Menu

La otra pandemia

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 20/4/2020.-


Las redes sociales constituyen hoy un instrumento relevante para la comunicación interpersonal y un laboratorio útil para indagar sobre el factor humano en cada circunstancia, y, de forma muy especial.



Aunque no sea yo un usuario ferviente de las llamadas redes sociales en sus diversas manifestaciones, no dejaré de reconocer que constituyen hoy un instrumento relevante para la comunicación interpersonal. También, por ello mismo, un laboratorio ciertamente útil para indagar sobre el factor humano en cada circunstancia, y, de forma muy especial, en circunstancias tan singulares, por dramáticas, como las que estamos viviendo. Será, pues, que el confinamiento nos da más ocasión, y más tiempo, para comprobarlo, será que la inusitada proliferación del acceso a las redes nos está estimulando a observar lo que circula por ellas, será que estamos más necesitados de contacto, lo cierto es que estos días se están convirtiendo en un canal de expresión y conexión incluso más frecuentado de lo habitual, que ya es mucho.
 
Así que, digámoslo pronto y claro: hay de todo. Hay, por supuesto, testimonios marcadamente personales, sinceros, apasionados, singulares, que no se podrían encuadrar ni alinear en ninguna de las tendencias dominantes; son muy de agradecer por la verdad que encierran. Luego están eso que llamo las “tendencias dominantes”, a las que se adscriben la mayoría de las entradas. Distingo, simplificando mucho, dos: una que transmite sensibilidad, belleza, compasión, angustia, crítica, o agradecimiento, desde una actitud reconocible de solidaridad humana, que considera que todos estamos hechos del mismo barro y que, en circunstancias como ésta, la fragilidad colectiva es un nexo de unión por encima de cualquier otra diferencia, sea del tipo que sea; la otra, imagino que la perciben también así, está en el polo opuesto: es la que rezuma agresividad, reproche insultante, a menudo soez y grosero, tomando como punto de partida un fanatismo sectario, que no encuentra ni pena que compartir, ni siquiera idea que confrontar, solamente odio y rencor, de quien parecería desear que aumente el tamaño de la desgracia para hacer más evidente su exabrupto, amplificando bulos maliciosos que en las redes y en algunos confidenciales se expanden con rapidez.
 
A más de uno le he odio quitar importancia a la distinción: es la naturaleza humana, al fin y al cabo, que, precisamente en los momentos más dramáticos, es capaz de mostrar las dos dimensiones más extremas de este animal racional, el homo sapiens que tantas veces se empeña en no serlo; por un lado, el sentimiento más elevado, por otro, la bajeza más vil. Siempre ha sido así, alegan. Pues me resisto a admitir que tenga que ser así, como si se tratara de una fatalidad irremediable. Y digo más: me preocupa observar que esa actitud fanática y agresiva a la que me refería pueda estar creciendo en intensidad cualitativa y, ojalá me equivoque, también en extensión cuantitativa; o sea, más odio y de mayor nivel según van pasando los días.
 
Observo, además, que nada ni nadie queda exento de la reacción virulenta, muy personalizada en cuanto al destinatario, amparada en el anonimato y en la confiada impunidad del remitente. Puede ser un profesional que ha expresado una opinión, probablemente equivocada o poco fundada, un autor de cualquier especialidad que ha hecho un alarde de originalidad, quizá fuera de tono, un experto que ha analizado la realidad, con conclusiones optimistas o pesimistas; enseguida le sobrevuela un tropel, que no pretende contraponer ni discutir con templanza otra opinión, otro alarde, otro análisis, sino simplemente descalificar a la persona, porque ese es el objetivo último de su notoriedad, alcanzar un minuto de gloria elevando el tono insultante del colega inmediatamente anterior, a ver si el siguiente ya no puede superarle.
 
Ni que decir tiene que el fenómeno que he tratado de describir tiene un particular ámbito de expresión en todo lo relacionado con la política, como es bien obvio. Y no seré yo quien diga que la política, o quienes la protagonizan, no sea merecedora de crítica, y a veces de crítica dura. Siempre he pensado que la política, además de otras funciones, cumple una bien esencial para el conjunto de la sociedad: transmite pautas de conducta a la ciudadanía, y si esas pautas son poco ejemplares, o son frívolas, o irresponsables, o sectarias, primero los partidarios, y luego muchos otros más, las terminan tomando como referencia, con efectos que pueden ser muy perniciosos. Porque debe saberse que el mensaje que se proyecte desde la política penetra en la sociedad y, corregido y aumentado, termina alimentando el discurso de acción y reacción de propios y ajenos, con creciente falta de respeto.
 
Me esfuerzo en examinar las causas de ese fenómeno tan intenso en el espacio de la política y no puedo evitar una impresión recelosa y preocupada. Hay raíces que vienen de antes, sin duda; algunas muy notorias y bien conocidas. Pero el escenario en que se ha desenvuelto la política española a partir de la crisis económica de 2008, y muy en concreto en estos últimos años, en que crecieron por igual la radicalidad, la pluralidad y la inestabilidad, merece una reflexión sosegada, especialmente necesaria en estos momentos. Porque han ocurrido muchas cosas, y en todas las direcciones: los liderazgos políticos se han construido más para la confrontación que para la cooperación; y no me refiero a la confrontación ideológica, que sería deseable, sino a la confrontación personal, en la que no se discute precisamente la ideología o el proyecto del otro, como motivo preferente del debate político; es preferible negarle legitimidad directamente, de manera que el debate se convierte en una sucesión de reproches personales en tono creciente. Ha faltado generosidad y grandeza cuando debió haberla y a eso se ha añadido el hecho de que los adversarios tradicionales de referencia vieron con agrado, y hasta lo alentaron, que al otro le surgiera un competidor más radical que se apropiara de una parte de sus apoyos, porque el analista o el asesor de cabecera defendía que en política es más sencillo, y más eficaz a corto plazo, facilitar el fraccionamiento electoral del adversario que conseguir el crecimiento propio; electoralmente, ya saben,  restar es más rentable que sumar. Y así se ha desplazado el discurso hacia los extremos, en beneficio de terceros que se han hecho desgraciadamente indispensables y también en perjuicio de quienes tuvieron una opción evidente de templar y de evitarlo,  pero prefirieron absurdamente competir y contribuir a la radicalidad hasta inmolarse.
 
Pongan ustedes los nombres y las fechas en cada caso, pero permítanme decir dos cosas finales: que esta evolución de la política española en absoluto justifica la deriva de odio fanático que anda circulando, pero que, a la vez, los que tienen más responsabilidad de hacerlo debieran pensar seriamente en cómo evitar que a la pandemia del virus se sume la pandemia de las dos Españas. Y creo que sólo hay una forma de hacerlo: bajando un poco la guardia de los dos competidores principales, y empezando por acercar un poco las manos para lo que se nos viene encima. Supongo que los respectivos vecinos, a un lado y al otro, se molestarán, pero la mayoría de la gente lo verá con alivio.
 
 


Madrid, 20/4/2020.-

Jesús Quijano

Vocal Permanente de la Sección de Derecho Mercantil,
Comisión General de Codificación.
Catedrático de Derecho Mercantil, Universidad de Valladolid.

Nota



En la misma Sección
< >

Martes, 25 de Agosto 2020 - 16:25 Despedida




L M M J V S D
  1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30        












Semblanzas Fide

Síguenos en redes sociales
Facebook
Twitter
LinkedIn
YouTube Channel
Rss