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El arresto

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 20/05/2020.-


Relato del desconfinamiento



Llegó el gran día en el que pudimos salir de casa. Sin perder un instante, cogimos la puerta a las ocho en punto de la tarde. La orden gubernativa que relajaba nuestro arresto domiciliario autorizaba una hora de deporte o paseo. En todo caso, había que estar en movimiento. Las reglas eran claras: se podía salir una hora, sin cruzar el límite de un kilómetro alrededor de nuestra casa y había que estar de vuelta a las once de la noche.
 
Todo esto me retrotraía a mis primeras salidas con los amigos. La última vez que alguien me dijo que tenía que estar en casa a las once de la noche fue mi padre hace ya cuarenta años. En mi adolescencia, solía moverme por la Ciudad de los Periodistas y, a la vuelta, tenía que coger el autobús 67 hasta la Plaza de Castilla, y luego el 27, que me dejaba en la Castellana. Lo más normal era tener algún problema con la hora, porque o algún autobús se demoraba o no cumplía mis expectativas horarias, siempre muy optimistas. Al llegar a casa tenía que dar alguna explicación del retraso. Si me retrasaba más de media hora, lo mejor era llegar muy enfadado y desolado por alguna razón inexplicable. Eso, a veces movía a compasión a mis padres que, después de verme con tal disgusto, preferían no aumentar mi congoja con un castigo muy severo.
 
De esos trayectos, todavía guardo una viva impresión de la noche de un sábado santo en la que la calle se llenó de banderas rojas alrededor del autobús, porque habían legalizado el Partido Comunista. ¡Qué felices estaban y que jóvenes éramos! 
 
Iba ensimismado en estas cosas cuando un ciclista, perfectamente equipado, pasó bajando la calle como una exhalación. En su bicicleta, reluciente después de semanas de parálisis y con ánimo de recuperar el tiempo perdido, se lanzaba con fervor olímpico digno de las mayores hazañas deportivas. Con estupor vimos cómo la proeza terminaba unos metros más adelante, contra el portón de un chalet. El golpe sonó más doloroso en sus huesos que en su dignidad, sin duda, maltrecha. Nos acercamos a preguntarle, sin violar la distancia social de dos metros, lo que, a la postre, no nos permitía más apoyo que el moral. No fuera que, con la excusa de salvarle la vida, le pegáramos el virus. Además, no llevaba mascarilla.
 
¡Es que van como locos!, comentamos.
 
Menos mal que no hubo que lamentar ninguna desgracia y el atleta se retiró a duras penas con su bici a cuestas, murmurando imprecaciones a modo de jaculatorias contra el coronavirus o su familia.
 
La situación trajo a mi memoria un ensayo de mi grupo musical de hace ya unos cuantos años. Un sábado por la mañana, resultó que el teclista no podía salir de su casa de El Escorial. Fuimos allí con la batería, las guitarras, un bajo, amplis, micros y hasta los pedales. Llamamos al telefonillo y su madre nos abrió porque el chaval no lo cogía. Subimos hasta el ático con todos los trastos y la madre nos indicó que nos pusiéramos en el salón, porque, nos dijo, era el único sitio donde cabíamos. Sonó el telefonillo y respiramos tranquilos pensado que era el niño. Pero era mucho peor. El que llamaba era el policía municipal que venía a comprobar si el chaval estaba en casa cumpliendo su arresto domiciliario. La madre improvisó alguna excusa para tratar de ganar tiempo, mientras el padre vociferaba como loco. Resultó que el chaval estaba en arresto ―solo podía ir al colegio― porque unos meses atrás había entrado con un compinche en un chalet y se habían llevado un equipo de música. Salieron huyendo en una Vespino a toda pastilla y, en la fuga, habían chocado con un coche. Salieron todos magullados y el equipo, inservible. El destino caprichoso hizo que el coche contra el que chocaron fuera de la Guardia Civil, que tomó cartas en el asunto. En esto, sonó el timbre de la puerta y apareció el chaval. El fuego cruzado de insultos nos hizo meter la cabeza en nuestros instrumentos, para afinarlos e incluso desafinarlos después, para tener que volver a afinarnos. El chaval respondió a su madre con un insulto que incluía a su abuela y aclaró a gritos que ese señor no era su padre. Los contendientes nos miraban y nosotros, con una edad más cercana a la de los padres que a la del niño, no sabíamos dónde meternos. Todo se calmó cuando, por fin, subió el policía municipal, un apacible sesentón que saludó desde la puerta al ver al chaval y se fue. El niño preguntó a su madre cuándo se iban a Santander y la madre, con un gesto de derrota, salió en silencio y nosotros también. Creo que nunca más volvimos a tocar con él y poco después disolvimos la banda.
 
Esta primera tarde de nuestros paseos, aunque fuimos escrupulosos con el límite territorial, se nos fue la mano, como tantas veces, con la hora. A las nueve y diez empecé a acordarme del policía municipal esperando en la puerta. Pensé que, al tratarse de una emergencia de salud pública, era posible que estuviera el propio doctor Simon en la puerta de casa. Llegamos echando el bofe y cerramos la puerta de nuestro pequeño Shangri-La hogareño. Sonreímos exhaustos mientras volvimos a envasarnos al vacío hasta la próxima.
 


Madrid, 20/05/2020.-

Javier Zapata

Secretario General, Emisores Españoles.

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