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“Sueñan los androides…” Y aún sueñan más los seres humanos

Reflexiones Sociedad Civil. Madrid, 11/4/2020.-


Desde muy antiguo se ha soñado con alcanzar la felicidad. Hoy ya no se trata únicamente de soñar. Sueñan los androides… y más aún sueñan los seres humanos.



Durante este confinamiento es recomendable la lectura y releer libros magníficos por segunda o tercera vez, reflexionando así mejor desde sus páginas. Yo dedico parte de mi tiempo de encierro a releer dos libros: “Don Quijote de la Mancha” y “Sapiens” de Yuval Noah Harari, una breve historia de la humanidad.
 
Este libro destaca la existencia de una gran diferencia de comportamiento entre los seres humanos y los animales que se basa en la cooperación por una creencia común y que al ser llevada a amplios territorios por los hombres, les ha permitido dominar el mundo y vencer a sus enemigos.
 
En estos días, ha vuelto a ponerse en peligro la supervivencia del ser humano. Por encima de rivalidades políticas o formas de gestión de la pandemia, todas las sociedades se han puesto en alerta y ha existido unanimidad en la total dedicación a la emergencia sanitaria y en la creencia común de la importancia de la dignidad de las personas. Esta creencia supera el ámbito geográfico de las naciones y demuestra que es necesario cooperar en un mundo global para lograr el éxito frente al Covid-19.
 
Nuestro enemigo común hoy es un virus, mañana podría ser otro: un mal, inventado por el hombre o externo a él, podría ser una bacteria o unos alienígenas, e incluso podría ser un sentimiento exterminador innato o trasladado a máquinas inteligentes y algoritmos.
 
Nos corresponde de manera urgente encontrar un mito común que unifique a la humanidad frente a los nuevos enemigos porque éstos serán globales y la respuesta ante ellos también tiene que ser global.
 
Algunos plantean que la solución está en la religión o en el ecologismo. Sin embargo, hasta ahora no han sido suficientes ni sus líderes han sido suficientemente escuchados.
Hay un sentimiento común que se ha puesto en marcha de forma natural durante estos días. Hemos visto muestras espontáneas de generosidad, bondad, amor y apego familiar… Existe una solidaridad en el ambiente que los gobernantes no son capaces de captar y transmitir.
 
Algunos siguen empeñados en hablar únicamente de la recuperación económica, pero eso no es suficiente porque el desarrollo no tiene sentido sin la subsistencia. Tenemos que elevar la vista porque la confianza en el estado del bienestar y la nación ha saltado por los aires con esta pandemia global y el futuro puede amenazar con situaciones aún más graves.
 
Cuando la subsistencia está en juego, no podemos limitarnos a confiar en el instinto de supervivencia porque llegaríamos demasiado tarde y, en la lucha por sobrevivir, el hombre puede volverse lobo contra el hombre, justificándose en la propia defensa y en la de los más próximos. Lo hemos visto estos días en algunas noticias de desabastecimiento por acumulación insolidaria o en la incautación de productos sanitarios por parte de gobiernos respecto de mercancías que no les pertenecen.
 
Es necesario encontrar una idea común que tenga una fuerza unificadora preventiva. La historia nos muestra que los hombres se unieron muchas veces para grandes empresas y para conseguir productos, tierras y poder, movidos entonces por la envidia, la codicia o el prestigio. Todas ellas son energías que apuntan hacia la exaltación del ego, en una carrera del hombre iniciada hace 30.000 años, en la que hasta ahora ha salido victorioso como especie, aunque haya tenido que realizar sacrificios por el camino. Pero eso ya no rige en el futuro porque todo lo que sucede tiene consecuencias globales, también el fracaso.
 
En realidad el mito común ha estado ya presente en la historia de la humanidad. ¿Cuál ha sido? Ha sido el deseo de alcanzar la felicidad. Lo que sucede es que hoy están cuestionados los medios empleados en su búsqueda. Ya se ha superado el tiempo de la búsqueda de la felicidad a través del oro, de las sedas chinas o de los Ferraris. El camino empleado para alcanzarla no fue el adecuado porque se intentó a través de elementos materiales que no han logrado la satisfacción esperada.
 
Ser felices consiste en hacer que los demás se sientan mejor. La felicidad de una persona reside en lograr la felicidad de otras.
 
La felicidad es el mito común de la humanidad. Debe ser entendida como el estado más cercano a una plenitud que nos aleja de la insatisfacción que caracteriza al ser humano, incansablemente activo y curioso. La curiosidad infinita apoyada en los descubrimientos tecnológicos mueve al ser humano a seguir avanzando (como defiende el profesor Alfredo Alvar), pero este avance continuará más adecuadamente si, superados los mitos de la nación o la riqueza o el poder, la orientación se dirige hacia el logro de un estado general de beatitud o felicidad, no hacia un mero avance material y científico.
 
Aun cuando en el mundo existe una diversidad de patrones de comportamientos (culturas), es posible crear, por primera vez en la historia, un patrón de comportamiento común a nivel mundial. Las circunstancias lo permiten porque la comunicación es global y los mensajes llegan a todas las esquinas del planeta.
 
La justificación es evidente: se trata de asegurar el futuro de la especie humana. Hoy estamos en vías de crear una cultura común, no excluyente de la gran diversidad cultural humana. Ese patrón de comportamiento común está surgiendo de forma espontánea porque hemos sido conscientes del desvalimiento de las sociedades fragmentadas, que se creían invencibles.
 
La mejor vía para la enseñanza de un camino es el ejemplo, es ponerse el primero a caminar por él, de modo que bastaría un grupo de personas comprometidas para iniciar una gran transformación.
 
Una solución preventiva global que advierta de los riesgos futuros del ser humano puede venir de la mano de una cultura común –valores comunes y comportamientos afines, además del mantenimiento de la diversidad que es posible y necesaria para nutrir aquella-. Muchas personas son ya hoy, productoras de mitos, de sentimientos y de ideas, de música y de movimientos, de imágenes, de sensaciones y de conocimientos técnicos, elementos indispensables para generar esa cultura común. Otras personas serán espectadores, tan necesarios para que aquellos puedan crear y producir en las artes y en las ciencias. No todos tienen que entrar en esta construcción, ni todos tienen el papel de chamán o artista. Ni tampoco todos van a creerse el nuevo mito, como tampoco todos entraron en el juego de creerse mitos anteriores. La libertad debe presidir este actuar.
 
Actualmente hay sentimientos y elementos culturales universales como pueden ser el amor, la sonrisa y la música. Si el “Himno de la Alegría” ya une a muchas gentes del mundo occidental para ser mejores, sólo falta añadirle el amor y la sonrisa en el actuar cotidiano para unir a casi toda la humanidad.
 
El amor real y comprometido, aderezado con el optimismo y las artes, puede ser un elemento de cohesión que se irradie por los cinco continentes para crear una defensa común de nuestra especie que, bien arraigada, formará una cultura común.
 
Comprendo que la idea puede parecer naif o romántica y casi propia de planteamientos filosóficos superados como los de Platón. Pero necesitamos compartir ideas comunes para sobrevivir, que inspiren nuestras decisiones.
 
El liderazgo lo ejercerán adecuadamente quienes abanderen el mito/verdad más global.
En este confinamiento que sufrimos, existe otro lazo que a nivel local se está mostrando eficaz: el familiar. Ese mismo lazo de unidad llevado desde la familia a todo el género humano es el que debe triunfar. ¿Qué caracteriza a la familia? - La generosidad. Será necesario, pues, darle su verdadero valor.
 
Desde muy antiguo se ha soñado con alcanzar la felicidad. Hoy ya no se trata únicamente de soñar. Sueñan los androides… y más aún sueñan los seres humanos. Ahora se trata de establecer la búsqueda de la felicidad como objetivo real de toda la especie. Se trata de unir a la especie en torno a una idea común que sirve para cooperar juntos, añadiendo comportamientos de actuación presididos por la austeridad y la moderación.

No es necesario seguir acaparando hasta poder dar a todas las personas una renta básica o un salario sin trabajar, porque ello tiene además consecuencias peligrosas; entre otras se genera una alienación en los individuos porque se elimina la necesidad de pensar o la de esforzarse. Hoy las máquinas ya toman decisiones por nosotros y esto puede llevar a alcanzar la distopía que describe José María Lassalle en su “Ciberleviatán”, consistente en que los algoritmos pensarán y decidirán por las personas. Es otra manera de generar un enemigo global para el ser humano.
 
La generosidad en libertad es el medio para alcanzar la felicidad, mito común y global de la especie humana que asegura su supervivencia. Si este lema logra ser universal y las necesidades básicas de toda la población están cubiertas, aunque en el futuro aparezcan enemigos globales, existirán garantías suficientes para la continuación del protagonismo del homo sapiens en el mundo.
 
 

Madrid, 11/4/2020.-

Miguel Ángel Recio Crespo

Gestor cultural y mediador.
Administrador Civil del Estado.

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