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¿Dónde esta Europa? – El voto electrónico, o cómo ponerlo a uebo y a huevo

Texto publicado en la versión digital del Diario Información el 28 de septiembre de 2020


Tanto el Consejo de Europa como la Unión Europea llevan varias décadas reclamando la instauración del voto electrónico como elemento nuclear de la participación ciudadana en las sociedades democráticas.



La Covid-19 ha transformado nuestras vidas: de un día para otro, la presencialidad ha dado paso a la virtualidad: las consultas médicas, el trabajo, la educación ... la transformación digital es hoy ya una realidad que nadie cuestiona y las instituciones europeas están decididas a que el nuevo año que comienza en tres meses inaugure la “Década Digital” de Europa. No hay semana en la que la Comisión Europea no lance nuevas propuestas para hacer progresar el Programa Digital Europeo: la semana pasada, por ejemplo, le tocó el turno a la supercomputación y a la hiperconectividad, anteriormente lo fueron la inteligencia artificial, la ciberseguridad, los datos o las redes digitales ... no hay vuelta atrás y la prueba es que cualquier solicitud que haga nuestro país para obtener una parte del pastel del Plan de recuperación de la UE tendrá necesariamente que demostrar de qué manera incide en el objetivo de transformación digital.

Ya lo dijo el 24 de septiembre el Rector Palomar en la apertura del curso académico 2020-2021al reivindicar que la digitalización “es un tren que no podemos perder”. Y tiene razón. Ni puede perderlo la Universidad de Alicante (UA) ni puede perderlo el territorio que la alberga. Por eso hay que aprovechar todas las oportunidades para demostrar que ello es así y que la creación de un ecosistema digital es objetivo prioritario común donde no caben las fisuras. Sin duda, el mayor reto que afronta nuestra sociedad desde que hace medio siglo se conjurara para conseguir la creación de la UA.

En las próximas semanas los universitarios tenemos la ocasión de demostrar que este empeño es real. La nueva convocatoria de elecciones a Rector -suspendidas temporalmente en marzo como consecuencia de la declaración del estado de alarma y finalmente anuladas a finales de mayo de 2020- plantea la posibilidad de que el voto sea electrónico. En un momento en el que gran parte de la comunidad universitaria está trabajando responsablemente desde casa para no contribuir más a la expansión de la pandemia y cuando nuestros alumnos solo están autorizados a acudir al campus en aquellos supuestos excepcionales en los que tienen derecho a asistir a la docencia presencial -en los grupos a los que doy clase, cada alumno tiene 3 semanas de 17-, el mensaje que lanzaría nuestro Consejo de gobierno si negara la posibilidad del voto electrónico sería nefasto y  nos transportaría de nuevo a las cavernas.

Tanto el Consejo de Europa como la Unión Europea llevan varias décadas reclamando la instauración del voto electrónico como elemento nuclear de la participación ciudadana en las sociedades democráticas. El Consejo de Europa lo hizo en su Recomendación (2004)11 sobre los estándares legales, procedimentales y técnicos de los sistemas de votación electrónica al afirmar la conveniencia de “la adaptación de las elecciones a los nuevos avances operados en la sociedad y al rampante uso de las nuevas tecnologías como instrumentos de comunicación e implicación cívica en aras de hacer efectiva la democracia”. Por su parte, la Comisión Europea propuso hace ya 20 años el uso de terminales fijas y móviles de internet para la celebración de elecciones en línea y el Parlamento Europeo recomendó en 2011, 2015 y 2017 el voto electrónico para aumentar la participación electoral e insistió en que el voto electrónico y el sufragio remoto debían ser vistos como medios para “ampliar la inclusión de los ciudadanos, especialmente los lás jóvenes, las personas con movilidad reducida, las personas mayores y aquéllas que viven en zonas geográfica y socialmente más marginadas, facilitando con ello la participación democrática”.

Afortunadamente, la UA está perfectamente preparada para asumir el voto electrónico y posee una normativa específica para ello donde se reconoce que “la apuesta por los medios electrónicos en la UA pretende ofrecer a los electores y electoras, en aquellos procesos electorales en los que así se determine, la posibilidad de emitir su voto desde una localización remota, mediante el uso de medios electrónicos de identificación que permitan acreditar la identidad del votante y garantizar la integridad del proceso”. No se puede ser más explícito. 

Por si ello no fuera poco, el apartado relativo al voto electrónico de su sitio web contiene un listado de las principales ventajas del voto electrónico que ahorran cualquier comentario: “a) conveniencia para el votante, que puede votar en cualquier momento, desde cualquier lugar y desde cualquier dispositivo con los requisitos técnicos mínimos; b) accesibilidad para votantes con discapacidad (visual, motora, etc.); c) verificabilidad individual, ya que el votante tiene acceso a un recibo de votación que le permite comprobar que su voto se ha contado, d) rapidez del proceso de votación y de recuento; e) soporte multilingüe de la plataforma; f) flexibilidad en el diseño y modificación de las papeletas; g) prevención de los errores involuntarios en el proceso de votación” ... a los que podrían incorporarse otros como los de h) generar de un hábito democrático entre los más jóvenes, i) posibilitar el voto a las personas con problemas de salud, j) ahorrar costes, k) prevenir errores en el proceso de votación evitando que se tengan que anular votos, l) ahorrar tiempo a los votantes y m) permitir una gestión centralizada del proceso de elección.

Pero a esta docena mas uno de argumentos hay que añadir en las circunstancias actuales otros dos que son probablemente todavía más importantes. El primero es la reducción del riesgo de contagio al limitar los desplazamientos. Y, por favor, no mezclemos aquí las peras con las manzanas. Es obvio que la esencia de la universidad radica en el contacto físico entre el profesor y los alumnos y que la presencialidad debe promoverse en todo momento para las actividades académicas en la medida en que puedan garantizarse las condiciones sanitarias. Pero una cosa es una clase y otra muy distinta una votación.

El segundo es la denotación de que el aumento de los límites de proximidad a 1.5 metros han conducido a una situación donde da igual que los días habilitados para la votación presencial sean uno que catorce: la gran mayoría de nuestros alumnos tendrán que desplazarse expresamente a la UA desde sus localidades de origen para ejercer su derecho al voto. Y no habrá justificación para ello.

Es evidente que el voto electrónico debe garantizar la autenticación y el anonimato, la seguridad del sistema y la localización de los datos. Pero de nuevo nos acompaña la fortuna porque la UA nos asegura de forma tajante que estas tres cuestiones están resueltas: así, en el mismo apartado relativo al voto electrónico se especifica que “Las medidas de seguridad que adopta la UA hacen que el voto electrónico sea tan seguro o más que el voto tradicional. Gracias a la comunicación SSL y a un complejo sistema de capas de seguridad (encriptación o cifrado end-to-end, claves privadas divididas, etc.) se asegura la integridad y privacidad del voto y se permite que el votante pueda verificar que su voto se trata correctamente”.

En todo caso, no inventamos ninguna moda. Innumerables Estados han puesto en práctica desde hace años el voto electrónico -Suiza, Australia, Canadá, India, México, Estonia, Estados Unidos, Brasil, Bélgica- y no faltan las universidades españolas -UNED, País Vasco, Rovira i Virgilli, Málaga- que lo han implementado ya con éxito en elecciones. Si las elecciones a Rector constituyen la piedra angular de la vida universitaria y si, en consecuencia, nuestra legislación potencia el voto universal -si bien ponderado- de todos los estamentos universitarios con el fin de fomentar su implicación, forzoso es reconocer que los sistemas clásicos de votación presencial no hacen sino dificultar este objetivo. A las pruebas me remito: los porcentajes de participación de los alumnos en las elecciones a Rector en las universidades españolas apenas superan el 10% ... Es indudable que el voto electrónico facilitaría una mayor implicación y un incremento evidente de estas cifras.

Como en todos los aspectos de la vida, en este caso se trata de hacer un balance entre valores: a) por un lado, el derecho a ejercer el voto en unas circunstancias de extrema contingencia como las actuales, la salvaguardia de la salud de todos los participantes y la eliminación del riesgo de que un potencial segundo confinamiento - aun limitado a ciertos territorios de la provincia- obligue a una segunda anulación del proceso electoral; b) por otro, la incertidumbre que conlleva hacer algo por primera vez. El lector juzgará .... En el fondo, se repite la historia. Estos miedos son los mismos de aquéllos que siguieron empeñándose en la escritura amanuense tras la publicación de la Biblia de Gutenberg o de los que siguieron ejerciendo su trabajo físico tras la llegada de la máquina de vapor: al final, el verdadero problema es la falta de confianza en todo lo que sea novedoso ... y la falta de cultura digital.

Si estamos convencidos de que la creación de un ecosistema digital es la piedra angular sobre la que debe pivotar la transformación de la provincia de Alicante, la UA está obligada a dar un ejemplo de liderazgo en esta materia. La situación actual de la pandemia se lo está poniendo a uebo (mandat opus) y a huevo a su Consejo de gobierno. Suya es la palabra.



Manuel Desantes Real, Catedrático en la Universidad de Alicante

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