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Enfado y esperanza


Como ha sucedido siempre, los ciudadanos de este país van siempre muy por delante de sus gobernantes.



Enfado y esperanza
Nunca antes hubo tantas Administraciones y en tantos niveles, en tantos tramos, en tantos espacios. Nunca. Nunca antes hubo tantas competencias, centralizadas y repartidas, legislativas, ejecutivas, dispersas, diferenciadas. Nunca. Nunca antes hubo tantos responsables, consejeros, asesores, ministros, presidentes de comunidades autónomas, gabinetes de crisis, portavoces, comités, comisiones, institutos, observatorios. Nunca. Jamás de los jamases. Nunca antes hubo tantas normas, ya europeas, ya nacionales, ya regionales, ya locales. Nunca. Nunca antes hubo tanto dinero, tanto presupuesto, tanto gasto, tanto ingreso, tanta recaudación, tanta despreocupación por el déficit y porque nada cuadrara lo más mínimo. Nunca antes hubo tanta carencia de conciencia de la gravedad de los asuntos. Nunca. Y, sin embargo, son tiempos de incertidumbre y de zozobra, de caos y de anormalidad. Porque esas Administraciones, salvo honrosas excepciones (País Vasco, Madrid), se instalaron en la desadministración más completa y absoluta, en el pasotismo, en la indiferencia, en el vacío, en el verlas venir, en el no pasa nada, en el vuelva Vd. mañana, en el discurso vacío de las sonrisas, los gestos y los abrazos. Porque esas competencias resultaron estar gestionadas por incompetentes, valga la paradoja. Porque esos responsables resultaron ser irresponsables, no especialistas, sino voces de sus amos, de sus poderes y de su poder. Nada críticos. Sumisos y doblegados. Genuflexos. Porque esas normas resultaron no ser obedecidas, ni coordinadas, ni aplicadas, ni nada de nada. Porque esos recursos resultaron ser dirigidos por cabezas huecas, absolutamente superadas por la situación que estamos viviendo, por la infantilismo estúpido de una sociedad anestesiada que se resiste a crecer y a ver la vida como realmente es, con su crueldad infinita, con su sufrimiento cotidiano, su dolor constante, su sangre a borbotones, su sudor, sus lágrimas y, por supuesto, con su muerte. Tienen Vds. delante de sí millones de euros para nada. Porque ni gastarlos saben. Porque las medidas son cuantitativas, no cualitativas. No se trata de gastar mucho, sino de gastar bien y en los sectores que lo precisan y para las actividades que lo necesitan. Se comportan con la altivez del nuevo rico, el chulo de discoteca o de la piscina. Son Vds. un virus mucho peor que COVID 19. Se escudan en la imprevisibilidad y en la excepcionalidad cuando una vista a nuestro alrededor advertía de la magnitud del drama, de su dinámica, de su posibilidad de control con medidas tomadas a tiempo, con sentido, sin intereses partidistas, sin exaltar a las masas a asistir a manifestaciones que se han demostrado potentes focos de contagio o a espectáculos deportivos que también lo eran. Son Vds. criminales, auténticos criminales, cuando menos, en un sentido ético. Saldremos de ésta, claro que sí. A pesar de todos Vds. La sociedad civil, por propia supervivencia y responsabilidad, por nuestras profesiones, nuestros padres, nuestros hijos, nuestros futuros ahora imperfectos, haremos lo indecible para salir adelante. A pesar de todos Vds. Y sacrificaremos hasta la última gota de sangre o el último aliento de nuestros pulmones para salvar a esta sociedad que no se merece ni un solo segundo de su nefasta, improvisada, incompetente y vacía gestión. Y será la sociedad, todos los individuos, los átomos de la verdadera libertad, los que la hacen, la practican y la defienden cada día sin llenarse la boca con ella, como hacen otros, será la sociedad la que se salve a sí misma. Y esa sociedad, superando su papel, el papel al que estaba llamada, será Administración, será competente, será responsable, será norma, Derecho, Justicia, será gasto, ahorro, sensatez. Lo será todo y, gracias a ella, sobreviviremos. Porque ella somos nosotros. Porque nosotros somos mejores. Porque nosotros no somos ellos. Como cantaba el gran Dylan Thomas: y la muerte no tendrá señorío. Se lo quitaremos entre todos para devolvérnoslo a nosotros mismos, no a ellos. Y una mañana, no muy lejana, podremos recuperar sonrisas, abrazos, besos, resacas, celebraciones, retrasos, dolores, anhelos, en fin, la vida. Ellos, los que gobiernan, coaligados o enfrentados, tanto da, no merecen un ápice de nuestra esperanza. Porque son la antiesperanza. Como ha sucedido siempre, los ciudadanos de este país van siempre muy por delante de sus gobernantes.
 

Madrid, 18/3/2020.-

Faustino J. Martínez Martínez

Enfado y esperanza
Profesor Titular de Historia del Derecho y de las Instituciones,
Vicedecano de Investigación y Política Científica,
Facultad de Derecho, Universidad Complutense

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