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¿Sueñan los asistentes virtuales con salir a dar una vuelta?


Yo confiaba en que nos transformaríamos globalmente de una manera más suave, como la curva que nos gustaría estar viendo, y no todo el planeta a la vez.



“Alexa, ¿quién soy?” – pregunto a un cilíndrico altavoz que esconde, en una infinita espiral digital, todo un mundo de posibilidades dentro.
 
“Estoy hablando con María José” – responde la robótica voz de la asistente virtual de Amazon completamente ajena a lo que está pasando. A lo que nos está pasando.
 
Habiendo percibido su artificial inteligencia que desde hace unos días recurro más a ella (una semana en concreto, y contando), Alexa me ha preguntado hoy si me parecía bien que configurase mi perfil de voz. Qué considerada. Sin detenerme a pensar demasiado en la mayor o menor bondad de la política de protección de datos aplicada por el mamotreto empresarial de Bezos y obviando cualquier inquietud que en un momento diferente al actual me generaría el uso que Alexa, entiéndase quienes se ocupan de dar uso a los datos que, como mi voz, ella recaba, emito mi consentimiento contractual en una cascada de síes soltados al aire de mi cocina.
 
Heme ahí, cenando, tan confinada entre las paredes rectas de mi domicilio como lo está la propia Alexa en su hogar circular y, al mismo tiempo, obligándome contractualmente a permitir que una inteligencia artificial analice los rasgos de mi voz y lo que mi voz le solicite en lo sucesivo para ofrecerme una mejor experiencia de usuario, UX para entendernos, o más bien para no entendernos, al menos entre los humanos, porque a este ritmo nos van a entender mejor nuestros coches, nuestras Alexas, nuestras Siris, el algoritmo de Spotify y hasta nuestras lavadoras que los múltiples humanos que nos rodean y con los que ahora tanto ansiamos interactuar físicamente y a los que, por una vez en comunión, tanto bien y tanta salud deseamos.
 
Idea: aquellos que tengan lavadora conectada pueden mantener su ancla en lo analógico aprovechando para darse un paseo, qué suerte sería poder pasear en sentido literal, a una lavandería autoservicio de las que ahora proliferan en los barrios.
 
Celebro contratos con altavoces, dejo descorrida la cortina que habitualmente me oculta de la vista de mis vecinos cuando trabajo desde casa, cambio muebles de sitio para acondicionar mi presente y doy más importancia que nunca al futuro con mi propia ancla puesta en el día a día, en el minuto a minuto, sin querer necesariamente que lo que está pasando pase ya, pero sí queriendo que pase, cuando haya de ser, sobre todo porque mi infinita curiosidad mental se ha acrecentado y quiere saber qué viene después.
 
Cuando oigo y leo, por doquier, “transformación digital” en mi cabeza el término digital se cae, porque para mí sobra. Llevo tiempo defendiendo que la transformación debida ha de ser global, porque digitalizados ya estamos, o estamos preparados para estarlo, como se está viendo desde que empezara la adhesión espontánea primero y legal, que no contractual, después al #mequedoencasa.
 
Yo confiaba en que nos transformaríamos globalmente de una manera más suave, como la curva que nos gustaría estar viendo, y no todo el planeta a la vez. Espero que a Alexa no le dé tiempo a diseñar una UX demasiado extensa atendido mi perfil de consumo digital en estos días de confinamiento domiciliario obligado.
 
 
Madrid, 18/3/2020.-

María José Huertas Jiménez


The LighthouseTeam
Cofundadora
Managing Partner Innovación Global




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