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Vivir una guerra


Ni puede haber, ni va a haber, falta de compromiso. La suma gravedad de los acontecimientos que vienen: sanitarios, primero, económicos, después –esa será la posguerra–, lo impone.



Los efectivos de la UME en una estación de tren en Calahorra, esta misma semana. Ministerio de Defensa
Los efectivos de la UME en una estación de tren en Calahorra, esta misma semana. Ministerio de Defensa
Durante un tiempo, lejano pero no tanto, todavía se oía aquel ‘cómo se nota que no has vivido una guerra’. Una frase hecha, descarnada, para significar que las nuevas generaciones, las que en efecto no la habían vivido, ni siquiera una posguerra, carecían de espíritu de sacrificio. Y puede que careciésemos, sí. Hoy, las nuevas generaciones ya tenemos nuestra guerra, y todos vamos a tener nuestra posguerra.
 
Bien puede decirse que en los momentos previos a esta dramática situación que vivimos, cuando era el momento de prevenir, ni los dirigentes primero, ni buena parte de la ciudadanía después, estuvieron a la altura. Sobre los primeros, ya escriben los periodistas. Sobre los segundos, algo se ha publicado, pero dados los ‘sacrificios’ que, se dice, son impuestos, ni siquiera los políticos se han atrevido a cargar las tintas sobre ciertas ausencias de empeño, quizás porque ellos mismos se saben en falta; en grave falta, de hecho.
 
Pero esta breve reflexión debe ir por otros derroteros: hablaba de sacrificio, pero, ¿sacrificio?; no lo creo. Contagiado de los supuestos penales, estos días me han venido al recuerdo los inhumanos y criminales secuestros a los que grupos terroristas sometieron a sus víctimas, algunos, en tiempo, superiores al año de tortura. Y perdóneseme esta evocación, quizás no acertada. Pero quejarse por estar en casa con la familia, en la comodidad del hogar, perfectamente informados por internet, en comunicación continua con quien queramos y cuando queramos, sin desabastecimiento de clase alguna –hasta tabaco, han pensado–, esa exteriorizada desazón, digo, no es infantil –que también–, es intolerable e infame; y no debemos tolerarla. A salvo quedan, es obvio, aquellos casos de personas solas, o incluso sin techo.
 
Pero tampoco deben ir estas reflexiones por esta otra senda, de dolor de España, sino que deben erigirse en un auténtico desagravio. Desagravio social para la sociedad. España cuenta con una estructura familiar y social, a pesar de los muchos cambios habidos, intacta. Fraterna disposición para la ayuda de familiares y amigos, sin duda envidia de otros países. Uno de los seres de España. Así somos. Tendremos otros defectos, ese no. Somos sanchos –que tampoco está mal–, pero sobre todo también, quijotes.
 
Ni puede haber, ni va a haber, falta de compromiso. La suma gravedad de los acontecimientos que vienen: sanitarios, primero, económicos, después –esa será la posguerra–, lo impone.
 
Ese es el vigor moral y la autoridad desde la que, aun permaneciendo optimistas, habrá que contener la eventual irresponsabilidad de unos pocos que pretendan decir que no pueden soportar el sacrificio de quedarse en casa. ¿Sacrificio?, sacrificio el de los profesionales que nos están ayudando a los que estamos en casa. Desde el punto de vista penal, salir no es una autopuesta en peligro o actuación a propio riesgo, no. Es poner en juego la salud y la vida de los demás. Con dolo: información hay de sobra. Aunque la solución no sea penal, conviene recordarlo, porque da buena cuenta de lo trascendente del envite y lo grave de no atender el confinamiento. Pero es que además, lo contrario es estúpido. Parafraseando egregias palabras –citadas por Paz-Ares–, “si la honestidad no fuera un deber, sería un cálculo”–; y así, si no se quiere comprender que el confinamiento es un deber, al menos que sea un cálculo. Cálculo propio aunque sea egoísta. Es sabido, hasta en Derecho penal, que quién yerra el cálculo padece una poena naturalis, aquí bien definida, la consecuencia lesiva para él de su propio acto. No será necesaria la poena forensis, la pena del Estado.
 
El Rey lo ha dicho: saldremos más fuertes como sociedad. Sin duda; y es que habremos sobrevivido a una guerra, y esta vez no entre hermanos; por eso.
 

Madrid, 19/3/2020.-

Javier Sánchez-Vera Gómez-Trelles

Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Complutense de Madrid. Oliva - Ayala Abogados (OTRI). Doctor en Derecho por la Universidad de Bonn y ha sido Academic Visitor en la Universidad de Oxford. Seleccionado por Best Lawyers y en Chambers & Partners, e incluido en la revista Corporate Counsel y otras del Reino Unido y EEUU, entre los abogados más relevantes en la especialidad de Derecho Penal en España. Miembro del Consejo Académico de FIDE.

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