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Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa





La entropía del derecho, por Juan Brinsen


Juan Brinsen nos presenta la continuación de la sinopsis de su nuevo libro "Derecho y fango. Una teoría matemática del Derecho", que busca realizar un análisis sobre el derecho/conocimiento jurídico, pero en vez de hacerlo desde una perspectiva jurídica, lo hace desde una perspectiva matemática, lo que le permite alcanzar conclusiones sorprendentes dada la cantidad de relaciones que se pueden encontrar



Querida B., 

Te habrás preguntado alguna vez por qué insisto tanto en que ordenes tu armario. Como buena estudiante de 2° de bachillerato, y de ciencias, sabrás en qué consiste tu desorden espontáneo… Antes de que sonrías -me ves venir-, te diré que tu desorden se llama entropía, y que estoy francamente interesado en dejar de pelearme con ella y contigo. Casi estoy por tomarle cariño, como si fuera una tía abuela, tu entropía.
 
Pero no lo es, ni tía ni abuela. No es un alguien, sino un algo, y un algo sutil. Si no te lo han explicado en clase, te diré que la entropía es la comparación entre un estado A y un estado B de tu armario, antes de que lo desparrames y después de irte, dejándolo todo manga por hombro. Sólo el trabajo que me tomo para ordenarte la ropa convierte tu energía (y la mía) en un proceso reversible, de entropía cero. Pero si yo no interviniera, la entropía de tu habitación, aparte de espontánea, que lo es (no me cabe la menor duda), sería un proceso irreversible y sin remedio, que tiende a crecer indefinidamente. Por eso algunos exploradores del futuro convierten la entropía en la causa térmica que algún día -afortunadamente, ni tú ni yo lo veremos- acabará con el universo. Menuda predicción, ¿no crees? Así que fíjate lo importante que es que ordenes tu armario. Con ello contribuyes al equilibrio universal de la segunda ley de la termodinámica y a la paz doméstica de esta casa, que es la tuya. 

Ya sabes que estoy enfrascado en varios artículos para FIDE sobre la naturaleza del Derecho. Debuté la semana pasada, afirmando sin rebozo que nuestro ordenamiento jurídico es “curvo”. El gran jurista Kelsen decía que las normas formaban una pirámide, y yo, que solo soy un mindundi, voy y digo que forman una curva, logarítmica para más señas; y que las normas en España llevan años acumulándose, cuando no saliéndose por la tangente, interfiriendo o solapándose en la curva, desde hace tiempo. Cuestión que a ti te importa poco (como si forman un mus o un trío de sietes, ya te veo venir), pero a los que trabajamos con normas no nos da lo mismo. Semejante panorama es, justamente, el que contemplamos día a día, interpretando normativas y luchando contra la incertidumbre a brazo partido. ¿Y por qué, dirás? Por una razón muy sencilla. Porque la entropía del Derecho es un atisbo del caos. De hecho, la entropía subyace al sistema, a cualquier sistema donde hay procesos de transformación de la energía, en los que interviene el “trabajo” (y el Derecho lo es, puesto que produce un tipo peculiar de energía, transformada en normas, recursos, informes, sentencias, etc.), desordenándolo progresivamente. La amenaza del orden es siempre el desorden. 

En principio, la entropía significó simplemente transformación, cambio… ¡Lástima de lenguas muertas, que tanto enseñaban! Proveniente del griego entropein, fue el físico alemán Rudolf Clausius, quien tomó prestado el término, en 1850, asegurando que no toda transformación de la energía se convierte en trabajo. Una parte del calor producido se desperdiciaba o entregaba al ambiente, y esa parte que no se convierte en trabajo, o calor tonto (como dice mi amigo Q., que la llama así), era la entropía. Lo raro es que este desperdicio siempre crece, y por causas absolutamente naturales. Probablemente es la única magnitud física que lo hace. Hay quien dice que la entropía es el signo de la suma (+) en versión calórica, y por eso sus reservas son inagotables. Curioso, ¿verdad? Imagínate que fuera dinero. Montañas incesantes, infinitas de dinero… creciendo a paletadas, hasta hacerlo inútil o inservible, convertido en morralla. Pues así de inquietante de la entropía, esa morralla. Por qué, cualquiera sabe. 
Años más tarde, el físico austríaco Ludwig Boltzmann retomó el concepto y lo trasladó al movimiento atómico de los gases. Un genio malogrado, este Boltzmann. Se ahorcó, incomprendido, en Duino, Italia. Pero dio al mundo la fórmula del desorden microscópico de la materia, cuando las moléculas se ven sometidas a un cambio de temperatura o de presión. Desorden que Boltzmannt también llamó entropía, y cuya fórmula tiene esta pinta: 
S = k ln W

Que se lee así: la entropía S es igual al logaritmo de todos los microestados posibles dentro de un macroestado (W). 
Un logaritmo, para variar. Y en el reino de Liliput. El mérito de Boltzmann fue predecir el desorden micro que sucede a los cambios macro de temperatura (T) o presión (P), hasta que las moléculas del gas se estabilizan en un nuevo macroestado de T o P. El estado de equilibrio coincidía con el mayor número (que Boltzmann llamó desorden) de microestados. Imagínate observar esto en un microscopio de 1890… Sin embargo, Boltzmann acertó. Y afirmó que la naturaleza tiende al desorden, es decir, al mayor número de microestados compatibles con un macro estado. 

Pues bien, querida B. Si saltamos del micromundo al macromundo en que vivimos, veremos enseguida algunas comparaciones sorprendentes.  

Por razones tan naturales como extrañas a la ciencia del Derecho, las normas jurídicas generan utilidad por sí mismas, en caso de que acierten a regular el mundo con fortuna, en beneficio del interés general, etc.; pero, acierten o no, por su sola existencia, por su sola razón de ser, en los términos que verifica la naturaleza de las cosas, las normas crean márgenes de ineficacia, desgaste, calor tonto o entropía. Estos márgenes, por supuesto, no se eliminan o reducen aprobando nuevas normas, porque la entropía es inherente al sistema y tiende siempre a crecer, según hemos visto; más aún si el sistema se desfonda y el número de normas se dispara, como pasa con el Derecho español.

Si consideramos al “Derecho” como un sistema aislado o cerrado, que no intercambia energía con otros sistemas, su entropía tiende a ser máxima. Dicho en términos familiares a este artículo, si consideramos al Derecho como una ciencia pura, a lo Hans Kelsen, inmune a la influencia de otros sistemas (filosóficos, morales, políticos, sociales), el Derecho tiende a la máxima entropía. Parece una paradoja, que el pronóstico del orden jurídico sea el máximo desorden, pero este inconveniente para la ciencia física es pan comido. El horizonte del Derecho, efectivamente, es tender a la máxima entropía como sistema aislado. Sobre todo, viendo el panorama de las regulaciones en España y su porvenir curvo.

También el Estado (no sólo el Derecho), transforma la energía en trabajo. En consecuencia, genera entropía. Máquina a su pesar, compuesta de partes, estructuras, fases, recursos humanos y materiales, engrasado a base de regulaciones que impulsan su funcionamiento, el Estado siempre ha sido motivo de comparaciones mecánicas (funciones, desajustes, potencia, fuerza, desarrollo…), alusiones todas que gravitan sobre él, arruinando su prestigio. La teoría del Estado que preconizan los manuales de ciencia política lo convierten en el sucedáneo más parecido a la máquina perfecta de Carnot, idóneo en teoría, pero ilusorio en la práctica. Una máquina ideal, pero no real. La realidad, en sentido antropológico, se compone de personas con nombres y apellidos, y está llena de problemas. (El Estado también tiene nombres y apellidos, conviene no olvidarlo, y tampoco le faltan problemas. Cada uno con su aporte de entropía).

En su aporte mecánico, por tanto, de forma casi natural, el Estado no sólo produce calor útil, trabajo, al incorporar ingreso y transformarlo en gasto, al cobrar impuesto y transformarlo en servicios. Además, genera entropía, desorden, descontrol, desgaste… en cantidades apreciables, y por medio de indicadores que todos conocemos, tales como la deuda pública, el nivel de impuestos, el nivel educativo, el nivel regulatorio del que se ocupa este artículo, etc. Cualquiera de estos niveles se puede medir, son comparables unos con otros, se han convertido en lenguaje común para la gente. En realidad, son indicadores de entropía, fugas de esa maquinaria llena de resortes, llamada “Estado”, cuya ardua misión no es otra que convertir su “calor” en “trabajo”, aunque sea resoplando. Si hemos de indagar en su sentido propio, tales entropías miden un tipo particular de deterioro que los físicos conocen desde hace más de un siglo... Y han estudiado como un epifenómeno derivado de la transformación de la energía.

 

Bueno, aun asumiendo que así fuera –me preguntas- ¿es reversible la entropía de marras, es reversible la entropía del Derecho?

Antes de responder a esta interesante pregunta, urge aclarar es que no hay valores absolutos de entropía. Siendo una ecuación de estado, que compara situaciones entre A y B, todos los valores de la entropía son comparativos o relativos entre A y B. 

La transformación de la energía de un sistema siempre emerge de dos situaciones, antes y después de un proceso, a cuyo término relativo se gana o se pierde calor. Al igual que sucede con la energía, el Derecho tiene facetas reversibles y facetas irreversibles, antes y después de alcanzar un nuevo estado de equilibrio. 

Si cortásemos el Derecho positivo como un bloque de hielo, el estado normativo sería un resultado del corte, en un momento dado, cuya observación al microscopio nos depararía una cristalización de normas y cierta cristalización, también curiosa, de unos particulares átomos que llamaremos sentencias, moviéndose en su onda... Pero mejor cambiamos de ejemplo. La comparación con el hielo está bien para sugerir un estado sólido, macroestático, sin variación de temperatura, y, por tanto, con entropía cero.

Vayamos mejor a un boletín oficial caliente, como pan del día, un día cualquiera, recién impreso. Helo aquí. Trae en sus páginas energía bastante, calor y temperatura legal para abastecer al funcionario, al juez, a la letrada, etc. Además, es fácil consultarlo. Incorpora todas las novedades legales y sentencias por índice de materias. Novedades dispuestas a convertirse en trabajo, y trabajo útil, eficiente, en todos los bufetes y oficinas. Cada boletín (y hay varios en España), define un “macroestado” normativo del sistema jurídico, en un momento dado... 

Pero atención. Las microvariaciones están a punto de producirse. 

Ya están apareciendo. No es una lectura obligatoria, pero algunos lo leen. El boletín. Un poco de tiempo y, ya lo verás, al final del día, del mes, del año, correrán por ahí sus efectos jurídicos. Es decir, todos los sentidos, todas las interpretaciones, todos los criterios, todas las aplicaciones. Todas, absolutamente todas las consecuencias jurídicas y legales que conlleva el boletín del día para el universo del Derecho español (estatal, autonómico, local, provincial). Y de manera irreversible. No hay vuelta atrás. 

Estimado lector, lectora -que no has abandonado impaciente la lectura de este artículo-, tengo el gusto de presentarte las microvariaciones generadas por el boletín del día. Como los granos de arena de un soplo, cuantas más posibilidades y direcciones de sentido generen los nuevos artículos, las nuevas normas, las nuevas sentencias –cuantas más dudas, más interpretaciones, más criterios, más etc.-, tanto de probable será, y tanto mayor, siempre mayor, la incertidumbre, la inseguridad jurídica, el desorden…, la entropía. Derecho positivo (+) en todo su esplendor.

He aquí esta criatura recién nacida al mundo del Derecho -que pía desorientada, alumbrada como un pollito en la soledad de este artículo, ¡aunque lleva más de cien años creciendo como un bicharraco en cálculos y ecuaciones!
 
(Continuará: De la entropía de Shannon; o cómo calcular la entropía de las normas jurídicas)

Para leer la primera parte por favor siga este enlace.




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