Menu
Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




¿POR QUÉ CREEMOS EN COSAS RARAS?

Durante los últimos días han aparecido en diversos medios de comunicación varias noticias relacionadas con la práctica de diferentes terapias alternativas que, bajo la genérica denominación de "medicina complementaria", se ofrecen a pacientes que padecen incluso graves enfermedades como sustitutivo de lo que se tilda de "medicina oficial o convencional".

En particular, destacaban las trágicas historias de varios enfermos de cáncer que decidieron abandonar la quimioterapia y los tratamientos que les ofrecía la medicina científica por esotéricas terapias a base de homeopatía y demás alternativas pseudocientíficas. El resultado fue un rápido deterioro de su estado de salud que concluyó con su prematuro fallecimiento.

Al mismo tiempo más de cuatrocientos médicos y científicos han dirigido una carta a la ministra de sanidad cuyo encabezamiento no deja lugar a dudas: "las pseudociencias matan". El prestigioso conjunto de profesionales sanitarios que firman la carta llegar a una conclusión inapelable: las pseudociencias "han llevado a la muerte a miles de personas solo en nuestro país, y lo siguen haciendo. En algunos casos, como en la muerte de Mario Rodríguez se trata de personas que no son médicos pero ejercen con impunidad desde centros que incumplen la legislación de centros sanitarios. En otros casos, como la muerte de Rosa , son médicos colegiados que actúan con el conocimiento de los colegios de médicos, que les permiten seguir engañando a enfermos graves y llevarlos, en el mejor de los casos, a caer en un engaño, o en el peor, a la muerte." Resulta verdaderamente asombroso el insólito poder y la a todas luces, injustificada influencia que el denominado lobby de la medicina alternativa, que agrupa toda clase de curanderos, charlatanes y hechiceros que practican la indecente gama de las pseudociencias desde la homeopatía hasta la quiropraxia, pasando por la reflexología o la radiestesia, ejerce no sólo sobre los ciudadanos víctimas de sus maquinaciones sino también en los centros de poder y decisión.

Hay algo inquietante en el estremecedor relato del médico y científico alemán Ernst Edzard quien desde la cátedra Laing en la Universidad de Exeter, en Inglaterra, se dedicó durante años a investigar empírica y científicamente el poder curativo de las terapias alternativas agrupadas bajo el rótulo de pseudociencias. Como el propio autor admite con toda honestidad en su magnífico libro "Un científico en el país de las maravillas", Edzard no era, ni mucho menos, un enemigo acérrimo de las terapias alternativas, ni siquiera, probablemente, un escéptico. Se educó en un entorno familiar en el que "la medicina alternativa siempre estuvo ahí, a mi alrededor. Y me sentía perfectamente, con ella". Pero Ernst Edzard era también y sobre todo un científico, un investigador acostumbrado a someter a pruebas empíricas y verificables las hipótesis propuestas. Y las terapias alternativas o la medicina complementaria no podían, ni debían ser una excepción.

Durante años realizó múltiples experimentos, aplicando un riguroso método científico mediante ensayos de doble ciego, utilizando protocolos universalmente aceptados para evaluar la presunta eficacia de muchas de las terapias pseudocientíficas: homeopatía, acupuntura, imposición de manos, etcétera. Sus resultados fueron definitivamente concluyentes: ninguna de las terapias examinadas tenían el más mínimo efecto curativo en los pacientes a los que se aplicaba. Como máximo podía predicarse, en algunos casos, un "efecto placebo" completamente estéril desde el punto de vista terapéutico.

Lo que sucedió a continuación sería más propio de la Alemania nazi, que de una sociedad tolerante y democrática como la Inglaterra de finales de los años noventa. El doctor Edzard fue objeto de todo tipo de insultos, vejaciones y humillaciones por parte de la dirección de la Universidad bajo la influencia histérica y fanática de los defensores del negocio encubierto de las pseudociencias, hasta que finalmente su departamento de investigación fue definitivamente clausurado.

Esta historia resulta muy ilustrativa porque evidencia no sólo la penetración mafiosa en las instituciones académicas y científicas de la magia del curanderismo envuelta en una deplorable cháchara pseudocientífica , sino también, y esto es lo que demanda una urgente explicación, la corrosiva proliferación de una visión del mundo precientífica y antiilustrada que creíamos definitivamente periclitada.

¿Cómo es posible que en la era de Internet, en un mundo globalizado de economía digitalizada gobernado por la tecnología y la aplicación científica del conocimiento puedan sobrevivir y expandirse semejantes creencias que no sólo carecen de toda base razonable, sino que contradicen abiertamente el paradigma dominante consolidado en la actual comunidad científica?. ¿Cómo se puede conciliar la homeopatía con el IPhone, la acupuntura con el mundo de Google y Amazon o el biomagnetismo con la física de partículas?.

La respuesta es bien sencilla: no es lógicamente posible. Pero ahí está el truco, en el matiz del adverbio. Michael Shermer, el conocido historiador de la ciencia y fundador de The Skeptics Society sostiene una hipótesis interesante: creemos en cosas raras porque una parte de nuestro cerebro no opera conforme a los patrones de la racionalidad lógica, sino que responde a los estímulos emocionales de nuestra percepción del mundo. El pensamiento científico moderno surgió aproximadamente hace doscientos años con la ilustración europea pero la humanidad tiene doscientos mil años de existencia y desde su más temprano aparecer el homo sapiens ha formulado hipótesis acerca de la realidad.

En algún momento se puso en marcha lo que Shermer denomina "motor de creencias" que puede conducir tanto el pensamiento mágico como al pensamiento científico. El motor de creencias opera como un procesador de alcance general, tan general que está en la base de todo aprendizaje y resultó un mecanismo útil para la supervivencia porque contribuyó decisivamente a reducir la ansiedad en entornos inseguros, mediante explicaciones simbólicas o mágicas que enlazaban los fenómenos causalmente y de este modo aquellos que hacían uso de ese modelo de pensamiento mágico tenían ventajas evolutivas evidentes.

Shermer sostiene que el pensamiento mágico que forma parte del motor de creencias es lo que, tomando prestado un vocablo acuñado por Stephen Gay Gould y los evolucionistas, se denomina Sprandel un subproducto derivado de un mecanismo que evolucionó con el tiempo. De este modo el pensamiento mágico sería un Sprandel, un efecto colateral del pensamiento racional. Según esta tesis "recurrimos al pensamiento mágico porque tenemos que pensar con modelos causales. El pensamiento mágico y las supersticiones existen porque necesitamos el pensamiento crítico y encontrar modelos causales. Son aspectos inseparables. El pensamiento mágico es un derivado necesario del evolucionado mecanismo del pensamiento causal."


La creencia en los ovnis, las abduciones extraterrestres, la percepción extrasensorial o las pseudociencias resultan ser un fenómeno sólo parcialmente asociado al desarrollo de la inteligencia y del pensamiento crítico. Hay personas inteligentes que mantienen creencias erróneas en cosas extrañas. La razón es, como nos han enseñado las neurociencias, que los núcleos emocionales del cerebro donde se forjan las creencias no están inmediatamente conectados con la órbita frontal que gobierna la racionalidad formal y la lógica deductiva . De este modo defendemos creencias y afirmaciones falsas a las que hemos llegado por razones poco inteligentes, porque estamos entrenados para ello. El fanatismo se gesta en la química de las emociones, aunque se consolida y se expande mediante los recursos de la lógica racional.

Parece cierto como afirma Shermer que la inteligencia es ortogonal a las creencias y estadísticamente independiente de ellas. Siendo esto así, la respuesta a la pregunta inicial exige una nueva formulación. Hay un cierto espejismo en el forzado antagonismo que contrapone una visión ilustrada del mundo con la subsistencia del pensamiento mágico, como si este resultara ser un fragmento residual de un tiempo pretérito cuyo destino es la progresiva extinción. Hay algo de eso y parece evidente que la ilustración entendida como la preeminencia de la razón, la ciencia, el progreso y el humanismo en el sentido que reivindica Steven Pinker en su último libro, acota y reduce necesariamente el territorio de la magia y la superstición. Y sin embargo, pese a todos los indiscutibles logros de la ilustración que nos ha proporcionado el mejor de los mundos que jamás ha conocido la humanidad, parece que en el corazón mismo del progreso ilustrado, se aloja, hibernando, la bestia humana que nos ha acompañado a lo largo de la historia de nuestra especie.


Viernes, 28 de Septiembre 2018

PLAZA EN PROPIEDAD

Pertenezco a una generación que creció y se educó en un entorno social y familiar en el que prevalecía un ambivalente y, en alguna medida, esquizofrénico sentimiento respecto de lo público; por una parte se censuraba y denigraba la sempiterna ineficiencia de la administración, que arrastraba el pesado lastre de la lentitud y la burocracia y, por otro lado, se contemplaba con una admiración no exenta de algún tinte de envidia la pertenencia a algunos de los grandes cuerpos que integraban la élite de la función pública y cuyo acceso, mediante las muy selectivas y meritocráticas oposiciones, proporcionaba a los agraciados por la fortuna los privilegios asociados a un estatus distinguido y a la ansiada seguridad de un empleo de por vida.

Para quienes tuvieron la mala fortuna de alcanzar la madurez después de la Guerra civil, en aquel páramo intelectual de una España destruida y desolada, convertirse en notario, juez, o abogado del Estado era poco menos que acceder a las puertas del paraíso. Y así lo transmitieron a sus hijos. "Opositar" era la mejor opción en un país en el que el sector privado todavía ofrecía muy pocas oportunidades. Conciliar la manifiesta contradicción entre el "vuelva usted mañana" y la anhelada pertenencia a esta singular "nobleza estatal" no parecía ser una preocupación que atormentara a nadie.

Pero había mucho de verdad en el irónico adagio inmortalizado por Mariano José de Larra. Y todo el mundo lo sabía. Por eso la reforma de la administración pública ha sido una constante en la agenda política española en los últimos cuarenta o cincuenta años. Siempre hemos vivido con esta asignatura pendiente.

Es por ello por lo que resulta tan refrescante y esclarecedor el magnífico libro de Víctor Lapuente y Carl Dahlstrom, catedráticos de la Universidad de Göteborg. "Organizando el Leviatán" es, además de un magnífico ensayo que debería figurar en las listas de obligada lectura de nuestros políticos y funcionarios, un extraordinario estudio empírico de primer orden que nos proporciona una respuesta científica, contrastada y verificable al enigma de la tradicional ineficacia de nuestro sector público, al tiempo que nos facilita los principios y la orientación de una reforma definitiva.

Entre los muchos méritos de la obra, me importa resaltar ahora su carácter eminentemente científico, su insobornable respeto a las "réplicas de la realidad" y la amplia y documentada base de datos que los autores logran reunir superando, mediante técnicas depuradas, cualquier sesgo o proyección personal. Las conclusiones a las que arriban no son el fruto desiderativo de sus bien intencionadas inclinaciones, ni tampoco el producto más o menos especulativo de una mente brillante y creativa. Se imponen como la consecuencia necesaria de los hechos analizados; es el rigor metodológico, el método científico que depura y contrasta lo que hace tan apasionante esta propuesta.

Víctor Lapuente y Carl Dahlstrom identifican tres variables sobre las que existe un amplio consenso que caracterizan el ideal de un buen gobierno: una administración eficiente, la ausencia de corrupción y la disposición a aceptar las reformas modernizadoras. A la luz de estos objetivos analizan el funcionamiento de las administraciones públicas en más de cien países.

De este análisis conjunto, elaborado mediante exhaustivos indicadores de indiscutible solvencia, surgen dos grandes modelos de gestión administrativa:
-uno primero denominado "modelo Weberiano cerrado" que pone más énfasis en la ley que en la gestión y al que pertenecen los países procedentes de la órbita del código napoleónico: España, Francia , Italia y Grecia entre otros.
-Un modelo anglosajón mucho más abierto que se identifica y se aproxima a los métodos del sector privado y en el que la gestión prevalece sobre la ley y los incentivos sobre las reglas. Los Estados Unidos, Reino Unido, Nueva Zelanda y los países escandinavos son sus más relevantes exponentes.

Pues bien, en cada una de las variables consideradas el modelo anglosajón de gestión pública obtiene resultados cuantitativamente muy superiores. Tanto si se mide la eficacia de las estructuras burocráticas, como el grado de corrupción o la flexibilidad y adaptabilidad a las reformas modernizadoras, aquellos países, España entre ellos, que responden al esquema de la "administración weberiana cerrada" resultan considerablemente rezagados con respecto a sus homónimos que siguen el modelo alternativo.

¿Dónde reside la gran diferencia que genera esa brecha insalvable entre las burocracias continentales y anglosajonas?.

Los autores escrutan la respuesta con meticulosidad microscópica y alcanzan una conclusión demoledora y difícilmente rebatible: es la rígida e impermeable separación entre las carreras de los políticos y los funcionarios la que marca la diferencia. En efecto, mientras en los países que siguen la tradición del código napoleónico, las carreras de los políticos y los funcionarios están íntimamente conectadas, entreveradas mediante un haz de intereses y recompensas que se retroalimentan, en los sistemas anglosajones los funcionarios y los políticos siguen trayectorias completamente paralelas, sin zonas comunes de intersección de intereses y con incentivos claramente diferenciados.

La clave está en el sistema de rendición de cuentas y el diseño de incentivos profesionales diferenciados: los burócratas rinden cuentas ante sus pares y los políticos frente a sus votantes. Sus expectativas y carreras son distintas y los incentivos contrapuestos. Ello favorece un sistema de equilibrio sin alineación de intereses: ambos grupos tienen interés en vigilarse mutuamente para favorecer el cumplimiento de las reglas. La carrera del funcionario no está sometida a la voluntad de los políticos, ni los burócratas reciben incentivo alguno para alinearse con los políticos en sortear el orden legal.

La absoluta independencia de los funcionarios es la garantía del buen funcionamiento del sistema. Paradójicamente ese grado de independencia no se alcanza en los sistemas weberianos cerrados. España es un caso paradigmático, bien analizado por Víctor Lapuente y Carl Dahlstrom. Pese a la multitud de normas y regulaciones que aparentemente garantizan la neutralidad de la función pública y pese a la existencia de una legislación especial que regula una carrera independiente y separada para los funcionarios, lo cierto es que el sistema evidencia una porosidad y una permeabilidad que favorece una perniciosa coalición de intereses.

Las carreras de los burócratas y los políticos resultan finalmente integradas porque la frontera entre la administración y la política se erosiona por dos razones fundamentales:
-los ministros de cada gobierno disfrutan de un amplísimo margen de maniobra para designar cargos de manera discrecional hasta en cuatro grados por debajo de su puesto.
-Asimismo los funcionarios de profesión ocupan innumerables puestos políticos: más del setenta por ciento de los nombramientos políticos para los más altos puestos son copados por funcionarios. Basta recordar que en el último gobierno del Partido Popular once de sus catorce ministros incluyendo el presidente del gobierno eran funcionarios de alto nivel.

Las carreras de los funcionarios y políticos resultan finalmente integradas hasta el punto de que "una carrera en la administración es un paso necesario para cualquier carrera política". Se alcanza así el límite de lo que en Francia e Italia se denomina "titularización": la transferencia masiva de funcionarios públicos que acceden al sistema mediante contratos paralelos, burlando los sistemas reglados. A todo ello se añade el enorme grado de autonomía de los cuerpos burocráticos de la administración pública en España, hasta el punto de que "sectores enteros de la administración pública se convirtieron prácticamente en sus propiedades privadas" caracterizados por la captura extractiva de rentas que reflejaba esa inefable expresión: "una plaza en propiedad".

El resultado de todo ello no es sólo la degradación de la función pública aquejada de las secuelas de ineficacia y corrupción. Representa también una pesada carga que lastra y ralentiza el desarrollo económico de la nación, deteriorando el bienestar y la calidad de vida de todos sus ciudadanos. Ahora parece que ya sabemos lo que tenemos que hacer. ¿Seremos capaces de ello?.


Lunes, 24 de Septiembre 2018

DE HYDE A JEKILL
Después de una breve interrupción reanudo con renovado interés y espero que con mayor periodicidad este blog que pretende capturar aquellos pensamientos que escapan de las redes conceptuales al uso precisamente por su resistencia a adaptarse a la realidad dominante. En ocasiones adquieren la forma contradictoria de una paradoja, pero no como un juego literario, sino más bien como la expresión refractaria de los sinuosos vericuetos que impone el espejo de la vida por más que éste aparezca como deformado.
 
La clásica novela de Robert Louis Stevenson expresa, de una manera que sólo la literatura es capaz de iluminar, el angustioso trastorno disociativo de identidad que atrapa a un individuo escindido en lo más profundo de la dualidad de nuestra naturaleza moral. El fenómeno se produce también colectivamente cuando al mismo suceso o acontecimiento se le otorga una significación distinta y aun contradictoria en función de la perspectiva que se adopte. Se produce entonces una especie de palingénesis que mistifica la realidad y proyecta imágenes contradictorias sin una justificación racional.
 
En nuestro país, una singular muestra de este espejismo colectivo es la consideración casi reverencial que se otorga a los altos cuerpos de la administración del estado: los inspectores de finanzas, abogados del estado, notarios, jueces o registradores, por el solo hecho de acceder a alguna de estas profesiones, parecen experimentar una singular transubstanciación. Donde antes había individuos que vivían, amaban y sufrían igual que el resto de los mortales, sometidos a las mismas influencias, sesgos e incentivos, un minuto después de ingresar en alguno de los privilegiados cuerpos de élite de la administración, despojándose de la egoísta indumentaria de la sociedad civil se convierten en los insobornables  adalides de algo tan etéreo e indefinido como "el interés público", que, aunque nadie sepa bien lo que es, todo el mundo sospecha que pertenece a un rango moral mucho más elevado que el de los mezquinos intereses privados.
 
Esta especie de transubstanciación sin alma no acaece en virtud de ninguna mediación espiritual por más que alguno estuviere tentado de equiparar un temario de oposiciones con la inspiración del espíritu santo. Aunque la liturgia es mucho más banal parece producir el mismo efecto  mistificador. He oído infinidad de veces la misma cantinela : no importa lo que sucedió antes, no importan los antecedentes, carece de valor cual fuere la condición física, psíquica, intelectual o moral del candidato; una vez que ha superado la ordalía que le inviste como miembro de los elegidos, queda al margen de los procesos y circunstancias-en virtud de algún misterio no explicado- que gobiernan la vida del resto de los ciudadanos.
 
Obsérvese que no estoy hablando de corrupción. No es ese el nivel en el que se desenvuelve el discurso. Son los gustos, las preferencias, las fobias, las inclinaciones y los sesgos que condicionan nuestra conducta y nuestras decisiones los que han sido eliminados en el  arquetipo weberiano del perfecto burócrata. No estamos hablando de un hombre real de carne y hueso, sino de un tipo ideal, en el sentido en el que Max Weber empleaba esta expresión, un modelo formalizado teóricamente cuya característica más singular es precisamente que carece de un correlato exacto en el mundo de la vida.
 
No es necesario ningún conocimiento especial. Cualquiera puede percibir la falsedad de todo el entramado. No hay ninguna razón que pueda justificar semejante metamorfosis: las cualidades morales, los vicios y las virtudes, los rasgos del carácter, nuestras filias y fobias, nuestra visión del mundo y nuestra ideología, nuestras afinidades y nuestras aversiones, en definitiva, todo lo que hace que un ser humano se comporte como tal es inmune por completo a cualquier investidura, a todo rango por mucha pompa oficial que se le confiera.
 
Entonces, ¿ porque está tan extendida en nuestra cultura la idea de que una vez que un individuo ha ingresado en alguno de estos grandes cuerpos de la administración pública, merece mayor confianza, es digno de mayor crédito que el resto de los ciudadanos, hasta el punto de que debemos confiar en que su imparcialidad, su neutralidad y su objetividad son muy superiores a la del resto de nosotros, que perseguimos sólo  mezquinos intereses privados, mientras que ellos, depositarios de algún don altruista cuyo origen desconocemos, se afanan exclusivamente en alcanzar el interés colectivo, sea éste el que fuere?.
 
Propongo una hipótesis que, a expensas de la necesaria corroboración empírica, resulta plausible. Es en la patológica debilidad de la sociedad civil donde ha de residenciarse la búsqueda de una explicación. La escasa vertebración del tejido social pavimenta el camino para una especie de servidumbre voluntaria. Es en el mundo de la gente común, el mundo de la vida, donde el hombre de carne y hueso vive y muere, disfruta y sufre, se corrompe y se degrada, en donde está expuesto a todos los avatares de la existencia, una existencia de la que sólo puede emanciparse mediante un singular acto de purificación que, de manera misteriosa, opera una transformación cualitativa. Donde antes gobernaba el interés egoísta del individuo, ahora se alza majestuoso y renacido el sacrosanto interés público, la interesada subjetividad del sujeto privado es sustituida por la ecuánime objetividad de la racionalidad abstracta.
 
Se trata de una gigantesca farsa pero que ha penetrado en el imaginario colectivo. Toda esa verborrea rezuma un maniqueísmo de raíz gnóstica que está en la raíz de las tradiciones religiosas dominantes en nuestro país: la radical escisión entre el bien y el mal, el mundo de arriba y el de abajo, la luz y las tinieblas, la ciudad de Dios y el mundo pagano del pecado. Quizás no sea casualidad que en los países en los que ha predominado la tradición católica al contrario de aquellos en los que se impuso la ética protestante, la patológica debilidad de la sociedad civil ha ido acompañada de la visión degradada del mundo de la carne y del pecado, el locus  donde se ubica el detritus del cuerpo social, en contraposición a las elevadas funciones de los gestores públicos inspirados por el supremo ideal del bien común, un ideal que es por completo ajeno al círculo infernal donde habita la podredumbre que sólo puede eliminarse mediante un acto de purificación, un saltus casi ontológico a una esfera superior, el reino de la ecuanimidad y la racionalidad.
 
Se cultiva, así, un soterrado desprecio por todas las actividades prácticas de la existencia, desde la invención y la tecnología, hasta la industria y la innovación empresarial, sin olvidar a  las  relacionadas con el comercio y el intercambio que también alimentan el mezquino espíritu del beneficio. Todo ello va acompañado de una inflación de lo que, supuestamente, pertenece a lo "espiritual", una sobredimensión de lo inconcreto, lo étereo y lo abstracto que goza de mayor predicamento cuanto más inaprensible resulte.
 
"Que inventen ellos" es el ideal de esa fórmula de entender el mundo que subvierte el orden y la jerarquía de los valores que han tenido éxito a lo largo de la historia, que han favorecido la construcción de las sociedades más prósperas que el mundo ha conocido. Es el insensato susurro que canturrea desde la caverna  la oscura sinfonía de las tinieblas. En ese atávico mundo de identidades niqueladas por el oscurantismo se fraguan y conforman los arquetipos ideales que marcan el camino, los, por así decir, "héroes" de cada sociedad.
 
Nos sorprende, después, la asombrosa creatividad e innovación de las sociedades anglosajonas; nos preguntamos por qué Google, Amazom o Microsoft han surgido al otro lado del Atlántico, porque los alemanes fabrican los mejores coches del mundo o porqué los británicos dominan los mares, el comercio y las finanzas internacionales. La respuesta es sencilla: la enorme fuerza, densidad y dinamismo de sus respectivas sociedades. Los jóvenes de esos países viven inmersos en una cultura del emprendimiento y la creatividad, quieren convertirse en un nuevo Steve Jobs o en el Bill Gates del futuro, entre otras cosas, porque eso es  lo que la sociedad valora y respeta por encima de cualquier otro modelo.
 
 Aquí tenemos abogados del estado, notarios o inspectores de hacienda. Todo ello envuelto bajo el ropaje de una estéril meritocracia. Efectivamente, las oposiciones son populares porque son meritocráticas. Pero ¿para qué sirve todo este protocolo cuando lo que necesitamos son empresarios, innovadores, emprendedores, ingenieros y técnicos?. Parecería que el único interés consiste en asegurar cierto grado de ecuanimidad con independencia del contenido. Se escucha aquí de nuevo el insistente eco de la herencia maniquea que nos persigue: todo lo que proviene del mundo de abajo, de la sociedad civil, resulta sospechoso y parasitario. Invertir esos valores es la tarea más urgente que tenemos por delante.
 
 


Lunes, 9 de Julio 2018

¿POR QUÉ HACER LAS COSAS FÁCILES CUANDO PODEMOS HACER LO MISMO DE MANERA MÁS DIFÍCIL?.

La pregunta no es mía. Me la sugirió Jorge Tagle , el actual embajador de Chile en España, al hilo de una reflexión sobre algunas de las características más singulares que definen nuestra común idiosincracia. Según me comentaba el embajador no es infrecuente en Chile que las tareas más sencillas, que no requieren más que una ejecución elemental, se demoren, se dificulten o hasta devengan imposibles como consecuencia de los alambicados procedimientos que se adoptan para su puesta en marcha. Contaba que también en España había tenido una experiencia similar con cuestiones, en ocasiones, nimias o de muy escasa significación, como obtener una tarjeta de crédito o aplazar el pago de una compra en diversos plazos.

Le sorprendió comprobar que, tanto en España como en Chile, nos esforzábamos , a veces afanosamente, en complicar de manera innecesaria cuestiones elementales de la vida cotidiana que demandaban una solución sencilla, rápida y simplificada y como todo ello marcaba un agudo contraste con la cultura anglosajona imperante en los Estados Unidos inclinada a la simplificación y al pragmatismo, una notoria diferencia que había podido experimentar durante su larga estancia como cónsul en Los Angeles en la costa oeste de California.

El asunto dista mucho de resultar anecdótico. Es, precisamente, el orden simbólico de lo cotidiano, el universo de los usos y prácticas sociales el que refleja de manera más espontánea los profundos surcos que trazan la cultura y la tradición. Hay algo de verdad en ese aforismo de Walter Benjamin que pretendía deducir el mundo de los granos del café. La mirada microscópica que reposa sobre el objeto aparentemente insignificante nos dice más del mundo circundante que cualquier tratado de sociología política.

Lo interesante de la observación de Jorge Tagle no es tan sólo constatar nuestra vocación por complicar innecesariamente lo que de suyo carece de complejidad. Es también la acentuadísima diferencia con el orden imperante en el mundo anglosajón orientado teleológicamente a la eficiencia y en el que prevalece la simplificación metodológica. El lema en California es: "haz las cosas sencillas". El valor no está la dificultad sino en el resultado.

Resulta muy sugerente reflexionar sobre este peculiar contraste. Se pueden aventurar muchas hipótesis más o menos plausibles, pero desde el momento mismo en que escuché al embajador de Chile me sobrevino con fuerza una idea que está en la matriz de nuestra común identidad cultural, que nos proporciona un marco explicativo coherente con las diferentes visiones del mundo que conforman nuestra manera de pensar y de sentir, de formular las preguntas adecuadas y resolver las dificultades con las que nos enfrentamos.

A diferencia de lo ocurrido en el mundo anglosajón, los países mediterráneos y España en particular, recibimos tardíamente el legado de la ilustración. En particular, la revolución industrial que transformó por completo la sociedad y el paisaje de Gran Bretaña en el siglo XIX, nos alcanzó en oleadas interrumpidas y de manera siempre fragmentaria. La alta cultura, en el sentido alemán de la Kultur, se configuró tradicionalmente de manera reactiva, en muchas ocasiones adoptando un perfil contrailustrado de rígido y esclerotizado ensimismamiento, y en el mejor de los casos, siempre de vocación exclusivamente literaria.

Durante mucho tiempo, un tiempo decisivo y aún hoy, hemos vivido de espaldas a los avances científicos y lo que es peor al desarrollo de la ciencia como metodología del conocimiento. En España, durante algún tiempo, y no hace tanto de ello, hemos despreciado la ciencia y el conocimiento científico como una burda intromisión de un espíritu extranjerizante-no es tan lejano el "que inventen ellos"-, esa estúpida actitud quijotesca que nos hacía admirar los molinos de viento y despreciar las máquinas de vapor y los ferrocarriles es la misma que ha hecho florecer en nuestra cultura una especie de fanático fervor por lo inextricable, el encandilado arrobamiento ante lo abstruso teñido de la devoción infantil por lo incomprensible e inexplicado.

Padecemos el síndrome de lo que Michael Lowy ha caracterizado como "el patetismo metafísico de la oscuridad", una especie de extrañamiento ante lo inefable de raíz marcadamente religiosa que ha impregnado la totalidad de nuestra cultura del conocimiento. En ese escenario nos inclinamos fervorosamente frente a lo complejo, aunque resulte artificial, como si la dificultad en la comprensión fuese un índice de la profundidad del argumento. El dogmático principio de autoridad se erige en la clave de bóveda del saber socialmente prestigiado porque en ausencia del escepticismo metodológico que es inherente al método científico del conocimiento sólo queda el respeto sacral por una tradición inveterada no sometida al cuestionamiento empírico. Los juegos del lenguaje sustituyen la lógica de la investigación científica. El objetivo ya no es la resolución de problemas que está en la base de la experiencia del mundo sino la articulación lingüística de lo inefable como signo manifiesto de la autoridad del saber.

El pragmatismo como actitud vital-gnosológica y científica-se desprecia como manifestación de un cultura empobrecida, desvitalizada carente del ethos insondable del espíritu que alienta la fervorosa revelación del Ser. El mundo tiene que ser desvelado, no descubierto. El sello final lo proporciona una tradición religiosa que santifica los prejuicios arraigados en la costumbre y la ignorancia.

La religión, en la tradición católica que se impuso en los países del occidente mediterráneo y que exportamos a América, no ha sido ajena a este legado de empobrecimiento intelectual. La visión científica del mundo orientada a la resolución de problemas incorporaba un método revolucionario que dinamitaba la aceptación acrítica de la verdad revelada, permanente e inmutable, de las Sagradas Escrituras. El progreso del conocimiento, a través del ensayo y error, los postulados siempre provisionales de la verdad científica, la afirmación de Wittgenstein de que " lo que puede decirse debe decirse claramente" resultaba claramente inconciliable con los nebulosos misterios del cristianismo envueltos en una lógica descifrable sólo para los iniciados a través de los especialistas divinamente ungidos.

Todo ello favoreció la formación de una cultura secular que se forjó con la urdimbre, debilitada pero persistente, de una tradición oscurantista que despreciaba el conocimiento científico. Progresivamente, en la cúspide de la jerarquía del saber, se instaló una instancia inefable, misteriosa, casi ininteligible que derivó hacia un desprecio de todo saber que no estuviere impregnado de un aura de inconmensurabilidad, de dificultad casi insuperable para entender aquello que el lenguaje no podía traducir porque lo divino no nos es accesible sin la necesaria intermediación.

Paralelamente, se suscitó entre los sectores ilustrados en ese barroco oscurantismo un desprecio casi natural por todo aquello que era inmediatamente accesible sin necesidad de acudir al inevitable puntillismo exegético, patrimonio exclusivo de una minoría que se tildaba así misma de "cultivada". La claridad expositiva es inmediatamente sospechosa de falta de profundidad como si ésta sólo pudiere predicarse en los desérticos páramos de la irracionalidad. El lenguaje pretendidamente culto se tiñe de un barniz Gongoriano que lo torna incomprensible y así accede a la respetabilidad ante el tribunal de los "eruditos".

El trasunto de esta actitud en la vida cotidiana es lo que denotaba la aguda observación de Jorge Tagle: nos afanamos en generar complejidad allí donde no es necesaria, hacemos difíciles las cosas fáciles porque creemos que así son más valiosas, nos empeñamos en poner piedras en el camino porque creemos, equivocadamente, que lo embellece, despreciamos lo sencillo y lo simple, la claridad y la comprensión como manifestaciones de un espíritu intelectualmente débil, sin comprender que la debilidad habita precisamente en ese prejuicio.

Somos, en parte, herederos de una tradición que ha oscurecido el pensamiento, que nos ha marginado de las corrientes principales de la ilustración científica en Europa, que durante mucho tiempo ha sometido el juicio de la razón a los devaneos teológicos de un grupo de charlatanes. Pero hace ya tiempo que esa tradición ha dejado de ser dominante. La modernidad científico -técnica y el mundo globalizado de la era de la información la han tornado incompatible con las demandas de la inmensa mayoría de la sociedad. Hoy en día ninguna creencia, por arraigada que esté, puede sobrevivir al margen del conocimiento científico. Vivimos, como acertadamente señalaba Karl Popper, en el mejor momento de la historia. Pero, afortunadamente, nuestro reino está en este mundo.


Jueves, 19 de Abril 2018

DON EMILIO Y LAS MÁSCARAS DEL LEVIATÁN

Emilio Romero el incombustible director del periódico El Pueblo en sus años de gloria, hacía gala de esa peculiar y paternalista idiosincracia que caracterizaba el periodismo del tardofranquismo cuando, respondiendo a un joven y novicio redactor que le preguntaba por los límites de la censura y los márgenes de discrecionalidad de que gozaban los profesionales en el periódico, al tiempo que extendía su brazo por encima del hombro, hablándole a escasos centímetros de su rostro y en un tono suficientemente alto como para que pudiera escucharlo el resto de la redacción le contestó sin inmutarse : "mira, aquí no importa la censura, aquí hay una completa libertad de expresión siempre que se diga lo que yo quiero oir".

Don Emilio, como era conocido en la profesión, fue siempre incorregible. No permitía ninguna censura en el periódico, porque la censura era él. Desde luego, los jerifaltes del régimen tenían poco que temer; don Emilio era uno de los nuestros: Consejero Nacional del Movimiento y Procurador en Cortes. Eran otros tiempos y los españoles estábamos acostumbrados a que nos dijeran no sólo lo que debíamos decir, sino también lo que teníamos que pensar. De eso hace ya mucho tiempo… O quizá no tanto….

Observo con creciente preocupación como los medios de comunicación se han hecho eco de tres noticias que, aún respondiendo a registros y circunstancias diferentes, se empeñan en rememorar, envueltos en una brumosa nostalgia, aquellos tiempos oscuros de un lenguaje jeroglífico enredado en metáforas, elipsis, perífrasis y todo ese arsenal del disfraz y del disimulo que pretendía insinuar lo que no se podía decir.

Una juez secuestra un libro porque supuestamente atenta contra el honor de un alcalde acusado de narcotráfico y absuelto por el Tribunal Supremo, pese a que el autor se limita a reproducir los hechos declarados probados en la sentencia; en la feria de arte contemporáneo de Madrid (ARCO) el director de Ifema, en una polémica decisión avalada posteriormente por la junta rectora de la institución, decide retirar una muestra fotográfica en la que se reproducía la imagen de diversas personas encarceladas a raíz del proceso separatista en Cataluña calificándolos como presos políticos y, por último, la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional ha condenado a tres años de prisión a un rapero de pocos escrúpulos por las injuriosas letras de sus canciones denigrando al jefe del Estado y ofendiendo a las víctimas del terrorismo.

Aunque los tres hechos son diferentes y presentan matices singulares que se resisten a una identidad común, lo cierto es que desde una perspectiva global obedecen a un mismo principio y se rigen por la misma lógica que expande el control del Estado sobre las conductas y sobre los individuos. Son las prácticas autoritarias inscritas en la más temprana vocación del poder por instaurar la uniformidad de los comportamientos, la ausencia de la diferencia como razón, el principio de identidad que encarna la dominación en su estado más puro e incontaminado.

En los aparatos del Estado se materializa la huella, el rastro indeleble de la dominación que anticipa el horror del campo de concentración desde la violencia del silencio impuesto por la uniformidad del discurso. El poder en su naturalidad más descarnada desconfía de la disidencia. La libertad del individuo se fraguó históricamente a la sombra del poder del Estado, arañando en cada uno de sus pliegues una conquista que tuvo que defenderse siempre frente a la insaciable voracidad del Leviatán.

Hay una sana y refrescante intuición frente a la extensión del poder del Estado, que nos advierte a la manera del eco lejano de un rumor incómodo de que nos adentramos en un terreno farragoso, inestable, las arenas movedizas de nuestra existencia. Quizá sea un vestigio del estado de naturaleza, un resto anárquico que la evolución nos ha legado para preservar nuestra identidad. O quizá tan sólo sea un prejuicio.

Pero en todo caso es uno de esos prejuicios que nos han salvado la vida. Lo confieso abiertamente: no me gusta el Estado, ni tampoco quienes se erigen en sus defensores. Cuando los gobernantes entonan el himno de la alegría extendiendo sobre los ciudadanos el manto protector de sus generosas prerrogativas, casi simultáneamente se escucha la marcha fúnebre que anticipa el cortejo del terror y de la muerte. Hay un dicho castellano que resume con mucha elocuencia toda una historia de desconfianza bien ganada: que no se enteren que somos pobres, que nos protegen.

Las resoluciones judiciales que han saltado a los medios de comunicación y las restricciones a la libertad de pensamiento y expresión que se propagan un poco por todas partes son un síntoma alarmante del debilitamiento de la sociedad civil y del fortalecimiento del mundo administrado, una evidencia de las grietas de la sociedad abierta entre cuyas porosidades se filtra la argamasa con la que se fabrica aquel ideal platónico contenido en la república de una sociedad hermética, sometida férreamente al principio de identidad.

Es una tarea urgente preservar los espacios para que florezca la individualidad, impugnando la legitimidad del Estado para configurar nuestras opiniones como ciudadanos de una sociedad abierta. ¿Por qué ha de velar el Estado por la integridad moral de las opiniones de sus ciudadanos?. ¿Cúal es el derecho que se irroga el Estado para aprobar o censurar una opinión determinada?. ¿ Es que acaso los ciudadanos, adormecidos en una especie de edad infantil, no somos capaces de defender nuestros propios derechos si lo sentimos vulnerados?.

Lo que los poderes públicos deben procurar son los medios adecuados para que quienes se sientan concernidos puedan invocar la protección legal, el Estado no puede erigirse en el sustituto de la voluntad que dice representar, por la elemental y sencilla razón de que en ese ámbito, en ese íntimo recinto de la privacidad, los poderes públicos no pueden ni deben penetrar. Allí cesa la representación porque no hay nadie más legitimado que el ciudadano afectado para evaluar si la ofensa ha sido tal y si merece un reproche legal.

Al imponer a todos por igual la disciplina de la censura moral, el Estado no sólo está quebrando las prerrogativas de la sociedad civil, sino que está invadiendo el espacio privado del individuo, el centro de sus emociones y sentimientos, donde se vehiculan los afectos y los rencores, el amor y el odio, la generosidad y la envidia.

¿En virtud de que sagrada delegación pueden los poderes públicos decirle a una víctima del terrorismo que debe necesariamente sentirse ultrajada por un comentario soez?. ¿Quién es el Estado para fijar el canon estético por el que ha de regirse la producción artística o literaria de la sociedad?.¿ Acaso nuestro discurso público debe ajustarse a las veleidades más o menos caprichosas de cualquier funcionario?.

Una sociedad enteramente administrada es el ideal platónico de la impúdica cohorte de quienes aspiran a convertirse en los reyezuelos del destino ajeno y es posible que en el alma de todo gobernante anide una vocación inconsciente de convertirse en salvador del prójimo, o que en la naturaleza misma del ejercicio del poder éste insista una pretensión omnisciente. Pero no importa el origen. Sea cual fuere la oscura fuente del mal existe un antídoto que nos inmuniza frente a las arbitrariedades del poder: el despliegue de las más irrestrictas libertades públicas, la libertad de opinión y de pública expresión de nuestras ideas.

Por eso, la calidad de nuestra convivencia se degrada en la medida en que se restringen los fundamentos del orden democrático esto es, las libertades públicas de los ciudadanos. Ningún poder del Estado está legitimado para decirnos qué canción debemos cantar, que libro debemos escribir, qué periódico debemos leer o qué obra de arte podemos contemplar . Tampoco puede prohibirnos preventivamente, ofender o insultar.

Naturalmente, la libertad de expresión no puede amparar un indiscriminado derecho al insulto, no puede erigirse en la plataforma para invadir el honor o la intimidad de otros. Pero no debe ser el Estado quien prohíba esas conductas a priori. El Estado no es un juez moral ni un censor o custodio de los buenos modales. Sólo los ciudadanos que se sientan agraviados pueden impetrar el auxilio de los poderes públicos para que se restaure el honor o la intimidad dañados. Cualquier otra alternativa es una deriva hacia el abismo.

 Afortunadamente, vivimos en el mejor momento de nuestra historia y gozamos de las ventajas de una sociedad abierta. España, no es Turquía y ni siquiera se le parece. Pero debemos permanecer vigilantes para evitar que se degrade nuestra convivencia y se deterioren nuestras instituciones.


Viernes, 23 de Febrero 2018

1 2 3 4 5 » ... 8