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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




DE HYDE A JEKILL


Lunes, 9 de Julio 2018



DE HYDE A JEKILL
Después de una breve interrupción reanudo con renovado interés y espero que con mayor periodicidad este blog que pretende capturar aquellos pensamientos que escapan de las redes conceptuales al uso precisamente por su resistencia a adaptarse a la realidad dominante. En ocasiones adquieren la forma contradictoria de una paradoja, pero no como un juego literario, sino más bien como la expresión refractaria de los sinuosos vericuetos que impone el espejo de la vida por más que éste aparezca como deformado.
 
La clásica novela de Robert Louis Stevenson expresa, de una manera que sólo la literatura es capaz de iluminar, el angustioso trastorno disociativo de identidad que atrapa a un individuo escindido en lo más profundo de la dualidad de nuestra naturaleza moral. El fenómeno se produce también colectivamente cuando al mismo suceso o acontecimiento se le otorga una significación distinta y aun contradictoria en función de la perspectiva que se adopte. Se produce entonces una especie de palingénesis que mistifica la realidad y proyecta imágenes contradictorias sin una justificación racional.
 
En nuestro país, una singular muestra de este espejismo colectivo es la consideración casi reverencial que se otorga a los altos cuerpos de la administración del estado: los inspectores de finanzas, abogados del estado, notarios, jueces o registradores, por el solo hecho de acceder a alguna de estas profesiones, parecen experimentar una singular transubstanciación. Donde antes había individuos que vivían, amaban y sufrían igual que el resto de los mortales, sometidos a las mismas influencias, sesgos e incentivos, un minuto después de ingresar en alguno de los privilegiados cuerpos de élite de la administración, despojándose de la egoísta indumentaria de la sociedad civil se convierten en los insobornables  adalides de algo tan etéreo e indefinido como "el interés público", que, aunque nadie sepa bien lo que es, todo el mundo sospecha que pertenece a un rango moral mucho más elevado que el de los mezquinos intereses privados.
 
Esta especie de transubstanciación sin alma no acaece en virtud de ninguna mediación espiritual por más que alguno estuviere tentado de equiparar un temario de oposiciones con la inspiración del espíritu santo. Aunque la liturgia es mucho más banal parece producir el mismo efecto  mistificador. He oído infinidad de veces la misma cantinela : no importa lo que sucedió antes, no importan los antecedentes, carece de valor cual fuere la condición física, psíquica, intelectual o moral del candidato; una vez que ha superado la ordalía que le inviste como miembro de los elegidos, queda al margen de los procesos y circunstancias-en virtud de algún misterio no explicado- que gobiernan la vida del resto de los ciudadanos.
 
Obsérvese que no estoy hablando de corrupción. No es ese el nivel en el que se desenvuelve el discurso. Son los gustos, las preferencias, las fobias, las inclinaciones y los sesgos que condicionan nuestra conducta y nuestras decisiones los que han sido eliminados en el  arquetipo weberiano del perfecto burócrata. No estamos hablando de un hombre real de carne y hueso, sino de un tipo ideal, en el sentido en el que Max Weber empleaba esta expresión, un modelo formalizado teóricamente cuya característica más singular es precisamente que carece de un correlato exacto en el mundo de la vida.
 
No es necesario ningún conocimiento especial. Cualquiera puede percibir la falsedad de todo el entramado. No hay ninguna razón que pueda justificar semejante metamorfosis: las cualidades morales, los vicios y las virtudes, los rasgos del carácter, nuestras filias y fobias, nuestra visión del mundo y nuestra ideología, nuestras afinidades y nuestras aversiones, en definitiva, todo lo que hace que un ser humano se comporte como tal es inmune por completo a cualquier investidura, a todo rango por mucha pompa oficial que se le confiera.
 
Entonces, ¿ porque está tan extendida en nuestra cultura la idea de que una vez que un individuo ha ingresado en alguno de estos grandes cuerpos de la administración pública, merece mayor confianza, es digno de mayor crédito que el resto de los ciudadanos, hasta el punto de que debemos confiar en que su imparcialidad, su neutralidad y su objetividad son muy superiores a la del resto de nosotros, que perseguimos sólo  mezquinos intereses privados, mientras que ellos, depositarios de algún don altruista cuyo origen desconocemos, se afanan exclusivamente en alcanzar el interés colectivo, sea éste el que fuere?.
 
Propongo una hipótesis que, a expensas de la necesaria corroboración empírica, resulta plausible. Es en la patológica debilidad de la sociedad civil donde ha de residenciarse la búsqueda de una explicación. La escasa vertebración del tejido social pavimenta el camino para una especie de servidumbre voluntaria. Es en el mundo de la gente común, el mundo de la vida, donde el hombre de carne y hueso vive y muere, disfruta y sufre, se corrompe y se degrada, en donde está expuesto a todos los avatares de la existencia, una existencia de la que sólo puede emanciparse mediante un singular acto de purificación que, de manera misteriosa, opera una transformación cualitativa. Donde antes gobernaba el interés egoísta del individuo, ahora se alza majestuoso y renacido el sacrosanto interés público, la interesada subjetividad del sujeto privado es sustituida por la ecuánime objetividad de la racionalidad abstracta.
 
Se trata de una gigantesca farsa pero que ha penetrado en el imaginario colectivo. Toda esa verborrea rezuma un maniqueísmo de raíz gnóstica que está en la raíz de las tradiciones religiosas dominantes en nuestro país: la radical escisión entre el bien y el mal, el mundo de arriba y el de abajo, la luz y las tinieblas, la ciudad de Dios y el mundo pagano del pecado. Quizás no sea casualidad que en los países en los que ha predominado la tradición católica al contrario de aquellos en los que se impuso la ética protestante, la patológica debilidad de la sociedad civil ha ido acompañada de la visión degradada del mundo de la carne y del pecado, el locus  donde se ubica el detritus del cuerpo social, en contraposición a las elevadas funciones de los gestores públicos inspirados por el supremo ideal del bien común, un ideal que es por completo ajeno al círculo infernal donde habita la podredumbre que sólo puede eliminarse mediante un acto de purificación, un saltus casi ontológico a una esfera superior, el reino de la ecuanimidad y la racionalidad.
 
Se cultiva, así, un soterrado desprecio por todas las actividades prácticas de la existencia, desde la invención y la tecnología, hasta la industria y la innovación empresarial, sin olvidar a  las  relacionadas con el comercio y el intercambio que también alimentan el mezquino espíritu del beneficio. Todo ello va acompañado de una inflación de lo que, supuestamente, pertenece a lo "espiritual", una sobredimensión de lo inconcreto, lo étereo y lo abstracto que goza de mayor predicamento cuanto más inaprensible resulte.
 
"Que inventen ellos" es el ideal de esa fórmula de entender el mundo que subvierte el orden y la jerarquía de los valores que han tenido éxito a lo largo de la historia, que han favorecido la construcción de las sociedades más prósperas que el mundo ha conocido. Es el insensato susurro que canturrea desde la caverna  la oscura sinfonía de las tinieblas. En ese atávico mundo de identidades niqueladas por el oscurantismo se fraguan y conforman los arquetipos ideales que marcan el camino, los, por así decir, "héroes" de cada sociedad.
 
Nos sorprende, después, la asombrosa creatividad e innovación de las sociedades anglosajonas; nos preguntamos por qué Google, Amazom o Microsoft han surgido al otro lado del Atlántico, porque los alemanes fabrican los mejores coches del mundo o porqué los británicos dominan los mares, el comercio y las finanzas internacionales. La respuesta es sencilla: la enorme fuerza, densidad y dinamismo de sus respectivas sociedades. Los jóvenes de esos países viven inmersos en una cultura del emprendimiento y la creatividad, quieren convertirse en un nuevo Steve Jobs o en el Bill Gates del futuro, entre otras cosas, porque eso es  lo que la sociedad valora y respeta por encima de cualquier otro modelo.
 
 Aquí tenemos abogados del estado, notarios o inspectores de hacienda. Todo ello envuelto bajo el ropaje de una estéril meritocracia. Efectivamente, las oposiciones son populares porque son meritocráticas. Pero ¿para qué sirve todo este protocolo cuando lo que necesitamos son empresarios, innovadores, emprendedores, ingenieros y técnicos?. Parecería que el único interés consiste en asegurar cierto grado de ecuanimidad con independencia del contenido. Se escucha aquí de nuevo el insistente eco de la herencia maniquea que nos persigue: todo lo que proviene del mundo de abajo, de la sociedad civil, resulta sospechoso y parasitario. Invertir esos valores es la tarea más urgente que tenemos por delante.
 
 


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