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La bioética en los tiempo del coronavirus

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 26/3/2020.-,


Una epidemia grave, como otras crisis, debe ser también vista como una oportunidad para reflexionar y avanzar hacia una sociedad más justa y ciudadanos más solidarios.



La actual crisis del coronavirus está suscitando, como era de esperar, a la vista de la evolución de la pandemia, un problema bioético de mucho calado: la distribución de los recursos sanitarios y la priorización de la asistencia a unos pacientes frente a otros.
 
Si hay momentos en los que la Bioética debe cobrar un papel estelar son precisamente éstos en los que todos nuestros valores se ponen en tensión y cuando puede caerse en el error, no intencionado necesariamente, de primar casi exclusivamente el interés colectivo en detrimento de la dignidad y derechos del individuo o, peor aún, recurrir a posiciones extremadamente utilitaristas. La Bioética, como dijera uno de sus padres hace años, nació en el contexto de una crisis y es precisamente en dichos entornos difíciles en los que cobra su propia razón de ser como marco de reflexión y deliberación para la adopción de la decisión éticamente más virtuosa, buscando un equilibrio entre el interés colectivo y la dignidad del ser humano.
 
Sin embargo, el dilema ético de la priorización en la asignación de recursos sanitarios que es el que ahora se nos plantea no debe ser visto, sin ánimo de desdramatizar lo que son decisiones trágicas que inciden sobre valores tan sustanciales de las personas como son la vida o su integridad, como algo exclusivo o propio de esta crisis. La priorización de recursos sanitarios es una característica intrínseca de nuestro modelo sanitario. Incluso, podría decirse que es una de las consecuencias que derivan de sus propias virtudes.
 
Así pues, sin quitar un ápice al carácter trágico que una decisión de esta naturaleza tiene, la priorización de la asignación de recursos sanitarios no es una novedad ni una consecuencia de la pandemia, sino algo inherente a cualquier sistema de salud (véase, el ejemplo, el triaje en Urgencias, las listas de espera o las decisiones de incluir o no en la cartera de servicios determinados medicamentos o prestaciones sanitarias). Nuestro sistema de salud lleva priorizando los recursos desde sus inicios, porque es algo consustancial al carácter universal del propio sistema. El todo, para todos, siempre y ya casi nunca es posible. Así pues, la priorización de recursos sanitarios es algo que no nos puede dejar tranquilos, pero tampoco podemos verlo como algo excepcional, sino sustancial a las propias virtudes del sistema. Eso sí, el contexto en el que produce esta priorización resulta más trágica por la premura con la que han de adoptarse las decisiones y por las consecuencias de la propia decisión.
 
Como ya señalaba hace pocos años el Comité de Bioética de España en su Informe sobre la financiación pública del medicamento profilaxis pre-exposición (PrEP) en la prevención del VIH, de 7 de marzo de 2017, “La bioética está, por tanto, plagada de este tipo de elecciones trágicas donde cualquier decisión sobre la distribución de recursos afecta de manera sustancial a la vida de las personas pues la elección no resulta ser entre un mal y un bien sino que entre dos males (Puyol González)”. En este caso, la decisión debe adoptarse entre dos males, pero este es precisamente el contexto en el que la reflexión bioética cobra su plena virtualidad. La decisión entre un bien y un mal es sencilla. La que conlleva, necesariamente, una consecuencia mala en todo caso es de la que se ocupa la Bioética.
 
Incluso, debemos recordar que no solo la necesaria priorización de recursos sanitarios es algo consustancial al propio sistema de salud, al margen de la presente pandemia, sino que, además, los conflictos y dilemas éticos son algo también habitual en la asistencia sanitaria. Los desafíos éticos en la atención médica son comunes incluso en condiciones normales y no solo excepcionales como los que estamos actualmente viviendo, porque la atención médica responde al sufrimiento humano y porque los valores en juego son siempre los más relevantes (vida, integridad o intimidad, entre otros).
 
En definitiva, la situación actual debe preocuparnos, pero también es importante asumir que tanto la priorización como la toma de decisiones éticamente difíciles son algo harto común en el ámbito de la salud. Ello puede ayudarnos a todos y, sobre todo, a los principales protagonistas de la toma de decisiones, los profesionales sanitarios, a, sin caer en un absurdo conformismo, evitar también situaciones de excesivo estrés o, incluso, pánico.
 
Por último, es importante recordar, aunque pueda parecer una obviedad, que la crisis que afrontamos es una crisis de salud pública. Es fundamental remarcarlo, y no confundir el origen y naturaleza de la crisis con su impacto en otros ámbitos. La crisis no es económica, ni educativa, ni social: es una crisis de salud pública, que trae vinculada una crisis sanitaria cuyas consecuencias están ya siendo extremadamente graves. Así, entendemos que todos los esfuerzos de las autoridades públicas y la propia ciudadanía debe centrarse en parar la extensión de la pandemia. Cuanto antes se controle el problema de salud pública, antes se resolverán las consecuencias que está provocando en otros ámbitos, de manera especial en el de la asistencia sanitaria. Para alcanzar el objetivo de detener la pandemia urge dotar de medios al sistema de salud, tanto público como privado. Esa es la prioridad hoy: reforzar al sistema de salud y a sus profesionales. Lo que está en juego hoy no es el bienestar económico de nuestra sociedad, sino la vida y salud de muchas personas, especialmente de las más vulnerables.
 
Y, además, para superar esta crisis no basta la actuación efectiva de las autoridades y poderes públicos. Es igualmente imprescindible que todas las ciudadanas y ciudadanos hagamos un ejercicio ejemplar de responsabilidad, cumpliendo con las medidas de aislamiento e higiene que hemos recibido, y que han demostrado su efectividad allí donde se han adoptado. Por ello, el Comité rechaza determinadas conductas, eso sí, no generalizadas, de algunos ciudadanos que han adoptado decisiones éticamente reprochables, como viajar a otras Comunidades o seguir manteniendo hábitos de vida habituales. La vida de los demás está ahora, más que nunca, en manos de cada uno de nosotros y cualquier salida del domicilio meramente puntual supone un riesgo para la salud y vida de terceros. El primero y más antiguo de los principios básicos de la Bioética es “primero no hacer daño” (Primum non nocere). Con esas actitudes y conductas se está haciendo daño a muchas personas de manera injustificada.
 
Y esta llamada a la responsabilidad individual interpela, más si cabe, a las personas y personajes públicos por la mayor trascendencia social de sus conductas y declaraciones. Llevar a cabo comportamientos de riesgo en la esfera pública, que las propias autoridades y profesionales sanitarios vienen desaconsejando, traslada un inaceptable mensaje de confusión. Lo mismo puede decirse de compartir a través de las redes sociales determinadas experiencias propias de la cuarentena. Puesto que habitualmente se comparten aquellos procesos más benignos y no los de evolución más difícil, se puede estar transmitiendo una falsa sensación de venialidad con respecto al coronavirus, como si de una mera gripe más se tratara, cuando en un porcentaje que ronda el 20% la enfermedad puede derivar en cuadros graves e, incluso, mortales. Es importante la ejemplaridad de todos, pero, sobre todo, de aquellos que ostentan una posición de relevancia social.
 
Concluimos. Se ha afirmado que en los casos de epidemia y pandemia no solo se pone a prueba por la urgencia, el mayor riesgo y lo masivo de la situación las propias capacidades técnicas y las presuntas virtudes de nuestro sistema de salud, sino que también se demuestra en estos momentos los valores o su falta en las personas y en la sociedad. Crisis como las que estamos viviendo exteriorizan nuestras deficiencias personales e institucionales habituales o endémicas. Como tal, una epidemia grave, como otras crisis, debe ser también vista como una oportunidad para reflexionar y avanzar hacia una sociedad más justa y ciudadanos más solidarios. Y también, para seguir ensalzando la labor de los profesionales sanitarios, sin que su esfuerzo pueda caer después en el olvido, como muchas veces ya ha ocurrido, adoptándose medidas económicas, materiales y personales para dotar de verdadera dignidad a unas profesiones que, como estamos comprobando una vez más, son probablemente las más relevantes de todas.  
 
 
 

Madrid, 26/3/ 2020.-

Federico de Montalvo Jääskeläinen

Profesor de Derecho Constitucional, ICADE.
Presidente del Comité de Bioética de España




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