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Necesitamos más humor del bueno


Una sociedad educada en el humor sería una sociedad sana. “Un pequeño paso para el humorista, pero un gran paso para humanidad”.



Los seres humanos hemos sido bendecidos con un don que nos diferencia de los animales, o mejor dicho de los demás animales. El humor. Es esa habilidad que tenemos las personas de presentar la realidad vista desde su lado cómico, ridículo, risueño e incluso inocente. Pero esta habilidad innata la tenemos a nuestra disposición no solo para sentirnos bien con nosotros mismos mediante la risa, sino que tiene el poder de hacer reír a los demás. Se trata de un arte que cualquiera puede mostrar y desarrollar. Sonrisa, risa y carcajada son las placenteras reacciones ante el humor. La sonrisa es un grado leve del estado de ánimo provocado por el humor. Mediante una mueca curvando la boca hacia arriba manifestamos que estamos contentos, aunque se trata de un gesto fácil de simular por educación, cortesía o lástima ocultando que en realidad algo no nos ha hecho gracia. Es decir, la sonrisa puede no ser sincera. Luego tenemos la risa, que es más difícil de disimular porque es una respuesta biológica de nuestro organismo ante determinados estímulos, como la tos o el estornudo. Si algo nos hace reír es porque nos ha hecho mucha gracia y nuestro cuerpo lo demuestra con la onomatopeya jajaja. Pero el grado superlativo del humor es la carcajada, que es la risa impetuosa y ruidosa. Es incontrolable si algo la provoca. La carcajada no se puede fingir. Además, va acompañada de un lagrimeo y una coloración rojiza de la cara. La carcajada suele ser contagiosa, muy contagiosa. Hay pocas personas inmunes a la carcajada de otro. Se propaga más rápido que el coronavirus. Este tipo de alegría provoca una liberación de endorfinas brutal que nos hace sentir estupendamente. Pero no surge así como así. Son excepcionales las ocasiones en las que nos desternillamos de risa, expresión que proviene del efecto de esa risa incontrolada que a veces provoca pequeñas molestias en las ternillas o cartílagos de la mandíbula. La carcajada es como una especie de locura transitoria. ¡Bendita carcajada que nos aleja de la cruda realidad por unos instantes! 
 
El humor tiene muchas y muy buenas propiedades. Es un antídoto contra la adversidad. Es argamasa: une y jamás separa. Eso se debe a que está desprovisto de ideología. Así es. No tiene ideología. Solo busca sacar una sonrisa, hacer reír, provocar una carcajada. Es amable y cercano. Y es universal. Puede manifestarse de muchas y muy variadas formas: a través del chiste, del chascarrillo, de una ocurrencia, haciendo el ganso. Antaño eran muy populares los chistes de Jaimito, y de sus travesuras inventadas proviene la expresión de “hacer el Jaimito”. “Mamá, mamá -dice Jaimito-. ¿Qué te pasa Jaimito? - Que en el cole me llaman perruno, mamá - ¿Pero desde cuándo te llaman perruno en el cole hijo? – desde que era un cachorro mamá”. En todos los grupos de amigos y familias siempre hay algún Jaimito que nos hace la vida más divertida. Y lo que es mejor, tendemos a estar rodeados de este tipo de personas. Nos atraen porque nos hacen sentir bien. Atraen el buen rollo. Y eso es precisamente lo que queremos en nuestras vidas, buen rollo, aunque a veces la vida o nosotros mismos lo pongamos difícil.
 
Si no conseguimos estar bien con nosotros mismos surge una suerte de resistencia al humor que lo transforma en su lado oscuro, el mal humor. Este estado de ánimo puede ser transitorio. Si es así, no pasa nada. La cosa no es grave. Todos podemos tener un mal día, y si esto sucede aparece el mal humor. Pero cuando se cronifica esta situación, la cosa cambia. Te conviertes en un cascarrabias, en un cortapuntos, en un aguafiestas. Te enojas con facilidad. Todo te sienta mal y a todo el que te rodea le haces sentir mal. Ni Jaimito ni nadie te saca una sonrisa. Es como si de todas las mañanas los tufillas despertasen en un día gris que los acompaña hasta la noche, con riesgo permanente de tormenta, que muchas veces llega con rayos y centellas. Este tipo de personas tiende a la soledad o a rodearse de sus álter ego. Levantan una cortina invisible de negatividad a su alrededor que no se ve, pero se percibe. ¡Vaya que si se percibe! Y si pasas demasiado tiempo junto a este tipo de personas corres el riesgo de que el mal humor te posea, haciéndote decir y hacer cosas que no deseas. Deberían existir exorcistas del mal humor. Bueno, el caso es que ya existen. Son los humoristas. Estoy seguro de que un malhumorado que pasase unas sesiones de barra de bar con, por ejemplo, Leo Harlem, el Comandante Lara o, si viese, Chiquito de la Calzada, se curaría de su estupidez, porque al fin y al cabo el mal humor es eso, una estupidez.
 
Dicho lo cual, me pregunto si nuestra clase política y todo lo que le rodea, esto es, la prensa especializada que se acuesta y se levanta con estos asuntos, sabe lo que es el humor y sus beneficios, porque lo que practican es el mal humor y sus perjuicios. Cuando te asomas a la ventana de la política y ves a todos los profesionales que se dedican a ello, tienes la sensación de que están permanentemente chupando un limón o bebiendo un vaso de vinagre. Todo el santo día a la gresca. Todo el santo día refunfuñando. Todo el santo día quejándose por esto y lo otro, aunque esto y lo otro también lo hayan hecho o dicho ellos antes. Todo el santo día intentando meterle el dedo en el ojo al adversario. Todo el santo día a punto de explotar. Y claro, tú, que eres un ser humano permeable, te ves afectado, tu cabeza empieza a girar como la de la niña de la película El Exorcista y de repente te expresas en lenguas muertas echando espuma verdosa por la boca. Entonces, si la fuerza te acompaña, usas el poder de la tecnología para apagar la televisión, la radio o el móvil, volviendo otra vez a tu ser, salvo que hayas tenido una exposición prolongada a la mala leche de la política, porque si es así, quieres reventarle los tímpanos al vecino con la olla exprés o romper la calle con las señales de tráfico, que para eso están ¿no? Sería maravilloso ver que la política puede sacar provecho del humor en su vertiente positiva. Seguro que todo mejoraría. ¿Por qué no? Y, esto me lleva a pensar que nos deberían educar en el humor desde pequeños en el colegio, en nuestras casas, en la sociedad. Todos nacemos con determinadas aptitudes físicas o intelectuales, o ambas, que a través de la educación y la práctica aprendemos a perfeccionar, poco, algo o mucho. Pero nadie nos educa en el humor. Sería maravilloso una asignatura en la que los profesores fuesen humoristas. Esta enseñanza no debería serle hurtada a los que ya no estamos en edad escolar. Debería ser obligatoria como el carné de conducir. Una sociedad educada en el humor sería una sociedad sana. “Un pequeño paso para el humorista, pero un gran paso para humanidad”.

Pedro Merino Baylos

Socio en BAYLOS

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