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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




¿POR QUÉ HACER LAS COSAS FÁCILES CUANDO PODEMOS HACER LO MISMO DE MANERA MÁS DIFÍCIL?.

La pregunta no es mía. Me la sugirió Jorge Tagle , el actual embajador de Chile en España, al hilo de una reflexión sobre algunas de las características más singulares que definen nuestra común idiosincracia. Según me comentaba el embajador no es infrecuente en Chile que las tareas más sencillas, que no requieren más que una ejecución elemental, se demoren, se dificulten o hasta devengan imposibles como consecuencia de los alambicados procedimientos que se adoptan para su puesta en marcha. Contaba que también en España había tenido una experiencia similar con cuestiones, en ocasiones, nimias o de muy escasa significación, como obtener una tarjeta de crédito o aplazar el pago de una compra en diversos plazos.

Le sorprendió comprobar que, tanto en España como en Chile, nos esforzábamos , a veces afanosamente, en complicar de manera innecesaria cuestiones elementales de la vida cotidiana que demandaban una solución sencilla, rápida y simplificada y como todo ello marcaba un agudo contraste con la cultura anglosajona imperante en los Estados Unidos inclinada a la simplificación y al pragmatismo, una notoria diferencia que había podido experimentar durante su larga estancia como cónsul en Los Angeles en la costa oeste de California.

El asunto dista mucho de resultar anecdótico. Es, precisamente, el orden simbólico de lo cotidiano, el universo de los usos y prácticas sociales el que refleja de manera más espontánea los profundos surcos que trazan la cultura y la tradición. Hay algo de verdad en ese aforismo de Walter Benjamin que pretendía deducir el mundo de los granos del café. La mirada microscópica que reposa sobre el objeto aparentemente insignificante nos dice más del mundo circundante que cualquier tratado de sociología política.

Lo interesante de la observación de Jorge Tagle no es tan sólo constatar nuestra vocación por complicar innecesariamente lo que de suyo carece de complejidad. Es también la acentuadísima diferencia con el orden imperante en el mundo anglosajón orientado teleológicamente a la eficiencia y en el que prevalece la simplificación metodológica. El lema en California es: "haz las cosas sencillas". El valor no está la dificultad sino en el resultado.

Resulta muy sugerente reflexionar sobre este peculiar contraste. Se pueden aventurar muchas hipótesis más o menos plausibles, pero desde el momento mismo en que escuché al embajador de Chile me sobrevino con fuerza una idea que está en la matriz de nuestra común identidad cultural, que nos proporciona un marco explicativo coherente con las diferentes visiones del mundo que conforman nuestra manera de pensar y de sentir, de formular las preguntas adecuadas y resolver las dificultades con las que nos enfrentamos.

A diferencia de lo ocurrido en el mundo anglosajón, los países mediterráneos y España en particular, recibimos tardíamente el legado de la ilustración. En particular, la revolución industrial que transformó por completo la sociedad y el paisaje de Gran Bretaña en el siglo XIX, nos alcanzó en oleadas interrumpidas y de manera siempre fragmentaria. La alta cultura, en el sentido alemán de la Kultur, se configuró tradicionalmente de manera reactiva, en muchas ocasiones adoptando un perfil contrailustrado de rígido y esclerotizado ensimismamiento, y en el mejor de los casos, siempre de vocación exclusivamente literaria.

Durante mucho tiempo, un tiempo decisivo y aún hoy, hemos vivido de espaldas a los avances científicos y lo que es peor al desarrollo de la ciencia como metodología del conocimiento. En España, durante algún tiempo, y no hace tanto de ello, hemos despreciado la ciencia y el conocimiento científico como una burda intromisión de un espíritu extranjerizante-no es tan lejano el "que inventen ellos"-, esa estúpida actitud quijotesca que nos hacía admirar los molinos de viento y despreciar las máquinas de vapor y los ferrocarriles es la misma que ha hecho florecer en nuestra cultura una especie de fanático fervor por lo inextricable, el encandilado arrobamiento ante lo abstruso teñido de la devoción infantil por lo incomprensible e inexplicado.

Padecemos el síndrome de lo que Michael Lowy ha caracterizado como "el patetismo metafísico de la oscuridad", una especie de extrañamiento ante lo inefable de raíz marcadamente religiosa que ha impregnado la totalidad de nuestra cultura del conocimiento. En ese escenario nos inclinamos fervorosamente frente a lo complejo, aunque resulte artificial, como si la dificultad en la comprensión fuese un índice de la profundidad del argumento. El dogmático principio de autoridad se erige en la clave de bóveda del saber socialmente prestigiado porque en ausencia del escepticismo metodológico que es inherente al método científico del conocimiento sólo queda el respeto sacral por una tradición inveterada no sometida al cuestionamiento empírico. Los juegos del lenguaje sustituyen la lógica de la investigación científica. El objetivo ya no es la resolución de problemas que está en la base de la experiencia del mundo sino la articulación lingüística de lo inefable como signo manifiesto de la autoridad del saber.

El pragmatismo como actitud vital-gnosológica y científica-se desprecia como manifestación de un cultura empobrecida, desvitalizada carente del ethos insondable del espíritu que alienta la fervorosa revelación del Ser. El mundo tiene que ser desvelado, no descubierto. El sello final lo proporciona una tradición religiosa que santifica los prejuicios arraigados en la costumbre y la ignorancia.

La religión, en la tradición católica que se impuso en los países del occidente mediterráneo y que exportamos a América, no ha sido ajena a este legado de empobrecimiento intelectual. La visión científica del mundo orientada a la resolución de problemas incorporaba un método revolucionario que dinamitaba la aceptación acrítica de la verdad revelada, permanente e inmutable, de las Sagradas Escrituras. El progreso del conocimiento, a través del ensayo y error, los postulados siempre provisionales de la verdad científica, la afirmación de Wittgenstein de que " lo que puede decirse debe decirse claramente" resultaba claramente inconciliable con los nebulosos misterios del cristianismo envueltos en una lógica descifrable sólo para los iniciados a través de los especialistas divinamente ungidos.

Todo ello favoreció la formación de una cultura secular que se forjó con la urdimbre, debilitada pero persistente, de una tradición oscurantista que despreciaba el conocimiento científico. Progresivamente, en la cúspide de la jerarquía del saber, se instaló una instancia inefable, misteriosa, casi ininteligible que derivó hacia un desprecio de todo saber que no estuviere impregnado de un aura de inconmensurabilidad, de dificultad casi insuperable para entender aquello que el lenguaje no podía traducir porque lo divino no nos es accesible sin la necesaria intermediación.

Paralelamente, se suscitó entre los sectores ilustrados en ese barroco oscurantismo un desprecio casi natural por todo aquello que era inmediatamente accesible sin necesidad de acudir al inevitable puntillismo exegético, patrimonio exclusivo de una minoría que se tildaba así misma de "cultivada". La claridad expositiva es inmediatamente sospechosa de falta de profundidad como si ésta sólo pudiere predicarse en los desérticos páramos de la irracionalidad. El lenguaje pretendidamente culto se tiñe de un barniz Gongoriano que lo torna incomprensible y así accede a la respetabilidad ante el tribunal de los "eruditos".

El trasunto de esta actitud en la vida cotidiana es lo que denotaba la aguda observación de Jorge Tagle: nos afanamos en generar complejidad allí donde no es necesaria, hacemos difíciles las cosas fáciles porque creemos que así son más valiosas, nos empeñamos en poner piedras en el camino porque creemos, equivocadamente, que lo embellece, despreciamos lo sencillo y lo simple, la claridad y la comprensión como manifestaciones de un espíritu intelectualmente débil, sin comprender que la debilidad habita precisamente en ese prejuicio.

Somos, en parte, herederos de una tradición que ha oscurecido el pensamiento, que nos ha marginado de las corrientes principales de la ilustración científica en Europa, que durante mucho tiempo ha sometido el juicio de la razón a los devaneos teológicos de un grupo de charlatanes. Pero hace ya tiempo que esa tradición ha dejado de ser dominante. La modernidad científico -técnica y el mundo globalizado de la era de la información la han tornado incompatible con las demandas de la inmensa mayoría de la sociedad. Hoy en día ninguna creencia, por arraigada que esté, puede sobrevivir al margen del conocimiento científico. Vivimos, como acertadamente señalaba Karl Popper, en el mejor momento de la historia. Pero, afortunadamente, nuestro reino está en este mundo.


Jueves, 19 de Abril 2018

DON EMILIO Y LAS MÁSCARAS DEL LEVIATÁN

Emilio Romero el incombustible director del periódico El Pueblo en sus años de gloria, hacía gala de esa peculiar y paternalista idiosincracia que caracterizaba el periodismo del tardofranquismo cuando, respondiendo a un joven y novicio redactor que le preguntaba por los límites de la censura y los márgenes de discrecionalidad de que gozaban los profesionales en el periódico, al tiempo que extendía su brazo por encima del hombro, hablándole a escasos centímetros de su rostro y en un tono suficientemente alto como para que pudiera escucharlo el resto de la redacción le contestó sin inmutarse : "mira, aquí no importa la censura, aquí hay una completa libertad de expresión siempre que se diga lo que yo quiero oir".

Don Emilio, como era conocido en la profesión, fue siempre incorregible. No permitía ninguna censura en el periódico, porque la censura era él. Desde luego, los jerifaltes del régimen tenían poco que temer; don Emilio era uno de los nuestros: Consejero Nacional del Movimiento y Procurador en Cortes. Eran otros tiempos y los españoles estábamos acostumbrados a que nos dijeran no sólo lo que debíamos decir, sino también lo que teníamos que pensar. De eso hace ya mucho tiempo… O quizá no tanto….

Observo con creciente preocupación como los medios de comunicación se han hecho eco de tres noticias que, aún respondiendo a registros y circunstancias diferentes, se empeñan en rememorar, envueltos en una brumosa nostalgia, aquellos tiempos oscuros de un lenguaje jeroglífico enredado en metáforas, elipsis, perífrasis y todo ese arsenal del disfraz y del disimulo que pretendía insinuar lo que no se podía decir.

Una juez secuestra un libro porque supuestamente atenta contra el honor de un alcalde acusado de narcotráfico y absuelto por el Tribunal Supremo, pese a que el autor se limita a reproducir los hechos declarados probados en la sentencia; en la feria de arte contemporáneo de Madrid (ARCO) el director de Ifema, en una polémica decisión avalada posteriormente por la junta rectora de la institución, decide retirar una muestra fotográfica en la que se reproducía la imagen de diversas personas encarceladas a raíz del proceso separatista en Cataluña calificándolos como presos políticos y, por último, la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional ha condenado a tres años de prisión a un rapero de pocos escrúpulos por las injuriosas letras de sus canciones denigrando al jefe del Estado y ofendiendo a las víctimas del terrorismo.

Aunque los tres hechos son diferentes y presentan matices singulares que se resisten a una identidad común, lo cierto es que desde una perspectiva global obedecen a un mismo principio y se rigen por la misma lógica que expande el control del Estado sobre las conductas y sobre los individuos. Son las prácticas autoritarias inscritas en la más temprana vocación del poder por instaurar la uniformidad de los comportamientos, la ausencia de la diferencia como razón, el principio de identidad que encarna la dominación en su estado más puro e incontaminado.

En los aparatos del Estado se materializa la huella, el rastro indeleble de la dominación que anticipa el horror del campo de concentración desde la violencia del silencio impuesto por la uniformidad del discurso. El poder en su naturalidad más descarnada desconfía de la disidencia. La libertad del individuo se fraguó históricamente a la sombra del poder del Estado, arañando en cada uno de sus pliegues una conquista que tuvo que defenderse siempre frente a la insaciable voracidad del Leviatán.

Hay una sana y refrescante intuición frente a la extensión del poder del Estado, que nos advierte a la manera del eco lejano de un rumor incómodo de que nos adentramos en un terreno farragoso, inestable, las arenas movedizas de nuestra existencia. Quizá sea un vestigio del estado de naturaleza, un resto anárquico que la evolución nos ha legado para preservar nuestra identidad. O quizá tan sólo sea un prejuicio.

Pero en todo caso es uno de esos prejuicios que nos han salvado la vida. Lo confieso abiertamente: no me gusta el Estado, ni tampoco quienes se erigen en sus defensores. Cuando los gobernantes entonan el himno de la alegría extendiendo sobre los ciudadanos el manto protector de sus generosas prerrogativas, casi simultáneamente se escucha la marcha fúnebre que anticipa el cortejo del terror y de la muerte. Hay un dicho castellano que resume con mucha elocuencia toda una historia de desconfianza bien ganada: que no se enteren que somos pobres, que nos protegen.

Las resoluciones judiciales que han saltado a los medios de comunicación y las restricciones a la libertad de pensamiento y expresión que se propagan un poco por todas partes son un síntoma alarmante del debilitamiento de la sociedad civil y del fortalecimiento del mundo administrado, una evidencia de las grietas de la sociedad abierta entre cuyas porosidades se filtra la argamasa con la que se fabrica aquel ideal platónico contenido en la república de una sociedad hermética, sometida férreamente al principio de identidad.

Es una tarea urgente preservar los espacios para que florezca la individualidad, impugnando la legitimidad del Estado para configurar nuestras opiniones como ciudadanos de una sociedad abierta. ¿Por qué ha de velar el Estado por la integridad moral de las opiniones de sus ciudadanos?. ¿Cúal es el derecho que se irroga el Estado para aprobar o censurar una opinión determinada?. ¿ Es que acaso los ciudadanos, adormecidos en una especie de edad infantil, no somos capaces de defender nuestros propios derechos si lo sentimos vulnerados?.

Lo que los poderes públicos deben procurar son los medios adecuados para que quienes se sientan concernidos puedan invocar la protección legal, el Estado no puede erigirse en el sustituto de la voluntad que dice representar, por la elemental y sencilla razón de que en ese ámbito, en ese íntimo recinto de la privacidad, los poderes públicos no pueden ni deben penetrar. Allí cesa la representación porque no hay nadie más legitimado que el ciudadano afectado para evaluar si la ofensa ha sido tal y si merece un reproche legal.

Al imponer a todos por igual la disciplina de la censura moral, el Estado no sólo está quebrando las prerrogativas de la sociedad civil, sino que está invadiendo el espacio privado del individuo, el centro de sus emociones y sentimientos, donde se vehiculan los afectos y los rencores, el amor y el odio, la generosidad y la envidia.

¿En virtud de que sagrada delegación pueden los poderes públicos decirle a una víctima del terrorismo que debe necesariamente sentirse ultrajada por un comentario soez?. ¿Quién es el Estado para fijar el canon estético por el que ha de regirse la producción artística o literaria de la sociedad?.¿ Acaso nuestro discurso público debe ajustarse a las veleidades más o menos caprichosas de cualquier funcionario?.

Una sociedad enteramente administrada es el ideal platónico de la impúdica cohorte de quienes aspiran a convertirse en los reyezuelos del destino ajeno y es posible que en el alma de todo gobernante anide una vocación inconsciente de convertirse en salvador del prójimo, o que en la naturaleza misma del ejercicio del poder éste insista una pretensión omnisciente. Pero no importa el origen. Sea cual fuere la oscura fuente del mal existe un antídoto que nos inmuniza frente a las arbitrariedades del poder: el despliegue de las más irrestrictas libertades públicas, la libertad de opinión y de pública expresión de nuestras ideas.

Por eso, la calidad de nuestra convivencia se degrada en la medida en que se restringen los fundamentos del orden democrático esto es, las libertades públicas de los ciudadanos. Ningún poder del Estado está legitimado para decirnos qué canción debemos cantar, que libro debemos escribir, qué periódico debemos leer o qué obra de arte podemos contemplar . Tampoco puede prohibirnos preventivamente, ofender o insultar.

Naturalmente, la libertad de expresión no puede amparar un indiscriminado derecho al insulto, no puede erigirse en la plataforma para invadir el honor o la intimidad de otros. Pero no debe ser el Estado quien prohíba esas conductas a priori. El Estado no es un juez moral ni un censor o custodio de los buenos modales. Sólo los ciudadanos que se sientan agraviados pueden impetrar el auxilio de los poderes públicos para que se restaure el honor o la intimidad dañados. Cualquier otra alternativa es una deriva hacia el abismo.

 Afortunadamente, vivimos en el mejor momento de nuestra historia y gozamos de las ventajas de una sociedad abierta. España, no es Turquía y ni siquiera se le parece. Pero debemos permanecer vigilantes para evitar que se degrade nuestra convivencia y se deterioren nuestras instituciones.


Viernes, 23 de Febrero 2018

¿QUÉ SUCEDIÓ EN EL CAMINO DE DAMASCO?

Todas las grandes tradiciones religiosas se caracterizan por incorporar en su corpus doctrinal elaborados relatos fundacionales que identifican a sus respectivos protagonistas mediante itinerarios simbólicos fácilmente reconocibles tanto por sus prosélitos como por aquellos que, aún no siéndolo, pueden algún día convertirse en fieles seguidores del credo en cuestión. Episodios de esta índole, de una infinita densidad emocional, jalonan la historia religiosa de la humanidad. Desde los antiguos y cromáticos mitos griegos que narran la formación del mundo y validan el ethos que nos distingue como especie, hasta la peregrinación del Profeta a la ciudad santa de La Meca o la solemne entrega de los mandamientos divinos en el aterrador escenario de una zarza ardiente en medio del monte Sinaí; todos estos relatos que discurren narrativamente desde las hazañas del héroe hasta el credo que las inspiran, forjan esa heráldica del lenguaje que identifica la adscripción a los diferentes linajes en los que se encarna la divinidad.

La tradición religiosa dominante en occidente-el cristianismo-, ha acuñado a lo largo de su dilatada historia un considerable número de esos momentos estelares que tanto han contribuido a consolidar la creencia en el acervo de la imaginería popular. La repentina y prodigiosa conversión de Pablo de Tarso-hasta entonces llamado Saúl- no es sólo uno de los acontecimientos más emblemáticos de la épica fundacional del cristianismo, sino que también entraña un profundo significado histórico y teológico para lo que fue el posterior devenir de una fe que se remite a la vida y obra de Jesús de Nazaret.

Comprender adecuadamente la singularidad del acontecimiento exige, primeramente, conocer con alguna profundidad al extraordinario protagonista de esta historia. La escolástica académica de la Iglesia nos ha legado una imagen en gran parte distorsionada de la figura de Pablo de Tarso. De ser un fanático fariseo perseguidor de los seguidores de Jesús se convirtió en un predicador incansable de la "buena nueva", en un apóstol plenamente entregado a la enormidad de su tarea difundiendo el nuevo credo entre los gentiles del imperio y desplegando en todo ello una inagotable voluntad y una indomable energía.

Y esa asombrosa historia se inició una mañana en los alrededores de Damasco. Según el relato clásico contenido en los Hechos de los Apóstoles ( 9-1-31), Pablo que había sido enviado a Damasco por el Sumo Sacerdote del templo de Jerusalén para perseguir y encarcelar a los seguidores de Jesús, cuando todavía se hallaba en las proximidades de la ciudad fue repentinamente deslumbrado por una luz relampagueante procedente del cielo que le hizo caer al suelo, mientras que una tronante voz le inquiría: “¿Saúl por qué me persigues?. Pablo, sorprendido, pregunta por la identidad de esa voz misteriosa. “Soy Jesús a quien tu persigues. Levántate y vete a la ciudad y allí se te dirá lo que tienes que hacer”. Pablo se levantó y comprobó que había perdido la vista por lo que fueron sus acompañantes quienes le llevaron a Damasco, permaneciendo en ese estado tres días, sin comer ni beber.

Aunque el relato está plagado de incoherencias- el Sumo Sacerdote carecía de jurisdicción sobre las sinagogas fuera del Templo de Jerusalén y aún más en Damasco que pertenecía a un reino independiente-y contradicciones-capítulos 22 y 26 Hechos-, es posible, sin embargo, discernir un sentido inteligible en la experiencia de Pablo.

No es necesario acudir a ninguna de las especulativas razones que se han aventurado para explicar la fantástica experiencia del camino de Damasco. Fuera cual fuera la causa física que provocó aquel episodio, lo cierto es que el relato resulta coherente con el agitado estado de confusión que turbaba la mente de Pablo en aquellos momentos críticos. Pablo se encontraba atrapado en un “impasse” religioso y vital que exigía una definición urgente. Por un lado pesaba sobre su ánimo el entorno de las enseñanzas recibidas en su infancia en la cultura profundamente helenizada de su Cilicia natal. En contraposición con todo ello gravitaba el indudable peso de su posterior conversión al judaísmo, con toda la carga doctrinal de la tradición hebraica y el exigente estilo de vida que demandaba su adhesión a la Torah.

En Damasco y en los sucesos posteriores a Damasco, están incoados los elementos característicos de la versión Paulina del cristianismo, aquella formidable y evocadora síntesis que alumbraría un nuevo y original corpus doctrinal que, progresivamente, se escindiría de la matriz original del judaísmo, separándose de la secta de los “Nazarenos”, los seguidores de Jesús, provocando en el proceso una división en la “Iglesia Madre de Jerusalén” encabezada por Santiago y Pedro.

Pablo fue el creador de una nueva religión. No era un pensador original y especialmente sutil. Tampoco un teólogo avezado en las minuciosas disquisiciones de la Torah, pero poseía en muy alto grado una fértil imaginación y una inquebrantable voluntad y seguridad en sí mismo. Y eso era todo lo que se necesitaba.

Había que construir una historia. Pero los elementos para ello se encontraban a su disposición en el fértil crisol de densa efervescencia religiosa de Oriente, un cruce de culturas y tradiciones en permanente erupción entre las que había crecido y había sido educado. El fundamento primordial del cristianismo Paulino que separó para siempre la nueva religión de los antecedentes judíos de Jesús de Nazaret, fue la incorporación a la doctrina del descenso de un Salvador divino que vino a la tierra para redimir los pecados de la humanidad. Toda la elaboración teológica posterior ancla sus raíces en esta nueva figura, que presupone dos mundos o al menos una realidad dual: Arriba, el mundo de la luz y Abajo, dominado por la oscuridad. Ambos mundos están vinculados por la fe.

Aquí se vislumbra la impronta típica del Gnosticismo al que Pablo se adhiere si bien en una versión modificada, atenuada por la incorporación de elementos propios de la Biblia hebrea. Sobre este primigenio escenario de un Salvador divino que rezuma un edulcorado sabor gnóstico, se añaden los mitos de la muerte y resurrección de un Soter universal propio de las religiones mistéricas del oriente mediterráneo con las que Pablo estaba familiarizado desde su helenizada crianza en Tarso.

Sin embargo, aún faltaba un ingrediente fundamental: un marco histórico que confiriera sentido a la totalidad del relato. Tanto las religiones mistéricas, que eran completamente ahistóricas y ofrecían una salvación exclusivamente individual, como el Gnosticismo, limitado exclusivamente a la tradición y revelación del secreto del conocimiento, carecían del adecuado contexto que proporcionara algo más que una mera respuesta individual, que facilitara un esquema colectivo de “salvación comunitaria”. La dimensión histórica de esta atractiva y sugerente síntesis la proporcionaron las categorías del judaísmo que contenían un vasto panorama del devenir del mundo desde la creación hasta los últimos días. Pablo se apropió de ese relato y lo convirtió en una parábola de su propio esquema de salvación a través del sacrificio de Cristo.

Así se forjaron los cimientos de una nueva fe. La extraordinaria capacidad fabuladora de Pablo de Tarso, sumada a su inigualable sincretismo enraizado en la simultánea pertenencia a tres mundos distintos-griego, romano y judío- alumbró un nuevo relato de evidente atractivo poético cuya originalidad se residenciaba no tanto en el material utilizado, cuanto en la armónica disposición de una amalgama heterogénea compuesta de elementos gnósticos y residuos de las antiguas religiones mistéricas estampadas sobre el gran tapiz de la historia de Israel.

Naturalmente, nada de ello guardaba relación alguna con lo que había sido la predicación original de Jesús de Nazaret. Jesús, un profeta judío apocalíptico próximo a los fariseos, se hubiera sentido literalmente escandalizado por semejante mensaje. Jesús se mantuvo siempre fiel al código de la Torah y para el hubiera resultado increíble la figura de un Salvador divino encarnado en un ser humano y habría considerado sacrílego atribuirse esa condición. Aún más, el fracaso de su misión y la muerte ignominiosa en la cruz de un ser divino hubiera resultado del todo blasfemo para el maestro de Galilea.

Ahora, desgajado del tronco original del judaísmo militante, el cristianismo Paulino estaba preparado para transformarse en la “ nova religio”. Sólo necesitaba insertarse en el marco de una tradición escrita. Los evangelios sinópticos siguiendo el rastro de las epístolas Paulinas culminaron esa labor y al hacerlo postergaron, como lo hizo Pablo mismo, al verdadero protagonista y al auténtico fundador del cristianismo.


Jueves, 25 de Enero 2018

 A VUELTAS CON LA RESURRECCIÓN

El misterio de la resurrección de Jesús de Nazaret, por utilizar una expresión teológica, se ha erigido desde los comienzos mismos de la fe cristiana en una cuestión tan controvertida y polémica como sustancial para la expansión y ulterior consolidación de una religión que se vértebra sobre la singularidad de la muerte y posterior resurrección de su fundador. La razón de ello estriba tanto en la excepcionalidad del acontecimiento-la resurrección es un suceso físico científicamente imposible- como en la cualificación de su estatuto teológico configurado como "conditio sine qua non" por Pablo de Tarso en su memorable Carta a los Corintios "si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe" (15,17).

Durante mucho tiempo la corriente dominante de la teología oficial ha rehuido de uno u otro modo tan resbaladiza cuestión, bien incorporando implícitamente la teología de la Cruz al corpus académico-el Cristo ya resucitado-, o bien cartografiando la vida y obra de Jesús de Nazaret como un excepcional testimonio de sacrificio que culmina en el Gólgota con su muerte física, pero sin extenderse más allá. Buen ejemplo de ello es la ortodoxa pero rigurosa y honesta biografía de Joachim Gnilka , un teólogo católico intelectualmente exigente que concluye su monumental obra afirmando que "la resurrección no forma parte de la historia terrenal de Jesús de Nazaret ".

Ninguna de esas respuestas resulta satisfactoria porque dejan irresuelta una cuestión que ha adquirido una centralidad ontológica irrenunciable para la pertinencia de la fe inspirada en la vida y en las enseñanzas del maestro de Galilea . No se trata sólo del "dictum" epistolar de Pablo; todo el formidable andamiaje de la religión cristiana reposa en primera instancia en el asombroso acontecimiento de la resurrección que confiere un significado cualitativamente distinto a la vida y obra del Jesús de la historia.

Abordar esta temática y hacerlo sin las proselitistas anteojeras de la fe y sin destilar la proverbial beligerancia de un trasnochado agnosticismo impregnado de un desdén intelectualmente barnizado, no es tarea fácil. Por eso resulta muy meritoria la obra de Javier Alonso "La resurrección. De hombre a Dios", por ese riguroso equilibrio en la exposición de los hechos que no pretende arrebatar la fe a nadie sino certificar los brumosos acontecimientos que tuvieron lugar en la Palestina del siglo primero en torno a la figura de un profeta judío apocalíptico que, en aquel contexto singular, se convirtió en una figura divina.

La creencia en la resurrección de Jesús de Nazaret se ha cimentado en dos tradiciones diferenciadas: en primer lugar los diversos testimonios que nos han legado el conjunto de libros conocido como Nuevo Testamento, particularmente las cartas de Pablo y los evangelios canónicos. La segunda línea narrativa se sustenta en el denominado “final breve” del evangelio de Marcos y es de índole básicamente negativa porque infiere la resurrección desde la contemplación del sepulcro vacío.

Las cartas de Pablo de Tarso redactadas entre quince y veinte años después de la muerte de Jesús, y dirigidas a diversas comunidades de creyentes, constituyen la fuente de información más antigua relativa a la resurrección de Jesús de Nazaret. De entre todas ellas, es la primera carta a los Corintios la que contiene una mención específica al hecho de la resurrección y de los diversos testimonios que dan fe del acontecimiento. La comunidad de Corinto había trasladado a Pablo algunas dudas doctrinales y entre ellas las relativas a la resurrección. Ante todo Pablo transmite lo que dice haber recibido: que Cristo murió por nuestros pecados, que lo hizo según las escrituras, que fue sepultado, que resucitó también según las escrituras y que tras su posterior resurrección "se apareció" a un conjunto de personas, a Santiago, a todos los apóstoles y en última instancia "como un aborto" relata Pablo, a él mismo.

Naturalmente, las referencias de Pablo a "las escrituras" no podían serlo a las escrituras sagradas de la tradición cristiana, esto es los evangelios, porque fueron elaborados en fechas posteriores, sino a las Escrituras de la religión judía, los libros que conocemos como Antiguo Testamento. Pablo se inspiraba en los llamados Cantos del siervo sufriente de Yahvé, un conjunto de textos extraídos del libro de Isaías que relata la historia de un siervo que sufre un conjunto de vejaciones y humillaciones interpretadas como una redención. Es decir, la temática relativa a la muerte de Jesús como un episodio de expiación soteriológico del pueblo judío formaba parte de la tradición en la que se encontraban insertas las primeras comunidades cristianas, de modo que el fracaso de la Cruz puede ahora reevaluarse como el triunfo anunciado en las escrituras . Éste es el criterio narrativo que vincula la condena a muerte de un sedicioso condenado por rebelión con la tradición profética del pueblo de Israel.

Por lo demás, como afirma Javier Alonso "la historicidad de la secuencia de apariciones es, como poco, cuestionable". La presencia de Pablo en esta "cadena de credibilidad" obedece a la necesidad de situarse en el mismo rango profético que los demás líderes de la comunidad cristiana con los cuales competía a la vez que colaboraba en las tareas de evangelización. El testimonio que relata Pablo, utilizando una singular forma verbal griega, hace referencia a una experiencia sin ningún contacto físico, un fenómeno visual similar a la aparición de un ángel lo que confirma más tarde en la segunda epístola a los Corintios escrita aproximadamente el año 57.

En cuanto a los relatos evangélicos lo menos que se puede decir es que ofrecen testimonios plagados de contradicciones. Marcos, el primero de los evangelios sinópticos, recoge en sus primeros ocho versículos la que es probablemente la narración más antigua, haciendo recaer el peso del testimonio en tres mujeres: María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé. Tanto Mateo como Lucas, que conocen la narración de Marcos, introducen múltiples motivos literarios, incorporando la presencia de un ángel, un fenómeno sísmico y eliminando a alguna de las testigos presenciales del relato de Marcos. Incluso Lucas, un evangelista que se inscribe claramente en la tradición helenística, declara su intención de hacer una narración y no de transmitir un evangelio. Juan por su parte incorpora personajes adicionando la presencia de un testigo escéptico-la famosa historia de Tomás el incrédulo-y mantiene como única presencia femenina figura de María de Magdala.

Una segunda línea argumentativa pretende sustentar la autenticidad de la resurrección en la temática de la "tumba vacía". Naturalmente, como afirma Javier Alonso se trata de una argumentación negativa "que quiebra las más elementales reglas de la lógica".Gerd Lüdeman un eminente historiador alemán que ha dedicado una interesante monografía a la resurrección de Jesús de Nazaret se muestra igualmente concluyente: " un sepulcro vacío lo único que acredita es que no hay nadie dentro. No que haya resucitado el cadáver." Sin embargo, paulatinamente el relato de la tumba vacía fue sustituyendo progresivamente a las apariciones como principal argumento para demostrar la resurrección de Jesús. La versión, que se fundamenta en el denominado final breve de Marcos, es sencillamente insostenible, no sólo por el déficit lógico del argumento, sino por las peregrinas sugerencias que se han ido ofreciendo para salvar su manifiesta incongruencia: el robo del cuerpo, el error de las mujeres al identificar la tumba o incluso la supervivencia del condenado y su aparición en un lugar tan remoto como….Cachemira.

El relato de la "tumba vacía" se encuentra más próximo a la fabulación narrativa que a la narración histórica porque entre otras cosas, como apunta Javier Alonso siguiendo la estela de otro eminente historiador, John Dominic Crossan, es harto probable que Jesús de Nazaret fuera enterrado en una fosa común, ya que los sepulcros individuales eran privilegio de personas con un elevado nivel económico, lo que no era el caso de un condenado a muerte por sedición cuyo entierro era asumido por las autoridades.

Como síntesis final, Javier Alonso elabora una propuesta plausible para explicar "el asombroso proceso mediante el cual un sedicioso ejecutado ignominiosamente por los romanos se transformó, en cuestión de unas pocas décadas, en el mesías, el hijo de Dios que había triunfado sobre la muerte". El primer elemento de la explicación es de naturaleza puramente psicológica: la presencia del duelo frente a la muerte y los inherentes sentimientos de culpa y abandono resultaron imprescindibles para que algunas personas-muy probablemente María Magdalena-creyeran que Jesús estaba vivo. Después, ese relato se insertó en la tradición judía de su literatura sagrada, porque Jesús fue ante todo un judío que vivió y predicó en el contexto de la Palestina del siglo primero y sus seguidores justificaron toda su actividad misional recurriendo permanentemente a las citas de la tradición hebrea. Por último, resulta evidente que no pueden aplicarse retroactivamente las categorías historiográficas modernas a las narraciones evangélicas, los Hechos de los apóstoles y las cartas de Pablo, porque éstos no son documentos históricos sino teológicos. Relatan las cosas como pensaban que podrían haber ocurrido no como efectivamente sucedieron.

De esta manera, un suceso inverosímil y científicamente imposible se convirtió en el soporte de una fe milenaria que transformó a un insignificante campesino judío condenado como reo de sedición por el imperio, en un soter universal para la salvación de la humanidad. El cristianismo ha contraído una deuda impagable con el genio fabulador y la inagotable energía de Pablo de Tarso.


Miércoles, 27 de Diciembre 2017

DESDE ESPAÑA PARA CATALUÑA CON AMOR

Cuando escribo estas líneas la Generalitat de Cataluña ha sido virtualmente desmantelada por la intervención del Gobierno Central y su máximo órgano ejecutivo-el Govern-encarcelado, a petición de la Fiscalía General del Estado, por la orden de una jueza de la Audiencia Nacional. La crisis gestada desde hace tanto tiempo, finalmente, se ha precipitado hacia el peor escenario posible.

Algunos están de enhorabuena. Para un sector de la sociedad española, encabezado por el gobierno y sus partidos satélites, sencillamente, se ha restablecido la legalidad y se ha impuesto el estado de derecho. Junto a ellos, con ellos o entre ellos, se cuentan los custodios del alma nacional, los incondicionales de esa España taurina y rociera, anclada en la distorsionada mística de un ancestral orgullo nacional aderezado con el fervor patriotero del aislamiento cultural y cobijado en una patética indigencia intelectual.

Su horizonte ya no pertenece a este mundo. Viven en un pasado para siempre perdido pero anidan, cómodamente instalados, entre los pliegues aterciopelados de una solidaridad perversamente administrada en beneficio de las élites políticas emanadas del régimen que alumbró la constitución de 1978. No podrán representar ningún papel político significativo en el futuro, pero como ha sucedido en demasiadas ocasiones en el pasado, dificultarán, retrasarán y obstaculizarán el inevitable proceso de cambio.

En realidad, tienen poco que festejar. Si la amargura del rencor y la densidad de su ignorancia-no acierto a vislumbrar en qué proporción-no hubieren nublado su juicio serían conscientes de las oscuras fuerzas que han desatado y de cuán problemático resultará conjugar los viejos demonios azuzados por la caja de Pandora del nacionalismo identitario. Pasará mucho tiempo-quizá generaciones-antes de que puedan restañarse las heridas abiertas en el frágil cuerpo de una sociedad civil vertebrada en torno a consensos trabajosamente alcanzados, ahora definitivamente volatilizados.

Con la intervención de la Generalitat concluye también la vigencia de la estructura política e institucional diseñada en los albores de la transición y consagrada en la constitución de 1978. La crisis que ha desatado el desafío soberanista en Cataluña no se limita a cuestionar la organización territorial del Estado, por más que este haya sido, inicialmente, su efecto más visible.

Lo he dicho cada vez que he tenido ocasión de pronunciarme al respecto, y en este momento crítico es necesario enfatizarlo con mayor intensidad aún: la reivindicación nacionalista en Cataluña es tan sólo un síntoma, y no el más significativo, del profundo movimiento telúrico que agita las pautas de comportamiento y los modelos de convivencia forjados por las sociedades occidentales en torno a los consensos básicos anteriores a la era digital.

El advenimiento de la sociedad digital ha subvertido definitivamente el orden político tradicional y en particular las rígidas estructuras de representación política y mediación institucional. Ha aparecido un nuevo sujeto político: el individuo-ciudadano que, empoderado tecnológicamente, reivindica una nueva forma de legitimación en el ámbito de la esfera pública, en ocasiones mediante el ejercicio directo de alguna forma de participación, pero con mucha mayor frecuencia lo que ello entraña es una alteración sustancial de los mecanismos de control y responsabilidad de los representantes, mediante fórmulas de revocación de mandato y fiscalización continua.

Además de esta crisis general del sistema de representación, consecuencia directa de la revolución tecnológica, en nuestro país convergen circunstancias adicionales que producen una aceleración de los efectos disolventes de las estructuras políticas tradicionales: el cambio generacional coincidente con la crisis económica y el agotamiento de un modelo institucional diseñado por los protagonistas de la transición; un pacto muy oportuno en su momento pero cuyos efectos se han ido diluyéndo al compás que languidecía la generación que lo alumbró.

En este contexto la habilidad del nacionalismo soberanista ha consistido en unificar en un relato en clave territorial las tensiones sociales, económicas y generacionales de sectores crecientes de la sociedad catalana, cuya identidad resultaba amenazada por la creciente incapacidad del sistema para integrar a las nuevas cohortes de jóvenes que han descubierto que el consenso en que fueron educados sus padres-la promesa de recompensa si se cumplen las reglas-se había quebrado unilateralmente. El nacionalismo les ha proporcionado una causa por la que luchar y una Arcadia con la que soñar.

Para quienes no hemos sentido nunca el latido del nacionalismo, ni hemos vibrado de emoción al oír los compases del himno nacional, ni se nos ha encogido el corazón al contemplar la bandera flameando al viento, nos resulta difícil comprender la apasionada simbología y la arrebatadora fuerza de la identidad nacional. Sinceramente no empatizo con el nacionalismo. No soy capaz de experimentar el arrobamiento romántico de aquellos a los que se les llenan los ojos de lágrimas escuchando un himno u ondeando una bandera. Me encuentro mucho más próximo a cualquier ciudadano de Londres, París, New York o Francfort que comparte mi visión del mundo, mis valores o mi estatus económico y cultural, que algún vecino o compatriota ajeno a mi mundo, aunque hable mi idioma, viva en mi ciudad y se llame Juan, Pedro o Antonio.

Y sin embargo, como demuestra el fenómeno independentista en Cataluña, sería un error, amén de una grave irresponsabilidad, desdeñar el potencial de la fuerza y el poder de la identidad nacional para catalizar en un relato coherente y unificado, esa especie de primigenio caldo emocional en el que conviven emociones, sentimientos e intereses, sin otra armonía común que un profundo rechazo a la adaptación, a la pertenencia e inclusión en un mundo que se ha vuelto demasiado estrecho para acoger a los descontentos.

Por eso el nacionalismo identitario no puede ser comprendido con las categorías clásicas de la política tradicional. Es un fenómeno transversal que difumina las fronteras económicas, sociales y de clase. El magnetismo de su atracción reside en la negatividad de su discurso. Hay una única respuesta para todos los descontentos, para todos aquellos que han sido defraudados por la promesa incumplida de un lugar bajo el sol: la construcción de un Estado propio como expresión de la identidad nacional. El nirvana es la patria anhelada que nos redime de cualquier sacrificio pasado.

Se trata de un postulado axiomático, no de una verdad científica. Por eso resulta inmune a cualquier refutación. Pero paralelamente al contenido emocional de esta épica narrativa también discurre un momento racional, un contenido de verdad: es un índice del agotamiento del sistema institucional y de su empeño en perpetuarse más allá de su funcionalidad histórica. Prolongar la vigencia de un armazón institucional inoperante sólo hará más larga la agonía. Y aunque el panorama es sombrío y no se vislumbran muchas razones para la esperanza es quizás en este momento, cuando ha llegado la hora de perseverar, aún nadando contracorriente, en una esperanza que, como sostenía Benjamín, sólo se justifica por amor a los desesperados. Pero esa puede ser una razón suficiente. Por amor a Cataluña.



Lunes, 6 de Noviembre 2017

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