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Despedida

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 19/06/2020.-


Es necesario seguir adelante y si se hace con respeto a quienes sufren e incluso ayudándoles de alguna manera, parece conveniente ser positivo y alegrarse por las cosas buenas que nos suceden.



Resulta muy difícil asumir un planteamiento triunfalista respecto de la superación de la pandemia cuando han quedado atrás casi treinta mil fallecidos en España, cientos de enfermos convalecientes y un confinamiento que dejará sus secuelas psicológicas en una gran parte de la población. Sin embargo, es necesario seguir adelante y si se hace con respeto a quienes sufren e incluso ayudándoles de alguna manera, parece conveniente ser positivo y alegrarse por las cosas buenas que nos suceden.
 
Esta mañana una persona muy enfadada se enfrentó conmigo en la calzada y se marchó dando voces y una patada al lateral de mi coche. Esta misma semana fue asaltado en la calle, a plena luz del día, el exalcalde de Madrid José María Álvarez del Manzano. Confío que estas situaciones no sean el preludio de otras similares y más graves que podemos vivir como consecuencia de las dificultades personales producidas por una crisis económica anunciada por todos, comenzando por el Banco de España y siguiendo por la OCDE. Si resulta tan grave como se dice, sin duda muchos acabarán desesperados y actuarán bajo una presión para la que conviene dar respuestas y estar preparados.
 
Prefiero pensar que hay esperanza para todos y así lo creo cuando miro los ojos azules de mi vecino Manuel, que a sus tres años tiene conciencia de que hay un bicho malo en la calle y no se puede besar a las personas, pero está deseando dar abrazos y montar en su bicicleta roja sin ruedines. Los niños nos hacen olvidar con su inocencia que existen personas maquinando con maldad.
 
Por lo tanto, hoy no sólo quiero transmitir la alegría que me produce pensar en el final del confinamiento y en reencontrar a mis padres octogenarios que han superado felizmente estos meses sin ser contagiados, sino que también quiero recordar algunas de las enseñanzas que los momentos pasados de reflexión y escritura me han dejado. No quiero olvidar esas enseñanzas adquiridas durante el encierro y entre ellas especialmente el reconocimiento de la fragilidad de la vida tanto individual como colectiva, la valentía solidaria de muchas personas hacia quienes necesitaban su ayuda, las buenas intenciones que nos marcamos todos, la fortaleza inesperada ante la adversidad…
 
Comencé escribiendo artículos breves desde la primera semana del confinamiento. Luego los enviaba a mis contactos con la intención de ofrecer compañía en la distancia, ánimo ante la adversidad o consuelo si alguien lo precisaba. Acabé siendo beneficiado por esa intención porque fui yo quien se sintió acompañado de amigos que respondían a los mensajes y agradecían los escritos, que además fueron publicados en la revista de la Fundación FIDE. Todos ellos me hicieron ser más reflexivo de lo habitual y sentí claramente su cercanía. Hoy se lo agradezco.
 
Ahora que estos escritos terminan y que preparo mi despedida, no puedo pensar sólo en que se produce un final sino en realidad que llega el principio de muchas cosas. La vida va a ser diferente para todos después de esta pandemia: estaremos más pendientes de los nuestros y más conectados, aunque sea online, seremos más sensibles porque hemos vivido dificultades y así comprenderemos mejor las dificultades de los demás, también valoraremos más la vida porque hubo días que parecía que perderla era muy posible.
 
El final de estos artículos coincide con el final de la escritura de mi tercera novela titulada “Tres obsesiones y un delito”, pero intuyo que también se inicia otro principio porque pronto comenzaré otra novela en mi retiro en la montaña de León. Por eso el final de una etapa es el principio de otra y así no hay tiempo para la nostalgia sino ilusión por el nuevo comienzo. Si además este inicio se realiza con dedicación a la vocación íntima y personal entonces hay doble motivo para el contento. La condición primera para ello es tener clara esa vocación.
 
El tiempo se paralizó con la pandemia y fue posible pensar. Si alguien no lo ha hecho suficientemente sobre su vocación aún está a tiempo y merece la pena el esfuerzo. No importa la edad ni el momento. La vocación de cada etapa es diferente: puede ser profesional, familiar, altruista, artística o religiosa, o todas a la vez. Lo importante es encontrarla y dedicarse a ella.
 
Durante uno de mis paseos por el Monte del Pardo conocí a Rafael el Pastor, que cuidaba con su perro border collie cerca de cuatrocientas ovejas. Me contó cómo un amigo suyo, también pastor, había vivido por aquellas tierras toda su vida con su rebaño. Al construir la autopista M-40 le expropiaron sus propiedades y, aunque le indemnizaban bien, él no quería el dinero sino seguir siendo pastor porque era su vocación. Es cierto que era un hombre analfabeto y eso no le permitía muchas opciones, pero le costó mucho renunciar a aquella forma de vida. Con más motivo quienes se han instruido o han adquirido experiencia pueden hoy decidir cuál es su vocación entre muchas alternativas.

El objetivo de vida y la reflexión personal merecen la dedicación de un tiempo de concentración completa. Según cuentan, este tiempo debe ser, al menos, el mismo que debe entregarse, con un amor pleno, a un cónyuge: un minuto al día, un día a la semana, un fin de semana al mes y una semana al año. Repito: con dedicación plena y exclusiva. Eso nos hará mucho bien.
 
Llegados a este punto sólo me queda agradecer su atención a cuantos han leído mis páginas durante este confinamiento provocado por el Covid-19. A todos les deseo que tengan salud y energía para atender a sus familias, a sus amigos y a sus proyectos. Les deseo que se mantengan observadores para disfrutar de todas las situaciones que se les presenten y críticos para que nadie les diga cómo es la realidad, porque debemos ser capaces de verla por nosotros mismos y así realizar nuestros propios juicios y actuar en consecuencia.
 
De la misma manera, en el terreno espiritual tampoco debemos dejarnos llevar por las modas o las apariencias. Es un campo demasiado serio para que quede en manos de otros: llevar las riendas de nuestra propia trascendencia es muy importante y nos permitirá saber que estamos hechos para alcanzar grandes objetivos y posiblemente también el paraíso.
 
Y entre ambos mundos, el terrenal y el trascendental, se sitúan la Artes y las creaciones artísticas, a las que podemos acceder fácilmente para deleite y acompañamiento. De ellas -todas muy recomendables- hay una muy especial por ser más que universal y gozar de independencia del mundo físico: la música, que dicen es la manera en que se comunican los ángeles.
 
Con la música de Beethoven y la imagen del río Lozoya descendiendo desde el Puerto de Cotos, me despido hoy hasta mejor ocasión
 
 
 
Miguel Ángel Recio Crespo
Gestor cultural y escritor.
Madrid, 19/06/2020.-

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