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Los Peligros de la Obediencia

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 10/05/2020.-


El estado, como las sociedades anónimas, las federaciones deportivas o las asociaciones de padres, lo componen personas tan falibles o más que uno mismo



"Está ganando terreno en nuestra sociedad el hábito de mirar con
escepticismo a aquellos que abandonan las vías trazadas de antemano".
- Harold Laski, profesor de la London School of Economics

 
 
En estos días de confinamiento he encontrado un opúsculo del profesor Harold Laski con el título sugerente de "Los Peligros de la Obediencia". El hallazgo coincide con el experimento social del "youtuber" Alvise Pérez: un cartel de estética orwelliana con una foto de la cara de Pedro Sánchez transformado en el Gran Hermano y una leyenda: "Confía en tu Gobierno. Un buen ciudadano obedece". Coincide también con la popularidad de la serie de Netflix "Unorthodox" que narra la historia –basada en la autobiografía de Deborah Feldman- de una joven que escapa de la estricta comunidad jasídica Satmar en el barrio de Williamsburg, Brooklyn, en Sabbat, a pesar de que el Eruv (el hilo transparente que delimita la zona en que se pueden realizar actividades durante el Sabbat) se ha quebrado, para reiniciar su vida en Berlín libre ya de esas ataduras.
 
Como escribe Laski "desviarse de la norma es exponerse al estigma infamante de Caín: deslealtad al clan o al credo, al Estado o a la propia clase social". Ese estigma es el que acompaña a Deborah Feldman –la expulsión de la comunidad y el repudio de sus familiares de obediencia jasídica- como acompaña a todos aquellos que se apartan del "buen camino": los disidentes, los heterodoxos, los innovadores, o, de un modo más simple y extendido, quienes cuestionan por acción o por omisión –no salir al balcón a aplaudir, es un ejemplo- la tiranía de la corrección política. El pecado de Deborah Feldman estriba en abandonar el rebaño porque tal abandono supone cuestionar la inmutabilidad del dogma y la bondad de la observancia de la regla. "Dentro de la Revolución, todo. Fuera de la Revolución, nada". "El que no está conmigo, está contra mí".
 
Sigo leyendo lo que escribe Harold Laski: "el hábito adquirido de la aquiescencia no sólo transforma al ciudadano en inerte y aletargado receptáculo de órdenes, sino que contribuye a que el gobierno se persuada de que bastará con mantenerse firme para que sus imposiciones, por raras que puedan ser, sean aceptadas."
 
Al pasar de los días de confinamiento el "sistema" –lo que quiera que esto signifique-, el "aparato del estado", nos quiere incapaces de formular la crítica que nos aparte de la tiranía del consenso general, del pensamiento único. Se trata de aceptar lo que venga del estado, precisamente porque viene del estado, sin un asomo mínimo de rebeldía, de discrepancia. El que calla otorga. Y el "aparato del estado" amasa el silencio general y lo hornea en los fogones de la "buena ciudadanía" para convertirlo en sinónimo de obediencia. No alzar la voz para evitar la condena social. No salirse del camino. Como el perrito que agita la cola a la espera de que el amo le celebre la gracia. Niño, deja ya de joder con la pelota.
 
Pero es que el estado, como las sociedades anónimas, las federaciones deportivas o las asociaciones de padres, lo componen personas tan falibles o más que uno mismo. En la pretensión de omnisciencia de los responsables de la cosa late la "fatal arrogancia" que identificara Hayek: "yo sé qué es lo que te conviene; estoy aquí para cuidar de ti". Y surge, entonces, de las gargantas domesticadas una respuesta acomodaticia para embridar los inoportunos arrebatos de desobediencia y para apaciguar cualquier desasosiego: "el estado sabe lo que hace".
 
Algunos de los que ya no cumplimos los cincuenta elegimos La Mauvaise Rèputation, de Georges Brassens como una de las bandas sonoras de nuestros años de juventud y rebeldía. En estos días he vuelto a escucharla en su versión original y en la versión española de Paco Ibáñez.  No me ha resultado difícil llegar a la conclusión de que prefiero terminar en el bando de los heterodoxos, de los que tienen mala reputación, de los que remolonean cuando suena la música militar, de los que andan poniendo zancadillas a los perseguidores, de los que salen del camino, de los que tratan de evitar ese mayor pecado de no seguir al abanderado. Y por eso mismo estos días de confinamiento emborrono cuartillas con una sola palabra, con una sola sílaba que encierra todo lo que he querido decir en este escrito: NO.
 
 
 


Madrid, 10/05/2020.-

Hermenegildo Altozano,

Socio responsable del área de energía y recursos naturales de Bird&Bird.
Miembro del Consejo Académico de Fide.

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