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Las lecciones aprendidas en los primeros días del COVID-19. Cuál es el papel de un profesional de la privacidad

Madrid, 20/3/2020.-


La combinación de smartphones, aplicaciones, analítica de datos e inteligencia artificial puede ser extraordinariamente útil.



En estos días asistimos a un torrente de información sobre protección de datos en el contexto de la reacción europea en la lucha contra COVID-19. De estas noticias, comentarios y blogs, podemos extraer algunas primeras lecciones útiles para el futuro. Aunque también otras que no hacen sino expresar lo peor de la condición humana.
 
En esta categoría se sitúan sin duda las fake news, las actividades delictivas orientadas a la obtención fraudulenta de datos o al phising, o los ataques de hacking o ciberguerra a instalaciones estratégicas. Se trata de conductas deleznables que deben ser perseguidas sin duda con un rigor implacable.
 
Una de las cuestiones realmente preocupantes es la percepción de la privacidad por los medios de comunicación en relación con el diseño y uso de aplicaciones relacionadas con el virus. Mientras se redactan estas líneas y de ser cierto lo que leo en algunos periódicos y medios especializados me temo que la Comunidad de Madrid transmutará en un nuevo Leviatán presidido por una Gran Hermana. Y ello mueve a una profunda reflexión en estos momentos de zozobra y crisis social. ¿Cuál debería ser nuestro papel?

Revisar una política de privacidad o una informativa sobre cookies y encontrar algún error es algo extraordinariamente fácil. Y es irrelevante si se trata de la administración, si es de una gran corporación, si la redactó el más sublime de los juristas o el peor de los aprendices. En todas hay errores. Unas serán genéricas, otras serán excesivamente prolijas, en la mayoría de ellas criticaremos su usabilidad y comprensibilidad…
 
El problema se produce cuando hablamos de una aplicación destinada al soporte de la lucha contra COVID-19 y de los errores de una política de privacidad se deduce una malévola intención y se disuade al público de usarla. En este sentido, es muy importante entender el contexto. De los que nos precedieron hemos aprendido el valor crucial de las tecnologías de la información para la epidemiología moderna. Y permita el lector que, con respeto a su inteligencia use un ejemplo banal.
 
El autor de estas líneas subió el domingo 15 de marzo hacía las 12, aunque no les sabría precisar con exactitud, al autobús número 94 en el Paseo de la Alameda de Valencia descendiendo cerca de las Torres de Serrano. En el bus había como 50 personas de las cuales la inmensa mayoría ancianos. Y tosí, tosí mucho debido a mi catarro. Si ahora estuviera febril en urgencias, no podría contar esto. Habría 50 potenciales personas de alto riesgo no identificadas en mi ciudad. La geolocalización de mi número de teléfono móvil las identificaría en segundos.
 
Y aunque probablemente esto no sea funcional a estas alturas, o tal vez sí, lo cierto es que la combinación de smartphones, aplicaciones, analítica de datos e inteligencia artificial puede ser extraordinariamente útil. Permite cruzar movilidad y prevalencia de la epidemia, ayuda a identificar si una llamada al 112 la realiza un paciente auto diagnosticado en una zona con alta densidad de casos o al contrario con capacidad de diseminar el virus en zonas poco impactadas, ayuda a la toma de decisiones en la asignación de hospital y en la gestión de stocks de materiales hospitalarios…
 
Y esto me plantea algunas cuestiones de ética profesional. La primera reside en un cambio de óptica. Los expertos en protección de datos tendemos a ver la realidad desde un único prisma: el del Reglamento General de Protección de Datos. Esto impone una visión de túnel, una renuncia a la interpretación sistemática del Ordenamiento y, desgraciadamente conduce a una inversión de los valores para los que fuimos formados. Así, cuando los profesionales nos empecinamos en ordenar todo desde una suerte de soberbia intelectual podemos hacer mucho daño. Un ambiente hostil y que persigue por definición la innovación tecnológica desde la sospecha produce un efecto paralizante en la investigación y la innovación y convierte a España en un país hostil del que huye la inversión.
 
Esta actitud de campeón de la privacidad en la que tantas veces yo mismo incurrí puede tener consecuencias trágicas en los tiempos de COVID-19. Y los hechos lo demuestran. Algunos profesionales han dedicado un esfuerzo más intenso a acreditar que no se podían tratar datos personales de pacientes y de la ciudadanía que a buscar cómo hacerlo. Cuando no a leer cada coma en una política de cookies.
 
No es este un espacio adecuado para una prolija reflexión. Baste con señalar que en mi opinión el juego combinado de distintas normas habilita para el tratamiento de datos cuando su finalidad sea proteger la vida. En primer lugar, cabe entender que, en un contexto de pandemia, el interés vital recogido por el Reglamento General de Protección de Datos se convierte en un valor colectivo. En este contexto, una interpretación sistemática del Ordenamiento permite inferir que es posible tratar datos sobre la base de las facultades que derivan para los poderes públicos en salud pública tanto de la Ley general de salud pública como de la LO 3/1986, y también de la disposición adicional decimoséptima de la LOPDGDD sobre tratamientos de datos de salud. Por otra parte, bajo ciertas condiciones incluso la imposición de prohibiciones de circular en un Estado de Alarma ofrecería un soporte normativo adecuado.
 
COVID-19 nos enfrenta a nuestra actitud profesional. ¿Dónde queremos estar? ¿Al lado de los desarrolladores o frente a ellos? ¿Contribuyendo al esfuerzo o juzgándolo desde la distancia? ¿Dedicados a un trabajo oscuro a pie de obra o frente a los focos? Esta crisis nos enfrenta a nuestras miserias, a nuestros egos, a nuestro afán de protagonismo. Pero también, nos permite exhibir nuestros valores. Nos debe hacer ser generosas y generosos, ponernos al servicio de la comunidad. Y ello exige, prudencia y templanza, comedimiento y rigor. Enfrentamos la crisis sanitaria más grave de nuestro tiempo sin un esfuerzo jurídico europeo concertado que abordase con pautas compartidas la investigación sanitaria, el desarrollo de aplicaciones, y ni siquiera la interpretación del concepto de seguridad o salud públicas. 
 
No son días para el protagonismo personal. En tiempos de crisis no hay más opción que la del trabajo, y el servicio público. Si al proteger datos protegemos personas, pensemos en ellas como seres dolientes, angustiados, pensemos en sumarnos a la lucha por la vida. También desde la protección de datos.
 
 

Madrid, 20/3/2020.-

Ricard Martínez Martínez

Las lecciones aprendidas en los primeros días del COVID-19. Cuál es el papel de un profesional de la privacidad
Director de la Cátedra de Privacidad y Transformación Digital,
Universidad de Valencia.

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