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Obituario: Antonio Rodríguez de las Heras

Por Teresa Rodríguez de las Heras Ballell


Confiemos que de la catástrofe hagamos crisis. Y para ello, nos corresponde ahora seguir conversando y hacer el futuro. No puedo imaginar un homenaje mejor.



Fotografía realizada por Clara Rodríguez de las Heras Ballell  1 de enero de 2020, Msheireb Museums, Doha, Qatar
Fotografía realizada por Clara Rodríguez de las Heras Ballell 1 de enero de 2020, Msheireb Museums, Doha, Qatar
En una de sus últimas conferencias antes del confinamiento - una TEDx Talk en la Universidad de Valencia - dejaba en el aire unas palabras provocadoras “El futuro no es ‘por-venir’, está ‘por hacer’” y añadía “tenemos que construir utopías para salir del presente”. El 4 de junio de 2020, Antonio Rodríguez de las Heras, mi padre, fallecía por coronavirus. Entonces el presente se detuvo…y sus palabras resonaban como una arenga para quienes nos quedábamos. Ante el mundo frágil, incierto y vulnerable que deja esta catástrofe de la pandemia, no pueden ser sus palabras más oportunas, casi premonitorias. Tenemos todo el futuro por hacer y la responsabilidad de construirlo. Pero, sobre todo, estas palabras condensan y reflejan una actitud ante la vida, una visión inconformista, valiente y responsable que anima a construir utopías, imaginar mundos posibles (o imposibles pero imaginables) y a salir del presente para hacer el futuro. Esta ha sido la forma, la actitud y la visión con la que mi padre ha hecho “su mundo en un lugar”. Ha vivido haciendo futuro.
 
Con creatividad, imaginación y sabiduría, ha entendido como pocos el verdadero significado de La vida en digital, la transformación digital de nuestra sociedad, de nuestra cultura, de nuestra civilización. Sus trabajos, pioneros, reflexivos, cargados de bellas metáforas y escenarios imaginados para pensar la realidad, han ofrecido una mirada única del y al mundo digital desde la serenidad, la pausa reflexiva y la responsabilidad de quien es consciente de que el futuro depende de nosotros. En su permanente estudio y experimentación sobre las formas, los recursos y los medios para mirar y narrar el mundo, ha combinado con maestría poética el valor de la imagen y de la palabra, la recuperación de la oralidad - la oralidad digital - ante la cultura escrita, y la recreación y el renacimiento del discurso en la pantalla.
 
Innovó, desde sus primeros trabajos sobre el hipertexto - Por la orilla del hipertexto (Apple European University Consortium), publicado en español, francés e inglés -, experimentando con la imagen y la palabra, desde la comunicación fugaz de “corros” y “plazas”, aclimatada a la perfección a las redes sociales; sus MOOCs en las plataformas edX y MiriadaX (Utopedia, La biblioteca vacía, Educación para una sociedad del conocimiento); sus artículos semanales en bez.es y posteriormente en El País Retina con Los alefitas: la vida en digital , escenarios imaginados para la reflexión; o sus libros – Navegar por la información, Premio FUNDESCO de Ensayo; y Metáforas de la sociedad digital y La red es un bosque , los más recientes - y publicaciones en otras formas y formatos, algunos ya aquejados de la obsolescencia tecnológica - El esplendor de la escritura; Los estilitas de la sociedad tecnológica; Historia interactiva de la Humanidad; Nuevos espacios; Imagen y Memoria de la UGT; San Petersburgo antes de la Revolución...
 
Como historiador, fue pionero en el desarrollo de la historia del tiempo presente y, desde ahí, con esta misma comprensión del impacto crítico de la tecnología en la transformación del mundo, de la cultura y la educación, abordó, con un toque personal y único, las humanidades digitales. Las Humanidades no eran para él ni una disciplina ni una profesión, eran una actitud vital, una cosmovisión. Frente a un modelo educativo que se empeña en especializar, dividir y fragmentar en asignaturas y programas, en trazar una barrera infranqueable entre “ciencias” y “letras”, él paseaba con equilibrio de funambulista sobre todos estos terrenos mal concebidos como compartimentos estancos. Era un humanista en su sentido renacentista, pleno, convencido de que la sociedad del conocimiento necesita científicos, maestros y artistas. Una visión y una creencia que ejemplariza su trayectoria vital y que no le era nada extraña en su entorno familiar.
 
Comienza su formación universitaria estudiando Física en Madrid, pero sus intereses literarios, y una ya entonces sentida necesidad de hacer convivir la formación científica y la humanística, le llevan a inclinarse por continuar estudiando Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca. Escribía entonces para el Mirador Literario de ABC, dirigido por Ángel Mª de Lera (del que hizo su biografía, EPESA 1971), haciendo entrevistas a escritores – Buero Vallejo, Cela, Espriu, Matute, Delibes, José Hierro, Cunqueiro Goytisolo, entre otros -. Con esta formación, siempre mantuvo una mente abierta y brillante que fluía con comodidad entre los campos científicos y literarios, sociales y artísticos.
 
A este espíritu y actitud humanistas había ayudado además un entorno familiar que combinaba con naturalidad esas diversas aproximaciones a la vida. Nació en Vigo en 1947 donde su padre, mi abuelo, licenciado en Ciencias Químicas en la Universidad de Salamanca, fue el director del Centro Oceanográfico de Vigo del Instituto Español de Oceanografía (1941-1958) y fundador y decano del Colegio Oficial de Químicos de Galicia. Pero, junto a su formación científica, su padre era también músico, con estudios de piano y violín; una música que veneraba y que practicaba con devoción. Mi padre recordaría siempre, y nos contaría tantas veces, los conciertos que regularmente se organizaban en casa bajo la batuta de director de su padre. Por otro lado, el origen salmantino de sus padres les unía con lazos de cercana e íntima amistad con las familias Unamuno y Villalobos. Mi padre escribió su tesis doctoral, una biografía de Filiberto Villalobos, ministro de Instrucción Pública durante la II República, en la casa de Miguel de Unamuno.   
 
Su carrera académica se inicia en 1974 en la Universidad de Extremadura, a la vez que comienza una relación discipular con el historiador Manuel Tuñón de Lara que le lleva a la Universidad de Pau (Francia). En años siguientes sería profesor en la Sorbona y en Paris VIII - Vincennes-Saint Denis. En 1991, se incorpora como catedrático en la Universidad Carlos III de Madrid, donde desarrolla su proyecto sobre la intensa interacción entre Humanidades y Tecnología como fundador de la Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación, de la que fue Decano, y la creación del Instituto de Cultura y Tecnología del que fue director. Convencido del valor de la educación fue director del Laboratorio del Centro EducaRed de Formación Avanzada (Fundación Telefónica) y director del Máster en Innovación Educativa. Laboratorio de la Nueva Educación (UC3M, ILE, Fundación Estudio). En FIDE descubrió ese lugar para la reflexión que permite “hacer futuro” y participó así en diversas iniciativas, en particular, activamente en el GT sobre Monedas Digitales. En 2018, fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Extremadura. Su discurso comienza citando palabras de José Luis Sampedro. Palabras sencillas, cotidianas, pero cargadas de significado: “Gracias. Muchas gracias a todos”. Una lección de sabiduría y una receta para la felicidad: “El balance de una vida es el de una deuda de agradecimiento a los demás”, decía.
 
Con la curiosidad y la ilusión de un “explorador” y el coraje de un “aventurero” se adentraba en los terrenos intelectuales para contribuir siempre con reflexiones generosas, aportaciones respetuosas y maravillosas metáforas. Siempre con una palabra atinada que buscaba trenzarse en una conversación y, por eso, receptiva, empática, humilde y prudente. Era una palabra convincente por convencida, era una palabra vivida, una palabra ejemplar, receptiva a la crítica, a la discrepancia, a la conversación. Precisamente, como en las figuras de los exploradores y aventureros que habitaron el imaginario de su niñez, quiso siempre escribir y conversar de lo que conocía, conocer de lo que hablada, experimentar sobre lo que reflexionaba, “pensar en el lugar”. Y así, viajó a la remota Isla de Pascua para inspirar su bella historia universal “Una historia ejemplar”; viajó (viajamos) a Laetoli (Tanzania) para situarse junto a las huellas de los tres cuerpos erguidos, bípedos, que encontró la paleoantropóloga Mary Leakey y observar el entorno sobre el que escribiría; a Alejandría (Egipto) y a Éfeso (Turquía) para su Biblioteca vacía; a Peenemünde (Usedom, Alemania), Bletchey Park (Reino Unido) y Trinity Site (Albuquerque, Nuevo México, Estados Unidos) para reconocer las fuentes de la sociedad del conocimiento; a Doha (Catar) para grabar su MOOC Utopedia frente al sugerente paisaje lunar donde emerge el conjunto escultórico de Richard Serra; a Sri Lanka para visitar la casa de Arthur C. Clarke;… navegamos por el Jónico para pisar Ítaca (quizás efectivamente la Ítaca homérica). Viajó, viajamos, y en cada viaje se asombró con una curiosidad y una ilusión cautivadoras y contagiosas, de la que fuimos partícipes, desde el primer momento, mi madre, mis hermanos y yo, y que permanecerán siempre en nosotros.
 
Pensó y narró el mundo a través de grandes metáforas: los muros, el fuego, la memoria, la palabra, el libro, la pantalla, las catástrofes. Con su habitual lucidez, entendió que el “impacto ciego de la catástrofe” del Covid-19 “no se había anticipado con una crisis”, con una reflexión pausada, anticipatoria y consciente de la necesidad de transformar nuestro modelo de vida. Confiemos que de la catástrofe hagamos crisis. Y para ello, nos corresponde ahora seguir conversando y hacer el futuro. No puedo imaginar un homenaje mejor.
 
 
Frente al mar, en Sancti Petri, Cádiz
Teresa Rodríguez de las Heras Ballell

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