Menu

La crisis actual como oportunidad para cambiar la educación


¿Queremos que la educación ayude a “normalizar” la economía y la sociedad, tal y como venían funcionando o queremos aprovechar esta cuarentena forzosa para inspirar un hondo replanteamiento de muchos de los principales postulados que la regían?



La pandemia del coronavirus, la consiguiente crisis económica y social que se avecina, supone, a pesar de su drama, un inmenso y potente aliciente para estimular la reflexión sobre cómo queremos rehacer las relaciones humanas, comenzando por la educación. Ojalá no se desaproveche esta oportunidad, tanto en los niveles obligatorios de la educación reglada como en la educación superior, y tanto desde el lado de los docentes como de los alumnos.
 
¿Queremos que la educación ayude a “normalizar” la economía y la sociedad, tal y como venían funcionando o queremos aprovechar esta cuarentena forzosa para inspirar un hondo replanteamiento de muchos de los principales postulados que la regían?
 
La debacle económica inminente, con especial virulencia en España, puede, sin embargo, ayudar a relanzar con insólita fuerza el debate sobre qué contenidos son los que deben prevalecer en los currículos educativos. La crisis sanitaria ha puesto de manifiesto qué es lo más importante de la vida humana y qué es lo más accesorio. Durante mucho tiempo, en las épocas de bonanza, muchos recursos, espacios y tiempos educativos han estado focalizados en lo accesorio, en lo secundario, en lo adjetivo.
 
La enfermedad y el sufrimiento de amplias capas sociales, el colapso de las infraestructuras hospitalarias, el desabastecimiento de algunos materiales, así como las negligencias de la gestión pública y política, sin olvidar las lagunas en materia de investigación científica o la desprotección de muchos colectivos profesionales, ponen de relieve las necesidades de reorientar las preferencias y las prioridades sociales. Esta reorientación puede instrumentarse a través de nuevos contenidos, formatos, proyectos de investigación científica y control del destino de los recursos docentes hacia lo que es siempre más urgente y necesario. Durante largo tiempo faltó voluntad desde muchas estructuras administrativas para establecer pautas de conducta responsables, a todos los niveles, no sólo político o financiero. El bienestar y sus espejismos adormecieron posiblemente las conciencias. Algunas narrativas de derechos y prerrogativas eclipsaron la realidad de los deberes sociales y la necesidad de una gestión responsable de los recursos más estratégicos para una sociedad.
 
Aspectos tan básicos en un sistema político como la obligatoria eficiencia de las instituciones ante situaciones críticas, la cooperación entre Administraciones Púbicas y el sector privado, o las valientes contribuciones de la sociedad civil ante el caos se han topado en las últimas semanas, con sorpresivas y lamentables trabas burocráticas, máxime en una situación de urgencia y fuerza mayor. Esto lo afirmo con conocimiento de causa, al haber intentado la importación de mascarillas médicas para familiares y conocidos que son personal sanitario, desprotegidos por nuestras autoridades. Una importación desde China que se encontró varias dificultades y obstáculos de índole administrativo, funcionarial y aduanero nacionales. Trámites jurídicos que impiden la eficacia en la respuesta cívica y voluntaria ante esta emergencia nacional para ayudar a tiempo al personal sanitario y a sus pacientes. Asimismo, aspectos tan sencillos relativos a la disciplina social, la higiene personal, el civismo urbano o los autocuidados, así como la autogestión de emociones en tantos momentos de dificultad, ponen de manifiesto lo mucho que queda por hacer en términos humanísticos, de ética pública.
 
Quizás sea momento de relativizar un poco las denominadas “hard skills” y centrar más esfuerzos en la atención a las “soft skills”, esto es, en aquello que a fin de cuentas resulta mucho más trascendente en el ámbito social. Comenzando por el sentido común más elemental. Cómo nos conducimos en sociedad, cómo nos hemos de relacionar y cómo debemos cohesionarnos ante momentos de crisis e incertidumbre. De poco sirve una educación basada en acumular y procesar datos e información si luego lo más determinante es cómo manejamos nuestra psique colectiva, nuestra racionalidad en lo más sensible, dinámico y problemático de la vida. La educación debería estar al servicio de la vida real.
 
El sistema educativo se ha sustentado largo tiempo en la mera transmisión unidireccional de información, por canales y circuitos poco empáticos y sensibles. Organizaciones en las que se relacionan grupos de emisores y grupos de receptores de información. Las estructuras educativas han contribuido y participado en el sostenimiento de este modelo “robótico”, comenzando por el Ministerio y las Consejerías Autonómicas de Educación. Excesivas cargas regulatorias supuestamente “garantistas”, procesos de documentación que demoran los resultados, para luego acabar con una docencia presencial impartida frecuentemente en aularios grises y fríos, con temarios atrofiados y obsoletos. En bastantes ámbitos y contextos sociales, la desmotivación ha calado hondo en los profesionales de la educación. Ingentes paquetes de datos de información, muchos de ellos inútiles, inundan los materiales y los programas educativos en los colegios y universidades, sin el debido carácter didáctico ni perspectiva cívica. Desde la Administración se impusieron rutinas, formalismos institucionales, trámites de evaluación y verificación mecanicistas que a la hora de la verdad no hacen a la persona más responsable de sus actos, ni más eficaz en el desempeño de sus tareas.
 
A pesar de las cuantiosas inversiones públicas en los sistemas educativos, sigue habiendo una tremenda brecha o asimetría entre el progreso material o técnico en la sociedad y su progreso moral y psicológico. Casi todo el sistema ha discurrido por la tendencia a la industrialización de la educación, provocada en buena medida por su democratización y universalización, convirtiéndolo en un ente mecanicista que impide preservar el fin mismo de la educación, que es mejorar la sociedad a través de personas más conscientes, empáticas y humanísticas.
 
Ojalá después de la pandemia, cuando nos corresponda gestionar los efectos devastadores de la crisis socioeconómica, podamos plantear y exigir cambios sustanciales en el modo en qué se hace la educación, porque esa será la mejor herramienta para contribuir a una sociedad más consciente, eficiente y saludable, con personas más valiosas para la comunidad.
 
,
.
Madrid, 6/4/2020.-

Pablo Sanz Bayón

La crisis actual como oportunidad para cambiar la educación
Profesor de Derecho, ICADE

Nota



En la misma Sección
< >

Martes, 25 de Agosto 2020 - 16:25 Despedida




L M M J V S D
  1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30        












Semblanzas Fide

Síguenos en redes sociales
Facebook
Twitter
LinkedIn
YouTube Channel
Rss