos, la colaborativa, frente a la de las empresas, la competitiva. Deberemos abordar si seguimos apostando por un sistema de garantías (excluyente) o por uno complementado por esquemas de confianza (inclusivo).

Y en eso estamos precisamente en Fide(1), analizando cómo abordar esta cuestión empresarial para darle una conjugación jurídica.

Es el impulsor de un grupo de pensadores (think tank) que congrega a los mayores responsables empresariales protagonistas del cambio. Entre sus miembros invitados, que participan a nivel privado y asisten de manera estable, se encuentran los responsables para el Sur de Europa de plataformas que son protagonistas regularmente en los medios de comunicación. Ellos han podido explicar los matices que deberemos interiorizar para entender cómo enfocarnos  hacia el cambio del paradigma.

El cambio de paradigma exige un marco de confianza. ¿Sabemos hacerlo?


Rafael Martínez-Cortiña, CEO de Thinkeers, think tank especializado en generación de comunidades virtuales. CEO de Yottotel, red social de anfitriones y viajeros. Economista especializado en economía colaborativa. 


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(1): Fide es actualmente el foro de análisis y discusión más avanzado en cuestiones jurídicas vinculadas con el reto colaborativo en Madrid. 

Nota de prensa de la Comisión Europea: http://europa.eu/rapid/press-release_IP-16-2001_en.htm?utm_campaign=SMEs+H2020&utm_source=twitterfeed&utm_medium=twitter




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