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El don del teletrabajo

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 30/3/2020.-


En la situación actual, de confinamiento general, el teletrabajo está representando para algunas profesiones, como la de abogado, un verdadero regalo de los dioses, que permite mantener la actividad laboral y que posee ese doble cariz de protección y castigo propio de lo divino.



Siempre me ha sorprendido la rotundidad y, a la vez, naturalidad, con las que los alemanes dejan su trabajo a las cinco de la tarde. “¡Ich habe Feierabend!” (¡está cerrado!, ¡he plegado!), y, aun cuando apenas pase un minuto de esa hora y se lo supliques, el tendero ya no te servirá, no sin antes haberte lanzado una mirada furibunda.

Esa actitud, así como la propia expresión en lengua alemana, parecen revestir un carácter cuasi sagrado, como si vinieran impuestas por las viejas deidades germánicas para proteger algún bien preciado (el equilibrio, la vida familiar, etc.), y su vulneración conllevara un castigo seguro y cierto (el estrés, los disgustos en casa, etc.).

En la situación actual, de confinamiento general, el teletrabajo está representando para algunas profesiones, como la de abogado, un verdadero regalo de los dioses, que permite mantener la actividad laboral y que posee ese doble cariz de protección y castigo propio de lo divino.

La experiencia, que, literalmente, “ha caído del cielo”, está poniendo de relieve toda una serie de ventajas y oportunidades para la organización empresarial, que conviene proteger adecuadamente.

La ventaja y oportunidad más señalada y aplaudida es la posibilidad de una mejor conciliación de la vida profesional con la familiar y personal, pero no solo con los hijos y la pareja, sino también, con los padres, a todos los cuales se puede, de este modo, alejar de la órbita cada vez más atrayente de las instituciones públicas.

El teletrabajo permite, en efecto, una mayor flexibilidad horaria, propiciando que los empleados puedan distribuir mejor su tiempo, combinando necesidades y obligaciones laborales y personales, sobre todo, como consecuencia de la eliminación o reducción de los desplazamientos desde el hogar a la oficina.

Pero, junto a estos aspectos, que pudieran quizá ser considerados más bien como de carácter individual -aunque posean una indudable trascendencia colectiva-, y que por sí solos debieran bastar, dada su entidad, para potenciar esta modalidad de trabajo, existen importantes y decisivos factores económicos y sociales, que están adquiriendo, cada vez con mayor fuerza, un enorme calado.

Se trata, fundamentalmente, de las posibilidades que ofrece el teletrabajo para descongestionar las ciudades y reducir el tráfico y la contaminación, así como para facilitar el trasvase de población hacia zonas menos pobladas, o, directamente, para reducir la despoblación de muchas áreas rurales que, en ocasiones, no están tan alejadas de los grandes núcleos urbanos.

Por último, el teletrabajo permite también una reducción de determinados costes empresariales, en particular, los vinculados al espacio y al consumo de energía, teniendo en cuenta que las únicas herramientas que se precisa para llevarlo a cabo son un ordenador y una conexión a internet, cuyos costes bien podrían incluso repartirse entre empleador y empleado, en función de las circunstancias. En este mismo orden de cosas, este nuevo formato de trabajo habría también de ser una inmejorable herramienta hacia una nueva y diferente gestión de la empresa, en especial, de su equipo humano, en torno a un liderazgo basado en la eficiencia y la capacidad organizativa.

Las consecuencias y castigos que resultan de obviar y no proteger las ventajas que se presentan y de desaprovechar las oportunidades que se nos brindan, son de todos conocidas: aglomeraciones, tráfico, contaminación, etc. Y, muy en particular, por lo que se refiere al ejercicio de la abogacía en los grandes despachos, las dificultades para compatibilizar la vida personal con la familiar, de ahí que no sea por ello extraño que en esta profesión estén surgiendo iniciativas en torno al teletrabajo.

Pero, frente a las múltiples bondades de este nuevo formato de trabajo, se elevan no pocas reticencias, prevenciones y suspicacias, fundamentalmente, desde el lado del empleador. El teletrabajo requiere de buenas dosis de disciplina y de responsabilidad que no todos poseen o están siquiera dispuestos a comprobar si ostentan; cualidades que resultan completamente imprescindibles de observar si no se quiere desvirtuar su función y virtualidad, que no deja de ser el trabajar de un modo diferente.

Es también evidente que el ser humano necesita socializar, estar en contacto con los demás, y que el ejercicio de la mayoría de las profesiones en las que el teletrabajo constituye una modalidad real y plausible de trabajar precisará siempre de una interacción y contacto presenciales.

Al lado de tales reticencias y prevenciones, completamente fundadas, encontramos otras que obedecen, sin embargo, a reacciones o posturas más bien de tipo visceral, como la de aquellos –no pocos- cuyo hogar parece estar más bien en el despacho, como balsa salvadora que les permite huir de su propia familia o de sí mismo. El principal escollo al teletrabajo se encuentra, no obstante, en este orden de cosas, en un ejercicio del liderazgo y de la gestión empresarial basado en la voluntad de control y poder, y en la satisfacción que esto implica para quien así actúa, incluso por encima del rendimiento de los empleados y del prestigio que esto aporta a la empresa.

Cabe por ello concluir que, aunque el teletrabajo, allí donde es posible realizarlo, no constituye ninguna panacea, sí que abre muchas posibilidades, ventajas y oportunidades, en numerosos órdenes, por lo que podría establecerse uno o varios días a la semana, complementándolo con medidas de similar alcance y entidad, como la jornada continuada o el traslado de feriados a los viernes.

La instauración de estas medidas bien puede requerir la adopción de medidas legales concretas, al modo que hubo de suceder con otras conquistas sociales, pero siempre será necesario que, previamente, los bienes protegidos y las consecuencias que se derivan de su vulneración se nos revelen como sagrados.  
 


Madrid, 30/3/2020.-

Luis Antonio Sanz Valentín

Doctor en Derecho.
Abogado Director en el Departamento
de Derecho Inmobiliario de Marimón Abogados.




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