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PSD2: las siglas que esconden la madre de todas las batallas, por Enrique Titos




Usando como marco el artículo de Francisco Uría sobre PSD2 y la reflexión reciente en la Fundación Fide sobre la nueva directiva de pagos europea, es claro que las implicaciones de la norma, cualquiera que sea su forma final, aún pendiente de especificaciones técnicas que ha de proveer la European Banking Authority (EBA), serán nucleares en la definición del panorama competitivo no sólo en el ámbito de los pagos, sino en el propio negocio bancario.

La actividad de los bancos entraña un conglomerado de actividades financieras, entre las cuales está la capacidad de tomar depósitos de clientes (actividad regulada por licencia bancaria), la concesión de préstamos, la gestión de activos, servicios de asesoramiento financieros o la realización de pagos por cuenta de sus clientes, entre otros. El modelo de negocio bancario es extremadamente complejo y no es extraño que crisis de confianza en un banco concreto se extienda rápidamente a otros ante la similitud de los modelos respectivos, donde no siempre es fácil discriminar.

Por el contrario, los nuevos entrantes, sean startups fintech o grandes tecnológicas (por ejemplo Amazon), en general no quieren la licencia bancaria, pero quieren una parte del pastel, y abordan parcelas que replican de principio a final a través de un diseño y una interacción mucho más digital y satisfactoria para el cliente. O en el caso de Amazon, puede interesarle el negocio de pagos, integrado con su tienda de comercio electrónico, o la capacidad de prestar dinero a PYMEs usando sus sistemas de información para hacer scorings crediticios más afinados. Sus negocios consisten en crear modelos de crecimiento exponencial con costes marginales tendentes a cero. En cualquier caso, los pagos van a pasar a ser un "commodity invisible" en la dinámica del comercio futuro.

Por ello, PSD2, adicionalmente a ampliar el campo actual de juego de los pagos con la incorporación de nuevos actores (como los iniciadores de pagos y agregadores de servicios de información) con unas capacidades digitales nativas o sin el obstáculo de sistemas tecnológicos pesados u obsoletos, ha de ser interpretado como una normativa que va a posibilitar la disrupción más completa en el modelo de negocio de los bancos. Ninguna fintech hasta ahora ha supuesto una amenaza real a su modelo de negocio porque incluso los unicornios fintech (empresas que ya tienen una valoración superior a los 1000 millones de dólares), sólo han dominado la experiencia de usuario en un segmento, bien porque los limitados datos bancarios que pueden conseguir antes de PSD2 aún les sitúan por detrás de la banca en el control del dato, o porque aún no han conseguido el número de clientes y transacciones digitales que les permiten competir con la banca.

Pero todo cambia con PSD2.

El principal activo de la banca son los datos, y su utilización correcta (cada vez hablaremos más de su monetización como estrategia) es lo único que podrá retener no sólo la confianza sino el interés de los clientes más allá que la banca siga siendo el "depositario seguro" de su dinero. Pero con ello, la banca no podrá sostener ni los costes actuales, ni la rentabilidad que los inversores en el modelo actual de negocio bancario están exigiendo.

PSD2 exige a la banca hacer disponibles los datos de los clientes, bajo una serie de requisitos, a los nuevos jugadores digitales a través de APIs (Application Programming Interface). Estos a su vez desarrollarán servicios de valor añadido que pueden fácilmente sustituir a la banca como relación principal. La banca "invisible para el cliente" es posiblemente la peor noticia para la banca. Por tanto, entre las distintas opciones de acción disponibles para la banca frente a PSD2, no parece que limitarse a cumplir estrictamente con lo que estipule la norma sea la decisión más acertada. Es por tanto, el momento para las entidades financieras de afrontar el futuro de su modelo: qué quieren ser de mayores, dentro de una ambición realista. Francisco González, presidente de BBVA, quiere que su banco sea más apreciado como empresa digital que como banco. En el futuro todos los bancos serán digitales o no lo serán, aunque mantengan un equilibrio entre distribución a través de oficinas o personas y un ecosistema digital de relaciones a través de distintos canales digitales.

Esta nueva situación incita a reflexionar sobre cuántos bancos puede haber en el futuro, y la respuesta no puede ser simple. Los bancos han disfrutado históricamente de la barrera de entrada de una elevada y compleja regulación y altos requerimiento de capital, pero como hemos visto, la sola licencia bancaria no es suficiente para que estos conglomerados financieros alcancen un RoE por encima de su coste de capital. Especialmente en países como España, el banco como proveedor en exclusiva de servicios financieros (modelo "one stop shop"), y la baja educación financiera permitió que la banca minorista fuese rentable casi de forma generalizada. El coste asociado al elevadísimo número de oficinas por habitante se compensaba con los ingresos por oficina, especialmente en la época del boom inmobiliario. Son tiempos que no volverán: el asesoramiento independiente va a seguir ganando cuota en la gestión del ahorro e inversiones, y la cuota de crédito tanto hipotecario como personal que tienen los bancos seguirá reduciéndose a favor de los mercados de capitales y nuevas fórmulas de inversión como los vehículos colectivos o los intermediarios digitales. Por tanto, la banca retendrá la licencia bancaria, pero sufrirá una competencia creciente en el resto de sus negocios. Si es así, y todo indica que vaya a ser el caso, ¿cual es el futuro de las aún decenas de licencias bancarias y bancos que aún pululan en distintos países, y no solamente en España? La respuesta no puede ser otra que la especialización: hacer de todo y con escala sólo estará al alcance de los grandes bancos, pero sólo si se mueven con la agilidad de un elefante rejuvenecido. Además, las barreras de la competencia desaparecen a golpe de clic en función de la experiencia de usuario y la calidad de la oferta de productos y soluciones. Al nuevo cliente le importa menos la estructura que está detrás que la forma en la cual la banca le resuelve sus problemas financieros. Pero una vez más, los bancos no pueden vivir sólo de la rentabilidad de la actividad de depósitos que hoy casi no se les disputa (salvo que se reduzca mucho el precio de las licencias bancarias).

Por tanto, y aunque no sea de forma inmediata, habría que pensar en el efecto sistémico de la inadaptación a los retos para el modelo de negocio que implica PSD2, ya que puede convertirse en el detonante de una pérdida de negocio "tradicional" que llegados a un punto puede cuestionar la confianza en al menos parte de los integrantes del mapa bancario. En Reino Unido, la Financial Conduct Authority así parece haberlo entendido y ha liderado la iniciativa Open Banking, consistente en impulsar unos standards técnicos en el desarrollo de las APIs bancarias, consciente de que es una cuestión del sistema y no sólo de las entidades individuales (una colaboración dentro de un entorno competitivo). En la UE, habrá que ver cual es la actitud de la EBA, del ECB y de los supervisores nacionales de entidades de crédito.

La respuesta ha de ser por tanto una redefinición de la estrategia del modelo de negocio que lleve aparejada una estrategia de APIs (el nuevo modo de comunicación e interacción con proveedores y clientes). Nada más equivocado el pensar que es un reto de adaptación tecnológica de una norma regulatoria más, porque PSD2 tendrá efectos transformacionales. La normativa europea GDPR (Reglamento de Protección de Datos) tendrá una indudable importancia en el alcance práctico de los efectos de PSD2 ya que establecerá los estándares de protección de los datos del consumidor. Más que nunca hace falta una estrategia de datos dentro de una nueva estrategia de modelo de negocio.

Es posible que en los próximos dos años se empiece a clarificar el nuevo campo de juego cuando PSD2 y GDPR estén en pleno vigor. Para entonces, sabremos de la estrategia de los grandes operadores tecnológicos respecto un negocio que hoy domina mayoritariamente la banca. Y es difícil pensar que la regulación puede acabar obstaculizando una entrada generalizada de nuevos jugadores digitales que ofrecen mejores servicios y productos a los consumidores. Es prácticamente seguro que las tecnologías disruptivas habrán seguido avanzando en su aplicabilidad (inteligencia artificial, IoT, robótica,...) y los bancos han de volcarse en la innovación abierta entendiendo y llegando a acuerdos con los nuevos proveedores. La promesa y al tiempo amenaza de Blockchain será una realidad tangible en muchos modelos, si bien el carácter inmutable de sus registros puede chocar con derechos (por ejemplo, de retracto) de los clientes.

PSD2 debería ser un campo de observación para el sector de seguros. Ausente de normativa europea similar, los modelos de negocio del sector sufren cuando menos del mismo problema que el bancario: estructuras que sólo o mayoritariamente ofrecen productos o soluciones propias, no siempre las mejores y difíciles de comprender por el asegurado, una experiencia de usuario en la contratación, renovación y la gestión de siniestros que no está bien valorada por los clientes, y una distribución digital muy reducida dado el peso de los brokers y las redes de agentes. Ya están surgiendo y surgirán más propuestas de startups que harán más eficiente la cadena de valor (desde el aseguramiento ligado a siniestralidad personalizada, aseguramiento "on demand", experiencias digitales de producto más sencillas y satisfactorias, usando tecnologías de inteligencia artificial y extendiendo el uso de sensores conectados para el seguimiento del riesgo). Observando lo que late detrás del PSD2 de los bancos, las aseguradoras pueden empezar diseñar una estrategia de interacción con el ecosistema emergente de insurtechs y grandes tecnológicas que sin duda serán competidores en el futuro si no se convierten antes en aliados. 

Enrique Titos

Asesor estratégico, consultor e inversor en empresas y proyectos de transformación tecnológica. Miembro del Consejo Académico de Fide.




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