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Retos y desafíos ante la pandemia, Una España en el balcón


Jamás habríamos pensado que esta situación podría llegar a ser real fuera de los libros o de las producciones cinematográficas. Pero sí, está aquí y nos ha cambiado muchas cosas en nuestra poliédrica personalidad y, sobre todo, promete cambiar algunas cosas en el futuro.



Dos vecinos conversan en el balcón de sus casas en Madrid durante la cuarta jornada laboral de aislamiento por el coronavirus. MARISCAL EFE
Dos vecinos conversan en el balcón de sus casas en Madrid durante la cuarta jornada laboral de aislamiento por el coronavirus. MARISCAL EFE
Jamás habríamos pensado que esta situación podría llegar a ser real fuera de los libros o de las producciones cinematográficas. Pero sí, está aquí y nos ha cambiado muchas cosas en nuestra poliédrica personalidad y, sobre todo, promete cambiar algunas cosas en el futuro.
 
Se trata de un hecho global que supera a cualquier escenario simulado de un experimento sociológico. Es un acontecimiento sin precedentes, brusco y agudo como ninguno, con un impacto contundente y múltiple desde el punto de vista sanitario, económico, político y, en definitiva, social -en el más amplio sentido de la palabra-.
 
Como humanos nos empequeñecemos ante la sensación de indefensión e incertidumbre que produce. Nos recluimos en un “arresto domiciliario” impuesto y aceptado por el estado de alerta. Una alerta que nos cuesta aceptar en sus efectos y consecuencias pues, sobre todo, limita la libertad de movimiento y nos confina en los hogares, contemplando la posibilidad de un período legal prorrogable indefinido que nos traslada al rol del recluso pendiente de sentencia.
Un confinamiento producto del asedio impuesto por una forma de vida invisible, con origen hipotéticamente conocido, pero no exento de sospechas conspiratorias y paranoicas, originado en una potencia mundial que, también, es el país más poblado de la Tierra.
 
Pero estamos en el año 2020 y el mundo analógico y presencial se puede limitar a los servicios mínimos -como en una huelga-, para dejar emerger un mundo digital que mantiene la vida económica y social y que aporta un valor incuantificable a la calidad del confinamiento de la ciudadanía.

Es la puesta de largo del teletrabajo, de la educación a distancia, de las gestiones administrativas a distancia, del entretenimiento “on line” y de las redes sociales. Una interconectividad en máximos históricos que constata que, una gran parte del planeta es, verdaderamente, una sociedad digital.
 
Tecnologías más clásicas se unen y se combinan con las tecnologías más disruptivas afanándose en dar solución a la emergencia sanitaria, a la logística alimentaria y a la atención social en todas sus facetas. Inteligencia Artificial y Big Data al servicio de la investigación médica; redes de comunicaciones y potencia de computación resilientes ante el riesgo de saturación y, sobre todo, el inagotable y agudo ingenio de la humanidad para aportar soluciones de forma acelerada.
 
Pero tecnología, logística o disposiciones de emergencia de los Gobiernos no son nada sin la red más resiliente de todas: la determinación de supervivencia del ser humano. Inteligencia, empatía, adaptación al nuevo entorno y, por supuesto, también, el humor. Todo ello son ingredientes indispensables para la receta que afronte los retos y desafíos de la extraordinaria situación.
 
Y ante acontecimientos extraordinarios, personas extraordinarias. Aplausos desde el balcón para animar y reconocer la también extraordinaria labor de los sanitarios; espontáneas muestras de generosidad humorística u ocurrente de anónimos ciudadanos que ofrecen música desde un balcón, que improvisan un bingo vecinal o que animan a una sesión de deporte doméstico en terrazas y balcones. Una muestra insuperable de una sociedad viva, humana y determinada a afrontar nuevos problemas con nuevas soluciones.
 
Ahora bien, no se debe olvidar que el confinamiento de un hogar español medio que cuenta con Internet, uno o varios televisores, equipos informáticos, reproductor de música, smartphones, microondas, refrigerador, calefacción y agua corriente; cuando no otras muchas comodidades del hogar, se aleja completamente de esos confinamientos que la sociedad occidental sólo ve en las noticias: los confinamientos de las ciudades sitiadas por la guerra o de los campos de refugiados, donde las condiciones de vida distan -años luz- de las de una familia media de los llamados países “occidentales”.
 
Estas semanas hemos tenido que renunciar a las actividades deportivas y lúdicas al aire libre, a los restaurantes y cafeterías, a salir de compras, a los cines y la vida social que nos caracteriza como seres humanos. Lo podemos suplir por ejercicio en casa, la comida a domicilio, el café de la Nespresso, las compras “on line” o el cine de Netflix.
 
El consuelo generalizado se basa en la visión comparativa de los humanos: “yo no puedo salir pero los demás tampoco”, por tanto, estamos todos igual y no generamos sentimientos de agravio comparativo.
 
Por tanto, nos encontramos en un escenario que los economistas calificamos como “un cisne negro” en el que tenemos que ser seres humanos optimistas y resilientes ante los retos; y conformistas al compartir restricciones comunes y tolerables ante desafíos extraordinarios, dotados de poderes sobrehumanos de base tecnológica.
 
Madrid, 18/3/2020.-

Ricardo Palomo

Catedrático de Economía Financiera en la Universidad CEU San Pablo, en la que fue Decano (2011-2015). Co-director de la Cátedra Extraordinaria “José Barea” del Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda. Socio de Dictum Abogados. Vicepresidente de la Fundación para la Innovación Financiera y la Economía Digital (FIFED) y Coordinador del Observatorio de Ética en los Negocios. Miembro del Consejo Académico de FIDE.

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