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El ansia de libertad en provincias

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 26/05/2020.-


Ojalá que a la libertad de esta sociedad nuestra, la libertad que tanto llena algunas bocas estos días, no le ocurra lo mismo que a la de Gut, que se encuentre de repente con un autobús conducido por las ansias de poder y en el que viajan de pasajeros la insolidaridad y el egoísmo.



El pasado sábado me encontraba en la oficina cuando escuché cómo llegaba medio centenar de vehículos hasta la Explanada de Riazor, la mayoría con un par de banderas de España ondeando amarradas en los cristales de las ventanillas. El día anterior habían solicitado poder concentrarse en este recinto como paso previo a iniciar su protesta por las calles de A Coruña.
 
Era demasiado el jaleo, las proclamas a la libertad, los gritos de dimisión, el alboroto de los claxon, por lo que decidí bajar e indagar en el motivo de su protesta.
 
Me puse la mascarilla para acercarme hasta un pequeño corrillo donde enseguida salió a colación la falta de libertad, a lo que argumenté que sin ella no habrían podido estar allí en ese momento, con el visto bueno de las autoridades, para poder expresar su disconformidad. Uno de ellos insistió en las explicaciones aduciendo que yo no acababa de entenderlo, que estaba ante seres libres que habían nacido para hacer lo que les apeteciera, cuando les viniera en gana.
 
Todo coincidió con el instante en el que uno tras otro fueron regresando a sus vehículos para reiniciar la marcha, incorporarse de nuevo al Paseo Marítimo y rasgar con sus claxon la calma de una mañana primaveral.
 
Con la explanada vacía me quedé pensativo, y no sé por qué mi cabeza retrocedió en el tiempo casi cincuenta años, hasta una tarde de verano, de paseo por la calle de La Reina, en Lugo, en compañía de mi madre y mi hermano, en el instante en el que le rogaba a mamá que me dejara ir a ver a mi padre a El Progreso, nos encontrábamos muy cerca y era habitual ese tipo de petición cada vez que los tres salíamos a pasear.
 
Sólo cinco minutos, respondió ella, el tiempo que tardo en comprar en Simeón las telas que necesito, dijo. Corrí a toda velocidad por la calle Juan Montes y enseguida me planté en el portal del periódico, delante de la gigantesca puerta de hierro y cristal papelonado que daba acceso a los talleres, con el nombre del periódico rotulado en negro. La abrí con dificultad y desfilé por el estrecho pasillo acotado a ambos lados por dos hileras de periódicos que parecían haber sido abandonados allí para sostener las paredes, giré y dejé atrás las linotipias y el olor a plomo, antimonio y estaño de los lingotes, a medida que avancé por la nave el penetrante aroma a tinta fresca me fue acercando al recinto de la rotativa, una máquina que siempre me pareció mucho más grande que un barco, y al fondo de la nave corrida por fin el laboratorio del fotograbador, mi padre. Al entrar me recibió la habitual mezcla de aromas a alcohol, benzol, aguarrás y tinta, papá siempre olía así, si me concentro e inspiro hondo todavía soy capaz de olerle. Al observar cómo estaba encendida la luz roja del cuarto oscuro supuse que revelaba algún negativo. Papá, estoy aquí, alcé la voz, a lo que me respondió que le esperara en el patio, con Gut, que él no tardaría.
 
Gut había sido Ter durante un tiempo, un perro nacido el mismo año que yo y al que papá le había cambiado de nombre. Cómo se va a llamar Ter un perro que vive en un periódico, tiene que llamarse Gut, por Gutenberg, me explicó una tarde. Gut vigilaba el patio trasero del periódico, un gran jardín que moría a los pies de la muralla romana, pero su vida se complicó después de cumplir un año, cuando mordió a un linotipista que cometió el error de invadir su territorio mientras fumaba un cigarrillo. Papá pidió que no lo sacrificaran y se comprometió a ocuparse de él, a lo que accedió la dirección del periódico siempre que viviera amarrado para el resto de sus días. Y así ocurrió, papá colocó un cable de más de cien metros, desde la pared del edificio hasta las piedras bimilenarias de la muralla para que Gut permaneciera encadenado a una argolla que se deslizaba por el cable.
 
Ambos debíamos tener 12 años, aquella tarde hacía calor, cuando salí al jardín trasero noté el frescor de los árboles, Gut dormitaba a la sobra de uno, le llamé. Al verme acudió a toda velocidad, moviendo el rabo, como cada vez que le visitaba, papá aseguraba que yo era el único por el que se dejaba acariciar, y nada más llegar se sentó para que le tocara. No sé qué pasó por mi cabeza, recuerdo que ambos nos miramos un instante a los ojos, entonces, sin encontrar una explicación, alcancé el mosquetón que ligaba a Gut a aquella cadena y lo abrí.
 
Fueron sólo unos segundos los que ambos permanecimos inmóviles, él me miró al principio pero, debió ser el instinto, a continuación sus ojos buscaron la puerta entreabierta por la que yo acababa de entrar. Para mi impotencia Gut se precipitó en busca de su libertad sin que pudiera hacer nada por evitarlo, mi única esperanza era que la gran puerta de hierro y cristal de la entrada estuviera cerrada, aunque no tuve suerte. Después de sortear a unos y otros encontró la salida, los trabajadores sólo tuvieron la oportunidad de sentir pasar a un espectro en busca de su libertad, y los que en ese momento recogían los periódicos atrasados de la entrada ni se enteraron de su huida. Cuando salí a la calle sólo pude comprobar cómo huía en dirección a la Plaza de Santo Domingo.
 
Él nunca tuvo demasiada suerte, la efímera libertad de Gut se truncó de repente a cincuenta metros cuando acabó bajo las ruedas del autobús número 4, que viajaba cargado de pasajeros rumbo a La Piringalla.
 
Ojalá que a la libertad de esta sociedad nuestra, la libertad que tanto llena algunas bocas estos días, no le ocurra lo mismo que a la de Gut, que se encuentre de repente con un autobús como aquel, ahora conducido por las ansias de poder y en el que viajan de pasajeros la insolidaridad y el egoísmo, que trunque para siempre esa otra libertad que hace sólo unos meses nos permitía soñar a todos con la garantía de saber que nuestra vida no corría el peligro de verse vapuleada por un rebrote fruto del interés político partidista, el individualismo y la falta de responsabilidad.
 
Ojalá que nuestra sociedad sea lo suficientemente cauta y no se lance de cabeza a un desconfinamiento que cercene la libertad que con lentitud vamos recobrando bajo el paraguas de un Estado de Alarma que se ha convertido en el único elemento capaz de devolvérnosla con garantías, sin riesgo a sufrir atropellos nefastos que nos retornarían de nuevo a la amenaza de las UCIS desbordadas, a las cifras escalofriantes de muertos y a vernos abocados a otro confinamiento en el que nuestra única meta sea el aplauso de las ocho a los sanitarios y el escuchar a todas horas el  Resistiré.
 
 
Madrid, 26/05/2020.- 

Luis Antonio Sanz Valentín

Técnico del Servicio Municipal de Deportes del Ayuntamiento de A Coruña.

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