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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




¿POR QUÉ HACER LAS COSAS FÁCILES CUANDO PODEMOS HACER LO MISMO DE MANERA MÁS DIFÍCIL?.


Jueves, 19 de Abril 2018




La pregunta no es mía. Me la sugirió Jorge Tagle , el actual embajador de Chile en España, al hilo de una reflexión sobre algunas de las características más singulares que definen nuestra común idiosincracia. Según me comentaba el embajador no es infrecuente en Chile que las tareas más sencillas, que no requieren más que una ejecución elemental, se demoren, se dificulten o hasta devengan imposibles como consecuencia de los alambicados procedimientos que se adoptan para su puesta en marcha. Contaba que también en España había tenido una experiencia similar con cuestiones, en ocasiones, nimias o de muy escasa significación, como obtener una tarjeta de crédito o aplazar el pago de una compra en diversos plazos.

Le sorprendió comprobar que, tanto en España como en Chile, nos esforzábamos , a veces afanosamente, en complicar de manera innecesaria cuestiones elementales de la vida cotidiana que demandaban una solución sencilla, rápida y simplificada y como todo ello marcaba un agudo contraste con la cultura anglosajona imperante en los Estados Unidos inclinada a la simplificación y al pragmatismo, una notoria diferencia que había podido experimentar durante su larga estancia como cónsul en Los Angeles en la costa oeste de California.

El asunto dista mucho de resultar anecdótico. Es, precisamente, el orden simbólico de lo cotidiano, el universo de los usos y prácticas sociales el que refleja de manera más espontánea los profundos surcos que trazan la cultura y la tradición. Hay algo de verdad en ese aforismo de Walter Benjamin que pretendía deducir el mundo de los granos del café. La mirada microscópica que reposa sobre el objeto aparentemente insignificante nos dice más del mundo circundante que cualquier tratado de sociología política.

Lo interesante de la observación de Jorge Tagle no es tan sólo constatar nuestra vocación por complicar innecesariamente lo que de suyo carece de complejidad. Es también la acentuadísima diferencia con el orden imperante en el mundo anglosajón orientado teleológicamente a la eficiencia y en el que prevalece la simplificación metodológica. El lema en California es: "haz las cosas sencillas". El valor no está la dificultad sino en el resultado.

Resulta muy sugerente reflexionar sobre este peculiar contraste. Se pueden aventurar muchas hipótesis más o menos plausibles, pero desde el momento mismo en que escuché al embajador de Chile me sobrevino con fuerza una idea que está en la matriz de nuestra común identidad cultural, que nos proporciona un marco explicativo coherente con las diferentes visiones del mundo que conforman nuestra manera de pensar y de sentir, de formular las preguntas adecuadas y resolver las dificultades con las que nos enfrentamos.

A diferencia de lo ocurrido en el mundo anglosajón, los países mediterráneos y España en particular, recibimos tardíamente el legado de la ilustración. En particular, la revolución industrial que transformó por completo la sociedad y el paisaje de Gran Bretaña en el siglo XIX, nos alcanzó en oleadas interrumpidas y de manera siempre fragmentaria. La alta cultura, en el sentido alemán de la Kultur, se configuró tradicionalmente de manera reactiva, en muchas ocasiones adoptando un perfil contrailustrado de rígido y esclerotizado ensimismamiento, y en el mejor de los casos, siempre de vocación exclusivamente literaria.

Durante mucho tiempo, un tiempo decisivo y aún hoy, hemos vivido de espaldas a los avances científicos y lo que es peor al desarrollo de la ciencia como metodología del conocimiento. En España, durante algún tiempo, y no hace tanto de ello, hemos despreciado la ciencia y el conocimiento científico como una burda intromisión de un espíritu extranjerizante-no es tan lejano el "que inventen ellos"-, esa estúpida actitud quijotesca que nos hacía admirar los molinos de viento y despreciar las máquinas de vapor y los ferrocarriles es la misma que ha hecho florecer en nuestra cultura una especie de fanático fervor por lo inextricable, el encandilado arrobamiento ante lo abstruso teñido de la devoción infantil por lo incomprensible e inexplicado.

Padecemos el síndrome de lo que Michael Lowy ha caracterizado como "el patetismo metafísico de la oscuridad", una especie de extrañamiento ante lo inefable de raíz marcadamente religiosa que ha impregnado la totalidad de nuestra cultura del conocimiento. En ese escenario nos inclinamos fervorosamente frente a lo complejo, aunque resulte artificial, como si la dificultad en la comprensión fuese un índice de la profundidad del argumento. El dogmático principio de autoridad se erige en la clave de bóveda del saber socialmente prestigiado porque en ausencia del escepticismo metodológico que es inherente al método científico del conocimiento sólo queda el respeto sacral por una tradición inveterada no sometida al cuestionamiento empírico. Los juegos del lenguaje sustituyen la lógica de la investigación científica. El objetivo ya no es la resolución de problemas que está en la base de la experiencia del mundo sino la articulación lingüística de lo inefable como signo manifiesto de la autoridad del saber.

El pragmatismo como actitud vital-gnosológica y científica-se desprecia como manifestación de un cultura empobrecida, desvitalizada carente del ethos insondable del espíritu que alienta la fervorosa revelación del Ser. El mundo tiene que ser desvelado, no descubierto. El sello final lo proporciona una tradición religiosa que santifica los prejuicios arraigados en la costumbre y la ignorancia.

La religión, en la tradición católica que se impuso en los países del occidente mediterráneo y que exportamos a América, no ha sido ajena a este legado de empobrecimiento intelectual. La visión científica del mundo orientada a la resolución de problemas incorporaba un método revolucionario que dinamitaba la aceptación acrítica de la verdad revelada, permanente e inmutable, de las Sagradas Escrituras. El progreso del conocimiento, a través del ensayo y error, los postulados siempre provisionales de la verdad científica, la afirmación de Wittgenstein de que " lo que puede decirse debe decirse claramente" resultaba claramente inconciliable con los nebulosos misterios del cristianismo envueltos en una lógica descifrable sólo para los iniciados a través de los especialistas divinamente ungidos.

Todo ello favoreció la formación de una cultura secular que se forjó con la urdimbre, debilitada pero persistente, de una tradición oscurantista que despreciaba el conocimiento científico. Progresivamente, en la cúspide de la jerarquía del saber, se instaló una instancia inefable, misteriosa, casi ininteligible que derivó hacia un desprecio de todo saber que no estuviere impregnado de un aura de inconmensurabilidad, de dificultad casi insuperable para entender aquello que el lenguaje no podía traducir porque lo divino no nos es accesible sin la necesaria intermediación.

Paralelamente, se suscitó entre los sectores ilustrados en ese barroco oscurantismo un desprecio casi natural por todo aquello que era inmediatamente accesible sin necesidad de acudir al inevitable puntillismo exegético, patrimonio exclusivo de una minoría que se tildaba así misma de "cultivada". La claridad expositiva es inmediatamente sospechosa de falta de profundidad como si ésta sólo pudiere predicarse en los desérticos páramos de la irracionalidad. El lenguaje pretendidamente culto se tiñe de un barniz Gongoriano que lo torna incomprensible y así accede a la respetabilidad ante el tribunal de los "eruditos".

El trasunto de esta actitud en la vida cotidiana es lo que denotaba la aguda observación de Jorge Tagle: nos afanamos en generar complejidad allí donde no es necesaria, hacemos difíciles las cosas fáciles porque creemos que así son más valiosas, nos empeñamos en poner piedras en el camino porque creemos, equivocadamente, que lo embellece, despreciamos lo sencillo y lo simple, la claridad y la comprensión como manifestaciones de un espíritu intelectualmente débil, sin comprender que la debilidad habita precisamente en ese prejuicio.

Somos, en parte, herederos de una tradición que ha oscurecido el pensamiento, que nos ha marginado de las corrientes principales de la ilustración científica en Europa, que durante mucho tiempo ha sometido el juicio de la razón a los devaneos teológicos de un grupo de charlatanes. Pero hace ya tiempo que esa tradición ha dejado de ser dominante. La modernidad científico -técnica y el mundo globalizado de la era de la información la han tornado incompatible con las demandas de la inmensa mayoría de la sociedad. Hoy en día ninguna creencia, por arraigada que esté, puede sobrevivir al margen del conocimiento científico. Vivimos, como acertadamente señalaba Karl Popper, en el mejor momento de la historia. Pero, afortunadamente, nuestro reino está en este mundo.


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