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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




¿QUÉ SUCEDIÓ EN EL CAMINO DE DAMASCO?

Todas las grandes tradiciones religiosas se caracterizan por incorporar en su corpus doctrinal elaborados relatos fundacionales que identifican a sus respectivos protagonistas mediante itinerarios simbólicos fácilmente reconocibles tanto por sus prosélitos como por aquellos que, aún no siéndolo, pueden algún día convertirse en fieles seguidores del credo en cuestión. Episodios de esta índole, de una infinita densidad emocional, jalonan la historia religiosa de la humanidad. Desde los antiguos y cromáticos mitos griegos que narran la formación del mundo y validan el ethos que nos distingue como especie, hasta la peregrinación del Profeta a la ciudad santa de La Meca o la solemne entrega de los mandamientos divinos en el aterrador escenario de una zarza ardiente en medio del monte Sinaí; todos estos relatos que discurren narrativamente desde las hazañas del héroe hasta el credo que las inspiran, forjan esa heráldica del lenguaje que identifica la adscripción a los diferentes linajes en los que se encarna la divinidad.

La tradición religiosa dominante en occidente-el cristianismo-, ha acuñado a lo largo de su dilatada historia un considerable número de esos momentos estelares que tanto han contribuido a consolidar la creencia en el acervo de la imaginería popular. La repentina y prodigiosa conversión de Pablo de Tarso-hasta entonces llamado Saúl- no es sólo uno de los acontecimientos más emblemáticos de la épica fundacional del cristianismo, sino que también entraña un profundo significado histórico y teológico para lo que fue el posterior devenir de una fe que se remite a la vida y obra de Jesús de Nazaret.

Comprender adecuadamente la singularidad del acontecimiento exige, primeramente, conocer con alguna profundidad al extraordinario protagonista de esta historia. La escolástica académica de la Iglesia nos ha legado una imagen en gran parte distorsionada de la figura de Pablo de Tarso. De ser un fanático fariseo perseguidor de los seguidores de Jesús se convirtió en un predicador incansable de la "buena nueva", en un apóstol plenamente entregado a la enormidad de su tarea difundiendo el nuevo credo entre los gentiles del imperio y desplegando en todo ello una inagotable voluntad y una indomable energía.

Y esa asombrosa historia se inició una mañana en los alrededores de Damasco. Según el relato clásico contenido en los Hechos de los Apóstoles ( 9-1-31), Pablo que había sido enviado a Damasco por el Sumo Sacerdote del templo de Jerusalén para perseguir y encarcelar a los seguidores de Jesús, cuando todavía se hallaba en las proximidades de la ciudad fue repentinamente deslumbrado por una luz relampagueante procedente del cielo que le hizo caer al suelo, mientras que una tronante voz le inquiría: “¿Saúl por qué me persigues?. Pablo, sorprendido, pregunta por la identidad de esa voz misteriosa. “Soy Jesús a quien tu persigues. Levántate y vete a la ciudad y allí se te dirá lo que tienes que hacer”. Pablo se levantó y comprobó que había perdido la vista por lo que fueron sus acompañantes quienes le llevaron a Damasco, permaneciendo en ese estado tres días, sin comer ni beber.

Aunque el relato está plagado de incoherencias- el Sumo Sacerdote carecía de jurisdicción sobre las sinagogas fuera del Templo de Jerusalén y aún más en Damasco que pertenecía a un reino independiente-y contradicciones-capítulos 22 y 26 Hechos-, es posible, sin embargo, discernir un sentido inteligible en la experiencia de Pablo.

No es necesario acudir a ninguna de las especulativas razones que se han aventurado para explicar la fantástica experiencia del camino de Damasco. Fuera cual fuera la causa física que provocó aquel episodio, lo cierto es que el relato resulta coherente con el agitado estado de confusión que turbaba la mente de Pablo en aquellos momentos críticos. Pablo se encontraba atrapado en un “impasse” religioso y vital que exigía una definición urgente. Por un lado pesaba sobre su ánimo el entorno de las enseñanzas recibidas en su infancia en la cultura profundamente helenizada de su Cilicia natal. En contraposición con todo ello gravitaba el indudable peso de su posterior conversión al judaísmo, con toda la carga doctrinal de la tradición hebraica y el exigente estilo de vida que demandaba su adhesión a la Torah.

En Damasco y en los sucesos posteriores a Damasco, están incoados los elementos característicos de la versión Paulina del cristianismo, aquella formidable y evocadora síntesis que alumbraría un nuevo y original corpus doctrinal que, progresivamente, se escindiría de la matriz original del judaísmo, separándose de la secta de los “Nazarenos”, los seguidores de Jesús, provocando en el proceso una división en la “Iglesia Madre de Jerusalén” encabezada por Santiago y Pedro.

Pablo fue el creador de una nueva religión. No era un pensador original y especialmente sutil. Tampoco un teólogo avezado en las minuciosas disquisiciones de la Torah, pero poseía en muy alto grado una fértil imaginación y una inquebrantable voluntad y seguridad en sí mismo. Y eso era todo lo que se necesitaba.

Había que construir una historia. Pero los elementos para ello se encontraban a su disposición en el fértil crisol de densa efervescencia religiosa de Oriente, un cruce de culturas y tradiciones en permanente erupción entre las que había crecido y había sido educado. El fundamento primordial del cristianismo Paulino que separó para siempre la nueva religión de los antecedentes judíos de Jesús de Nazaret, fue la incorporación a la doctrina del descenso de un Salvador divino que vino a la tierra para redimir los pecados de la humanidad. Toda la elaboración teológica posterior ancla sus raíces en esta nueva figura, que presupone dos mundos o al menos una realidad dual: Arriba, el mundo de la luz y Abajo, dominado por la oscuridad. Ambos mundos están vinculados por la fe.

Aquí se vislumbra la impronta típica del Gnosticismo al que Pablo se adhiere si bien en una versión modificada, atenuada por la incorporación de elementos propios de la Biblia hebrea. Sobre este primigenio escenario de un Salvador divino que rezuma un edulcorado sabor gnóstico, se añaden los mitos de la muerte y resurrección de un Soter universal propio de las religiones mistéricas del oriente mediterráneo con las que Pablo estaba familiarizado desde su helenizada crianza en Tarso.

Sin embargo, aún faltaba un ingrediente fundamental: un marco histórico que confiriera sentido a la totalidad del relato. Tanto las religiones mistéricas, que eran completamente ahistóricas y ofrecían una salvación exclusivamente individual, como el Gnosticismo, limitado exclusivamente a la tradición y revelación del secreto del conocimiento, carecían del adecuado contexto que proporcionara algo más que una mera respuesta individual, que facilitara un esquema colectivo de “salvación comunitaria”. La dimensión histórica de esta atractiva y sugerente síntesis la proporcionaron las categorías del judaísmo que contenían un vasto panorama del devenir del mundo desde la creación hasta los últimos días. Pablo se apropió de ese relato y lo convirtió en una parábola de su propio esquema de salvación a través del sacrificio de Cristo.

Así se forjaron los cimientos de una nueva fe. La extraordinaria capacidad fabuladora de Pablo de Tarso, sumada a su inigualable sincretismo enraizado en la simultánea pertenencia a tres mundos distintos-griego, romano y judío- alumbró un nuevo relato de evidente atractivo poético cuya originalidad se residenciaba no tanto en el material utilizado, cuanto en la armónica disposición de una amalgama heterogénea compuesta de elementos gnósticos y residuos de las antiguas religiones mistéricas estampadas sobre el gran tapiz de la historia de Israel.

Naturalmente, nada de ello guardaba relación alguna con lo que había sido la predicación original de Jesús de Nazaret. Jesús, un profeta judío apocalíptico próximo a los fariseos, se hubiera sentido literalmente escandalizado por semejante mensaje. Jesús se mantuvo siempre fiel al código de la Torah y para el hubiera resultado increíble la figura de un Salvador divino encarnado en un ser humano y habría considerado sacrílego atribuirse esa condición. Aún más, el fracaso de su misión y la muerte ignominiosa en la cruz de un ser divino hubiera resultado del todo blasfemo para el maestro de Galilea.

Ahora, desgajado del tronco original del judaísmo militante, el cristianismo Paulino estaba preparado para transformarse en la “ nova religio”. Sólo necesitaba insertarse en el marco de una tradición escrita. Los evangelios sinópticos siguiendo el rastro de las epístolas Paulinas culminaron esa labor y al hacerlo postergaron, como lo hizo Pablo mismo, al verdadero protagonista y al auténtico fundador del cristianismo.


Jueves, 25 de Enero 2018

 A VUELTAS CON LA RESURRECCIÓN

El misterio de la resurrección de Jesús de Nazaret, por utilizar una expresión teológica, se ha erigido desde los comienzos mismos de la fe cristiana en una cuestión tan controvertida y polémica como sustancial para la expansión y ulterior consolidación de una religión que se vértebra sobre la singularidad de la muerte y posterior resurrección de su fundador. La razón de ello estriba tanto en la excepcionalidad del acontecimiento-la resurrección es un suceso físico científicamente imposible- como en la cualificación de su estatuto teológico configurado como "conditio sine qua non" por Pablo de Tarso en su memorable Carta a los Corintios "si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe" (15,17).

Durante mucho tiempo la corriente dominante de la teología oficial ha rehuido de uno u otro modo tan resbaladiza cuestión, bien incorporando implícitamente la teología de la Cruz al corpus académico-el Cristo ya resucitado-, o bien cartografiando la vida y obra de Jesús de Nazaret como un excepcional testimonio de sacrificio que culmina en el Gólgota con su muerte física, pero sin extenderse más allá. Buen ejemplo de ello es la ortodoxa pero rigurosa y honesta biografía de Joachim Gnilka , un teólogo católico intelectualmente exigente que concluye su monumental obra afirmando que "la resurrección no forma parte de la historia terrenal de Jesús de Nazaret ".

Ninguna de esas respuestas resulta satisfactoria porque dejan irresuelta una cuestión que ha adquirido una centralidad ontológica irrenunciable para la pertinencia de la fe inspirada en la vida y en las enseñanzas del maestro de Galilea . No se trata sólo del "dictum" epistolar de Pablo; todo el formidable andamiaje de la religión cristiana reposa en primera instancia en el asombroso acontecimiento de la resurrección que confiere un significado cualitativamente distinto a la vida y obra del Jesús de la historia.

Abordar esta temática y hacerlo sin las proselitistas anteojeras de la fe y sin destilar la proverbial beligerancia de un trasnochado agnosticismo impregnado de un desdén intelectualmente barnizado, no es tarea fácil. Por eso resulta muy meritoria la obra de Javier Alonso "La resurrección. De hombre a Dios", por ese riguroso equilibrio en la exposición de los hechos que no pretende arrebatar la fe a nadie sino certificar los brumosos acontecimientos que tuvieron lugar en la Palestina del siglo primero en torno a la figura de un profeta judío apocalíptico que, en aquel contexto singular, se convirtió en una figura divina.

La creencia en la resurrección de Jesús de Nazaret se ha cimentado en dos tradiciones diferenciadas: en primer lugar los diversos testimonios que nos han legado el conjunto de libros conocido como Nuevo Testamento, particularmente las cartas de Pablo y los evangelios canónicos. La segunda línea narrativa se sustenta en el denominado “final breve” del evangelio de Marcos y es de índole básicamente negativa porque infiere la resurrección desde la contemplación del sepulcro vacío.

Las cartas de Pablo de Tarso redactadas entre quince y veinte años después de la muerte de Jesús, y dirigidas a diversas comunidades de creyentes, constituyen la fuente de información más antigua relativa a la resurrección de Jesús de Nazaret. De entre todas ellas, es la primera carta a los Corintios la que contiene una mención específica al hecho de la resurrección y de los diversos testimonios que dan fe del acontecimiento. La comunidad de Corinto había trasladado a Pablo algunas dudas doctrinales y entre ellas las relativas a la resurrección. Ante todo Pablo transmite lo que dice haber recibido: que Cristo murió por nuestros pecados, que lo hizo según las escrituras, que fue sepultado, que resucitó también según las escrituras y que tras su posterior resurrección "se apareció" a un conjunto de personas, a Santiago, a todos los apóstoles y en última instancia "como un aborto" relata Pablo, a él mismo.

Naturalmente, las referencias de Pablo a "las escrituras" no podían serlo a las escrituras sagradas de la tradición cristiana, esto es los evangelios, porque fueron elaborados en fechas posteriores, sino a las Escrituras de la religión judía, los libros que conocemos como Antiguo Testamento. Pablo se inspiraba en los llamados Cantos del siervo sufriente de Yahvé, un conjunto de textos extraídos del libro de Isaías que relata la historia de un siervo que sufre un conjunto de vejaciones y humillaciones interpretadas como una redención. Es decir, la temática relativa a la muerte de Jesús como un episodio de expiación soteriológico del pueblo judío formaba parte de la tradición en la que se encontraban insertas las primeras comunidades cristianas, de modo que el fracaso de la Cruz puede ahora reevaluarse como el triunfo anunciado en las escrituras . Éste es el criterio narrativo que vincula la condena a muerte de un sedicioso condenado por rebelión con la tradición profética del pueblo de Israel.

Por lo demás, como afirma Javier Alonso "la historicidad de la secuencia de apariciones es, como poco, cuestionable". La presencia de Pablo en esta "cadena de credibilidad" obedece a la necesidad de situarse en el mismo rango profético que los demás líderes de la comunidad cristiana con los cuales competía a la vez que colaboraba en las tareas de evangelización. El testimonio que relata Pablo, utilizando una singular forma verbal griega, hace referencia a una experiencia sin ningún contacto físico, un fenómeno visual similar a la aparición de un ángel lo que confirma más tarde en la segunda epístola a los Corintios escrita aproximadamente el año 57.

En cuanto a los relatos evangélicos lo menos que se puede decir es que ofrecen testimonios plagados de contradicciones. Marcos, el primero de los evangelios sinópticos, recoge en sus primeros ocho versículos la que es probablemente la narración más antigua, haciendo recaer el peso del testimonio en tres mujeres: María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé. Tanto Mateo como Lucas, que conocen la narración de Marcos, introducen múltiples motivos literarios, incorporando la presencia de un ángel, un fenómeno sísmico y eliminando a alguna de las testigos presenciales del relato de Marcos. Incluso Lucas, un evangelista que se inscribe claramente en la tradición helenística, declara su intención de hacer una narración y no de transmitir un evangelio. Juan por su parte incorpora personajes adicionando la presencia de un testigo escéptico-la famosa historia de Tomás el incrédulo-y mantiene como única presencia femenina figura de María de Magdala.

Una segunda línea argumentativa pretende sustentar la autenticidad de la resurrección en la temática de la "tumba vacía". Naturalmente, como afirma Javier Alonso se trata de una argumentación negativa "que quiebra las más elementales reglas de la lógica".Gerd Lüdeman un eminente historiador alemán que ha dedicado una interesante monografía a la resurrección de Jesús de Nazaret se muestra igualmente concluyente: " un sepulcro vacío lo único que acredita es que no hay nadie dentro. No que haya resucitado el cadáver." Sin embargo, paulatinamente el relato de la tumba vacía fue sustituyendo progresivamente a las apariciones como principal argumento para demostrar la resurrección de Jesús. La versión, que se fundamenta en el denominado final breve de Marcos, es sencillamente insostenible, no sólo por el déficit lógico del argumento, sino por las peregrinas sugerencias que se han ido ofreciendo para salvar su manifiesta incongruencia: el robo del cuerpo, el error de las mujeres al identificar la tumba o incluso la supervivencia del condenado y su aparición en un lugar tan remoto como….Cachemira.

El relato de la "tumba vacía" se encuentra más próximo a la fabulación narrativa que a la narración histórica porque entre otras cosas, como apunta Javier Alonso siguiendo la estela de otro eminente historiador, John Dominic Crossan, es harto probable que Jesús de Nazaret fuera enterrado en una fosa común, ya que los sepulcros individuales eran privilegio de personas con un elevado nivel económico, lo que no era el caso de un condenado a muerte por sedición cuyo entierro era asumido por las autoridades.

Como síntesis final, Javier Alonso elabora una propuesta plausible para explicar "el asombroso proceso mediante el cual un sedicioso ejecutado ignominiosamente por los romanos se transformó, en cuestión de unas pocas décadas, en el mesías, el hijo de Dios que había triunfado sobre la muerte". El primer elemento de la explicación es de naturaleza puramente psicológica: la presencia del duelo frente a la muerte y los inherentes sentimientos de culpa y abandono resultaron imprescindibles para que algunas personas-muy probablemente María Magdalena-creyeran que Jesús estaba vivo. Después, ese relato se insertó en la tradición judía de su literatura sagrada, porque Jesús fue ante todo un judío que vivió y predicó en el contexto de la Palestina del siglo primero y sus seguidores justificaron toda su actividad misional recurriendo permanentemente a las citas de la tradición hebrea. Por último, resulta evidente que no pueden aplicarse retroactivamente las categorías historiográficas modernas a las narraciones evangélicas, los Hechos de los apóstoles y las cartas de Pablo, porque éstos no son documentos históricos sino teológicos. Relatan las cosas como pensaban que podrían haber ocurrido no como efectivamente sucedieron.

De esta manera, un suceso inverosímil y científicamente imposible se convirtió en el soporte de una fe milenaria que transformó a un insignificante campesino judío condenado como reo de sedición por el imperio, en un soter universal para la salvación de la humanidad. El cristianismo ha contraído una deuda impagable con el genio fabulador y la inagotable energía de Pablo de Tarso.


Miércoles, 27 de Diciembre 2017

DESDE ESPAÑA PARA CATALUÑA CON AMOR

Cuando escribo estas líneas la Generalitat de Cataluña ha sido virtualmente desmantelada por la intervención del Gobierno Central y su máximo órgano ejecutivo-el Govern-encarcelado, a petición de la Fiscalía General del Estado, por la orden de una jueza de la Audiencia Nacional. La crisis gestada desde hace tanto tiempo, finalmente, se ha precipitado hacia el peor escenario posible.

Algunos están de enhorabuena. Para un sector de la sociedad española, encabezado por el gobierno y sus partidos satélites, sencillamente, se ha restablecido la legalidad y se ha impuesto el estado de derecho. Junto a ellos, con ellos o entre ellos, se cuentan los custodios del alma nacional, los incondicionales de esa España taurina y rociera, anclada en la distorsionada mística de un ancestral orgullo nacional aderezado con el fervor patriotero del aislamiento cultural y cobijado en una patética indigencia intelectual.

Su horizonte ya no pertenece a este mundo. Viven en un pasado para siempre perdido pero anidan, cómodamente instalados, entre los pliegues aterciopelados de una solidaridad perversamente administrada en beneficio de las élites políticas emanadas del régimen que alumbró la constitución de 1978. No podrán representar ningún papel político significativo en el futuro, pero como ha sucedido en demasiadas ocasiones en el pasado, dificultarán, retrasarán y obstaculizarán el inevitable proceso de cambio.

En realidad, tienen poco que festejar. Si la amargura del rencor y la densidad de su ignorancia-no acierto a vislumbrar en qué proporción-no hubieren nublado su juicio serían conscientes de las oscuras fuerzas que han desatado y de cuán problemático resultará conjugar los viejos demonios azuzados por la caja de Pandora del nacionalismo identitario. Pasará mucho tiempo-quizá generaciones-antes de que puedan restañarse las heridas abiertas en el frágil cuerpo de una sociedad civil vertebrada en torno a consensos trabajosamente alcanzados, ahora definitivamente volatilizados.

Con la intervención de la Generalitat concluye también la vigencia de la estructura política e institucional diseñada en los albores de la transición y consagrada en la constitución de 1978. La crisis que ha desatado el desafío soberanista en Cataluña no se limita a cuestionar la organización territorial del Estado, por más que este haya sido, inicialmente, su efecto más visible.

Lo he dicho cada vez que he tenido ocasión de pronunciarme al respecto, y en este momento crítico es necesario enfatizarlo con mayor intensidad aún: la reivindicación nacionalista en Cataluña es tan sólo un síntoma, y no el más significativo, del profundo movimiento telúrico que agita las pautas de comportamiento y los modelos de convivencia forjados por las sociedades occidentales en torno a los consensos básicos anteriores a la era digital.

El advenimiento de la sociedad digital ha subvertido definitivamente el orden político tradicional y en particular las rígidas estructuras de representación política y mediación institucional. Ha aparecido un nuevo sujeto político: el individuo-ciudadano que, empoderado tecnológicamente, reivindica una nueva forma de legitimación en el ámbito de la esfera pública, en ocasiones mediante el ejercicio directo de alguna forma de participación, pero con mucha mayor frecuencia lo que ello entraña es una alteración sustancial de los mecanismos de control y responsabilidad de los representantes, mediante fórmulas de revocación de mandato y fiscalización continua.

Además de esta crisis general del sistema de representación, consecuencia directa de la revolución tecnológica, en nuestro país convergen circunstancias adicionales que producen una aceleración de los efectos disolventes de las estructuras políticas tradicionales: el cambio generacional coincidente con la crisis económica y el agotamiento de un modelo institucional diseñado por los protagonistas de la transición; un pacto muy oportuno en su momento pero cuyos efectos se han ido diluyéndo al compás que languidecía la generación que lo alumbró.

En este contexto la habilidad del nacionalismo soberanista ha consistido en unificar en un relato en clave territorial las tensiones sociales, económicas y generacionales de sectores crecientes de la sociedad catalana, cuya identidad resultaba amenazada por la creciente incapacidad del sistema para integrar a las nuevas cohortes de jóvenes que han descubierto que el consenso en que fueron educados sus padres-la promesa de recompensa si se cumplen las reglas-se había quebrado unilateralmente. El nacionalismo les ha proporcionado una causa por la que luchar y una Arcadia con la que soñar.

Para quienes no hemos sentido nunca el latido del nacionalismo, ni hemos vibrado de emoción al oír los compases del himno nacional, ni se nos ha encogido el corazón al contemplar la bandera flameando al viento, nos resulta difícil comprender la apasionada simbología y la arrebatadora fuerza de la identidad nacional. Sinceramente no empatizo con el nacionalismo. No soy capaz de experimentar el arrobamiento romántico de aquellos a los que se les llenan los ojos de lágrimas escuchando un himno u ondeando una bandera. Me encuentro mucho más próximo a cualquier ciudadano de Londres, París, New York o Francfort que comparte mi visión del mundo, mis valores o mi estatus económico y cultural, que algún vecino o compatriota ajeno a mi mundo, aunque hable mi idioma, viva en mi ciudad y se llame Juan, Pedro o Antonio.

Y sin embargo, como demuestra el fenómeno independentista en Cataluña, sería un error, amén de una grave irresponsabilidad, desdeñar el potencial de la fuerza y el poder de la identidad nacional para catalizar en un relato coherente y unificado, esa especie de primigenio caldo emocional en el que conviven emociones, sentimientos e intereses, sin otra armonía común que un profundo rechazo a la adaptación, a la pertenencia e inclusión en un mundo que se ha vuelto demasiado estrecho para acoger a los descontentos.

Por eso el nacionalismo identitario no puede ser comprendido con las categorías clásicas de la política tradicional. Es un fenómeno transversal que difumina las fronteras económicas, sociales y de clase. El magnetismo de su atracción reside en la negatividad de su discurso. Hay una única respuesta para todos los descontentos, para todos aquellos que han sido defraudados por la promesa incumplida de un lugar bajo el sol: la construcción de un Estado propio como expresión de la identidad nacional. El nirvana es la patria anhelada que nos redime de cualquier sacrificio pasado.

Se trata de un postulado axiomático, no de una verdad científica. Por eso resulta inmune a cualquier refutación. Pero paralelamente al contenido emocional de esta épica narrativa también discurre un momento racional, un contenido de verdad: es un índice del agotamiento del sistema institucional y de su empeño en perpetuarse más allá de su funcionalidad histórica. Prolongar la vigencia de un armazón institucional inoperante sólo hará más larga la agonía. Y aunque el panorama es sombrío y no se vislumbran muchas razones para la esperanza es quizás en este momento, cuando ha llegado la hora de perseverar, aún nadando contracorriente, en una esperanza que, como sostenía Benjamín, sólo se justifica por amor a los desesperados. Pero esa puede ser una razón suficiente. Por amor a Cataluña.



Lunes, 6 de Noviembre 2017

ES EL FUTURO, ESTÚPIDO

En la campaña para las elecciones presidenciales norteamericanas del año 1992 el triunfal, altivo y arrogante presidente George H.W., Bush se enfrentaba a un joven y desconocido gobernador de Arkansas sin más experiencia política que el gobierno de un estado cuya población total es menor que la del barrio de Queens en Nueva York.

Bill Clinton era por entonces poco más que el prometedor y ambicioso candidato de un partido demócrata que seguía inmerso en el reflujo derrotista que había inaugurado la revolución conservadora de Reagan a principios de los años ochenta. Según la mayoría de analistas sus posibilidades de triunfo eran mínimas frente a un presidente que tanto había contribuido a restaurar el prestigio de los Estados Unidos en la victoriosa "Guerra del Golfo". Y sin embargo, contra todo pronóstico, Clinton se alzó con la victoria. ¿Cómo pudo suceder?.

El éxito de la candidatura de Clinton tuvo mucho más que ver con los errores cometidos por el partido republicano y la torpeza de sus líderes que con los méritos contraídos por un desconocido gobernador de un pequeño estado del Medio Oeste. Frente al relato epopéyico de una grandeza restaurada mediante una guerra victoriosa enarbolado por Bush y los republicanos, los demócratas volcaron su campaña en las preocupaciones cotidianas de la clase media americana, en la incertidumbre del empleo y la amenaza de la recesión, en la pérdida del poder adquisitivo y el encarecimiento de los precios, en las dificultades de acceso a vivienda y los problemas de asignación de los distritos escolares, en la precarización de la sanidad y el deterioro de las infraestructuras públicas.

Conectaron con el sentir del imaginario colectivo de la nación mediante una fórmula que, desde entonces, se ha acuñado como el paradigma de la ceguera política y del error de diagnóstico: "Es la economía, estúpido". Y fue la economía la que aupó a Clinton a la presidencia, porque eran los problemas domésticos y cotidianos de la mayoría de los estadounidenses los que constituían el anhelo de sus preocupaciones y por lo que estaban dispuestos a apostar por una candidatura hasta entonces desconocida.

Algo similar está ocurriendo en nuestro país con la crisis territorial que se ha desencadenado en Cataluña. Los acontecimientos que se han sucedido desde la celebración del fallido referéndum del uno de octubre evidencian la incapacidad del gobierno de la Nación para entender los profundos movimientos tectónicos que están sobredeterminando la erupción de las reivindicaciones soberanistas.

El independentismo catalán es un fenómeno complejo que no se ajusta a la descripción simplificada con los gruesos trazos del nacionalismo clásico. La emergencia de la reciente conciencia nacional en Cataluña se entiende mucho mejor como la síntesis dialéctica de un conjunto yuxtapuesto de fuerzas y factores característicos de la nueva sociedad digital, recubiertos por una fina y cada vez más debilitada capa de una historia reescrita en clave de agravios. En este nuevo escenario lo que cuenta no es la simbología de la lengua y la bandera. Lo que está en juego es la construcción de una identidad diferenciada en la sociedad global, un sentimiento de pertenencia no "euclidiana", sino de geometría variable: no hay un sólo vínculo que nos una y nos defina se llame clase, tierra o lengua.

Bajo el ropaje del fervor soberanista se cobijan un conjunto de sentimientos, emociones e intereses cuya matriz no es la nación, aunque sea el relato nacionalista la narración que les confiere un sentido unificado. La necesidad de contar con una voz que sea escuchada-el incombustible "queremos votar"-compartido de forma abrumadoramente mayoritaria por la sociedad catalana sea o no independentista, pone de manifiesto la aparición de un nuevo sujeto político que ha hecho posible la sociedad digital de la comunicación en red: el individuo constituido en ciudadano, autónomo, titular de derechos políticos que no quiere delegar en ningún mandatario o representante porque puede ejercerlos soberana y personalmente y está dispuesto a hacerlo.

Muchos catalanes consideran la pertenencia al estado español como un formidable corsé que paraliza cualquier iniciativa de cambio, que vincula el destino de Catalunya a una España cuya imagen refleja el rostro de aquella hidalguía castellana anclada en un pasado mítico de tradición, religiosidad y oscurantismo, del interminable folclore del sur con la ética hedonista que caracteriza a sus habitantes y su impenitente condición de acreedores de la existencia. El relato nacionalista vértebra también la esperanza de alcanzar una modernidad sin los lastres de un estado rezagado, plagado de pedigüeños y adicto a una solidaridad perversa.

La Jefatura del Estado y la tradición de una monarquía históricamente asociada con las élites más conservadoras de la nación, se opone a una república catalana independiente entroncada con la modernidad y abierta al mundo. Es el relato sugerente de un futuro numinoso, frente al mundo castizo de la Castilla casposa y eterna.

El independentismo ha conseguido bordar en el imaginario de la sociedad catalana un relato sugerente y emotivo vinculado a la promesa de un futuro que está amaneciendo en el presente de la sociedad digital, vertebrado en torno a la idea de una nación nueva que representa no solo, ni principalmente, una comunidad política soberana; un estado en el que hacer posible el viejo anhelo de emancipación nacional empoderando al individuo-ciudadano como rector de su propio destino.

Frente a este universo de emociones, esperanzas y sentimientos el estado central sólo ha sido capaz de articular la prosaica respuesta de un leguleyo sin imaginación. Los anclajes de la ley no apelan a las emociones sino a la racionalidad, de ahí su nula capacidad de movilización. En la cambiante dinámica de las emociones la legalidad, cuando pretende trazar las fronteras, sólo suscita rechazo. Captar esa secuencia y actuar consecuentemente es lo que distingue a un estadista.

La consecuencia de la aplicación estricta de la ley no puede ser otra que el ejercicio de la violencia, cuyo monopolio legítimo lo ostenta el estado. Hace treinta años el binomio causa- efecto funcionaba como una maquinaria bien engrasada. En la sociedad digital aparecen contradicciones contrafácticas. La utilización de la violencia es ineficaz y contraproducente cuando no está articulada en un relato que la legitime; es lo que sucedió el pasado uno de octubre. La desafortunada intervención policial, lejos de encapsula la protesta, multiplicó sus efectos suscitando una oleada de insurrección popular, difícil de contener sin costes adicionales.

La torpeza de las autoridades del estado central ha añadido una mueca más en su largo rosario de desaciertos: la inoportuna intervención del jefe del Estado culpabilizando en exclusiva al gobierno de la Generalitat y reprochándole tozudamente el sempiterno incumplimiento de la legalidad, como si se tratara de un Rubicón infranqueable, cuando hace mucho que la legalidad ha dejado de ser una barrera contra las protestas populares, no sólo constituye un grave error de estrategia, sino que, con toda probabilidad, arrastrará a la corona al terreno de la confrontación política, un escenario muy resbaladizo para una institución que ha agotado el escaso crédito que le restaba. Es una muestra más de que viven en un mundo que ha desaparecido.

Nos ha tocado vivir en un mundo líquido de geometría variable, en donde la idea de permanencia es poco más que la efímera transición de un instante a otro. Las coordenadas económicas y sociales por las que se han regido las sociedades occidentales en los últimos cincuenta años, sencillamente han desaparecido o están en trance de desaparición. Las ubicuas redes sociales han invalidado el concepto de representación y han alterado para siempre los modos de participación de los ciudadanos en la vida pública. Del mismo modo el mundo global ha trastocado los conceptos de identidad y pertenencia, la naturaleza de la sociabilidad y el concepto mismo de lo individual.

Este es el horizonte de futuro en el que ya estamos viviendo. Gobernar significa más que nunca entenderlo con una mentalidad abierta, en permanente disposición de aprender. Sencillamente, no es posible comprender la dinámica de la sociedad de la información con la mentalidad tabular de un funcionario del registro.


Miércoles, 4 de Octubre 2017

ESTADISTAS Y GOBERNANTES

A finales de mayo de 1940 el Cuerpo Expedicionario Británico ( BEF) destacado en el norte de Francia se encontraba en una situación desesperada: cercado en una estrecha franja de terreno en torno al puerto de Dunkerque, sus 300.000 hombres integraban un ejército completamente desmoralizado que, después de innumerables derrotas y retiradas, sólo se mantenía en pie por la esperanza de una rápida evacuación que pusiera fin a toda aquella interminable pesadilla. Las posibilidades de evitar la aniquilación eran muy escasas porque no había ninguna fuerza de resistencia eficaz que se interpusiera entre el mar y la poderosa maquinaria bélica alemana.
 
Sin embargo, pese a todos los augurios negativos se obró el milagro: 330.000 soldados británicos y franceses fueron evacuados desde los muelles de Dunkerque a los puertos del sur de Inglaterra en poco más de una semana evitando una humillante capitulación y permitiendo a Inglaterra continuar en la lucha. Pero Dunkerque no fue una victoria militar. De hecho, constituye una de las mayores catástrofes militares sufridas por el ejército británico a lo largo de su historia. Y sin embargo, paradójicamente, fue allí entre las ruinas de unos muelles incesantemente bombardeados, en los cráteres de arena de unas playas arrasadas por la aviación alemana, donde se fraguó la leyenda del "espíritu de Dunkerque".

Ese fue el comienzo del largo y tortuoso camino hacia la victoria final. Y su artífice fue un viejo aristócrata británico que tenía el imperio en el corazón y el resto del mundo en su cabeza. Winston Churchill proporcionó al pueblo británico en aquellos difíciles tiempos una identidad colectiva forjada en la resistencia frente a la tiranía que convertía a cada ciudadano del Reino Unido en un héroe anónimo en la difícil lucha por la supervivencia. Así se construyó el "espíritu de Dunkerque" al que después sobrevendría la leyenda de "Los Pocos", " The Few", los héroes de la batalla de Inglaterra, los jóvenes pilotos de la RAF.

Winston Churchill fue, por encima de cualquier otra consideración, un extraordinario estadista, uno de esos personajes que en ocasiones la historia tiene la galantería de brindarnos cuya indomable voluntad se sobrepone a cualquier circunstancia marcando el rumbo de su tiempo en las coyunturas más críticas. Inglaterra tuvo la fortuna de encontrar a Churchill cuando más lo necesitaba: en medio de una gigantesca tormenta que amenazaba la existencia misma de la nación británica.

Churchill estaba adornado con todas las venerables cualidades de los grandes hombres de estado: dotado de una abrasiva e irrefrenable personalidad se abría paso a grandes zancadas entre los bastidores de la protocolaria y jerarquizada sociedad británica para generar el caos en aquella burocratizada forma de entender el gobierno, pero era un caos creativo, el desorden que precede a un nuevo orden. Tenía el don de los grandes creadores: todo era posible, no había ningún obstáculo que no se pudiese sortear: ya se tratara de los tanques en El Alamein, los generales reacios a cumplir sus órdenes, las menguantes finanzas británicas o las disensiones del propio gabinete. Su manera de entender el mundo estaba imbuida de la misma grandeza del imperio en que había sido educado: su carácter no estaba hecho para adaptarse a la mansedumbre y no era un hombre para lidiar con medianías. La sabiduría del pueblo británico lo entendió perfectamente: al terminar la guerra fue relegado al museo de la historia; Clement Attlee , aquel insípido funcionario laborista, era más adecuado para gestionar la paz.

Lucía también, ostentosamente, aquellos defectos que la mediocridad vulgar de quien carece de grandeza jamás perdona: era descaradamente imprudente, de una impetuosidad que en ocasiones rozaba lo temerario, jamás se arredraba frente a una dificultad por enorme que fuese; de una impaciencia legendaria se desesperaba con aquella legión de funcionarios que restringían la eficacia de sus órdenes y se mostraba implacable frente al menor atisbo de negligencia o dilación. Pero fueron precisamente sus defectos, incluso más que sus virtudes, los que salvaron a Inglaterra en aquella coyuntura crítica.

Lo que la historia de los pueblos nos enseña es que en determinados momentos muy singulares, cuando lo que está en juego es el destino de la nación o la supervivencia del modo de vida de quienes la integran, cuando el curso ordinario de la vida se altera por la irrupción de un acontecimiento extraordinario, entonces ha terminado el tiempo de los gobernantes, que deben ceder el protagonismo de la escena a los verdaderos estadistas. La grandeza de una nación consiste en advertir la secuencia del proceso y encontrar la personalidad adecuada.

Hoy nuestro país se enfrenta a un dilema que merece el calificativo de histórico porque su resultado dejará una huella durante generaciones en nuestro destino como nación. La crisis territorial que se ha desencadenado en Cataluña marcará un hito en nuestra historia compartida porque afecta no sólo a la integridad territorial del Estado, sino al conjunto de los valores que defendemos, de los fundamentos de nuestra convivencia y del proyecto que albergamos para nuestro futuro. En el horizonte se vislumbran la emergencia de las nuevas fuerzas sociales y del nuevo orden económico que está germinando.

Comprender la naturaleza profunda de este fenómeno, que excede con mucho la reivindicación nacionalista de una identidad propia, entender que nos hallamos en el umbral de, por así decir, un cambio "tectónico" de época, en cuyo contexto la emergencia nacionalista es sólo un síntoma, significativo pero menor, de la transformación histórica en la que estamos inmersos es sólo la primera condición para superar la estrechez de miras con la que se está abordando, desde el gobierno de la nación, el denominado "desafío soberanista".

Acostumbrado a navegar en aguas seguras al gobernante, a diferencia del estadista, le basta con conducirse con la prudencia habitual de un hábil administrador, de un mero gestor diligente. Su utillaje es bien sencillo. No precisa del talento creativo, de la visión panorámica e innovadora de quien está obligado a adentrarse en un territorio desconocido. El gobernante encuentra en la ley su patria y en la burocracia su hogar. La previsibilidad y la prudencia son las virtudes supremas del administrador. Rehuye la incertidumbre y aborrece la inestabilidad que genera todo cambio. Su credo es exclusivamente normativo e invoca la legalidad como el único y cerrado universo de su existencia.

Es el modelo ideal de las clases medias, de los hombres y mujeres sencillos, del ciudadano de a pie, del individuo perfectamente normalizado. Es la quintaesencia de la mediocridad convertida ahora, mediante una especie de alquimia democrática, en el principio rector de la vida pública. "Soy uno de vosotros", podría ser el slogan publicitario de muchos de nuestros representantes en las instituciones públicas si no fuera porque de tanto usarlo ha quedado desgastado y desprovisto de todo contenido significativo.

Sin embargo, si el modelo goza aún de cierto predicamento es sencillamente porque funciona. Más precisamente, en las situaciones de normalidad institucional, cuando no hay ningún acontecimiento, del signo que sea, que agite el curso ordinario de la vida el gobernante no precisa de otro talento que aquel que Max Weber exigía a sus "héroes" ideales: austeridad, disciplina y ciega obediencia a la ley.

Sólo necesitamos un piloto experimentado cuando las aguas no discurren por el cauce que habíamos previsto. Los puntos de ebullición, los sobresaltos de la historia que no estaban en el guión, los momentos de cambio y revolución que van acompañados de una especie de "explosión creativa", exigen un liderazgo carismático que va mucho más allá de las formas tradicionales de ejercicio del poder. Es un tiempo para la innovación, es la hora de los grandes creadores dotados de una aguda intuición, ese momento de "imaginación exacta" con el que el mundo avanza por nuevos derroteros.

La profunda fractura social que se ha producido en Cataluña constituye uno de esos episodios de la historia que nos alertan de un decisivo cambio de rumbo. Nos encontramos frente a un nuevo "horizonte de sucesos" en el que los modos tradicionales de gobernar mediante los instrumentos de la racionalidad legal resultan abiertamente insuficientes.

La amenaza del estricto cumplimiento de la legalidad es una respuesta equivocada. Pertenece al capítulo de las malas soluciones que empeoran los problemas. Cuando lo que la ciudadanía cuestiona masivamente es, precisamente, esa legalidad que se incumple, el remedio no puede consistir en aplicar dosis adicionales de la misma medicina.

Lo que necesitamos es reinventar el comienzo, una nueva perspectiva que inaugure un tiempo nuevo para abordar la grave crisis territorial del estado con la suficiente flexibilidad, determinación y voluntad de diálogo capaz de revertir, como sucedió entonces, la triste retirada de las arenas de Dunkerque en el ilusionante proyecto de un destino compartido. Lo que, en definitiva, necesitamos es un nuevo Churchill. Desgraciadamente lo que tenemos es un registrador de la propiedad y una abogada del estado.


Lunes, 25 de Septiembre 2017

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