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Las enigmáticas raíces del odio

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 20/4/2020.-


El odio feroz que se ha desatado en un sector de la sociedad española se residencia en un sentido minúsculo, fragmentado y excluyente de lo que es una nación.



En situaciones críticas, de emergencia o peligro se potencian al máximo los circuitos cerebrales que favorecen la supervivencia tanto individual como de grupo. No hay ningún misterio en ello. Hace ya tiempo que la psicología evolutiva nos ha explicado el trascendental papel que la dopamina y la amígdala desempeñan en la preservación de la vida cuando su seguridad se encuentra amenazada. Pero lo que resulta más interesante son las estructuras emocionales sobre las que opera la química y los sentimientos que emergen como respuesta del cuerpo a las agitaciones instintivas.

Los patrones neuronales del amor y del odio, de la solidaridad y el rechazo se activan en función de identidades culturalmente construidas. Yo y el otro, nosotros y ellos son las impermeables fronteras que delimitan el altruismo y la solidaridad grupal, de la indiferencia, la crueldad y, en último término, la exclusión y el exterminio. Es lo que hizo posible que, en el país culturalmente más avanzado de Europa, padres de familia se dedicaran a matar judíos por la mañana y escuchar a Wagner y jugar con sus hijos por las tardes.

La respuesta social a la actual pandemia nos ha revelado muchos comportamientos que no dudamos en calificar de heroicos, sacrificios que van mucho más allá de lo exigible y muestras de solidaridad y compromiso de una extrema generosidad. Pero también ha hecho acto de presencia el oscuro brillo del odio, el amargo rencor de una ira largo tiempo incubada. A través de las redes sociales, de los titulares de algunos medios de comunicación y de las declaraciones de algunos responsables políticos se ha ido filtrando capilarmente en el tejido social el amargo disolvente de la identidad que niega y excluye.

Tristemente, hemos asistido una vez más a ese espectáculo con el que tradicionalmente nos asomamos a la historia: nuestras patológicas y heredadas insuficiencias como nación, los insuperables déficits para construir una identidad colectiva, la ausencia de un proyecto común que merezca preservarse. Desgraciadamente, en nuestro país no puede forjarse algo semejante al “espíritu de Dunkerke”, no sólo por la ausencia de un adecuado liderazgo, sino por la carencia de un terreno abonado donde pueda florecer. Carecemos del tozudo orgullo británico por la independencia y la libertad, tampoco poseemos el patriotismo constitucional de la nueva Alemania o ese ingrediente fundamental del republicanismo francés que es su identidad como nación. Somos una nación segregada y excluyente. Lo que quiero decir, más simplemente, es que la arquitectura de nuestra patria está construida sobre andamios quebradizos.

Más allá de los sentimentalismos fatuos, lo cierto es que una parte significativa de los españoles no considera a sus compatriotas como tales. No forman parte de ese “Nosotros” con los que practicamos el altruismo y la solidaridad. Son los depositarios de la no identidad, los excluidos del círculo interior. Aquellos “Otros” sobre los que se proyectan las emociones más primitivas de la ira y el miedo que engendran los sentimientos de odio.

Resulta particularmente significativa la comparación con lo sucedido en Portugal. Las declaraciones del jefe de la oposición deseando suerte al gobierno porque “su suerte es también la nuestra” evidencian no sólo la existencia de una identidad colectiva, de una patria común que es el mínimo denominador que todos quieren preservar, sino también una comprensión racional de las circunstancias de emergencia por las que atraviesa la nación.

En nuestro país carecemos de ambos presupuestos. La patria es un concepto fragmentado, patrimonializado por grupos minoritarios, muchas veces un mero barniz para enmascarar privilegios insostenibles. No hay un sujeto colectivo detrás de una bandera y, por ende, carecemos de la racionalidad política para comprender la necesidad de preservar un espacio cultural común. Incluso en situaciones de emergencia estamos dispuestos a arriesgar el todo si no se juega con nuestras reglas.

La causa de todo ello tiene mucho que ver con las emociones, aunque no puede reducirse a estas. El odio feroz que se ha desatado en un sector de la sociedad española se residencia en un sentido minúsculo, fragmentado y excluyente de lo que es una nación. Apelan a un sentimiento de patria que sólo existe en su imaginación. Y aunque todo ello pueda conducir a comportamientos irracionales que amenazan su propia existencia, es importante no equivocar el diagnóstico. Aunque la ignorancia, el desconocimiento y la ausencia de todo bagaje intelectual juegan sin duda un papel, es en el terreno de las emociones dónde se fragua ese espíritu sectario y excluyente que es capaz de desencadenar un imparable torrente que nos conduce al abismo. En estas condiciones no parece probable poder construir un presupuesto dialógico común. En el horizonte próximo, no se vislumbran muchas razones para el optimismo.   
 


Madrid, 20/4/2020.-

Álvaro Lobato Lavín

Patrono fundador de FIDE.

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