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Famosos en el banquillo: la reputación, a juicio


Las personas notorias viven en permanente exposición pública y todas sus palabras y actuaciones son susceptibles de ser criticadas, malinterpretadas e incluso elevadas a instancias judiciales.



Corrían los años noventa cuando Warren Buffet  explicaba que siempre sería comprensivo con los empleados que perdieran dinero para su firma, pero que sería despiadado con los que comprometieran su reputación. Esto lo decía porque, desde los inicios de su carrera, conoció las devastadoras consecuencias de los escándalos y el inmenso esfuerzo que supone recuperar una reputación. Lo que por entonces aún no sabía era que llegaría un nuevo mundo en el que perder la reputación se convertiría en un perjuicio especialmente fácil de sufrir. Un mundo marcado por la inmediatez, las voces entrecruzadas y la borrosidad de las fuentes.

Esta nueva era, que a muchos les resultará familiar, ofrece todas las herramientas necesarias para que ciudadanos del mundo entero jueguen a los tribunales. Así, las celebridades que se exponen a la arena pública de las redes sociales para amplificar su actividad laboral y comunicarse con sus seguidores se convierten en protagonistas del escrutinio constante y afilado de cada una de sus manifestaciones y actos. Se trata de personas con características muy particulares, en las que la línea entre su vida personal y profesional es muy difusa, que ocupan titulares en los medios de forma casi diaria y son objeto de constantes deseos, comparaciones, envidias y escrutinio público.

Lejos de entrar en valoraciones sobre la pertinencia de esta vigilancia social, es interesante analizar el fenómeno por el que las palabras y actuaciones de famosos y personas relevantes son susceptibles de ser criticadas, malinterpretadas e incluso elevadas a instancias judiciales. Hace algunas semanas, asistíamos a un claro ejemplo de esta tipología de casos, al conocer el vídeo de Paulina Rubio que se hizo viral  y terminó siendo aceptado como evidencia en el litigio por la custodia de su hijo. El juez celebró una vista 'online' debido a las limitaciones del confinamiento, dando pie a que la conexión se filtrase con mucha más facilidad de lo que ya es habitual y ahora se encuentre a un simple clic de cualquier usuario que quiera acceder a este hito judicial y personal de la cantante.

El salto al ámbito legal lo hemos observado también en casos de presunto delito fiscal —como los de Borja Thyssen  o Xabi Alonso, ambos absueltos—, asuntos de propiedad intelectual —como los protagonizados por Katy Perry, Ed Sheeran o Madonna— o temas de presuntos abusos o agresiones sexuales —como los protagonizados por Neymar  o el actor Kevin Spacey, también archivados—. Estos archivos y absoluciones que han evitado consecuencias judiciales para los investigados no les han librado en ningún caso de sufrir un profundo daño reputacional que altera su actividad diaria profesional y personal, la de sus familias y, muchas veces, termina con algunas de sus más importantes vías de ingresos: acuerdos de colaboración o patrocinio. Así es como el llamado juicio paralelo llega a truncar carreras profesionales hasta el momento exitosas.

Por todo esto, independientemente del riesgo judicial concreto (y aunque haya que tenerlo muy en cuenta), el impacto reputacional es una amenaza determinante a la que las personas famosas deben hacer frente cuando una notificación o la misma policía llegan a su puerta. Esta gestión de la reputación de un artista, deportista o cualquier persona relevante de la sociedad tiene unas características singulares que difieren de las de otros casos.

En primer lugar, el personaje célebre, habitualmente convertido en icono y símbolo por su notoriedad en un campo de actuación concreto, deja de ser noticia por su actividad y pasa a serlo, durante más tiempo del que imagina y desea, por un presunto hecho delictivo. Su nombre pasa a ocupar titulares y espacios televisivos junto a conjeturas en torno a su actuación, sobre todo en medios que están muy alejados del ámbito judicial (como los especializados en 'lifestyle', corazón o deportes), con los riesgos de falta de rigor que esto conlleva. Esto aleja el foco de los detalles técnicos o jurídicos del caso y lo fija en las cuestiones personales e íntimas de la persona involucrada.

Las personas famosas son también especialmente susceptibles al inicio de procesos penales contra ellas. Es precisamente su fama la que hace que en muchos casos, y mientras sea posible, el demandante seleccione la vía penal para resolver el conflicto. Este detalle procesal convierte a la persona en un potencial delincuente, con multas cuantiosas e incluso penas de cárcel asociadas, que lo hacen especialmente 'goloso' para los medios de comunicación y la opinión pública. Se genera así por esta vía una mayor presión debido a la notoriedad del caso y el daño en la reputación del acusado, forzando un posible acuerdo que, generalmente, tiende a beneficiar al denunciante.

 
Se genera una mayor presión debido a la notoriedad y el daño en la reputación del acusado, forzando un acuerdo que tiende a beneficiar al denunciante



El factor personal juega en estos casos un papel fundamental, haciendo que elementos como el tono y el grado de proactividad de las comunicaciones dependan, en gran medida, de la personalidad del afectado. Esto hace que el tono de las comunicaciones difiera sustancialmente en función de si el afectado es una persona vehemente que se manifiesta de forma proactiva y contundente, o si es una persona discreta y precavida, en cuyo caso opta por una reactividad escondidiza.

Por último, es curioso anotar que las personas famosas tienden a delegar todos sus asuntos en una única figura de confianza, generalmente su abogado o su mánager, y no suelen contratar servicios de especialistas en gestión de la comunicación en procesos judiciales, a pesar de que el asunto puede tener un impacto especialmente severo en la trayectoria profesional de la persona.

 
La anticipación resulta fundamental para minimizar el impacto en la reputación, aunque sea necesario convivir o aceptar cierto nivel de daño
 

En este sentido, la anticipación resulta fundamental para minimizar el impacto en la reputación, aunque sea necesario convivir o aceptar cierto nivel de daño. Una correcta previsión de los hitos del proceso que resultarán más mediáticos y la planificación de las acciones de comunicación a desarrollar en cada uno de ellos serán fundamentales para minimizar el impacto reputacional. Es frecuente ver cómo, en muchas ocasiones, la comunicación se deja a la improvisación o al azar, descontrolando los tiempos y los mensajes que se ofrecen en cada momento.

Después de todo, el proceso judicial terminará, pero esto no hará más que abrir un nuevo y largo camino hacia la recuperación de la reputación perdida. El denominado Oráculo de Omaha estimaba un arduo camino de años de trabajo, pero, aunque entonces ya existían maravillosos comunicadores, las celebridades aún no contaban con expertos que les protegieran y trabajasen con ellas en un reto adaptado a la nueva era: aprovechar un mundo que acorta distancias, tiempos y memorias para favorecer una recuperación de su estatus moral y profesional y, lo que es más importante, el no volver a perderlo.

Alba García

Directora de Issues Legales en LLYC

Artículo publicado originalmente en el Blog de Fide en El Confidencial

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