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Opinión y ciencia del coronavirus

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 25/05/2020.-


Las razones manejadas por la medicina, la biología y, en general, la ciencia, con respecto a las causas de la pandemia pugnan, en muy desigual batalla, con aquellas otras que circulan por calles y foros, de carácter mucho más pragmático.



Decía el profesor Gaspar Ariño que en esta vida, para saber, se requieren tan solo dos cosas: “leer El Quijote y leer la Biblia”, para añadir después, tras un breve silencio: “y leer la prensa a diario”.
 
Las noticias llegan por sí solas en estos días, sin que apenas sea necesario realizar esfuerzo alguno para buscarlas, pero responder con cierto fundamento a todos los interrogantes que las mismas plantean requiere, ciertamente, de herramientas más potentes y precisas que las que proporciona la prensa.
 
Resulta así muy difícil, a la luz de los acontecimientos que nos rodean, no pensar en determinados pasajes de la Biblia, como el de las plagas de Egipto, por el hecho mismo de la pandemia, y, entre ellas, en particular, en la muerte de los primogénitos, por el carácter selectivo que parece mostrar el coronavirus; el pasaje de la destrucción de Sodoma y Gomorra, por la desolación que la enfermedad deja tras de sí y la huida sin mirar atrás a la que aboca, incluso a los más allegados a las víctimas, que ni siquiera pueden despedirse de sus seres queridos; el del diluvio universal, por la devastación generalizada que ha provocado el virus y el aislamiento que conlleva; la interpretación del sueño del faraón de las siete vacas gordas y de las siete vacas flacas por parte de José, por la cris económica que se ha generado tras años de bonanza económica; y el de la torre de Babel, por la confusión, desconcierto y discordia que se están creando entre las naciones.
 
En función de las causas y de los efectos de la pandemia que se contemplen, la explicación de esta puede hallarse en uno u otro pasaje de la Biblia, o en varios de ellos a la vez.
 
La ciencia se ha esforzado por ofrecer una explicación racional y plausible de muchos de esos sucesos, cuyo origen la Biblia sitúa en la cólera de Dios ante las iniquidades de los hombres, y cuya desaparición sitúa, en cambio, en la misericordia de Dios y en su amor por la humanidad que ha creado. Acontecimientos tan extraños como la muerte de los primogénitos por el ángel exterminador han encontrado así una explicación en clave estrictamente científica, aunque la explicación más estremecedora es, sin duda, la del diluvio universal, que lo relaciona con la erupción de un supervolcán, lo que provocó la disminución de la humanidad a varios miles de individuos, motivo que permitiría clarificar la proximidad de la carga genética de todos los seres humanos.
 
Resulta llamativo que esa búsqueda de explicaciones de sucesos narrados en la Biblia desde un punto de vista estrictamente científico, a través de la cual se pretende situarlos dentro de un marco racional y creíble, sea también, respecto del coronavirus, un simple modo más de aproximación, comprensión y entendimiento del mismo, sujeto completamente a los vaivenes de la duda o, más aún, de lo opinable, y que la mirada de la humanidad en la búsqueda de causas y efectos y en la reflexión sobre los mismos se centre, más bien, en aspectos muy poco o nada científicos, más propios de la Biblia, de El Quijote, o de cualquier otra obra literaria de naturaleza similar a este.
 
Las razones manejadas por la medicina, la biología y, en general, la ciencia, con respecto a las causas de la pandemia pugnan, en muy desigual batalla, con aquellas otras que circulan por calles y foros, de carácter mucho más pragmático: la explotación sin medida de la naturaleza; la falta de previsión en períodos de bonanza; el desarrollo técnico sin base humana; la globalización al margen de las personas; una creencia y confianza desmedidas y sin fundamento en las capacidades del hombre y en el progreso continuado de la humanidad; el abandono a terceros de sectores y producciones más o menos estratégicas, etc.
 
En cuanto a los efectos del coronavirus, estos se observan también, de forma mayoritaria, en una esfera similar, ajena a los paradigmas científicos: la fuerza de la solidaridad y de los lazos entre personas; el valor de la humanidad y de la ayuda; la importancia de la familia y de los vínculos personales; el reconocimiento de las limitaciones del hombre; la necesidad de invertir recursos en cuestiones vitales y no accesorias; una remuneración más acorde con el esfuerzo y el servicio a los demás; la conciencia de la existencia de una responsabilidad colectiva en el desarrollo de los acontecimiento, etc.
 
Este modo de entender los fenómenos que escapan de nuestras capacidades, alejado de paradigmas estrictamente científicos, ya se observó en los fenómenos atmosféricos que experimentó el levante peninsular en el mes de enero, conocidos con el nombre de “borrasca Gloria”, respecto de los cuales se utilizaron argumentos tales como que la naturaleza se rebeló y recobró para sí el lugar que ocupaba y que le había sido arrebatado furtivamente por el hombre, escupiendo de sus entrañas los desechos que se le habían arrojado.
 
Muchas de las afirmaciones o reflexiones que se hacen desde esta nueva y antigua perspectiva, que actúa a modo de concentrado práctico de memoria colectiva, pueden tener un cierto trasfondo o base científicos, como el de la biodiversidad destruida, pero las reacciones generales se mueven, mayoritariamente, en una órbita más próxima a la que reflejan los sucesos bíblicos y las enseñanzas de El Quijote que a las que proporciona la ciencia. Con todo ello, parecen haberse redescubierto otros valores y seguirse una luz de naturaleza diferente, ajena a la científica; una luz que antes parecía engañosa e incierta, pero que ahora se perfila como más creíble y firme.



Madrid, 25/05/2020.- 

Luis Antonio Sanz Valentín

Doctor en Derecho.
Abogado en el Departamento de Derecho de Marimón Abogados.

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