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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




¿POR QUÉ CREEMOS EN COSAS RARAS?


Viernes, 28 de Septiembre 2018



¿POR QUÉ CREEMOS EN COSAS RARAS?

Durante los últimos días han aparecido en diversos medios de comunicación varias noticias relacionadas con la práctica de diferentes terapias alternativas que, bajo la genérica denominación de "medicina complementaria", se ofrecen a pacientes que padecen incluso graves enfermedades como sustitutivo de lo que se tilda de "medicina oficial o convencional".

En particular, destacaban las trágicas historias de varios enfermos de cáncer que decidieron abandonar la quimioterapia y los tratamientos que les ofrecía la medicina científica por esotéricas terapias a base de homeopatía y demás alternativas pseudocientíficas. El resultado fue un rápido deterioro de su estado de salud que concluyó con su prematuro fallecimiento.

Al mismo tiempo más de cuatrocientos médicos y científicos han dirigido una carta a la ministra de sanidad cuyo encabezamiento no deja lugar a dudas: "las pseudociencias matan". El prestigioso conjunto de profesionales sanitarios que firman la carta llegar a una conclusión inapelable: las pseudociencias "han llevado a la muerte a miles de personas solo en nuestro país, y lo siguen haciendo. En algunos casos, como en la muerte de Mario Rodríguez se trata de personas que no son médicos pero ejercen con impunidad desde centros que incumplen la legislación de centros sanitarios. En otros casos, como la muerte de Rosa , son médicos colegiados que actúan con el conocimiento de los colegios de médicos, que les permiten seguir engañando a enfermos graves y llevarlos, en el mejor de los casos, a caer en un engaño, o en el peor, a la muerte." Resulta verdaderamente asombroso el insólito poder y la a todas luces, injustificada influencia que el denominado lobby de la medicina alternativa, que agrupa toda clase de curanderos, charlatanes y hechiceros que practican la indecente gama de las pseudociencias desde la homeopatía hasta la quiropraxia, pasando por la reflexología o la radiestesia, ejerce no sólo sobre los ciudadanos víctimas de sus maquinaciones sino también en los centros de poder y decisión.

Hay algo inquietante en el estremecedor relato del médico y científico alemán Ernst Edzard quien desde la cátedra Laing en la Universidad de Exeter, en Inglaterra, se dedicó durante años a investigar empírica y científicamente el poder curativo de las terapias alternativas agrupadas bajo el rótulo de pseudociencias. Como el propio autor admite con toda honestidad en su magnífico libro "Un científico en el país de las maravillas", Edzard no era, ni mucho menos, un enemigo acérrimo de las terapias alternativas, ni siquiera, probablemente, un escéptico. Se educó en un entorno familiar en el que "la medicina alternativa siempre estuvo ahí, a mi alrededor. Y me sentía perfectamente, con ella". Pero Ernst Edzard era también y sobre todo un científico, un investigador acostumbrado a someter a pruebas empíricas y verificables las hipótesis propuestas. Y las terapias alternativas o la medicina complementaria no podían, ni debían ser una excepción.

Durante años realizó múltiples experimentos, aplicando un riguroso método científico mediante ensayos de doble ciego, utilizando protocolos universalmente aceptados para evaluar la presunta eficacia de muchas de las terapias pseudocientíficas: homeopatía, acupuntura, imposición de manos, etcétera. Sus resultados fueron definitivamente concluyentes: ninguna de las terapias examinadas tenían el más mínimo efecto curativo en los pacientes a los que se aplicaba. Como máximo podía predicarse, en algunos casos, un "efecto placebo" completamente estéril desde el punto de vista terapéutico.

Lo que sucedió a continuación sería más propio de la Alemania nazi, que de una sociedad tolerante y democrática como la Inglaterra de finales de los años noventa. El doctor Edzard fue objeto de todo tipo de insultos, vejaciones y humillaciones por parte de la dirección de la Universidad bajo la influencia histérica y fanática de los defensores del negocio encubierto de las pseudociencias, hasta que finalmente su departamento de investigación fue definitivamente clausurado.

Esta historia resulta muy ilustrativa porque evidencia no sólo la penetración mafiosa en las instituciones académicas y científicas de la magia del curanderismo envuelta en una deplorable cháchara pseudocientífica , sino también, y esto es lo que demanda una urgente explicación, la corrosiva proliferación de una visión del mundo precientífica y antiilustrada que creíamos definitivamente periclitada.

¿Cómo es posible que en la era de Internet, en un mundo globalizado de economía digitalizada gobernado por la tecnología y la aplicación científica del conocimiento puedan sobrevivir y expandirse semejantes creencias que no sólo carecen de toda base razonable, sino que contradicen abiertamente el paradigma dominante consolidado en la actual comunidad científica?. ¿Cómo se puede conciliar la homeopatía con el IPhone, la acupuntura con el mundo de Google y Amazon o el biomagnetismo con la física de partículas?.

La respuesta es bien sencilla: no es lógicamente posible. Pero ahí está el truco, en el matiz del adverbio. Michael Shermer, el conocido historiador de la ciencia y fundador de The Skeptics Society sostiene una hipótesis interesante: creemos en cosas raras porque una parte de nuestro cerebro no opera conforme a los patrones de la racionalidad lógica, sino que responde a los estímulos emocionales de nuestra percepción del mundo. El pensamiento científico moderno surgió aproximadamente hace doscientos años con la ilustración europea pero la humanidad tiene doscientos mil años de existencia y desde su más temprano aparecer el homo sapiens ha formulado hipótesis acerca de la realidad.

En algún momento se puso en marcha lo que Shermer denomina "motor de creencias" que puede conducir tanto el pensamiento mágico como al pensamiento científico. El motor de creencias opera como un procesador de alcance general, tan general que está en la base de todo aprendizaje y resultó un mecanismo útil para la supervivencia porque contribuyó decisivamente a reducir la ansiedad en entornos inseguros, mediante explicaciones simbólicas o mágicas que enlazaban los fenómenos causalmente y de este modo aquellos que hacían uso de ese modelo de pensamiento mágico tenían ventajas evolutivas evidentes.

Shermer sostiene que el pensamiento mágico que forma parte del motor de creencias es lo que, tomando prestado un vocablo acuñado por Stephen Gay Gould y los evolucionistas, se denomina Sprandel un subproducto derivado de un mecanismo que evolucionó con el tiempo. De este modo el pensamiento mágico sería un Sprandel, un efecto colateral del pensamiento racional. Según esta tesis "recurrimos al pensamiento mágico porque tenemos que pensar con modelos causales. El pensamiento mágico y las supersticiones existen porque necesitamos el pensamiento crítico y encontrar modelos causales. Son aspectos inseparables. El pensamiento mágico es un derivado necesario del evolucionado mecanismo del pensamiento causal."


La creencia en los ovnis, las abduciones extraterrestres, la percepción extrasensorial o las pseudociencias resultan ser un fenómeno sólo parcialmente asociado al desarrollo de la inteligencia y del pensamiento crítico. Hay personas inteligentes que mantienen creencias erróneas en cosas extrañas. La razón es, como nos han enseñado las neurociencias, que los núcleos emocionales del cerebro donde se forjan las creencias no están inmediatamente conectados con la órbita frontal que gobierna la racionalidad formal y la lógica deductiva . De este modo defendemos creencias y afirmaciones falsas a las que hemos llegado por razones poco inteligentes, porque estamos entrenados para ello. El fanatismo se gesta en la química de las emociones, aunque se consolida y se expande mediante los recursos de la lógica racional.

Parece cierto como afirma Shermer que la inteligencia es ortogonal a las creencias y estadísticamente independiente de ellas. Siendo esto así, la respuesta a la pregunta inicial exige una nueva formulación. Hay un cierto espejismo en el forzado antagonismo que contrapone una visión ilustrada del mundo con la subsistencia del pensamiento mágico, como si este resultara ser un fragmento residual de un tiempo pretérito cuyo destino es la progresiva extinción. Hay algo de eso y parece evidente que la ilustración entendida como la preeminencia de la razón, la ciencia, el progreso y el humanismo en el sentido que reivindica Steven Pinker en su último libro, acota y reduce necesariamente el territorio de la magia y la superstición. Y sin embargo, pese a todos los indiscutibles logros de la ilustración que nos ha proporcionado el mejor de los mundos que jamás ha conocido la humanidad, parece que en el corazón mismo del progreso ilustrado, se aloja, hibernando, la bestia humana que nos ha acompañado a lo largo de la historia de nuestra especie.


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