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Navegar es necesario, vivir no


Los planteamientos y los esfuerzos técnicos, políticos, económicos, etc. son necesarios, claro, pero insuficientes si no cambiamos nuestras actitudes y creo que en eso estamos la mayoría de la gente, afortunadamente.



Personas con mascarilla en el Aeropuerto de Barajas.
Personas con mascarilla en el Aeropuerto de Barajas.
"Cuando estaba a punto de zarpar, [Pompeyo] se levantó sobre el mar un fuerte viento, y los pilotos vacilaron; el subió el primero a la nave, ordenó levar el ancla y gritó: “Navegar es necesario; vivir no”. Gracias a este acto de audacia y celo, acompañado por la buena suerte, llenó de grano los mercados y de barcos el mar, de tal manera que la abundancia de esta provisión abasteció incluso a los pueblos extranjeros y, como si manase de una fuente, se derramó generosa sobre todos” (Plutarco, Vidas Paralelas, VI, Gredos 2007).
 
Recuerdo las terribles historias de la Guerra Civil que nos contaba mi padre, historias de odios, hambre y miedo, pero también de esperanza, generosidad y reciedumbre. Cuando mis hermanos y yo nos quejábamos porque no nos gustaba la comida nos decía “qué bien nos vendría una guerra de un mes sin muertos”. Mi padre, a pesar de haber sufrido tantísimo, como tantísimos españoles, los estragos de la guerra, siempre fue un hombre íntegro, alegre, generoso, optimista y de buenos sentimientos. Esta crisis me ha recordado el testimonio de vida de mi padre y de tantos otros hombres ejemplares de su generación que he tenido la suerte de tratar.
 
He recordado también una frase de Julián Marías, a quien tuve la suerte de tratar cuando yo estaba en la universidad: decía que, “más que preocuparnos por qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos, había que preocuparse por qué hijos íbamos a dejar a nuestro mundo”. De esto se trata: de que aprendamos a ser mejores para hacer un mundo mejor y crisis como esta nos pueden ayudar a replantearnos nuestras actitudes.
 
Hace muchos años que creo, como tantos otros, que en nuestro mundo acomodado nos hemos alejado de la realidad, de la vida de verdad. Nos hemos creído que la vida es ser feliz, con una idea muy chata de la felicidad, que consiste en estar bien, en pasarlo bien uno mismo y los que uno tiene cerca.
 
Hay un refrán que dice, más o menos, “cada vez que considero que me tengo que morir tiendo la capa en el suelo y no harto de dormir”. Ese es el problema de nuestro mundo acomodado, uno de ellos, al menos: que, ante la certeza de que nos tenemos que morir, sacamos esa realidad (la muerte) de nuestra vida y buscamos pasarlo bien mientras esto dure.
 
Lo importante no es si Dios ha muerto o no (Marx, Nietzsche, Freud, etc.), sino que cada uno de nosotros hemos de morir irremediablemente. Esto no tiene discusión y solo teniendo esto presente puede vivirse una vida auténtica y responsable. Porque creo que el horizonte de la muerte nos ayuda a tomarnos la vida en serio (“la vida es una cosa seria”, decía, creo, Zubiri). Solo ante el horizonte cierto de la muerte podemos vivir la vida como una aventura (“lo que va a venir”), sabiendo que tenemos que ir dando cuenta (a Dios, a nosotros mismos o a ambos) de qué vamos haciendo con nuestra vida y de que esta solo tiene sentido pleno si vivimos desviviéndonos, desviviéndonos por nuestra vocación, por nuestro trabajo, por los demás, por nuestros ideales.
 
Para que el hombre sea moriturus -el que ha de morir- la muerte tiene que alojarse en su biografía, tiene que adquirir dentro de ella, no ya un lugar, sino un puesto necesario. Y esto quiere decir una siginificacion” (Marías, Antropología metafísica, 1973)
 
Esta crisis nos ha puesto cara a cara con la esencial menesterosidad de la vida; sabíamos que el mundo había muchas calamidades, mucha gente sufriente, pero lo sabíamos un poco solo intelectualmente, no vitalmente. Claramente, estoy generalizando, pues sé que hay mucha gente que se toma la vida en serio y la vive desviviéndose; pero tengo la impresión de que, sin perjuicio de tantos héroes del día a día, en nuestro mundo acomodado hemos vivido en un ambiente de cierta indolencia, de cierto egoísmo, de cierto oportunismo, de una cierta adolescencia subvencionada (Gomá), de una cierta idolatría del bienestar individual, del dinero, del poder, de la fama, del propio cuerpo y de uno mismo en su propia torre de marfil.
 
Y espero que esta crisis que se ha colado en nuestras casas nos despierte del letargo y nos fortalezca. Cuando los mercados, las instituciones políticas y económicas, la política, los ideales en que estábamos instalados, etc. fallan, entonces, nos tenemos a nosotros mismos; es entonces cuando hay que profundizar en el humanismo y cultivar la interioridad.
 
Esta crisis pasará, pero habrá otras; hasta hace no mucho las crisis y las calamidades se quedaban confinadas en ciertas comunidades y territorios o países; eso se ha acabado; hoy todos los fenómenos sociales y económicos son planetarios (globales, como se dice ahora) y ya nadie está a salvo en su cómoda burbuja. Hoy es el coronavirus, pero tenemos también la guerra de Siria, el terrorismo, el fanatismo, la pobreza y la marginación de tantas personas que claman al Cielo.
 
Los planteamientos y los esfuerzos técnicos, políticos, económicos, etc. son necesarios, claro, pero insuficientes si no cambiamos nuestras actitudes y creo que en eso estamos la mayoría de la gente, afortunadamente. Esta crisis no debe sumirnos en el pesimismo, sino impulsarnos más aún a la conversión (laica o religiosa) con optimismo-realista. La clave es a mi modo de ver más responsabilidad, solidaridad, aceptación del modo de ser diferente los demás, cumplir cada uno su obligación (por modesta que sea), integridad, rectitud, respeto a la palabra dada, espíritu de servicio, de milicia bien entendida, etc. Hace unos años dijo Michel Camdessus (director general del FMI) en una conferencia a la que asistí que de nada servirían las reformas de las instituciones si no nos reformábamos cada uno de nosotros.
 
En estos días he oído decir que esta situación que vivimos en España parece una película; es verdad, pero es mucho más que eso: es la vida misma, que vuelve a recordarnos que somos seres esencialmente menesterosos y que ni el dinero ni el poder ni el trabajo ni los títulos académicos, que nada de todo eso es nada por sí mismo, y que estamos (felizmente) unidos unos a otros en un destino común (la noogénesis y la noosfera de que hablaba Theilard de Chardin). 
 
Nuestra juventud necesita estos ideales, necesita redescubrir el valor del esfuerzo, de la austeridad, de la autoprivación, de la solidaridad, del respeto de los demás, de la naturaleza y de las cosas que salen de la mano del hombre, del estar atentos a las necesidades de los demás, de la vida vista desde la muerte, no como un sentimiento macabro, como dicen algunos, sino como la única perspectiva que nos permite instalarnos auténticamente en la realidad y aprender que vivir y morir por las causas nobles y por los demás vale mucho la pena. Podemos aprender mucho de San Agustin y de San Ignacio, pero de esto quizá hable en otro momento.
 
Madrid, 18/3/2020.-

Jesús Almoguera

Abogado de J Almoguera Abogados. Especializado en arbitraje, M&A, private equity, corporate finance, restructuraciones y litigios complejos. Miembro de la Corte de Arbitraje Española y de la Junta Directiva del Club Español de Arbitraje (CEA).  Árbitro de la Corte de Arbitraje de la Cámara de Comercio e Industria de Madrid, de la Corte de Arbitraje CIMA y de la Corte de Arbitraje del Colegio de Abogados de Madrid. Miembro de la Comisión de Arbitraje de la Cámara de Comercio Internacional de París (CCI) y del World Business Law Institute de la CCI. Afiliado a la London Court of International Arbitration (LCIA). Licenciado en Derecho y en Ciencias Empresariales UPC-ICADE. Miembro del Consejo Académico de FIDE.

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