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Del New York is not America al This is London: el renacimiento de las ciudades-estado en el siglo XXI, por Raúl C. Cancio.




Henry Ford, un arquetípico fruto del medio oeste norteamericano (Dearborn, Michigan) y fundador en 1903 de la compañía automovilística homónima, opinaba que «Nueva York es un país distinto. Puede incluso que debiera tener un gobierno separado. Todo el mundo piensa diferente, ni saben qué diablos son el resto de los Estados Unidos». Hoy, el Profesor Sennet, docente en la London School of Economics y en el MIT, es de la opinión que «el lugar más importante para Londres es Nueva York. Y para Nueva York, Londres y Tokio. La ciudad de Londres, en puridad,  pertenece a un país compuesto por ella misma y Nueva York».

En el año 2007, por primera vez en la historia de la humanidad, la población de las áreas urbanas superó a la de las zonas rurales. Según datos de las Naciones Unidas, cada semana aproximadamente tres millones de personas en todo el mundo se trasladan a una ciudad. En 1950, menos de una de cada tres personas vivía en áreas urbanas; de hecho, el mundo tenía solamente dos de las llamadas «mega ciudades» con más de diez millones de habitantes: Nueva York y Tokio. Hoy existen veinte y ocho  y dentro de quince años, la Tierra contará con sesenta y tres ciudades de entre cinco y diez millones de habitantes, 558 de entre uno y cinco millones y 731 entre 500.000 personas y un millón. Ciudad de México carece del cargo de alcalde, tiene por el contrario un Jefe de Gobierno, no en vano su titular rige sobre una población mayor que el 75 % de todos los Jefes de Estado del mundo. Y todo ello merced a un modelo tradicional de urbanización, experimentado por América del Norte y Europa durante la era victoriana del siglo XIX, en el que las personas abandonaban el campo empujadas por la mecanización de la agricultura y atraídas hacia las áreas urbanas por la oferta de trabajo y mejores salarios. Patrón sin embargo que no se sigue en el África subsahariana, con la tasa más alta de migración urbana del mundo, o Sudamérica, generándose la paradoja social de que el tamaño de sus ciudades no guarda proporción con su riqueza económica, produciéndose el fenómeno conocido como de «urbanización prematura», en el que esas áreas urbanas aun inmaduras, al encontrarse económicamente estancadas o en recesión, son incapaces de suministrar servicios elementales como el acceso al agua, vivienda, educación o asistencia sanitaria. Consecuentemente, en 2007 el número de personas en el mundo que reside en barriadas de chabolas o «slums» superó el límite de los mil millones.

Atentados terroristas como los acaecidos en Nueva York, Madrid, Londres, París o Estambul; fenómenos críticos como el síndrome respiratorio agudo grave de Hong Kong o el virus del ébola de Madrid; desastres naturales  como  los huracanes Katrina y Sandy, los efectos del accidente nuclear de Fukushima,  la gestión diaria de ciudades radicadas sobre la Falla de San Andrés o la radicación de megaciudades en regiones costeras y, por ende, directamente amenazadas por los efectos del cambio climático sobre el nivel del mar -Nueva York, Tokio, El Cairo, Río de Janeiro, Manila, Mumbai o Daca- o, sin ánimo de exhaustividad, episodios convivenciales en ciudades con más de veinte etnias entre sus vecinos, han evidenciado la solvencia de las grandes ciudades para enfrentarse a peligros y cuestiones de seguridad globales. Retos que desde hace siglos estaban reservados exclusivamente a la soberanía de los gobiernos centrales de cada Estado-nación, hogaño son manejados por estas megaurbes cuyas autoridades municipales absorben cada vez un mayor número de competencias que escapan ya del tradicional y reducido ámbito local, participando de manera cada vez más directa en cuestiones relacionadas con la seguridad y la geopolítica a nivel mundial: el Strong Cities Network, constituido por más de ochenta ciudades y con el objetivo de aglutinar experiencias, medidas e información contra el extremismo violento y el terrorismo. En este sentido, adviértase como la muy municipal NYPD Intelligence Division & Counter-Terrorism Bureau, con presencia en once países, sea probablemente la mejor equipada y preparada unidad antiterrorista del mundo, con una entidad material, personal y presupuestaria muy superior a la de muchos Estados; el proyecto WHO European Healthy Cities Network, impulsado por más de cien gobiernos municipales con la finalidad de promover todo tipo de iniciativas encaminadas a la protección de la salud y la adopción de modelos de buena praxis en el contexto urbano o,  para terminar, el C40, influyente grupo en el que las mayores ciudades del mundo aúnan esfuerzos en la batalla contra los efectos del cambio climático.

Todo ello ha generado, indefectiblemente, un profundo sentimiento tanto de pertenencia como de alienación en la ciudadanía de estas grandes urbes, pero vinculada no tanto por rancios factores identitarios o étnicos, como por la sensación de pertenecer a redes transnacionales de orden cultural, económico y social, cristalizando en una suerte de diplomacia urbana con un creciente poder en el desarrollo global. Influencia intensa que, sin embargo, no ha sido capaz de contrarrestar fenómenos electorales como el Brexit británico, la frustrada reforma constitucional italiana, el auge de populismos excluyentes en Alemania o Francia o la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, a pesar de que la mayoría de los votantes de ciudades como Londres, Milán, París, Berlín o Nueva York sufragaron  netamente en contra del sentir electoral del resto de sus respectivos compatriotas. Fenómeno electoral que, precisamente, no ha hecho sino amplificar la sensación de diferenciación y de desubicación de estas colectividades frente al resto del Estado-nación.  Más de cuarenta mil londinenses han firmado ya la petición en Change.org dirigida a su alcalde para que declare independiente la ciudad y así garantizar su pertenencia a la UE. «Londres es una ciudad internacional y queremos permanecer en el corazón de Europa» enfatiza la solicitud. Varias decenas de miles de vecinos de Portland, Los Angeles, Chicago, San Francisco o Nueva York, en los días posteriores a la votación, gritaron «Not Our President!» o su corolario «los que le votaron no son nuestros compatriotas…»

Ur, Babilonia, Esparta, Atenas, las Repúblicas Marítimas renacentistas, las Stadtstaaten alemanas… A lo largo de la historia, las ciudades han sido protagonistas de las más importantes transformaciones sociales: inicio de revoluciones, cuna de tendencias, origen de descubrimientos y avances técnicos, modelos de organización laboral, política y económica y sedes del control político, del poder económico, del conocimiento y de la información (preparémonos para las smartcities, Masdar City (Abu Dabi) o Songdo (Corea del Sur), son ya realidades en las que todos los sistemas de información, mediante redes inalámbricas e identificación por radiofrecuencia, interactúan gestionando en términos de la máxima eficiencia la información proveniente de las viviendas, los comercios, los centros de trabajo, la vía pública…).

Son muchos los interrogantes que nos sugiere la actual coyuntura socioeconómica ¿las megas urbes acabarán por sustituir a los Estados nacionales? ¿Nos dirigimos hacia una coruscanización del planeta? ¿Son más eficientes las respuestas a nivel municipal o local que las estatales para la resolución de los desafíos globales? ¿Qué implica en el gobierno de una comunidad la cercanía con el administrado? Y al hilo de esta última ¿Puede hablarse seriamente de proximidad local en poblaciones de más de veinte millones de habitantes? ¿Son viables estas concentraciones inaprehensibles de seres humanos, máquinas y edificaciones con formas de convivencia sostenibles? ¿Es capaz la limitada normativa local de dar respuesta a las demandas de unas comunidades jurídicas de mayores dimensiones que decenas de países?

En la Atenas de Clístenes, el peor escarmiento para el considerado como enemigo de la ciudad, era el de la pena de ostracismo. La expulsión del ciudadano del ὄστρακον,  dejar de convivir en el entorno donde se desarrollaban los asuntos públicos del ateniense era un castigo de dimensiones que hasta hace poco nos resultaban incomprensibles.  Hoy, y particularmente para los bancos de la City londinense, la gravedad de ese ostracismo del mainstream financiero, les es perfectamente inteligible. Avanzamos, me temo, directos al trasunto sociológico del clásico brocardo procesal,  quod non est in civitate non est in mundo.


Raúl C. Cancio Fernández, Doctor en Derecho. Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Letrado del Tribunal Supremo. Relator de jurisprudencia en la delegación española de la Asociación de Consejos de Estado y Jurisdicciones Supremas Administrativas de la Unión Europea. Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Aranzadi Editorial,   del panel de expertos de la Cátedra de Paz, Seguridad y Defensa de la Universidad de Zaragoza, del portal divulgativo QueaprendemosHoy.co, de la revista de cine La Crítica de Nueva York y columnista del diario As. En cuanto a su labor docente, participa anualmente en el Practicum de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Carlos III. Es autor de casi trescientos artículos y de una treintena de libros.




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