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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




Umberto Eco en junio (o cómo construir al enemigo)


Lunes, 11 de Junio 2018



Atravesar Nueva York en taxi puede convertirse en un acto de heroicidad o en un acto de contrición. Los atascos de Madrid, en búsqueda de la Menina perdida, ni por asomo pueden compararse al empaste de vehículos en permanente congestión que inmovilizan Manhattan, quizá porque todavía los protagonistas de la obra de Terry Gilliam, "El Rey Pescador", no han encontrado el cáliz sagrado. Sea por esa razón, o por cualquier otra circunstancia, le ha faltado tiempo al mismo director de cine para estrenar en España una excentricidad inclasificable, por aberrante, titulada "El hombre que mató a Don Quijote", una expresión de que el tiempo, está vez sí, pasa inexorablemente. En la inmersión al inmovilismo que supone vadear la ciudad de los rascacielos en un taxi, cabe repensar pasado, presente y futuro, pues no va a faltar tiempo para combinar, a lo largo de horas, el pretérito con el condicional, y el pluscuamperfecto con el simple.
 

En esas inquinas andaba recientemente en un viaje que hice a Nueva York cuando reparé en la tez del taxista, cetrina a la par que olivácea, e inferí que era paquistaní. Y al momento recordé una pieza escrita por Umberto Eco el 15 de mayo de 2008 en el marco de una conferencia dictada en la Universidad de Bolonia, intitulada "Construir al enemigo". Comienza la reflexión el italiano en la misma posición de paciente usuario de un taxi guiado por un paquistaní en Nueva York, cuando el conductor le pregunta al escritor, a quemarropa, cuáles son los enemigos de su país, los adversarios políticos de Italia, esos que primero matas y luego matan ellos o viceversa. Umberto Eco, entre asertivo y conmiserativo, le respondió que Italia no tenía enemigos desde la Segunda Guerra Mundial: "Nada más bajarme, dejándole dos dólares de propina para recompensarle por nuestro indolente pacifismo, se me ocurrió lo que debería haberle contestado, es decir, que no es verdad que los italianos no tienes enemigos. No tienen enemigos externos y, en todo caso, no logran ponerse de acuerdo jamás para decidir quiénes son, porque están siempre en guerra con ellos: Pisa contra Lucca, güelfos contra gibelinos, nordistas contra sudistas, fascistas contra partisanos, mafia contra Estado, gobierno contra magistratura". Esa lectura rememorada y la reflexión de ciertos episodios recientes de nuestra historia me han acabado disuadiendo de que uno de las principales desventuras de España es la de no haber tenido verdaderos enemigos externos.
 

Adviértase, como afirmación de principio, que el conflicto es inmanente al poder y que, como tal, la figura del adversario es consustancial a la narrativa de la política. El enemigo, siempre "hostis" antes que "inimicus", permite radicalizar las diferencias reales o potenciales, de modo que legitima el conflicto como una función creadora e instrumental en la constitución de la categoría de lo político. Que el conflicto pueda ser considerado, al uso del jurista alemán Schmitt, la única raíz en el que se puede asentar el orden, no admite severas dudas. Por paradójico que resulte, hay que amar al enemigo aunque sea en la esfera privada, como una señal de tolerancia y respeto, puesto que en el fuero público, la agrupación de los pueblos se consolida al paso de que los antagonismos se hacen más cruentos. Y proyectar esta categoría a la esfera de las relaciones privadas es bochorno y felonía, pues habrá quien quiera mimetizar esta dialéctica del odio a las relaciones interpersonales, toda vez que la política está preñada de múltiples ejemplos de odios abstrusos y demoledores entre personas de un mismo grupo humano o político. Buscan y han buscado enemigos a su mismo nivel, para encontrar siempre la propia medida, los propios límites y la propia personalidad. Y cuando llega el tiempo del relevo político, su opción de culminar el combate, allí haya o no herencia, los herederos y herederas reconocen su rencor recíproco, hasta llegar, tiempo al tiempo, al exterminio. Sin saberlo, han hecho suyas las palabras del Che Guevara: "Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles y aún dentro de los mismos; atacarlo dondequiera que se encuentre. /.../ Se hará más bestial todavía, pero se notarán los signos de decaimiento que asoma". Son los mismos, y las mismas, que ni cultivaron a los amigos pero, ante todo, descuidaron a los enemigos. Güelfos y gibelinos separados por una silla vacía.
 

Hay enemigos relacionales y enemigos sustanciales. Los primeros tienen carácter circunstancial o contingente y vienen propiciados por una decisión, jurídica o no, tendente a presentar a un sujeto temporalmente como adversario de una comunidad. En cambio, los enemigos sustanciales son independientes de todo momento y de toda consideración, toda vez que son irreductibles e irrenunciables, pues forman parte del ideario e imaginario de una comunidad. Son enemigos sustanciales los enemigos de raza, y comienzan siendo confinados en el acervo cultural de una comunidad para pasar rápidamente a formar parte del acto jurídico de ese mismo Estado o nación. A mediados de la década de 1930, fue el derecho nacionalsocialista el que se encargó de identificar al adversario sustancial a través de un conjunto de leyes protectoras de la supremacía de la raza aria. Sucede, en experiencia contrastada en diferentes ecosistemas totalitarios, que al enemigo sustancial le sigue el enemigo total, de modo que solo cabe erradicar al enemigo en su completitud, para sobrevivir en el futuro con la apología nostálgica del recuerdo del exterminio o con el regocijo adventista de la irrupción de nuevos enemigos. Pero el enemigo no necesariamente ha de ser real, sino que basta con que sea potencial, al decir de Umberto Eco: "Ahora bien, desde el principio se construyen como enemigos no tanto a los que son diferentes y que nos amenazan directamente (como sería el caso de los bárbaros), sino a aquellos que alguien tiene interés en representar como amenazadores aunque no nos amenacen directamente, de modo que lo que ponga de relieve su diversidad no sea su carácter de amenaza, sino que sea su diversidad misma la que se convierta en señal de amenaza". 
 

En este punto, no cabe sino afirmar tempestivamente que España no ha sabido construir enemigos en las últimas décadas, si bien es cierto que no hemos sido muy cuidadosos tampoco en el reclutamiento de amigos. La necesidad ancestral de tener enemigos ha dado paso en los últimos años a una pueril concepción de lo político, basada en alianzas de civilizaciones cuando ha sido la propia civilización la que ha dotado de fundamento y legitimidad a la figura del enemigo. Porque esa necesidad es también consustancial al hombre manso, en palabras de Umberto Eco, ya haya nacido en Arizona o en León, que, a la sazón, es patria del constitucionalismo. En cambio, en ausencia de enemigo externo, en España ha irrumpido la figura del enemigo interno, haciendo suyo el ensayo mismo de la construcción del enemigo como factor de legitimación social y política. La dialéctica del amigo-enemigo ha permitido que en Cataluña, pero no sólo en Cataluña, haya avanzado la construcción del metaconcepto de enemigo común, a modo de vía para la unificación identitaria de una parte del grupo humano.
 

La técnica de la construcción del enemigo, en los términos que se ha presentado en nuestro país, tiene una vertiente historicista, pues el espíritu del mal, como razón del conflicto permanente, exige un proceso perseverante de estigmatización que, como ha quedado señalado, no puede ser en modo alguno relacional o contingente. En ese proceso es esencial la propaganda, de modo que presente el conflicto frente al adversario como una liturgia diaria. Umberto Eco hace uso de un fragmento de 1984 de George Orwell para ilustrar sobre el proceso intensivo de germinación del odio: "Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruido que procedía de la gran telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había empezado el Odio. Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Del público salieron aquí y allá fuerte silbidos. /.../ Los programas de Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia. /.../ Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario, que ea absolutamente imposible evitar la participación porque uno era arrastrado irremisiblemente. /.../ Un éxtasis de miedo y vergüenza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un martillo, parecían recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante". En este sentido la televisión se convierte en el catéter para prestar coartada a la formación y deformación del enemigo. Y, en ocasiones, esa televisión, plasma arriba, plasma abajo, tiene financiación pública, cuestión que no puede extrañar habida cuenta que la construcción del enemigo parte siempre del ejercicio de la autoridad jurídica o institucional.

Otra de las características del procedimiento constructivo de la demonización del adversario es su identificación con lo feo y degradante en la escala física o racial. Como señala Umberto Eco, "el enemigo debe ser feo porque se identifica lo bello con lo bueno (kalokagathia), y una de las características fundamentales de la belleza ha sido siempre lo que la Edad Media denominará "integritas". Allí tenemos desde Polifemo, el gigante monóculo, hasta Nicéforo, visto de esta guisa por Liutprando de Cremona: "Nicéforo es un ser monstruoso, un pigmeo con una cabeza enorme, que parece un topo por la pequeñez de sus ojos, afeado por una barba corta, larga, espesa y entrecana, con el cuello de un dedo de largo; un etíope por su color, con quien no querías tropezarte por la noche, vientre obeso, enjuto de nalgas, muslos demasiado largos para su corta estatura, piernas cortas, pies planos y una ropa de pueblerino gastada, hedionda, desteñida de tanto ponérsela".  Mil años después, el actual Presidente de la Generalitat publicaba en El Món el 19 de diciembre de 2012 lo siguiente: "Ahora miras a tu país, y vuelves a ver hablar a las bestia. Pero son de otro tipo. Carroñeros, víboras, hienas. Bestias no obstante con forma humana, que gorgotean odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con verdín, contra todo lo que representa la lengua. /.../ Hay algo freudiano en estas bestia. O un pequeño bache en su ADN. ¡Pobres individuos!". Pasen y vean.

Monstruoso y hediondo presenta el enemigo hasta la misma Biblia cuando se refiere al Anticristo, "expandiendo en sus sentido el hedor más horrible, destruyendo las instituciones de la Iglesia con la más feroz de las codicias; se reirá con maldad con un rictus enorme enseñando horribles dientes de hierro". A vueltas con la dentadura y el verdín, el mismo Presidente de la Generalitat arremete contra una política socialista catalana en un artículo publicado en El Matí el 27 de enero de 2012. Pero como en la construcción del enemigo, la lengua es forja mineral, y los aspectos fonéticos y mímicos están en la base del discurso. Umberto Eco invoca a Wagner cuando describe al Anticristo que procede del pueblo de los judíos, para describir la propuesta de odio basada en la lengua: "Lo que nos repugna particularmente es la expresión física del acento judío. /.../ Nuestro oído se ve afectado de manera extraña y desagradable por el sonido agudo, chillón, seseante y arrastrado de la pronunciación judía: un empleo de nuestra lengua nacional completamente impropio /.../ nos obliga durante una conversación a prestar más atención a ese cómo desagradable del hablar judío que a su qué". No anda a la zaga el artículo publicado por el presidente de la Generalitat en El Matí el 2 de enero de 2012, que reza el siguiente tenor: "No, no es nada natural hablar en español en Catalunya. No querer hablar la lengua propia del país es el desarraigo, la pronvicialización, la voluntad persistente de no querer asumir las señas de identidad de donde se vive". Y en esa senda de orgullo, culminaba un artículo en MónTerrassa el 19 de diciembre de 2012, el mismo Presidente: "¿O es que ustedes jugarían a una Catalunya independiente convertida en una inmensa Feria de Abril /.../? Yo, no". Vean y pasen.

 

Y entre cavilaciones y convulsiones, arrastrando en entretelas el ensayo de Umberto Eco, me pregunté si el taxista sabía algo de la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña. Sin muchas esperanzas le formulé la pregunta y, entre pasmado e inquieto, se revolvió en el asiento, probablemente más preocupado ante la eventualidad de que no cobrase el peaje. A mi manera de combinar los números, y ante la inmensidad grisácea del río Hudson al paso por el puente de Brooklyn, recordé que fueron precisamente 155 los supervivientes del accidente del US Airways sobre el mismo río en los hielos de enero de 2009. Lo que me llevó a pensar, por pensar tras una hora de atasco, que en una de mis últimas comparecencias en el Congreso de los Diputados, una diputada me espetó que a ella lo que realmente le importaba no era el artículo 155, sino el artículo 156 de la Constitución. Perplejo por tamaña aseveración, que nada tenía que ver con el curso del debate, le repliqué que, por mí, podía llegar hasta el artículo 169. Entre risas sicalípticas y estertores de tarde parlamentaria, acerté a entender que algunos diputados habían entendido que mi referencia al artículo era casi pornográfica, por aquello del 69, cuando lo único que pretendía era recordar que la Constitución tiene 169 artículos. Rasgos de la nueva política.


Ilustración de Montesol
Ilustración de Montesol




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MARIO GARCÉS SANAGUSTIN
Mario Garcés Sanagustín
Ardiel Martinez
Interventor y Auditor del Estado. Inspector de Hacienda del Estado. Ha sido profesor de Sistema Fiscal de la Universidad de las Illes Balears y profesor de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid. Ha sido también Presidente de la Asociación de Interventores y Auditores del Estado y Vicepresidente de FEDECA. Vocal Asesor del Presidente del Gobierno (2000-2004). Consejero de Hacienda y Administraciones Públicas del Gobierno de Aragón (2011). Subsecretario del Ministerio de Fomento (2012-2016). Consejero de Administración de diferentes empresas y entidades públicas (SEPI, RENFE). Autor de más de setenta libros y publicaciones de Derecho Administrativo y Financiero. Autor también de obras de teoría política. En 2013 pública su primer libro de literatura "Relatos desde el avión" (Ediciones Mira). Participa en la obra colectiva de FIDE "En la frontera" (Editorial Almuzara, 2014). Recientemente ha publicado para Ediciones B su último libro "Episodios extraordinarios de la historia de España".