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La vuelta al virus en 80 días

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 26/05/2020.-


Estoy seguro de que España, sus gentes y sus pueblos, aunque tendrán que aprender a convivir con éste y con otros virus, va a seguir apostando mayoritariamente por la vida. Esa vida que nos llena de alegría y entusiasmo y que muchos han visto en riesgo de perderla.



Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a hacer un ejercicio de pesimismo. El día 14 de marzo de 2020 iba a salir de viaje hacia un lugar desconocido, pero con un propósito cierto: alejarme del coronavirus que estaba amenazando a Madrid, a España y a otros países del mundo. Noté un portazo a mis espaldas y de pronto me di cuenta de que me hallaba encerrado en mi casa, con llaves, pero sin poder salir. Era lo que otros llamaban un confinamiento.  Por lo visto había sido una orden general del gobierno. Se cerraron comercios, oficinas, servicios públicos, fabricas, teatros, cines, almacenes… Todo se paró de golpe, como se hubiera producido un gran apagón.
 
Comenzó un viaje en el que el único contacto visual con lo que pasaba en el exterior lo proporcionaba la televisión, que día tras día iba dando la misma información, sobre los mismos hechos, con las mismas consignas, con los mismos miembros del gobierno ante los micrófonos…Solo variaban los confusos números de contagiados, de fallecidos y de recuperados. Lo demás, todo igual. Los mismos agobios de los hospitales por la falta de medios, las mismas tragedias de las residencias de ancianos, las mismas imágenes sensibleras del “resistiré”, las canciones oportunistas y efímeras de algunos denominados autores musicales, y los mismos enfrentamientos entre políticos en los escaños del parlamento. Como telón de fondo se avisaba de la perdida de puesto de trabajo, de falta de ingresos en familias y autónomos, de paralización del turismo y de la construcción, y se anunciaban ayudas y más ayudas, del Estado y de la Unión Europea, que no terminaban de llegar a los bolsillos de los más afectados. Un collage que, colgado el primer día del confinamiento, podía haber figurado en los días sucesivos, uno a uno.
 
Con el paso de los días, el fragor cálido de los aplausos de las ocho de la tarde fue sustituido por el ruido metálico de las caceroladas. Se fijaron horas de paseo para unos y otros. Las grandes avenidas se convirtieron en pistas de aeropuerto en las que los peatones se mostraban incapaces de despegar del suelo por el que sus pies se deslizaban pesadamente. La tristeza y el desánimo se ocultaba detrás de las mascarillas. El recuperado canto de los pájaros era interrumpido intermitentemente por las sirenas de policías y ambulancias. El bullicio del mercado se trocó en entradas intermitentes y controladas. Los perros tiraban de sus amos con más ánimo de vagar por la calle que de ser devueltos a la clausura del piso. Y los padres jóvenes apenas podían llevar a rastras a sus hijos pequeños de vuelta a casa porque concluía el tiempo de la hora reglamentaria de paseo.
 
Nos habían dicho una y otra vez que había que subir una empinada cuesta, que solo llevaría en principio 15 días de confinamiento. Pero faltó tiempo para tan escabroso trecho y hubo una prórroga más, y luego otra, y luego otra. Hasta cinco. Y se anunciaba la llegada del “pico” y el comienzo de la “desescalada”. Ya daba todo igual, porque no se sabía con certeza qué era lo que pasaba y por dónde iban las cosas.
 
Cómo único signo de esperanza sólo se hablaba de que en breve abrirían las terrazas de los bares, se podría ir a la playa y se podrían reunir personas en grupo. (Como si la solución de todo fuese a estar en la cerveza y en el baño).
 
No se hablaba de los pasos para reforzar el sistema sanitario, o de inversiones en el mundo de la dependencia, o de recuperar empleos, o de volver a contar con el puesto de trabajo y con la nómina a final de mes, o del modo de hacer resurgir la industria, de dinamizar el comercio, de volver a las clases, de recuperar la investigación, de regresar al normal funcionamiento del parlamento y de las instituciones políticas y judiciales.
 
En los medios de comunicación empezaron a aparecer artículos de opinión celebrando la crisis del coronavirus como una “oportunidad” para el cambio climático, para la modernización de las empresas, para la implantación más rápida de las nuevas tecnologías, para el cambio, en fin, de la mentalidad y de la moralidad del ser humano. Daba la sensación de que “el día después” iba a ser lo más fabuloso visto desde la segunda guerra mundial. El virus habría transformado el mundo. Pero no se indicaba quiénes iban a ser los protagonistas de ese cambio ni el modo en que lo conseguirían.
 
El día 1 de junio se habrán cumplido los ochenta días clásicos para dar la vuelta al mundo, en este caso el mundo del COVID 19. Y da la impresión de que al volver al final del paréntesis del estado de alarma todo permanece igual. Seguimos teniendo por delante la lucha contra el coronavirus y la necesidad de protegernos frente a él. Se echa de menos una elevación del grado de responsabilidad de los ciudadanos que vuelven a inundar las calles, los bares, los paseos, las playas, los medios de transporte. No acaba de verse plasmada la ayuda a desempleados y autónomos. La lenta incorporación de los funcionarios se asemeja al tradicional absentismo del colectivo. Los centros de salud van al ralentí por miedo, en unos casos, por falta de medios en otros. Y no acaba de aclararse el futuro de las empresas, de los autónomos, y de la reestructuración de la economía y de la industria. Ni que los políticos hayan abandonado sus ancestrales desencuentros y sus decadentes modos de discusión.
 
Hasta aquí, mi ejercicio de pesimismo (fruto tal vez del propio confinamiento). Ahora trataré de exponer lo que deseo para mi país y para mi gente, una vez que la pesadilla parece que ha llegado a su fin.
 
Estoy seguro de que España, sus gentes y sus pueblos, aunque tendrán que aprender a convivir con éste y con otros virus, va a seguir apostando mayoritariamente por la vida. Esa vida que nos llena de alegría y entusiasmo y que muchos han visto en riesgo de perderla. Una vida que es un derecho de todos, sin exclusiones (niños, mayores, ricos y pobres). Va a recuperar y a fortalecer su sistema sanitario (cuyos integrantes han demostrado saber estar a la altura de las circunstancias). Va a acoger y proteger con más cariño y eficacia a sus mayores. Va a fortalecer los mecanismos de protección de los más vulnerables y desprotegidos. Va a luchar denodadamente por la dignidad de todos aquellos que buscan un trabajo para realizarse y mantenerse a sí mismos y a sus familia, con especial atención a las jóvenes generaciones. Va a asumir el reto de la austeridad que supone el compartir con todos la riqueza que entre todos se alcanza. Va a comprender que ya es hora de cuidar de la naturaleza y de impulsar un crecimiento sostenible y respetuoso (que implica a empresarios y a trabajadores), uniéndose y promoviendo los movimientos que en Europa y en el mundo apuntan hacia ese cambio tecnológico y ético. Todo ello con un esfuerzo público responsable para la idónea utilización y control de los apoyos económicos de la Unión Europea.
 
Y no deberemos olvidar que los problemas del mundo son problemas de todos y que sólo una conciencia universal, rigurosa y solidaria, ayudará a sacar adelante a esta especie en peligro, cuyos integrantes -de uno a otro confín del planeta- hemos vivido la experiencia de llorar juntos, pero también de alegrarnos juntos.
 


Madrid, 26/05/2020.-    

Antonio García Paredes

Ex Magistrado de la Audiencia Provincial de Madrid.

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