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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




La política es un ensalmo de paradojas, certidumbres relativas e incertidumbres absolutas.

Probablemente no haya diferencias con los comportamientos naturales del ser humano, quizá acrecidos en la lucha de poder por la lupa de la soberbia y del egocentrismo. Entre las múltiples paradojas de la actividad política, las hay que pueden ser narradas, a fuerza de no ser creíbles, pero las hay que no pueden ser relatadas, a fuerza de ser ciertas. Pero la que voy a narrar ahora, además de poder ser narrada, por increíble que pueda parecer, fue cierta, tan cierta que espanta la coherencia y el sentido más íntimo de la lógica. Corría el 31 de mayo y comparecía a primera hora en el Senado para dar cuenta de los presupuestos de la Secretaría de Estado. A esa misma hora, en un plano convexo, se sucedía en el Congreso de los Diputados el debate que, a la postre, abocaría en la aprobación de la moción de censura por el nuevo Presidente del Gobierno. Huelga decir que los senadores en mi Comisión estaban teletransportados a otra esfera planetaria, la de la Carrera de San Jerónimo. Y fueron tomando asiento para comenzar mi sesión de control.

 

Al punto de empezar la sesión, cuando el Presidente de la Comisión comenzaba a poner orden en la sala, caí en la cuenta de que nada era lo que parecía. El principal grupo de apoyo al Gobierno iba a pasar a la oposición en el periodo de dos días, de modo que la encendida defensa del presupuesto quedaría en una aporía si correspondía al nuevo Gobierno su impulso definitivo. El principal partido de la oposición en ese momento se iba a convertir, por arte de birlibirloque, en la fuerza parlamentaria que apoyaría al nuevo Gobierno, de modo que toda la crítica presupuestaria revertiría en menos de una semana. Las posibles fuerzas políticas que respaldaban la moción de censura abatirían sus críticas en el momento en que el candidato propuesto en la moción de censura fuese investido. Las fuerzas nacionalistas, en uso consuetudinario de la capitalidad parlamentaria, reprocharían la escasa dotación de determinadas partidas presupuestarias, a pesar de que, por pura dicotomía intelectual, que es barbarie ilógica, nieguen que el Estado tenga competencias en la materia. Pero la pasta es la pasta. Y estaban los que asistían impasibles al revés de la trama porque habían apoyado el presupuesto. Su aliado mutaría en un día, y sin dejar de mostrar, en cambio, los dientes en todo momento, pues al poder se puede acceder por la estética dental. Y en esta batahola de eufemismos y lugares comunes, de parábolas y citas de almanaque, opté por hablar de Benedetti ante la mirada perpleja del Presidente de la Comisión.

 

En 1959 publica el maestro uruguayo su libro "Montevideanos" y, entre espacios de ficción y realidad, a la costumbre del escritor, hay un relato titulado "El presupuesto", una narración que transita por la rutina burocrática de la oficina administrativa para ofrecer una visión, universal por común, de la percepción que los empleados públicos tienen del presupuesto. En los inicios de su carrera literaria, Benedetti bucea en la normalidad de determinados ambientes caracterizados por la invariabilidad cotidiana y la inmutabilidad para inferir determinadas conductas que tienen rango de universalidad. El microcosmos de la oficina, con sus sevicias jerárquicas, hipocresías e incapacidades sirve a Benedetti para que sus personajes se revelen o para que se axfisien definitivamente. No hay un "I would prefer" como en Melville, sino una resignación antropológica de Mar de Plata y tarde en el cerro de Montevideo. "El presupuesto" es paradigma de afasia y de estoicismo, de renuncia al movimiento como una forma de movimiento de renuncia, y todo porque la narración se convierte en un resumen circular de la vida en muchas oficinas, en las que las expectativas estériles sirven de coartada para justificar el día a día, y así hasta la jubilación. El irrenunciable sujeto lírico del poema "Después" del mismo Benedetti: "El cielo de veras no es éste de ahora/el cielo de cuando me jubile/durará todo el día/todo el día caerá/como lluvia de sol sobre mi calva./.../ Nadie pedirá informes ni balances ni cifras/y sólo tendré horario para morirme". Un sujeto lírico alienado, con una ansiedad paralizante, que llega al punto de arrojar de sí incluso el sentimiento de tristeza, puesto que las exigencias del trabajo no le permiten satisfacer sus necesidades como individuo: "Es raro que uno tenga tiempo de verse triste:/siempre suena una orden, un teléfono, un timbre,/y, claro, está prohibido llorar sobre los libros/porque no queda bien que la tinta se corra"./ Es la deriva existencial y nihilista de varios perfiles de la obra de Benedetti, incluido el protagonista de "La tregua", Martín Santomé, un funcionario viudo que encuentra el amor, su tregua, en una compañera de trabajo, el trabajo o la monotonía existencial: "En mi historia particular, no se han operado cambios irracionales, virajes insólitos y repentinos. Lo más insólito fue la muerte de Isabel./.../ Pero estoy demasiado alerta como para sentirme totalmente feliz. Alerta ante mí mismo, ante la suerte, ante ese único futuro tangible que se llama mañana. Alerta, es decir: desconfiado". 

 

A mi memoria viene en este punto, un conmovedor poema de uno de nuestros grandes poetas del siglo anterior, Rafael Morales, titulado "La oficina" perteneciente a "La máscara y los dientes" de 1962, en el que se refleja el estado de alienación del oficinista, abismado en su trabajo intemporal e impersonal, tan ajeno a él: "Y el hombre ante su mesa con un mar de papeles/que exigen, que demandan, que ruegan, que lamentan,/ escribe largas cartas, sin corazón, con números,/escribe nombres, calles, escribe indiferencia./Pudo escribir: el Prójimo no existe. Pero puso/sobre el papel timbrado: No puede ser. La empresa/es totalmente ajena a su desgracia. Y luego/firmó por orden. Rubricó. Puso la fecha./Las máquinas de escribir/van dejando en el papel/su mecánico decir". Un año antes del poema de Morales, Carlos Muñiz escribía la obra de teatro "El tintero", una obra formidable a caballo entre el clima claustrofóbico de Kafka y el teatro del absurdo. Es angustia e incomprensión las que se apoderan del oficinista Crock, hundido en una esquizofrenia latente:

 

"CROCK.- Ellos no comprenden nada. Van a lo suyo.

AMIGO.- Son hombres. Tendrán un corazón.

CROCK.- ¡Tienen una estilográfica! No piensan, firman. No respiran; instruyen expedientes. No mean; echan tinta".

 

Eran los años sesenta, y la paz interior de la oficina se erige en un ejemplo de la paz de la clase medida. En la narrativa inaugural de Benedetti, el hombre medio, la mesocracia sobre la telecracia por venir, es el núcleo de la actividad, es el personaje base de sus narraciones, aquel que interactúa con el mundo exterior. La narración del relato arranca con una evocación al estatismo, a la fatalidad del hombre común en su oficina: "En nuestra oficina regía el mismo presupuesto desde el año mil novecientos veintitantos, o sea desde una época en la que la mayoría de nosotros estábamos luchando con la geografía y con los quebrados". El narrador acepta resignadamente su destino, pero ansía a la vez que en algún momento todo pueda cambiar. La aspiración del arquetipo funcionarial es que sus condiciones laborales mejoren, lo que en esencia santifica que obtenga mejores condiciones retributivas y un mayor margen de gasto corriente para mejorar las condiciones de vida de su nicho administrativo: "Un nuevo presupuesto es la ambición máxima de una oficina pública. Nosotros sabíamos que otras dependencias de personal más numeroso que la nuestra, habían obtenido presupuesto cada dos o tres años. Y la mirábamos desde nuestra pequeña isla administrativa con la misma desesperada resignación con que Robinson veía desfilar los barcos por el horizonte, sabiendo que era tan inútil hacer señales como sentir envidia". 

 

La envidia es un motor propicio a la acción, pero también a la inacción, en las Administraciones. Conviven los empleados públicos con las comparaciones y se rebelan, a veces de manera beligerante, contra los agravios. No son infrecuentes los casos en nuestro sistema administrativo de costumbres en que la rutina y el decaimiento se revierten por obra y gracia de la desigualdad y de la injusticia. En medio de la rutina administrativa, no hay mayor incentivo al movimiento que comprobar que existen lugares y empleos mejor retribuidos y mejor considerados. Ahora bien, en el propio relato, hay señales de desfallecimiento, por cuanto cunde una sensación de alienación ante el destino fatal que retrata a no pocas organizaciones de entonces y de ahora: "Nuestra envidia o nuestras señales hubieran servido de poco, pues ni en los mejores tiempos pasamos de nueve empleados, y era lógico que nadie se preocupara de una oficina así de reducida”. 

 

La rutina envuelve en el relato una forma de amnesia sobre el sentido último del trabajo de cada empleado en esa oficina. Parece que el tiempo diluye la conciencia y la consciencia de los personajes que albergan dudas sobre el significado mismo de los trabajos que realizan: "Jugábamos de cinco a seis, cuando ya era imposible que llegaran nuevos expedientes, ya que el letrero de la ventanilla advertía que después de las cinco no se recibían "asuntos". Tantas veces lo habíamos leído que al final no sabíamos quién lo había inventado, ni siquiera qué concepto respondía exactamente a la palabra "asunto". A veces alguien venía y preguntaba el número de su "asunto". Nosotros le dábamos el del expediente y el hombre se iba satisfecho. De modo que un "asunto" podía ser, por ejemplo, un expediente". El valor supremo de la oficina es la seguridad, entendida como estabilidad en el empleo: "En realidad, la vida que pasábamos allí no era mala. De vez en cuando el jefe se creía en la obligación de mostrarnos las ventajas de la administración pública sobre el comercio, y algunos de nosotros pensábamos que ya era un poco tarde para que opinara diferente. Uno de sus argumentos era la seguridad. La seguridad de que no nos dejarían cesantes. Para que ello pudiera acontecer, era preciso que se reunieran los senadores, y nosotros sabíamos que los senadores apenas sí se reunían cuando tenían que interpretar a un Ministro. De modo que por ese lado el jefe tenía razón. La seguridad existía. Claro que también existía la otra seguridad, la de que nunca tendríamos un aumento que nos permitiera comprar un sobretodo al contado". Este balance de opinión escrito a mediados del siglo XX no puede tener mayor actualidad en nuestra época. La seguridad equivale a la paz, pero es una enredadera por la que entra la rutina que sólo aspira a romperse si sobreviene algún acontecimiento imprevisible pero deseable: "Esta paz ya resuelta y casi definitiva que pesaba en nuestra oficina, dejándonos conformes con nuestro pequeño destino y un poco torpes debido a nuestra falta de insomnios, se vio un día alterada por la noticia que trajo el Oficial Segundo. Era sobrino de un Oficial Primero del Ministerio y resulta que ese tío -dicho sea sin desprecio y con propiedad- había sabido que allí se hablaba de un presupuesto nuevo para nuestra oficina". 

 

Comienza a partir de ese momento a fluir el relato a partir de la esperanza del cambio, único punto de cesura en el eterno discurrir del río de la Administración Pública. Cada funcionario compromete nuevos gastos ante la expectativa de que el incremento del presupuesto va a ser inmediato. Y en esto que irrumpe la Contaduría, a la que ya se ha dado buena cuenta en otras obras, y si no que se lo digan a Arturo Pérez Reverte, en "Territorio Comanche". En una venganza literaria, que supura visos de escarnio de realidad, Benedetti enferma al Contador y lo mata: "Primeramente, el Presupuesto estaba a informe de la Secretaría del Ministerio. Después que no. No era en Secretaría. Era en Contaduría. Pero el jefe de Contaduría estaba enfermo y era preciso conocer su opinión. Todos nos preocupábamos por la salud de ese jefe del que sólo sabíamos que se llamaba Eugenio y que tenía a estudio nuestro presupuesto./.../El día de su muerte sentimos, como los deudos de un asmático grave, una especie de alivio al no tener que preocuparnos más de él. En realidad, nos pusimos egoístamente alegres, porque esto significaba la posibilidad de que llenaran la vacante y nombraran otro jefe que estudiara al fin nuestro presupuesto". 

 

Desde ese momento, el relato desciende por el mundo del chisme y de la especulación, un virus violento que asola todas las Administraciones y que en el siglo XXI no tiene todavía cura. Al que descubra la vacuna contra esta pandemia, nadie le podrá negar el Premio Nobel, pero no de Medicina, sino de la Paz: "Otra vez supimos que el presupuesto había sido reformado. Lo iban a tratar en la sesión del próximo viernes, pero a los catorce viernes que le siguieron a ese próximo, el presupuesto no había sido tratado. Entonces empezamos a vigilar las fechas de las próximas sesiones y cada semana nos decíamos: "Bueno, ahora será hasta el viernes. Veremos qué pasa entonces". Llegaba el viernes y no pasaba nada". El momento crítico, por único, del relato, y, por consiguiente, de sus vidas, es la entrevista que van a mantener con el Ministro: "Conversar con el Ministro no es lo mismo que conversar con otra persona. Para conversar con el Ministro hay que esperar dos horas y media y a veces ocurre, como nos pasó precisamente a nosotros, que ni al cabo de esas dos horas y media, se puede conversar con el Ministro". Será el Secretario quien finalmente les reciba, y daré testimonio de que este lance se mantiene actualmente por experiencia propia. Pero nada altera el margen de expectativa, y la frustración anida nuevamente en la oficina, que queda sumida nuevamente en el sopor y la abulia: "Cuando el jefe colgó el tubo, todos sabíamos la respuesta. Sólo para confirmarla pusimos atención: "Parece que hoy no tuvieron tiempo. Pero dice el Ministro que el presupuesto será tratado sin falta en la sesión del próximo viernes"." El fin del relato soporta la comparación con cualquier momento y lugar, pues tan intemporal es el estado de decaimiento administrativo como la narrativa de Benedetti.

 

Esta es la historia del presupuesto. La historia siempre concebida y que se repite cada año. Y que da pábulo a no pocos debates y diatribas ciudadanas. Porque el presupuesto es un continuum, con un gasto cautivo recurrente que reduce a su mínima expresión el poder discrecional de las Administraciones. Y no es afirmación nueva, pues en sus crónicas parlamentarias, Fernández Flórez ya lo predicaba de los Ministros de Hacienda de la Segunda República: "Chapaprieta ha anunciado que reformará los presupuestos de Marraco, porque no hay tiempo de hacer otros. Marraco había reformado los de Lara. Lara, los de Carner. Carner, los de Prieto. Prieto, los de la Monarquía" Y Fernández Flórez acaba contando después la historia de una familia pobre, hasta el punto sra su pobreza que solo tenían un gabán, el del abuelo, que se iba zurciendo de generación en generación para uso de los descendientes. "Una esperanza mueve los crespones de nuestra tribulación: el señor Chapaprieta es un buen sastre". Sastre y desastre. Tan lejos, tan cerca.

 
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Ilustración de Montesol
Ilustración de Montesol

02/07/2018


02/07/2018
Umberto Eco en junio (o de promesas, juramentos, crucifijos y rosas)

Confieso que no escribo por imperativo legal, ni tan siquiera pongo a Dios por testigo de mis compromisos y de mis deberes naturales. Hay hombres de palabra y hay palabra de hombres. Pero hay un momento íntimo, propio del estado de turbación subsecuente a un nombramiento, en el que hay que tomar una decisión única por irrepetible en la mayor parte de los casos. ¿Juro o prometo? Es la primera decisión asociada al cargo, que todavía no han llegado las cargas. He podido comprobar cómo el pensamiento rudimentario de ese instante, sagrado o laico, se bifurca, y el dilema se plantea de una manera tan básica como binaria. Para los menos avezados en la materia, que luego convierten el debate sobre las promesas y los juramentos en un aquelarre sobre la aconfesionalidad del Estado, el juramento es una fórmula religiosa afeada a tardofranquistas, neomelancólicos y otros especímenes del catolicismo patrio, mientras que la promesa es una regla moderna, de vanguardia, propia de los moradores del siglo XXI. Porque hay quien llegó a decir recientemente que el modelo de toma de posesión del nuevo Gobierno suponía entrar en el siglo XXI. La próxima vez sería oportuno avisar que pasamos de siglo por aquello de comprar las uvas, y porque nos llevaríamos la insospechada revelación de que Obama sigue, al menos, en el siglo XX, ya que juró el cargo de Presidente de Estados Unidos no sobre una biblia, sino sobre dos. Pobre Presidente Obama que debe estar en el Pleistoceno, según los rigores del nuevo periodismo.

Si los hombres no faltasen nunca a su palabra ofrecida libremente, si no existiese el engaño y el artificio, no sería necesario invocar una autoridad superior o sería improcedente reforzar el compromiso. Quien falla a la palabra dada, por una razón esencial, difícilmente cumplirá con promesa dada. Se puede jurar por Hipócrates, que hay médicos, como también se puede jurar al uso trinitario. Se puede jurar a la usanza masónica, o la costumbre olímpica con permiso del barón de Coubertin. Se puede jurar como los "Horacios", empeñando dar muerte a los "Curiáceos", y tiempos corren para ello, o se puede jurar al estilo propio de Santa Gadea, que El Cid exigió a Alfonso VI, cerrojo de hierro y ballesta de palo. Años más tarde, Alfonso X añadió que "promisssion faciendo un ome a otro de su voluntad sobre cosa derecha e buena, tenudo es de la guardar; e si esto es en las promissiones que los omes fazen entre sí, quanto mas en las que fazen a Dios". Para Plutarco, el que engaña con un juramento manifiesta temor a su enemigo, pero nulo respeto a Dios. O Swift que afirmaba que "las promesas y las costras del pastel se hacen para romperse". Y en ese mismo pensamiento debía estar otro deán, de municipalidad moderna y diversidad múltiple, como era Tierno Galván, al que la galbana del nuevo igualitarismo le hubiese demolido en aquel momento inmortal de su fotografía con Susana Estrada. El alcalde dejó dicho que las promesas de los políticos no son, en principio, fiables, y maestro contemplativo fue de la realidad política para compartir esta reflexión en este punto.

Desde una perspectiva estrictamente semántica, que es por donde todo empieza y por donde todo debería concluir, la promesa entraña un rango de intensidad mayor que una mera declaración de parte, pero no alcanza en modo alguno el valor litúrgico y solemne de un juramento. El verbo "prometer" necesita dotarse de un prefijo y pronominalizarse, lo que demuestra que no es un verbo muy seguro que digamos. Y así es el uso y conciencia del término en la comunidad hispanohablante. Aunque justo, por justicia, es recordar también que la voz "jurar" no tiene una raíz religiosa o eclesiástica, como induce a pensar el clan de la modernidad, sino que procede de la familia del latín "ius". En este dualismo confuso de posturas semánticas e imposturas políticas, debería recordarse que existen incluso en la tradición histórica fórmulas que combinan el juramento y la promesa. Entre los musulmanes, los emires juraban por sí en el nombre de Alá y prometían respecto de los súbditos en general. El Rey Felipe V juró ante Dios y ante los Santos Evangelios, posando su mano derecha en estos, y, a la par, prometía por su palabra real a las ciudades, villas y lugares de los Reinos. En Egipto, se juraba por los Dioses pero también por los frutos de las cosechas; en Persia, el sol se ponía por testigo del juramento; los escitas juraban por el aire; los hebreos juraban por un Dios Todopoderoso creador del cielo y de la tierra, "sacándola de la nada" y por la Ley de Moisés. Huelga decir que los ateos también pueden jurar por lo que mayor valor aprecien, incluida la moral individual o la ética de su grupo de pertenencia, en el caso de que lo tengan. Hasta si se lo propone, y acierta a entenderlo, un laicista contumaz y militante podría hacerlo y resistiría ese hecho un mínimo test de racionalidad. En la barahúnda de entendederas de la posverdad, hay quienes han sustituido la proposición "con lealtad al Rey" por "con lealtad a los ciudadanos y ciudadanas". Uno de los casos más singulares fue el de un Concejal del Ayuntamiento de Madrid, ya depuesto de su cargo a mayor gloria de su incontinencia verbal en público y en privado, que prometió a la usanza de Santo Tomás, cuando se refería a los límites de la propiedad privada, puesto que al finalizar su promesa añadió "Omnia sunt communia" ("todo en común, todo de todos"). Eran los tiempos de la ocupación del Patio Maravillas en Madrid, mucho antes de las compras de casas de lujo en Galapagar. El Secretario del Pleno no entendió bien la expresión utilizada, lo que obligó al malhadado edil a repetir la frase y añadir "Pero vamos, que prometo". Inteligencia hasta el final, no fuera que, entre tanto ejercicio de latín clásico, se quedase sin la presea de su acta de concejal.

El juramento es un profiláctico moral, vinculado a la honorabilidad de quien lo proclama, aún cuando, como decía Hipólito de Eurípides, los hay que han podido jurar por la boca, pero no por el corazón. Por eso mismo, la verbalización de la promesa o del juramento, que no es otra cosa que el consentimiento firme que da valor y eficacia a los actos, tanto en su dimensión privada como en la visión comunitaria que presenta la política, no es cuestión baladí ni intrascendente. Es más, la aceptación de determinadas fórmulas proferidas en los últimos años, por imperativo legal y otras mamandurrias, ha supuesto, en la práctica, dar cobertura y representatividad a quienes, en su mismo origen, cuestionan la base misma de su legitimidad como electos. En esta figuración, analícese el efecto que hubiese tenido el no reconocimiento de estas fórmulas, en términos de inelección de determinados cargos. La cartografía de grupos electos habría mutado sustancialmente, aunque, bien es cierto, el centro de gravedad del conflicto político se hubiese situado en ese primer momento. Ha podido ocurrir, como lamentablemente ha venido ocurriendo en este país en las últimas dos décadas, que hayamos jugado a aplazar el conflicto, cuando, en fuerza de nación y de ley, los conflictos se solucionan en origen y no en estado de descomposición. El Tribunal Constitucional vino a dar aceptación a estas fórmulas en diferentes ocasiones (STC 8/1985, de 25 de enero y 119/1990, de 21 de junio) y, una vez más, fijó el destino de este país. Pero hablando de Mas, recuérdese que el President cuando tomó posesión de su cargo, y a la pregunta de si prometía por su conciencia y honor cumplir fielmente con las obligaciones del cargo de President de la Generalitat de Cataluña con fidelidad al Rey, a la Constitución, al Estatuto de Autonomía y a las instituciones nacionales de Cataluña, respondió: "Lo prometo, con plena fidelidad al pueblo catalán". Con lo sencillo que es pronunciar lisa y llanamente la palabra "acatar" la Constitución que, en algún momento, por arte de birlibirloque, se convirtió en "atacar" la Constitución.

Así todo, en el mundo de lo efímero y de la representación, donde la simbología de la cruz se sustituye por la simbología de la chacota, a nadie le extrañaría que se prometiese por Hitchcock, por el pato Donald, por el sobrino de la Bernarda, o que se jurase en el nombre de la rosa. A la rosa y al puño. Como señala Umberto Eco, "la rosa es una figura simbólica tan densa de significados que ya no tiene casi ninguno más". Y no andaba desatinado en tal razonamiento cuando daba cuenta del título de su principal novela, pues hay rosa mística, la guerra de las dos rosas, los rosacruces, las rosas que han vivido aquello que viven las rosas, y hasta Rosa Luxemburgo o Rosa Chacel. "En nombre de la rosa" contiene un fenómeno contrastable e ineluctablemente vinculado a las personas que se consagran a Dios. Los monjes prestaban también juramento de castidad, amén de velar por el bienestar de la Iglesia de y de la comunidad. La pena penitencial por conculcar el orden y el juramento, por contradecir el ideal cristiano, era despiadada y mortífera: ¡Queríamos adelantar el momento del castigo, éramos la vanguardia del emperador enviado por el cielo y por el papa santo, debíamos anticipar el momento del descenso del Ángel de Filadelfia, y entonces todos recibirían la gracia del Espíritu Santo y la Iglesia se habría regenerado y después de la destrucción de todos los perversos solo reinarían los perfectos!". El castigo no era viático para la restitución moral sino que era, en sí misma, fórmula de condena, donde el desmembramiento progresivo del cuerpo no era vía de arrepentimiento y de enmienda, sino era la vía de perduración del vejamen. En el ideal colectivo de la política, ligada al poder interno y externo, la promesa es conciencia gregaria de pertenencia a la colonia de partido, y no cabe la crítica, por certera y edificante que sea. Y al sedicente se le somete a escarmiento y mortificación, ya sea en la escala íntima de decisiones, o en plaza pública, que mayor punición es.

En la obra de Umberto Eco, prodigiosa en su concepción y en su tesis, la herejía se presenta como una manifestación prístina de pensamiento natural donde el hombre puede manifestarse en libertad, actuar y pensar en igualdad e invocar la construcción de una comunidad donde se igualen las opciones, el conocimiento y hasta el criterio. Existen muchas concomitancias entre el celo jerárquico y el sofocamiento preburocrático de ideas que hay en los partidos políticos y el rigor de la ley de Dios impuesto por la Iglesia medieval. Pues no es herejía afirmar que es menos dañino moralmente faltar a tu propia promesa dada que faltar a la confianza ciega de quien te nombró. Sustituir crucifijo por presidente en una toma de posesión, y no será necesaria la iconografía de la cruz, porque el temor al designante es, a todas luces, mayor al temor de una instancia sobreterrenal. Tal como ocurría en el siglo XIV donde las personas estaban constreñidas de manera estricta a las estipulaciones de la Iglesia, así rigen los designios de los partidos políticos y del poder constituido, donde no hay palabra ni opinión fuera del catón impuesto. Palabra de partido. Palabra de Dios: "nuestro deber es custodiar el tesoro del mundo cristiano, y la palabra misma de Dios, tal como la comunicó a los profetas y a los apóstoles, tal como la repitieron los padres son cambiar ni un solo verbo, tal como intentaron glosarla las escuelas, aunque en las propias escuelas anide hoy la serpiente del orgullo, de la envidia y de la estulticia. En este caso dos aún antorchas, luz que sobresale en el horizonte. Y, mientras está muralla resista, seremos custodios de la Palabra divina".

Para la protección del verbo sagrado, o del oficialismo político, es necesario dotar una estructura de perseguidores y delatores, asunto escasamente complejo, pues bullen con vida propia aquellos que buscan beneficio propio a pérdida de cualquier damnificado. Es el sentir y la llamada del cazador del cuento del Blancanieves. En una aproximación simple, pero semiexacta al mundo de la política, existen dos clases de políticos. Los que se ha criado en establo, bajo el amparo de un buen pastor, con la manduca y el abrigo garantizado, y los que se han criado en la selva y en la sabana, que depredan y comen, como respiran, porque nada hay en ellos que les haga tener conciencia de culpa. Reconozco que yo he sido animal de corral. Por ello, cuando he sufrido ataques de animales salvajes que han entrado en el establo, me ha costado entender la razón del ataque. Es la ley de la supervivencia. Comen o eres comido. Son cazadores e inquisidores, indiferentes a la verdad o a la mentira. La paradoja, luminosamente reconocida también en "En el nombre de la rosa" es que los propios inquisidores, inconscientemente, dan pie a que se propaguen los herejes: "Y éste es el daño que hace la herejía al pueblo cristiano: enturbiar las ideas e impulsar a todos a convertirse en inquisidores por beneficio de sí mismos: porque lo que vi más tarde en la Abadía me ha llevado a pensar que a menudo son los propios inquisidores los que crean a los herejes. Y no sólo en el sentido de que los imaginan donde no existen, sino también porque reprimen con tal vehemencia la corrupción herética que al hacerlo impulsan a muchos a mezclarse en ella, por odio hacia quienes la fustigan. En verdad, un círculo imaginado por el Demonio, ¡que Dios nos proteja!" Así pues, para quien creyó que sería suficiente con extender el régimen del miedo político con una cohorte de cazadores e inquisidores, le hubiera bastado con leer alguna obra de interés, como ahora la de Umberto Eco. Hay quien nunca saldrá del espejo de la madrastra de Blancanieves.

Los frailes, así como los críticos en el mundo moderno, entre tormentos y sevicias, persiguen a muerte a los que no piensan igual, si pensar fuese delito o pecado grave. Existen muertes civiles por defender ideas del mismo modo que existían muertes físicas por defender razones o creencias nuevas en la Abadía. Pero es que "En el nombre de la Rosa", a semejanza de lo que ocurre asombrosa y pavorosamente en el momento actual, basta con que el inquisidor señale lo que considere errado, en falta de herejía, no porque realmente exista pecado o incorrección, sino porque, siendo indiferente la índole y la existencia o no de delito, es la única forma de conservación del poder. Así es también en la actualidad: "El cillerero había caído en la trampa. Estaba dividido entre dos urgencias: la de descargarse de la acusación de herejía, y la de alejar de sí la sospecha de homicidio. Probablemente, decidió hacer frente a la segunda acusación... Por instinto, porque, a esas alturas su conducta ya no obedecía a regla ni conveniencia alguna". Jorge, en la obra, intenta evitar por todos los medios posibles que el segundo libro de la poética de Aristóteles no fuera leído por los demás monjes, pues en la lectura y propagación de la obra podía estar la pérdida del equilibrio. En ese entorno conflicto, la Iglesia se vio obligada a ceder con el único objetivo de preservar su mandato, pero con la convicción firme de que solo cedían en espacios de pensamiento y de poder colaterales, dejando intactos los espacios más importantes de poder. Para seguir ejerciendo el control, al menos a un ritmo y a una proyección de tiempo dado, es conveniente ceder en lo superficial, ocultando la máxima de que el poder nuclear no se toca. Funcionan como distractores e instrumentos de persuasión, pues lo medular, lo axial, lo esencial, que es el poder y sus nutrientes, no se pueden ver afectados. En este proceso de cambio, muchos herejes y relapsos caen por el camino, ante la mirada complaciente y burlona de los que hasta un minuto antes de morir les acompañaban. Nadie agradecerá, entre sus coetáneos, el esfuerzo y la dedicación por cambiar la comunidad. Es el precio del atrevimiento, es el precio del olvido.


Ilustraciones de Javier Montesol
Ilustraciones de Javier Montesol

18/06/2018


18/06/2018
Umberto Eco en junio (o el misterio de las tesis improbables)

Recientemente tuve la ocasión de clausurar la entrega de los Premios Tiflos de periodismo que concede la ONCE a trabajos que destacan y dan visibilidad a determinadas causas sociales, fundamentalmente vinculadas al espacio de la discapacidad. Hasta allí, nada excepcional, a salvo, claro está, del notable compromiso y esfuerzo de todos los periodistas premiados. Confieso que llegué ligeramente tarde, muy a mi pesar, o quizá, muy a mi pensar. Porque fue entrar en el hall de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, donde se celebraba el acto, y comenzar a vagar por los pasillos, aulas y hasta por la cafetería de ese portentoso escenario encomendado a una de las mejores ficciones cinematográficas de los últimos veinticinco años como es "Tesis" de Amenábar. Pienso libremente que Amenábar ha sido y es rehén de su primera obra, imponente, como en otro momento también lo fue Bajo Ulloa. En esa Facultad, Ángela, o a la inversa, Ana Torrent, años después de abandonar el espíritu de la colmena, prepara una tesis sobre "snuff movies", con la ayuda del profesor Castro, su director de proyecto, que es asesinado mientras busca material para el trabajo de la doctoranda. Y entre humos y perros de paja vagaba mi imaginación, cuando caí en la cuenta de que la mayoría de estudiantes de la Facultad no eran conscientes de la importancia que tuvo y tiene esa película en el nuevo cine español, si bien no había corrillo ni asamblea en las aulas que no hablasen de otra cosa que no fuese del misterioso caso de las tesis imposibles, una especie que se había propagado entre algunos políticos españoles sazonadores de autobíografías y autopresentaciones. A salto de mata, recordé al momento una obra escrita por Umberto Eco en 1977 bajo el título original "Come si fa una tesi di laurea".

Comiéncese por advertir que la voz "tesis", aunque llega terminalmente del latín, es oriunda del griego, como delata la presencia del dígrafo "th". En la transliteración de este término, hágase recordar que la palabra originaria raíz del término es "tithemi", étimo que significa "yo pongo". Por consiguiente, únicamente puede poner quien está en condiciones de disponer y exponer intelectualmente cualquier razonamiento que tenga por objeto fijar una posición sobre una idea, ya sea objetiva o subjetiva. La mismidad del ponente de la tesis, su condición intransferible como sujeto pensante, nos sitúa en un ejercicio de producción intelectual intrínsecamente subjetivo y único. No faltan tesis inspiradas en la metátesis (transposición), en la epéntesis (superposición) o en el paréntesis (yuxtaposición), si bien lo único que no debe faltar es la diátesis (predisposición). Y la medida de cada tesis depende del mérito y capacidad del estudiante, que, al buen entender de Umberto Eco, es variable: "Luego vienen "Los Otros". Estudiantes que a lo mejor trabajan y se pasan el día en la oficina de censo de una población de diez mil habitantes donde solo hay papelerías. Estudiantes que, desilusionados de la universidad, han elegido la actividad política y persiguen otro tipo de formación, pero que antes o después tendrán que cumplir el compromiso de la tesis". En la lectura de este párrafo, se observa que Umberto Eco sobrevuela con espontaneidad, ingenio y hasta con delicada ironía, el aparente átono mundo de las técnicas para la redacción de las tesis, quizá porque hace cuatro décadas, en un entorno vívidamente humanista, no cabía sino anteponer la risa al desaliento, la gracia a la desgracia, la tesis a la antítesis. Tal como entonces, compensa ahora también el sarcasmo y el humor, so capa de resistir la sinfonía de enredadores y trapisondistas. Lo grotesco acostumbra a ser la medida de lo sublime. Y, por coincidencias de destino, "Los otros", aquellos que se comportan como caballeros de fortuna de una tesis, bien podrían ser personajes de la obra de Amenábar que lleva el mismo título. Avatares de muertos. 

La alquimia de la tesis. A este concepto hace referencia Umberto Eco cuando viene a sugerir que la lectura de su ensayo puede ser útil y práctica al menos por dos razones: "Se puede hacer una tesis digna aún hallándose en una situación difícil, causada por discriminaciones recientes o remotas; y se puede aprovechar la ocasión de la tesis (aunque el resto del periodo universitario haya sido desilusionante o frustrante) para recuperar el sentido positivo y progresivo del estudio no entendido como una cosecha de nociones, sino como elaboración crítica de una experiencia, como adquisición de una capacidad (buena para la vida futura) para localizar los problemas, para afrontarlos con método, para exponerlos siguiendo ciertas técnicas de comunicación". El hombre puede estar asediado por sus propias limitaciones temporales o cognitivas, y en ocasiones suele ser presa de conflictos pasados o presentes que coartan su capacidad de expresión. Desplegar todo el talento creativo, capturar el tiempo y el ingenio para la construcción de un texto, depende si duda del contexto. Por ello mismo, si un estudiante o investigador carece del tiempo necesario y prudente para acometer esta tarea, por frustrante que sea, no caben atajos ni entropías, sino la firme decisión de no llevarla a cabo. Más frustrante es el embuste o la mixtificación, que a riesgo queda que sea baldón que arrastre sempiternamente el penitente. Porque decía Umberto Eco que la tesis es como el cerdo, en ella todo tiene provecho. Convéngase, entonces, que mejor es hacerse vegetariano si no hay posibilidades de acceder a la carne, más por obligación que por convicción. 

No en vano he conocido hacedores de autobíografías que ponen todo su ingenio en la elaboración del cuento de sus vidas, porque han construido una vida de cuento. Hay quienes sitúan en su currículum títulos inexistentes, pero los hay también que niegan en su currículum títulos existentes, so pena que se descubra que el hijo de trabajadores abonaba pingües tasas en escuelas de élite, algunas con blasón escurialense. Y están los hijos de buena familia que, humillaron sangre y alcurnia, por abandonar la Universidad, y que cuando se entregaron a la política tuvieron que regar de inventiva su semblanza. La vida de un político comienza a veces con su biografía, pero pocas veces saben que esa misma biografía puede terminar con él. Es el final de la impunidad de la impostura. Recuerdo cómo hace diez años, al calor de unas nuevas elecciones generales en España, había sido citado para tomar café con un diputado en las Cortes, en el mismísimo instante en el que estaba rehaciendo su currículum. El diputado había nacido en la provincia limítrofe a la que le había correspondido electoralmente en ese momento, por imperativo de su partido que trataba de buscar hueco al ínclito político. Y asistí con perplejidad de párvulo a un proceso de montaje y desmontaje de biografía que puso a prueba mi integridad emocional. Llegué a pensar que cuando entré en ese despacho había una persona y que, cuando salí, allí había otra. Ni Kafka ni Frisch. Circunspecto en su circunscripción. Todo ocurría de un modo más castizo en la Carrera de San Jerónimo. 

Nada es grande ni nada es pequeño, menos todavía en un mundo como el actual donde apenas existe perspectiva, medida y en el que la lente de la realidad nos devuelve cristales rotos de comprensión. Quizá por eso, en política, pero también en el ámbito del derecho, no se puede banalizar y dar sentido relativo a lo que se nos antoja exiguo o intrascendente, porque el alcance de la importancia o de la levedad, depende de un juicio colectivo escasamente sensato. Fue Ramón y Cajal, en otro ensayo a modo de discurso de recepción leído en 1897 en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, el que lo señalaba con precisión aragonesa: "Nuestra apreciación de lo importante y lo accesorio, de lo grande y de lo pequeño, asiéntase en un falso juicio, en un verdadero error antropomórfico. En la Naturaleza no hay superior ni inferior ni cosas accesorias y principales. Estas jerarquías, que nuestro espíritu se complace en asignar a los fenómenos naturales, proceden de que, en lugar de considerar las cosas en sí y en su interno encadenamiento, las miramos solamente en relación a la utilidad o el placer que puedan proporcionarnos. En la cadena de la vida todos los eslabones son igualmente valiosos, porque todos resultan igualmente necesarios. Juzgamos pequeño lo que vemos de lejos o no sabemos ver". 

Dice Umberto Eco, "escribid todo lo que se os pase por la cabeza pero sólo durante la primera redacción". Si bien la recomendación se expresa en el contexto de la elaboración de una tesis, podría ser utilizable para un político incontinente redactando su currículum, pues bien haría en corregir desaciertos y errores en ulteriores redactados. Al producto del primer esfuerzo, en la literatura y en el periodismo, se le acostumbra a denominar "monstruo", y es el resultado de expresar sin pulimento ni barniz lo que se piensa abruptamente. Es una forma de romper el "horror vacui" de la hoja en blanco y parece que arrastran esta denominación las composiciones de los letristas argentinos de tango, que como muchos de ellos no sabían leer una partitura, escribían de repente y sin compás una letra que contuviese la cantidad exacta de sílabas que correspondieran a una melodía determinada. Junto a los "monstruos", excrecencias en bruto y sin pulir, que dan rienda al pensamiento inesperado, están los "enanos". Para Umberto Eco, los enanos deben auparse a hombros de gigantes, y si un enano es inteligente, lo mejor es saltar sobre esos hombros o incluso de otro enano". 

A propósito de enanos, que a buen entendido de este texto se utiliza en pura simbología, en una de las escenas de "Tesis" de Amenábar, Fele Martínez y Ana Torrent, envueltos en el pánico, transitan por corredores apagados con solo unas cerillas para alumbrarse, venciendo al terror o convenciendo a sus propios miedos.  El protagonista ahuyenta el pavor, entre lumbre y lumbre, narrando el cuento "La princesa y el enano" de Oscar Wilde. Originalmente, el cuento se llamó "El cumpleaños de la infanta" y habla de Margarita Teresa de Austria, la más Menina de todas las Meninas del cuadro de Velázquez. Como no se dispone del tiempo real de la escena, cabe una síntesis, por tesis, para poner en contexto la obra. En el duodécimo cumpleaños de la infanta, actúa un enano deforme y feo, produciendo en la princesa una risa hilarante propiciada por la monstruosidad del danzante y la ridiculez del momento. En cambio, el enano interpreta la risa como una señal de enamoramiento, máxime cuando la infanta solicita más tarde que el enano vuelva a bailar para ella, pero sin la presencia de ningún testigo. Cuando el enano radiante de amor acude presto a su cita con la infanta en el palacio, descubre en el reflejo de un espejo su propia deformidad y cae repentinamente en la cuenta que el interés de la princesa nada tiene que ver con el amor sino con la diversión frívola. El enano cae muerto, ante el descubrimiento de su propia deformidad. Cuando la princesa descubre el cuerpo sin vida del enano, muerto de amor no correspondido y de vergüenza, da instrucción para que nadie vuelva a entrar con corazón a palacio. 

El relato es un ejemplo de ficción nihilista. La Infanta reside en el hedonismo, en la artificiosidad, en el más obsceno narcisismo. Es un narcisismo claustrofóbico que induce a la morbidez, que presiente la muerte. Esa relación especular, basada en una pasión patológica de la infanta por su entorno, es un ensimismamiento desprotegido, un aislamiento que avanza y después confirma la muerte espiritual. Como Narciso, la princesa queda atrapada en su propia imagen. Cuando la reina ríe es porque no comprende al otro, es la negación de la alteridad externa. No ha descendido nunca hacia los confines del autodescubrimiento y tampoco se ha abierto nunca a conocer la misma realidad exterior. La Infanta expresa el común de los comportamientos de muchos políticos. Reniegan del conocimiento exterior, porque deambulan en su propia endogamia. Por eso, carecen de remordimiento o de escrúpulo en su viaje interior, porque lo externo no les preocupa. Y cuando se resuelven a salir, comprenden que hay otra realidad, el otro, difícilmente entendible, al que someten a un escrutinio salvaje, como si formase parte de otra especie. Por eso, no deben extrañar algunas reacciones, en las que se pueda negar la realidad misma, porque la realidad solo es la que presenta la infanta o el político en su palacio. No hay otra realidad cognoscible. Todo esto daría para una tesis. Una tesis, al fin y al cabo.


Ilustraciones de Javier Montesol
Ilustraciones de Javier Montesol

14/06/2018


14/06/2018

Atravesar Nueva York en taxi puede convertirse en un acto de heroicidad o en un acto de contrición. Los atascos de Madrid, en búsqueda de la Menina perdida, ni por asomo pueden compararse al empaste de vehículos en permanente congestión que inmovilizan Manhattan, quizá porque todavía los protagonistas de la obra de Terry Gilliam, "El Rey Pescador", no han encontrado el cáliz sagrado. Sea por esa razón, o por cualquier otra circunstancia, le ha faltado tiempo al mismo director de cine para estrenar en España una excentricidad inclasificable, por aberrante, titulada "El hombre que mató a Don Quijote", una expresión de que el tiempo, está vez sí, pasa inexorablemente. En la inmersión al inmovilismo que supone vadear la ciudad de los rascacielos en un taxi, cabe repensar pasado, presente y futuro, pues no va a faltar tiempo para combinar, a lo largo de horas, el pretérito con el condicional, y el pluscuamperfecto con el simple.
 

En esas inquinas andaba recientemente en un viaje que hice a Nueva York cuando reparé en la tez del taxista, cetrina a la par que olivácea, e inferí que era paquistaní. Y al momento recordé una pieza escrita por Umberto Eco el 15 de mayo de 2008 en el marco de una conferencia dictada en la Universidad de Bolonia, intitulada "Construir al enemigo". Comienza la reflexión el italiano en la misma posición de paciente usuario de un taxi guiado por un paquistaní en Nueva York, cuando el conductor le pregunta al escritor, a quemarropa, cuáles son los enemigos de su país, los adversarios políticos de Italia, esos que primero matas y luego matan ellos o viceversa. Umberto Eco, entre asertivo y conmiserativo, le respondió que Italia no tenía enemigos desde la Segunda Guerra Mundial: "Nada más bajarme, dejándole dos dólares de propina para recompensarle por nuestro indolente pacifismo, se me ocurrió lo que debería haberle contestado, es decir, que no es verdad que los italianos no tienes enemigos. No tienen enemigos externos y, en todo caso, no logran ponerse de acuerdo jamás para decidir quiénes son, porque están siempre en guerra con ellos: Pisa contra Lucca, güelfos contra gibelinos, nordistas contra sudistas, fascistas contra partisanos, mafia contra Estado, gobierno contra magistratura". Esa lectura rememorada y la reflexión de ciertos episodios recientes de nuestra historia me han acabado disuadiendo de que uno de las principales desventuras de España es la de no haber tenido verdaderos enemigos externos.
 

Adviértase, como afirmación de principio, que el conflicto es inmanente al poder y que, como tal, la figura del adversario es consustancial a la narrativa de la política. El enemigo, siempre "hostis" antes que "inimicus", permite radicalizar las diferencias reales o potenciales, de modo que legitima el conflicto como una función creadora e instrumental en la constitución de la categoría de lo político. Que el conflicto pueda ser considerado, al uso del jurista alemán Schmitt, la única raíz en el que se puede asentar el orden, no admite severas dudas. Por paradójico que resulte, hay que amar al enemigo aunque sea en la esfera privada, como una señal de tolerancia y respeto, puesto que en el fuero público, la agrupación de los pueblos se consolida al paso de que los antagonismos se hacen más cruentos. Y proyectar esta categoría a la esfera de las relaciones privadas es bochorno y felonía, pues habrá quien quiera mimetizar esta dialéctica del odio a las relaciones interpersonales, toda vez que la política está preñada de múltiples ejemplos de odios abstrusos y demoledores entre personas de un mismo grupo humano o político. Buscan y han buscado enemigos a su mismo nivel, para encontrar siempre la propia medida, los propios límites y la propia personalidad. Y cuando llega el tiempo del relevo político, su opción de culminar el combate, allí haya o no herencia, los herederos y herederas reconocen su rencor recíproco, hasta llegar, tiempo al tiempo, al exterminio. Sin saberlo, han hecho suyas las palabras del Che Guevara: "Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles y aún dentro de los mismos; atacarlo dondequiera que se encuentre. /.../ Se hará más bestial todavía, pero se notarán los signos de decaimiento que asoma". Son los mismos, y las mismas, que ni cultivaron a los amigos pero, ante todo, descuidaron a los enemigos. Güelfos y gibelinos separados por una silla vacía.
 

Hay enemigos relacionales y enemigos sustanciales. Los primeros tienen carácter circunstancial o contingente y vienen propiciados por una decisión, jurídica o no, tendente a presentar a un sujeto temporalmente como adversario de una comunidad. En cambio, los enemigos sustanciales son independientes de todo momento y de toda consideración, toda vez que son irreductibles e irrenunciables, pues forman parte del ideario e imaginario de una comunidad. Son enemigos sustanciales los enemigos de raza, y comienzan siendo confinados en el acervo cultural de una comunidad para pasar rápidamente a formar parte del acto jurídico de ese mismo Estado o nación. A mediados de la década de 1930, fue el derecho nacionalsocialista el que se encargó de identificar al adversario sustancial a través de un conjunto de leyes protectoras de la supremacía de la raza aria. Sucede, en experiencia contrastada en diferentes ecosistemas totalitarios, que al enemigo sustancial le sigue el enemigo total, de modo que solo cabe erradicar al enemigo en su completitud, para sobrevivir en el futuro con la apología nostálgica del recuerdo del exterminio o con el regocijo adventista de la irrupción de nuevos enemigos. Pero el enemigo no necesariamente ha de ser real, sino que basta con que sea potencial, al decir de Umberto Eco: "Ahora bien, desde el principio se construyen como enemigos no tanto a los que son diferentes y que nos amenazan directamente (como sería el caso de los bárbaros), sino a aquellos que alguien tiene interés en representar como amenazadores aunque no nos amenacen directamente, de modo que lo que ponga de relieve su diversidad no sea su carácter de amenaza, sino que sea su diversidad misma la que se convierta en señal de amenaza". 
 

En este punto, no cabe sino afirmar tempestivamente que España no ha sabido construir enemigos en las últimas décadas, si bien es cierto que no hemos sido muy cuidadosos tampoco en el reclutamiento de amigos. La necesidad ancestral de tener enemigos ha dado paso en los últimos años a una pueril concepción de lo político, basada en alianzas de civilizaciones cuando ha sido la propia civilización la que ha dotado de fundamento y legitimidad a la figura del enemigo. Porque esa necesidad es también consustancial al hombre manso, en palabras de Umberto Eco, ya haya nacido en Arizona o en León, que, a la sazón, es patria del constitucionalismo. En cambio, en ausencia de enemigo externo, en España ha irrumpido la figura del enemigo interno, haciendo suyo el ensayo mismo de la construcción del enemigo como factor de legitimación social y política. La dialéctica del amigo-enemigo ha permitido que en Cataluña, pero no sólo en Cataluña, haya avanzado la construcción del metaconcepto de enemigo común, a modo de vía para la unificación identitaria de una parte del grupo humano.
 

La técnica de la construcción del enemigo, en los términos que se ha presentado en nuestro país, tiene una vertiente historicista, pues el espíritu del mal, como razón del conflicto permanente, exige un proceso perseverante de estigmatización que, como ha quedado señalado, no puede ser en modo alguno relacional o contingente. En ese proceso es esencial la propaganda, de modo que presente el conflicto frente al adversario como una liturgia diaria. Umberto Eco hace uso de un fragmento de 1984 de George Orwell para ilustrar sobre el proceso intensivo de germinación del odio: "Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruido que procedía de la gran telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había empezado el Odio. Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Del público salieron aquí y allá fuerte silbidos. /.../ Los programas de Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia. /.../ Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario, que ea absolutamente imposible evitar la participación porque uno era arrastrado irremisiblemente. /.../ Un éxtasis de miedo y vergüenza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un martillo, parecían recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante". En este sentido la televisión se convierte en el catéter para prestar coartada a la formación y deformación del enemigo. Y, en ocasiones, esa televisión, plasma arriba, plasma abajo, tiene financiación pública, cuestión que no puede extrañar habida cuenta que la construcción del enemigo parte siempre del ejercicio de la autoridad jurídica o institucional.

Otra de las características del procedimiento constructivo de la demonización del adversario es su identificación con lo feo y degradante en la escala física o racial. Como señala Umberto Eco, "el enemigo debe ser feo porque se identifica lo bello con lo bueno (kalokagathia), y una de las características fundamentales de la belleza ha sido siempre lo que la Edad Media denominará "integritas". Allí tenemos desde Polifemo, el gigante monóculo, hasta Nicéforo, visto de esta guisa por Liutprando de Cremona: "Nicéforo es un ser monstruoso, un pigmeo con una cabeza enorme, que parece un topo por la pequeñez de sus ojos, afeado por una barba corta, larga, espesa y entrecana, con el cuello de un dedo de largo; un etíope por su color, con quien no querías tropezarte por la noche, vientre obeso, enjuto de nalgas, muslos demasiado largos para su corta estatura, piernas cortas, pies planos y una ropa de pueblerino gastada, hedionda, desteñida de tanto ponérsela".  Mil años después, el actual Presidente de la Generalitat publicaba en El Món el 19 de diciembre de 2012 lo siguiente: "Ahora miras a tu país, y vuelves a ver hablar a las bestia. Pero son de otro tipo. Carroñeros, víboras, hienas. Bestias no obstante con forma humana, que gorgotean odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con verdín, contra todo lo que representa la lengua. /.../ Hay algo freudiano en estas bestia. O un pequeño bache en su ADN. ¡Pobres individuos!". Pasen y vean.

Monstruoso y hediondo presenta el enemigo hasta la misma Biblia cuando se refiere al Anticristo, "expandiendo en sus sentido el hedor más horrible, destruyendo las instituciones de la Iglesia con la más feroz de las codicias; se reirá con maldad con un rictus enorme enseñando horribles dientes de hierro". A vueltas con la dentadura y el verdín, el mismo Presidente de la Generalitat arremete contra una política socialista catalana en un artículo publicado en El Matí el 27 de enero de 2012. Pero como en la construcción del enemigo, la lengua es forja mineral, y los aspectos fonéticos y mímicos están en la base del discurso. Umberto Eco invoca a Wagner cuando describe al Anticristo que procede del pueblo de los judíos, para describir la propuesta de odio basada en la lengua: "Lo que nos repugna particularmente es la expresión física del acento judío. /.../ Nuestro oído se ve afectado de manera extraña y desagradable por el sonido agudo, chillón, seseante y arrastrado de la pronunciación judía: un empleo de nuestra lengua nacional completamente impropio /.../ nos obliga durante una conversación a prestar más atención a ese cómo desagradable del hablar judío que a su qué". No anda a la zaga el artículo publicado por el presidente de la Generalitat en El Matí el 2 de enero de 2012, que reza el siguiente tenor: "No, no es nada natural hablar en español en Catalunya. No querer hablar la lengua propia del país es el desarraigo, la pronvicialización, la voluntad persistente de no querer asumir las señas de identidad de donde se vive". Y en esa senda de orgullo, culminaba un artículo en MónTerrassa el 19 de diciembre de 2012, el mismo Presidente: "¿O es que ustedes jugarían a una Catalunya independiente convertida en una inmensa Feria de Abril /.../? Yo, no". Vean y pasen.

 

Y entre cavilaciones y convulsiones, arrastrando en entretelas el ensayo de Umberto Eco, me pregunté si el taxista sabía algo de la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña. Sin muchas esperanzas le formulé la pregunta y, entre pasmado e inquieto, se revolvió en el asiento, probablemente más preocupado ante la eventualidad de que no cobrase el peaje. A mi manera de combinar los números, y ante la inmensidad grisácea del río Hudson al paso por el puente de Brooklyn, recordé que fueron precisamente 155 los supervivientes del accidente del US Airways sobre el mismo río en los hielos de enero de 2009. Lo que me llevó a pensar, por pensar tras una hora de atasco, que en una de mis últimas comparecencias en el Congreso de los Diputados, una diputada me espetó que a ella lo que realmente le importaba no era el artículo 155, sino el artículo 156 de la Constitución. Perplejo por tamaña aseveración, que nada tenía que ver con el curso del debate, le repliqué que, por mí, podía llegar hasta el artículo 169. Entre risas sicalípticas y estertores de tarde parlamentaria, acerté a entender que algunos diputados habían entendido que mi referencia al artículo era casi pornográfica, por aquello del 69, cuando lo único que pretendía era recordar que la Constitución tiene 169 artículos. Rasgos de la nueva política.


Ilustración de Montesol
Ilustración de Montesol

11/06/2018


11/06/2018

"¿Por qué no podrá ser esta otra la de un Abogado? ¿Y dónde están ahora las sutilezas y los distingos, dónde los subterfugios y las artimañas? ¿Cómo soporta hoy que ese grosero ganapán le dé con su pala inmunda en la mollera y se queda sin lanzar contra él una querella por injurias y lesiones?" A referirse viene con estas interrogaciones Hamlet a los abogados, en una conversación con Horacio a propósito de la contemplación de las calaveras que los sepultureros de Ofelia van la laminando a golpe de pico y pala. La Escena Primera del Acto V de Hamlet es una venganza dramática, tan brutal como pugnaz, contra artes, ensayos y oficios de la época. Los cantantes, los cortesanos hipócritas, los corredores de propiedades y, por fin, los abogados. Resulta paradójico que Shakespeare no estudiara leyes, o, al menos, no se tiene conocimiento de que así fuera, cuando, en cambio, en más de dos tercios de su producción teatral figuran escenas de procedimientos judiciales. Cierto es que la sociedad isabelina era harto litigiosa y, a recordar vengo que los litigios son expresión de conflicto material y espiritual en la mayor parte de las veces. No causa asombro, pues, que la materia y esencia de la obra del dramaturgo inglés transcurra entre pleiteadores y tribunales, entre litigios y querellas, y, por mor su experiencia, delataría en este noble oficio tanto los vicios y abusos como las bondades y cualidades de tan indomable oficio. Pues a esta visión idealista y ponderada de la profesión se entrega Shakespeare en "El mercader de Venecia".
 

Por extraño que pueda resultar, el primer personaje de la obra es la propia ciudad, Venecia, una ciudad de más de cien mil habitantes, habida cuenta que en la época solo había cuatro ciudades que superasen esa barrera de población: Venecia, Milán, Nápoles y Constantinopla. Venecia representaba la pujanza, el éxito comercial, la expresión de máxima potencia política y económica, en un mar Mediterráneo abierto y dinámico, que abrazó la conquista de América como un océano de posibilidades y de expansión. Venecia no había conocido realmente ni la época feudal ni el periodo comunal, pues había sido de siglos una República aristocrática, con un Dux elegido y coadyuvado por organismos colegiales. Sin embargo, esa misma Venecia que tendía relaciones con el Nuevo Mundo, vivía constreñida en una estructura social todavía vicaria de la Edad Media. Porque si bien la prosperidad económica y el incremento del peculio familiar es signo de ostentación y reputación, no es menos cierto que no toda fortuna de la época era considerada del mismo nivel. Así, mientras Antonio, el rico mercader, goza de fama inmarcesible derivada de su condición indeleble de cristiano, Shylock, a pesar de su rango de hombre adinerado, padece el repudio y el desprestigio social derivado de su condición de judío. Venecia era una ciudad-estado que representaba la modernidad y el progreso, una ciudad liberal pero profundamente intolerante contra los judíos. De hecho, por imperativo legal, los judíos venían obligados a vivir en la zona amurallada de la cuidad o Guetto, y cuando atardecía, la puerta de la ciudad amurallada se cerraba a cal y canto custodiada por los cristianos. Durante el día, si salían del Guetto tenían que utilizar sombrero rojo co seña de identidad, y tenían prohibido atesorar patrimonios y propiedades, por lo que se dedicaban a la usura. Tal era el escarnio de los judíos, que hasta Jessica, la hija de Shylock pretende abjurar de su confesión: "Como bien en vayas, amigo Lanzarote. ¡Pobre de mí! ¿Qué crimen habré cometido? ¡Me avergüenzo de tener tal padre, y eso que soy solo suya por la sangre, no por la fe ni por las costumbres! Adiós Lorenzo, guárdame fidelidad, cumple lo que prometiste, y te juro que seré cristiana y amante esposa tuya". En ese autorrepudio el factor determinante es que el padre sea usurero, pues en la época la mercatura del préstamo era vituperada moralmente como un resquicio preliberal.
 

Enfrentados los dos personajes principales, a la manera shakesperiana, los dos estereotipos que representan dos concepciones diametralmente diferentes de la sociedad veneciana de la época, y sin redención moral inicial, es necesario que exista un personaje-puente que haga suscitar el conflicto. Ese personaje es Basanio. Hombre impetuoso, audaz, impulsivo y correoso, pero de virtud escasa en el arte de atesorar bienes y dinero, precisa del apoyo de su buen amigo Antonio: "Bien sabes de qué manera ha malbaratado mi hacienda en alardes de lujo no proporcionados a mis escasas fuerzas. No me lamento de la pérdida de esas comodidades. Mi empeño es solo salir con honra delos compromisos en que me ha puesto mi vida. Tú, Antonio, eres mi principal acreedor en dineros y en amistad, y pues que tan de veras nos queremos, voy a decirte mi plan para librarme mis deudas". La causa de la necesidad pecuniaria de Basanio reside, como no podía ser de otra manera, en una causa de amor. Está fundidamente enamorado de Porcia ("sus ojos me han hablado más de una vez de amor"): "En Belmonte hay una rica heredera (...) Se llama Porcia (...) Todo el mundo conoce lo mucho que vale, y vienen de apartadas orillas a pretender su mano. Los rizos, que cuál áureo vellocino penden de su sien, hacen de la quinta de Belmonte un nuevo Colcos ambicionado por muchos Jasones. ¡Oh, Antonio mío! Si yo tuviera medios para rivalizar con cualquiera de ellos, tengo el presentimiento de que habría de salir victorioso". Es así como Basanio acude al usurero Shylock para solicitar un préstamo de 3.000 ducados, fiando la operación el bueno de Antonio que tiene toda su riqueza en ultramar. No excusa el judío la magnificencia del cristiano, "por el mero alardee hace de prestar dinero sin interés, con lo cual está arruinando la usura en Venecia. Si alguna vez cae en mis manos, yo saciaré en él todos mis odios". Firman contrato el cristiano y el judío, de modo y suerte que Antonio se compromete, en caso de no pagar la deuda fiada, a entregar "una libra justa de vuestra carne" del lugar del cuerpo donde de le antoje al judío.
 

Llegado el momento, Antonio pierde toda su fortuna allende los mares, pues todos sus barcos que se hallaban en México, Trípoli, Berbería, India, Inglaterra y Lisboa naufragan. Sin piedad, el judío clama el cumplimiento del contrato convenido, pues había vencido también la fecha de cumplimiento del pagaré: "Y aunque a Antonio le quedare algún dinero para pagar al judío, de seguro que este no lo recibiría. No parece ser humano; nunca he visto a nadie tan ansioso de destruir y aniquilar a su prójimo. Día y noche pide justicia al Dux, amenazando, si no se le hace justicia, con invocar las libertades del Estado. En vano han querido persuadirle los mercaderes más ricos, y el mismo Dux y los Patricios. Todo en balde. Él persiste en su demanda, y reclama confiscación, justicia y el cumplimiento del engañoso trato". Shylock, al fin y al cabo, únicamente pide que se cumpla lo pactado voluntariamente, sin hacer análisis sobre lo justo o lo injusto, lo proporcionado o lo desproporcionado del acuerdo convenido: "Pido que se cumplan las condiciones de la escritura. He jurado no ceder ni ápice de mi derecho (...) El Dux me hará justicia (...) No quiero oírte. Cúmplase el contrato (...) Pido que se cumpla el contrato (...)". Pero no es solo el abyecto usurero quien clama por el cumplimiento de la ley del contrato, "dura lex, sed lex", sino que Antonio llega a manifestar que "el Dux tiene que cumplir la Ley, porque el crédito de la República perdería mucho si no se respetasen los derechas del extranjero. Toda la riqueza, prosperidad y esplendor de esta ciudad depende de su comercio con los extranjeros", y hasta Porcia, ante el mismo Tribunal de Venecia, haciéndose pasar por el joven abogado Baltasar, proclama que "Ninguno puede alterar las leyes de Venecia. Sería un ejemplo funesto, una causa de ruina para el Estado. No debe importar la nota de crueldad, cuando se trata de mantener al pueblo dentro de los límites de la obediencia". En este trance, Antonio, ante la inminencia del cumplimiento de la condena, llega a expresar que "dispuesto estoy a todo y armado de valor. Dame la mano, Basanio. Adiós, amigo. No te duelas de que he perecido para salvarte. La fortuna se ha mostrado conmigo más clemente de lo que acostumbra (...). No me quejo del pago de la deuda; pronto la habré satisfecho toda si la mano del judío no tiembla". Pero no todo está perdido. El joven Basanio, aterido del terror de la muerte de su amigo, ruge finalmente en el Tribunal para que no se cumpla estrictamente la letra del contrato, conviniendo al Dux para que haga una interpretación del caso justicia, haciéndose eco, de algún modo, del viejo aforismo de la Sagradas Escrituras cuando dice que "el intérprete de la Ley es el juez que dicta sentencia viva vice en cada caso particular": "Romped para este solo caso esa ley tan dura. Evitaréis un gran mal con uno pequeño y contendréis la ferocidad de ese tigre". Al punto se abre el procedimiento judicial a la aplicación de la excepción de nulidad por objeto ilícito, diluyendo el conflicto procesal en una trama hermosa, en la que acaba considerándose que los términos del contrato constituyen un atentado contra la vida, y, por ende, un negocio jurídico con objeto ilícito. Pero previamente, en un ejercicio de justicia poética, el propio Tribunal del Dux hace prevalecer la interpretación literal del contrato: "Te pertenece una libra de carne de este mercader; la ley te la da y el Tribunal te la adjudica; puedes cortarla de su pecho como lo has pedido; la Ley lo permite y el Tribunal lo autoriza (...) El contrato te otorga una libra de carne, pero ni una gota de sangre. Toma la carne que es lo que te pertenece. Pero si derramas una gota de su sangre, tus bienes serán confiscados conforme a la ley de Venecia". Y en el instante que el avaro usurero se dispone a ejecutar la sentencia de su propia mano, añade Porcia enmascarada: "Tendrá el hebreo completa justicia. Se cumplirá la escritura. Prepárate ya a cortar la carne, pero sin derramar la sangre, y ha de ser una libra, ni más ni menos. Si tomas más, aunque sea la vigesimal parte de un adarme, o inclinas, por poco que sea, la balanza, perderás la vida y la Hacienda". Raudo se retracta el judío del cumplimiento imposible de la sentencia, conminando al Tribunal a la conversión del fallo en condena pecuniaria, esto es, al pago de los 3.000 ducados. Pero como la sentencia había sido ya dictada y notificada, y revestía la autoridad de cosa juzgada, en mérito de ella quedó rechazada la petición del usurero.
 

Venganza privada frente a venganza pública. Shylock se convierte así en víctima de su propio atropello, forjado a fuerza de contrato privado de objeto ilícito e incumplible, pero  reo, a su vez, de las leyes públicas. Porque en tercera instancia, el joven Doctor Baltasar le espeta: "Espera judío. Aún así te alcanzan las leyes. Si algún extraño atenta por medios directos o indirectos contra la vida de un súbdito veneciano, éste tiene derecho a la mitad de los bienes del reo, y el Estado a la otra mitad. El Dux decidirá de tu vida. Es así que tú, directa o indirectamente, has atentado contra la existencia de ANTONIO; luego la ley te coge de medio a medio. Póstrate a las plantas del Dux y pídele perdón". El Dux accede a la clemencia, incluso antes de que oficie la petición el judío. También muestra su benevolencia final Antonio: "Si el Dux y el Tribunal le dispensan del pago de la mitad de su fortuna al erario, yo le perdono la otra media, con dos condiciones: la primera, que abjure de sus errores y se haga cristiano; la segunda, que por escritura firmada en esta misma audiencia, destituya herederos de todo a su hija y a su yerno Lorenzo". Así se llega a la verdad, al modo casi canónico, pues es la búsqueda de la verdad la que inspira y da sentido al proceso judicial, que no tiene otro objetivo que aprehender y reproducir la verdad en una resolución judicial, o al sentido volteriano, "una justicia llevada demasiado lejos puede convertirse en injusticia". Sea como fuere, no debemos juzgar a su vez con el filtro dale rigor jurídico la vena poética de Shakespeare, ya que no en balde en las Universidades anglosajonas se pone como ejemplo de defectors y errores crasos de praxis judicial: una demanda civil transformándose en el curso del proceso en una demanda penal, la imposibilidad de intervención en el proceso de Porcia por parcialidad, la celebración del proceso sin interrupción y sin, por consiguiente, las más elementales garantías procesales, o la ausencia de asistencia letrada, pues toda la dialéctica argumentativa transcurre entre los propios personajes de la obra. Nosotros no tenemos necesidad de usar la pala de zacateca para zaherir el oficio del letrado. Ya lo hizo Shakespeare y los muertos, muertos son.


Ilustración de Montesol
Ilustración de Montesol

Ilustraciones de Montesol
Ilustraciones de Montesol

10/11/2016


10/11/2016
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MARIO GARCÉS SANAGUSTIN
Mario Garcés Sanagustín
Ardiel Martinez
Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Ha sido profesor de Sistema Fiscal de la Universidad de las Illes Balears y profesor de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid. Ha sido también Presidente de la Asociación de Interventores y Auditores del Estado y Vicepresidente de FEDECA. Vocal Asesor del Presidente del Gobierno (2000-2004). Consejero de Hacienda y Administraciones Públicas del Gobierno de Aragón (2011). Subsecretario del Ministerio de Fomento (2012-2016). Consejero de Administración de diferentes empresas y entidades públicas (SEPI, RENFE). Autor de más de setenta libros y publicaciones de Derecho Administrativo y Financiero. Autor también de obras de teoría política. En 2013 pública su primer libro de literatura "Relatos desde el avión" (Ediciones Mira). Participa en la obra colectiva de FIDE "En la frontera" (Editorial Almuzara, 2014). Recientemente ha publicado para Ediciones B su último libro "Episodios extraordinarios de la historia de España".