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¿Por qué hay tantos tontos, perdón, mediocres en la política?

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 19/06/2020.-


Sabemos que no siempre fue así. La historia nos ilustra con múltiples ejemplos, muchos de ellos recientes, en los que hombres y mujeres de probada capacidad e inteligencia, estuvieron al frente de sus respectivos pueblos en coyunturas críticas.



Lejos de resultar una pregunta retórica o una mueca de ironía se trata, en mi opinión, de una cuestión inquietante con profundos anclajes en nuestra realidad cotidiana e insospechadas derivaciones que van mucho más allá de la trivialidad más o menos morbosa. Sobre todo, porque somos plenamente conscientes de que no se trata de una especie de “estado natural”, de una correlación casi automática en la que la actividad política asumiera la función de sumidero al que aflorara la inmundicia procedente de las cloacas de la sociedad civil.
 
Sabemos que no siempre fue así. La historia nos ilustra con múltiples ejemplos, muchos de ellos recientes, en los que hombres y mujeres de probada capacidad e inteligencia, muchas veces arrostrando riesgos y haciendo acopio de generosos sacrificios, estuvieron al frente de sus respectivos pueblos en coyunturas críticas. No parece que pueda afirmarse con seriedad que exista un singular “atractor” en la actividad política que favorezca un incremento inflacionario de la estulticia más allá de la normal curva de distribución estadística.
 
Una respuesta al menos indiciaria a este singular enigma me la proporcionó un sugerente libro recomendado por un amigo -Javier Fernández Lasquetty- escrito por un profesor canadiense de la Universidad de Montreal, Alain Deneault, y cuyo título-Mediocracia -resulta muy esclarecedor. Aunque, ciertamente, la tesis de Deneault, adquiere un registro diferente a lo largo del libro, muchas de sus observaciones y conceptos resultan plenamente aplicables al reducido escenario de la vida política nacional.
 
En la sociedad digital de la modernidad tardía la actividad política se ha convertido en una profesión y no en un sentido figurado, sino académico. Es decir, se trata de una actividad curricular, en la que puede desarrollarse una carrera en el sentido tradicional, en la que se ejerce una función a cambio de una retribución y otras recompensas y, esto es muy interesante, no está abierta al talento, en el sentido en que sí lo están otras actividades o profesiones privadas.
 
La profesionalización o más exactamente el “profesionalismo” como lo denomina Deneault no es una característica privativa de la política. Es una consecuencia necesaria de la especialización del saber y de la aparición del experto como depositario de ese conocimiento y afecta en su totalidad al conjunto de saberes y disciplinas. Y también lo es la banalización del conocimiento que acompaña al desarrollo del profesionalismo.
 
El resultado de todo ello es la emergencia de una enorme masa de individuos esforzados, disciplinados y provistos de conocimientos técnicos intercambiables, una especie de “analfabetos secundarios” que jamás se cuestionan los fundamentos intelectuales de todo el entramado que soporta la estructura. En el horizonte se divisa ya el reino de la Mediocracia, un universo singular en que lo importante es “evitar las buenas ideas”, no desentonar con un innecesario atisbo de originalidad, la extensión de una especie de “principio de Peter” de carácter universal que codifica un grado de incompetencia intelectual que necesariamente cercena el intelecto.
 
Alain Deneault sostiene que la mediocridad se ha extendido como una mancha de aceite por todos los sectores y ámbitos de la sociedad: las empresas, las universidades, el comercio y las finanzas como una especie de consecuencia necesaria de la fuerza gravitatoria de la profesionalización banal del conocimiento. En mi opinión, incurre en una especie de “falacia del descubridor” dejándose seducir por la armonía y originalidad de su hallazgo extendiéndolo indiscriminadamente más allá de sus límites naturales. Dicho más simplemente, la tesis es original y fructífera, pero Deneault desconoce que paralelamente a esa singular “entropía” que favorece la mediocridad, la dinámica del capitalismo genera también esa incontenible “destrucción creadora” que mediante la competencia efectiva en mercados abiertos actúa en sentido contrario eliminando ineficiencias.
 
Es precisamente la competencia la que limita los efectos esclerotizantes de la uniformidad preservando y acotando determinados espacios, a veces muy amplios, en los que rigen normas de excelencia y selección que excluyen la ramplona mediocridad de la que se apodera la estulticia. La buena noticia sería que el reino de los idiotas tiene también sus fronteras.

Pero ¿qué sucede cuando esa inmunidad que proporciona la competencia está ausente? ¿O cuando los incentivos son perversos y se altera la naturaleza de esa competencia? En mi criterio, es entonces cuando los mediocres se apoderan del poder y asumen el control. Sin frenos, ni restricciones, que confinen su ámbito de la actividad, Mediocristán toma el mando.
 
Y si hay un ámbito en el que, precisamente, se ha instalado una modalidad de competencia perversa que proscribe el talento y fagocita las virtudes cívicas, favoreciendo una siniestra selección adversa que excluye del horizonte de posibilidades a los mejores y más valiosos, es, desafortunadamente, la actividad política. El problema no es sólo que esté plagada de incentivos perversos al margen de la remuneración clásica en una actividad profesional. Lo delirante es que se produce una inversión en los procedimientos de captación e incorporación a la actividad política en los que la competencia se desenvuelve al margen de cualquier modalidad del talento, por muy amplio que definamos el concepto, primando el conformismo, la lealtad incondicional y las pícaras y ladinas habilidades de un vulgar menestral. La política no es necesariamente el reino de los mediocres, pero hay muchos tontos, perdón, mediocres, porque está plagada de incentivos perversos que favorecen la selección adversa. Demasiados “lemons” y poca información para ocultar sus vergüenzas.
 
 
Álvaro Lobato
Patrono Fundador de Fide.
Madrid, 19/06/2020.-

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