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Exposición “ÚLTIMAS TAUROMAQUIAS”, Javier Montesol


Con motivo de la exposición que presento en la Sala Antoñete de mis últimos trabajos
sobre el tema taurino, recupero una reflexión que escribí en mayo del 2016 titulada:
“El porqué de mi amor y respeto por la Tauromáquia“




 
La Tauromaquia es un rito de iniciación a la vida adulta. Su origen se remonta a las primeras culturas del mediterráneo, prueba de ello son los dibujos sobre vasijas de barro de la isla de Creta, en ella vemos jóvenes saltando por encima de toros.

El aprendizaje de las cosas importantes de nuestra vida no siempre nos es dado con la educación y la razón, hay otras maneras de transmitir conocimientos profundos, el sexo, la experiencia de la muerte, el dolor y también el rito taurino.

Lo taurino son ritos de primavera, momento en el que la naturaleza inicia de nuevo su ciclo de vida y cuando realmente empieza el ciclo anual. El espacio donde se desarrolla es un círculo que representa el mundo y en él se encontrarán animal y hombre, el animal con todos sus atributos de belleza, casta, potencia, fuerza y orgullo, los toros no han de superar los cuatro años de vida ( la inocencia ), representan el joven que viene a dominar el mundo y se encontrará con el torero, que por su vestimenta y colorido son la apariencia, el engaño, la ilusión o un sueño.

Un toro noble será el que no renuncie a la lucha. De hecho el toro bravo es el único animal que al ser herido no abandona ni huye, empieza entonces un baile entre los protagonistas, un baile que podrá ser Arte puro, en el don de la gracia, el estado de gracia, el Arte, también un baile de muerte, semejante al cortejo, seducción y coito entre dos enamorados, un proceso que no es para nada inocente ni neutro, bien al contrario, el juego del amor es una batalla traumática y mortal para los contendientes, de la que no se saldrá ileso, como la que se representa en la plaza mientras el sol de la tarde proyecta en el círculo el ciclo lunar, el ciclo de la menstruación y vida.

La última parte de la lidia es una danza ciega entre un toro cada vez más viejo y sabio y el torero, el trance, como una danza donde el tiempo deja de existir y que culminará con la verdad de la muerte. El toro sale a la plaza joven y prepotente, entrará al trapo de la apariencia y el engaño y solo el dolor lo volverá sabio, como el hombre en este mundo, porque nosotros somos como el toro. Solo la nobleza y el amor incondicional nos harán aceptar todas las suertes y castigos de esta vida como lo único que son, enseñanzas para renacer a un estado superior. Por todo esto es por lo que amo y respeto la Tauromaquia.

Javier Montesol




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