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De la guerra… y de lo que no lo es


La esencia de la libertad no consiste en un Gran Hermano que tome decisiones bien informadas basadas en la transparencia de sus súbditos, sino en ciudadanos bien informados que tomen decisiones basadas en la transparencia de la Administración que les coordina.



Un policía local de Murcia ofrece gel desinfectante a una militar del Ejército de Tierra. Efe
Un policía local de Murcia ofrece gel desinfectante a una militar del Ejército de Tierra. Efe
Hemos banalizado la guerra utilizando el término para nuestras disputas cotidianas. Hemos llegado a confundir la guerra con las batallas, a creer que un conflicto sobre el precio de, digamos, el petróleo puede llamarse guerra comercial. Ahora que sí estamos en una guerra, conviene aclarar las diferencias. Más que nada porque nos va mucho en entenderlas.

De forma muy sencilla -y por seguir con el ejemplo-, en las disputas comerciales, unos ganan y otros pierden, pero el sistema se mantiene. Los precios suben o bajan, hay empresas que prosperan y otras que se arruinan, pero el mercado sigue siendo el mismo. Son batallas ganadas o perdidas que constituyen la esencia misma de nuestra naturaleza. Somos animales competitivos. Lo son nuestros genes en la lucha evolutiva y cada uno de nosotros en nuestro día a día.

Las guerras son algo muy distinto. Nos confunde el hecho de que, para los occidentales de nuestra generación, las guerras en las que hemos participado son casi siempre “guerras de elección”, guerras de otros en las que defendemos unos intereses, en las que estamos -como en el símil de la gallina- implicados, pero en las que no estamos comprometidos. Son guerras, sí, pero para aquellos que se juegan su existencia o sus valores.

Mis dos primeras misiones internacionales como militar fueron en “la antigua Yugoslavia”. La diferencia está, precisamente, ahí. Yugoslavia ya no es. Aquello sí era una guerra porque cambió la naturaleza de un país. Un país, por cierto, europeo, orgulloso, y que ha producido y sigue generando un inmenso talento. En una guerra no está en juego, o no debería estar, un bien, una persona o un conjunto de personas. Lo que está en juego es una sociedad y una forma de entender la convivencia.

Por eso, ahora, estamos en guerra. Y por eso la lucha contra el virus es una batalla.

Por eso esto no va tanto de individuos como del conjunto de la sociedad. No se trata de si tú personalmente resultas infectado, ni siquiera de cuántos llegan a estarlo, sino de que el conjunto sea capaz de resistir de la mejor manera posible. En las batallas hay bajas. Suena duro decirlo, pero es así. Y no siempre los que caen son los más débiles, a veces son los que están dando la cara en primera línea. A veces, profesionales que se han estado manteniendo en un discreto segundo plano, preparándose para cuando haya que dar la cara. Personas con sus miedos y sus dolores, pero que son capaces de dejarlos de lado cuando llega su momento de actuar.

Como mi amigo Antonio, que estuvo como médico del destacamento del Ejército del Aire que tuve el privilegio de mandar hace tres años en Senegal. Su trabajo diario podía tener menos glamour que el de los pilotos, pero cuando el Embajador Virella nos pidió ayuda para socorrer a un marinero de un pesquero español que había sufrido un accidente, Antonio y su equipo se embarcaron en una lancha de la Guardia Civil para salir al encuentro del accidentado. No había Biodramina en el mundo para esa travesía, pero la misión no era sobre él, sino sobre el marinero.

Aquella batalla la ganamos. Y ganaremos la del virus. Y Antonio vuelve a estar ahora en primera fila para ayudarnos.

Pero, sobre todo, tenemos que ganar la guerra.

Y la guerra tiene que ver con nuestra forma de vida y nuestros valores. Ganar una batalla no puede suponer perder la guerra o desvirtuar su sentido. Me preocupa que el dolor o el miedo de la batalla nos haga caer en la tentación de rendirnos.

No todas las herramientas valen para ganar la batalla. No hay que ganar todas las batallas para ganar la guerra. No hay guerras sin bajas. Tenemos la obligación de minimizar esas bajas y, especialmente, de que sirvan para reforzar nuestro modo de vida y no para que lo abandonemos.

No se trata de volver al pasado. Una de las palabras de moda de estos tiempos, la resiliencia, no solo consiste en ser capaces de seguir operando en condiciones de estrés y recuperarse cuanto antes de los efectos de un ataque. La resiliencia implica también aprender de nuestros errores y debilidades para corregirlos. No para cambiar nuestro mundo, sino para reforzar su coraza.

La esencia de la libertad no consiste en un Gran Hermano que tome decisiones bien informadas basadas en la transparencia de sus súbditos, sino en ciudadanos bien informados que tomen decisiones basadas en la transparencia de la Administración que les coordina.

El liderazgo consiste en llevar el timón. El líder es el que tiene claro dónde hay que llegar a pesar de los cambios de ruta que nos imponga la navegación. Hoy que el liderazgo es más importante que nunca, no puedo dejar de rendir un homenaje a mi amigo, el teniente coronel de la Guardia Civil Jesús Gayoso, jefe del GAR, que está ahora mismo ingresado en la UCI luchando por su vida. Jesús es un líder extraordinario. Emociona el mensaje de su gente, con cuyas primeras palabras acabo:

“Si construyes un ejército de 100 leones y su líder es un perro, los leones morirán como un perro. Pero si armas un ejército de 100 perros y su líder es un león, todos los perros lucharán como leones”.

Fuerza, Jesús.

Ángel Gómez de Ágreda

De la guerra… y de lo que no lo es

Coronel de Aviación
Jefe del Área de Análisis Geopolítico
DICOES / Secretaría General de Política de Defensa




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