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El Leviatán

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 03/05/2020.-


El "interés común", el “bien público", la "salud pública", el "orden público" son mantras que los modernos aprendices de brujo invocan para conjurar cualquier atisbo de rebeldía. El que se mueva no sale en la foto.



 

 
"Los acontecimientos contemporáneos difieren de la Historia en que no reconocemos los resultados que producirán".
 
- Friedrich Von Hayek. Camino de Servidumbre.
 
Paul Johnson escribe en "Tiempos Modernos" que la Primera Guerra Mundial "puso de manifiesto tanto la impresionante rapidez con que el Estado moderno podía expandirse como el insaciable apetito que desarrolló en consecuencia". A principios del siglo XX la actividad del estado representaba una media entre el 5 y 10 por ciento del PIB en los países de Europa. Cien años más tarde esa media se habría situado en el entorno del 40 por 100 sin que nada apunte a que las medidas sucesivas de intervención, adoptadas a menudo con el pretexto de "corregir los excesos del mercado" o "primar el interés público", vayan a remitir en el corto plazo, antes al contrario.
 
Las grandes convulsiones históricas -las crisis profundas- presentan el denominador común de pretender fiar al estado la solución de todos los problemas. La fe en Dios la reemplaza otra fe religiosa en la omnipotencia de las estructuras del estado y las nuevas verdades reveladas pasan por hacer del intervencionismo un lenitivo en manos de los nuevos arúspices. Así la justificación de la lucha contra una pandemia (que tiene un regusto a los "Comités de Salut Public" de Danton y Robespierre) se traslada al Boletín Oficial del Estado en forma de dictacts y ucases travestidos de órdenes ministeriales que alteran –medidas coactivas de por medio- la ecuación del contrato social: el estado pasa de ser instrumento al servicio de los individuos para adquirir vida propia –el Leviatán- y justificar medidas de "ingeniería social" con que organizar las relaciones humanas. Ante el estado el individuo cede.
 
El "interés común", el “bien público", la "salud pública", el "orden público" son mantras que los modernos aprendices de brujo invocan para conjurar cualquier atisbo de rebeldía. El que se mueva no sale en la foto. La vida convertida en una concesión administrativa. El estado en su función de extender certificados de buena ciudadanía y de inscribir el resultado del esfuerzo de los ciudadanos en su particular registro de la propiedad.
 
La modulación de las conductas por medio de la obediencia irrestricta es otro peldaño en el ascenso hacia la meta en el que no faltan entusiastas cooperadores necesarios que escudriñan las vidas ajenas desde los balcones y plagan de denuncias anónimas las centralitas de las fuerzas de policía. Las multas indiscriminadas y su publicidad en los telediarios contribuyen a la percepción de que las actividades ordinarias que no tengan el visto bueno del Leviatán son merecedoras no sólo de reproche social sino del despliegue del aparato represivo del estado. La náusea que debería producir la escena de hace unos días en la que dos policías fornidos reducen y esposan en el suelo a una joven corredora cuya única infracción ha sido –parece – saltarse el confinamiento parece haber quedado confinada en los pasillos más estrechos de Twitter. Nunca fue popular la disidencia.
 
Tampoco falta el falso consenso fabricado en las cocinas de los muñidores de la opinión pública. Los "buenos ciudadanos" son los que obedecen todo cuanto se les dice. Los que salen a aplaudir a los balcones. Los insolidarios –los "malos ciudadanos"-, los que prefieren seguir dedicados a otros menesteres o deslizarse por derroteros menos sentimentales.
 
Sobre la modulación de las conductas individuales y sus manifestaciones colectivas, la intervención en la economía como justificación para afrontar con éxito la pandemia: propuestas de nacionalización de los medios de producción más o menos encubiertas y avances en la planificación económica centralizada y dirigida (precios máximos y racionamiento) con el pretexto de que "nadie quede desatendido" o de que "esta crisis no la van a pagar los de siempre".
 
En la esfera del Derecho muchas de las medidas que el estado de alarma pretexta han llegado para quedarse. Baste como muestra el control de las inversiones extranjeras. De un régimen de virtual liberalización se ha transitado por obra y gracias de dos decretos-leyes (el 8/2020 y el 11/2020) a otro donde la obligación de pasar por el fielato de la solicitud de autorización es casi la norma si atendemos a los sectores que quedan excluidos ahora del régimen de liberalización. El Decreto-ley 8/2020 justificaba la medida por el carácter coyuntural de la pandemia (nuevo art.7 bis apartado 6: "la suspensión prevista en este artículo regirá hasta que se dicte Acuerdo de Consejo de Ministros por el que se determine su levantamiento"). Pasado unos días el Decreto-ley 11/2020 –extraordinaria y urgente necesidad de por medio- borra la señal viscosa de esa muestra de debilidad regulatoria al modificar el nuevo art.7 bis doce días más tarde: "se suprime el apartado 6 del artículo 7 bis". La sombra alargada del estado de alarma (y sus inevitables ventajas para quien está al frente de la cosa) proyectada más allá de la circunstancia extraordinaria – "afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el coronavirus COVID-19"- que lo justificó.
 
Lo malo es que suele ocurrir que la misma coacción institucional que está implícita en la acción del Leviatán provoca a menudo que sus destinatarios presten su adhesión voluntaria y mayoritaria a normas que condicionan y limitan vidas y haciendas sin que terminen de ser conscientes de lo que pierden ni de lo que dejan de ganar. Y sin que hagan nada, por tanto, para que el Leviatán y sus manifestaciones restrictivas de libertades y derechos individuales –que llegaron para quedarse- retrocedan.
 
 

Madrid, 03/05/2020.-

Hermenegildo Altozano

Socio responsable del área de energía y recursos naturales de Bird&Bird.
Miembro del Consejo Académico de Fide.

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