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La pedagogía necesaria

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 22/05/2020.-


Cuando aún no se sabe la magnitud del socavón, tal vez no estuviera mal un poco de pedagogía preventiva, que, en el fondo, no es más que cautela, prudencia, sinceridad y responsabilidad, un cuarto de cada. Simplemente por si acaso.



La pedagogía es esa técnica (a menudo un arte, más que una técnica) que permite expresar correctamente lo que uno quiere trasladar a los demás, de manera que sea también correctamente entendido. O, al menos, entendible para quien quiera entenderlo. Como tal técnica, es absolutamente imprescindible para quienes tenemos por oficio transmitir conocimientos a ,otros en cualquier nivel, con el objetivo de hacernos comprender. Maestros, profesores y demás colegas del gremio sabemos bien la diferencia que hay entre disponer de conocimientos y saber transmitirlos; y hasta sabemos también que con frecuencia es más apreciado quien, teniendo menos conocimientos, los transmite mejor, que, a quien le ocurre lo contrario.
 
Pues bien, hago esta entradilla para sentar un punto de partida: la pedagogía es todavía más necesaria cuando se trata de transmitir, explicar o justificar una decisión, una previsión, una intención, de quien tiene la posibilidad de influir sobre el interés general de un colectivo, porque tiene atribuida esa función tan importante. Más que necesaria debería ser obligatoria. Obviamente, estoy pensando en el ámbito público, en la política, en definitiva; más aún, estoy convencido de que la política, en un alto porcentaje, es sobre todo pedagogía, en esa delicada variante de hacer aparecer como objetivamente razonable, aconsejable o inevitable lo que se pretende decidir, evitar, hacer, o dejar de hacer.
 
Si esto es así, hay una variante de la pedagogía política que me parece tan o más relevante que la pedagogía explicativa; los expertos en comunicación la llaman “pedagogía preventiva”, y sirve para preparar, anticipar, avisar, prevenir, etc., de antemano, sobre algo que va a ocurrir, o puede ocurrir, para que el impacto sea menor y la comprensión mayor, cuando ocurra. Dicen también que esta variante es particularmente útil cuando el eventual acontecimiento, cuya probabilidad se anticipa, no es dichoso, sino más bien lo contrario, penoso, negativo, indeseable, en suma.
 
Un antecedente bien conocido, y no muy distante aún, lo explicará mejor. Recordarán que, cuando se avecinaba la tremenda crisis de 2008, y durante bastante tiempo, el discurso oficial era, más o menos, el de “aquí no pasará nada”; ligeras turbulencias financieras que no afectarán a un sistema bancario sólido como el que tenemos, con un sector inmobiliario pujante y una economía en crecimiento. Y así, prácticamente sin matices, hasta que, de pronto, de un día para otro, pasó lo que pasó, y hubo que tomar duras medidas, porque era insostenible mantener el mismo nivel de gasto social, que además crecía, mientras se reducían los ingresos a causa de la recesión, y la capacidad de endeudamiento se iba complicando con primas de riesgo desbocadas. Las medidas más duras se tomaron en mayo de 2010, casi dos años después del comienzo de la crisis; durante ese tiempo, sólo pastillas y paliativos, cuando ya se veía venir la necesidad de una cirugía cada vez más cercana. Que, por cierto, no se hizo por gusto.
 
Tal vez algo de pedagogía preventiva hubiera ayudado. O sea, vamos a intentar que pase de largo y mantener los objetivos, los programas y las prestaciones; pero sepan que vienen mal dadas, y que puede ser necesario ir tomando progresivamente algunas medidas (¡obviamente impopulares!), con el fin de evitar otras más drásticas si esto se pone peor, cosa que puede pasar y es probable que pase, como pasó. Más o menos eso: advertir, actuar, explicar, con más de un año de antelación. Lo dicho: pedagogía preventiva en estado puro.
 
¿Tiene aquello alguna similitud con la situación actual? Insistentemente se dice que no, que esta vez es, y será, distinto. Algo de cierto hay: aquello fue de la burbuja inmobiliaria al sistema financiero (¡el crédito y la deuda!, como siempre), y de ahí a toda la economía, la productiva, la de servicios, toda, con las secuelas de desempleo, pobreza y desigualdad que bien conocemos. Lo de ahora viene de una crisis sanitaria que, de inmediato y por sus características, muta en crisis económica. No hubiera venido mal algo de pedagogía preventiva cuando se empezaron a tener datos fehacientes de la expansión del virus: frente a aquel discurso de “menos que una gripe vulgar y corriente”, al menos algo de advertencia y de prevención, bien explicadas, tal vez hubiera ayudado, si es que aún no había llegado el momento de las medidas imperativas, porque aún no había evidencias suficientes para adoptarlas de la forma drástica con que luego se hizo. La cosa fue como fue, y convendrá analizarlo cuando llegue el momento para que la experiencia sirva en el futuro, si llegara a repetirse, que no está descartado, ni con este virus, ni con otro.
 
Pero va tocando la economía. Hasta ahora se han adoptado encomiables medidas de emergencia en forma de ayudas, avales, aplazamientos, etc., con importantes efectos, pero todavía de alcance parcial y transitorio. Aún no se sabe la afectación final de la economía en su conjunto, ni cuánta será la dimensión del destrozo, aunque la previsión es que será amplia. Nos pilló todo esto en una fase razonablemente optimista, con previsiones de crecimiento, y la brusca interrupción de ese proceso se llevará por delante, con mucha probabilidad, muchas expectativas. Así que las tareas se van a duplicar: reconstruir lo dañado, reactivar lo detenido. Un escenario fácil de prever, porque no nos es desconocido: gastos crecientes, ingresos menguantes, y recurso complicado a la deuda y al crédito, con más costo, porque nuestro déficit sobre PIB ya era elevado y los acreedores, ya se sabe, son mala gente, que quieren cobrar cuando prestan o cuando financian.
 
Y, de momento, los discursos mantienen la línea: a grandes rasgos, no volverá a pasar lo de 2008, habrá para todo, para mantener y reforzar los servicios públicos, para recuperar el sector privado, sin tener que reducir nada, y sin que nadie se quede atrás, contando con reformas tributarias, eurobonos u otras ayudas europeas. ¡Ojalá salga la cuenta! Pero, cuando aún no se sabe la magnitud del socavón, tal vez no estuviera mal un poco de pedagogía preventiva, que, en el fondo, no es más que cautela, prudencia, sinceridad y responsabilidad, un cuarto de cada. Simplemente por si acaso.
 

Madrid, 22/05/2020.-

Jesús Quijano González

Vocal Permanente de la Sección de Derecho Mercantil,
Comisión General de Codificación.
Catedrático de Derecho Mercantil, Universidad de Valladolid.
Miembro del Consejo Académico de Fide.

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