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¿QUÉ SUCEDIÓ EN EL CAMINO DE DAMASCO?


Jueves, 25 de Enero 2018



¿QUÉ SUCEDIÓ EN EL CAMINO DE DAMASCO?

Todas las grandes tradiciones religiosas se caracterizan por incorporar en su corpus doctrinal elaborados relatos fundacionales que identifican a sus respectivos protagonistas mediante itinerarios simbólicos fácilmente reconocibles tanto por sus prosélitos como por aquellos que, aún no siéndolo, pueden algún día convertirse en fieles seguidores del credo en cuestión. Episodios de esta índole, de una infinita densidad emocional, jalonan la historia religiosa de la humanidad. Desde los antiguos y cromáticos mitos griegos que narran la formación del mundo y validan el ethos que nos distingue como especie, hasta la peregrinación del Profeta a la ciudad santa de La Meca o la solemne entrega de los mandamientos divinos en el aterrador escenario de una zarza ardiente en medio del monte Sinaí; todos estos relatos que discurren narrativamente desde las hazañas del héroe hasta el credo que las inspiran, forjan esa heráldica del lenguaje que identifica la adscripción a los diferentes linajes en los que se encarna la divinidad.

La tradición religiosa dominante en occidente-el cristianismo-, ha acuñado a lo largo de su dilatada historia un considerable número de esos momentos estelares que tanto han contribuido a consolidar la creencia en el acervo de la imaginería popular. La repentina y prodigiosa conversión de Pablo de Tarso-hasta entonces llamado Saúl- no es sólo uno de los acontecimientos más emblemáticos de la épica fundacional del cristianismo, sino que también entraña un profundo significado histórico y teológico para lo que fue el posterior devenir de una fe que se remite a la vida y obra de Jesús de Nazaret.

Comprender adecuadamente la singularidad del acontecimiento exige, primeramente, conocer con alguna profundidad al extraordinario protagonista de esta historia. La escolástica académica de la Iglesia nos ha legado una imagen en gran parte distorsionada de la figura de Pablo de Tarso. De ser un fanático fariseo perseguidor de los seguidores de Jesús se convirtió en un predicador incansable de la "buena nueva", en un apóstol plenamente entregado a la enormidad de su tarea difundiendo el nuevo credo entre los gentiles del imperio y desplegando en todo ello una inagotable voluntad y una indomable energía.

Y esa asombrosa historia se inició una mañana en los alrededores de Damasco. Según el relato clásico contenido en los Hechos de los Apóstoles ( 9-1-31), Pablo que había sido enviado a Damasco por el Sumo Sacerdote del templo de Jerusalén para perseguir y encarcelar a los seguidores de Jesús, cuando todavía se hallaba en las proximidades de la ciudad fue repentinamente deslumbrado por una luz relampagueante procedente del cielo que le hizo caer al suelo, mientras que una tronante voz le inquiría: “¿Saúl por qué me persigues?. Pablo, sorprendido, pregunta por la identidad de esa voz misteriosa. “Soy Jesús a quien tu persigues. Levántate y vete a la ciudad y allí se te dirá lo que tienes que hacer”. Pablo se levantó y comprobó que había perdido la vista por lo que fueron sus acompañantes quienes le llevaron a Damasco, permaneciendo en ese estado tres días, sin comer ni beber.

Aunque el relato está plagado de incoherencias- el Sumo Sacerdote carecía de jurisdicción sobre las sinagogas fuera del Templo de Jerusalén y aún más en Damasco que pertenecía a un reino independiente-y contradicciones-capítulos 22 y 26 Hechos-, es posible, sin embargo, discernir un sentido inteligible en la experiencia de Pablo.

No es necesario acudir a ninguna de las especulativas razones que se han aventurado para explicar la fantástica experiencia del camino de Damasco. Fuera cual fuera la causa física que provocó aquel episodio, lo cierto es que el relato resulta coherente con el agitado estado de confusión que turbaba la mente de Pablo en aquellos momentos críticos. Pablo se encontraba atrapado en un “impasse” religioso y vital que exigía una definición urgente. Por un lado pesaba sobre su ánimo el entorno de las enseñanzas recibidas en su infancia en la cultura profundamente helenizada de su Cilicia natal. En contraposición con todo ello gravitaba el indudable peso de su posterior conversión al judaísmo, con toda la carga doctrinal de la tradición hebraica y el exigente estilo de vida que demandaba su adhesión a la Torah.

En Damasco y en los sucesos posteriores a Damasco, están incoados los elementos característicos de la versión Paulina del cristianismo, aquella formidable y evocadora síntesis que alumbraría un nuevo y original corpus doctrinal que, progresivamente, se escindiría de la matriz original del judaísmo, separándose de la secta de los “Nazarenos”, los seguidores de Jesús, provocando en el proceso una división en la “Iglesia Madre de Jerusalén” encabezada por Santiago y Pedro.

Pablo fue el creador de una nueva religión. No era un pensador original y especialmente sutil. Tampoco un teólogo avezado en las minuciosas disquisiciones de la Torah, pero poseía en muy alto grado una fértil imaginación y una inquebrantable voluntad y seguridad en sí mismo. Y eso era todo lo que se necesitaba.

Había que construir una historia. Pero los elementos para ello se encontraban a su disposición en el fértil crisol de densa efervescencia religiosa de Oriente, un cruce de culturas y tradiciones en permanente erupción entre las que había crecido y había sido educado. El fundamento primordial del cristianismo Paulino que separó para siempre la nueva religión de los antecedentes judíos de Jesús de Nazaret, fue la incorporación a la doctrina del descenso de un Salvador divino que vino a la tierra para redimir los pecados de la humanidad. Toda la elaboración teológica posterior ancla sus raíces en esta nueva figura, que presupone dos mundos o al menos una realidad dual: Arriba, el mundo de la luz y Abajo, dominado por la oscuridad. Ambos mundos están vinculados por la fe.

Aquí se vislumbra la impronta típica del Gnosticismo al que Pablo se adhiere si bien en una versión modificada, atenuada por la incorporación de elementos propios de la Biblia hebrea. Sobre este primigenio escenario de un Salvador divino que rezuma un edulcorado sabor gnóstico, se añaden los mitos de la muerte y resurrección de un Soter universal propio de las religiones mistéricas del oriente mediterráneo con las que Pablo estaba familiarizado desde su helenizada crianza en Tarso.

Sin embargo, aún faltaba un ingrediente fundamental: un marco histórico que confiriera sentido a la totalidad del relato. Tanto las religiones mistéricas, que eran completamente ahistóricas y ofrecían una salvación exclusivamente individual, como el Gnosticismo, limitado exclusivamente a la tradición y revelación del secreto del conocimiento, carecían del adecuado contexto que proporcionara algo más que una mera respuesta individual, que facilitara un esquema colectivo de “salvación comunitaria”. La dimensión histórica de esta atractiva y sugerente síntesis la proporcionaron las categorías del judaísmo que contenían un vasto panorama del devenir del mundo desde la creación hasta los últimos días. Pablo se apropió de ese relato y lo convirtió en una parábola de su propio esquema de salvación a través del sacrificio de Cristo.

Así se forjaron los cimientos de una nueva fe. La extraordinaria capacidad fabuladora de Pablo de Tarso, sumada a su inigualable sincretismo enraizado en la simultánea pertenencia a tres mundos distintos-griego, romano y judío- alumbró un nuevo relato de evidente atractivo poético cuya originalidad se residenciaba no tanto en el material utilizado, cuanto en la armónica disposición de una amalgama heterogénea compuesta de elementos gnósticos y residuos de las antiguas religiones mistéricas estampadas sobre el gran tapiz de la historia de Israel.

Naturalmente, nada de ello guardaba relación alguna con lo que había sido la predicación original de Jesús de Nazaret. Jesús, un profeta judío apocalíptico próximo a los fariseos, se hubiera sentido literalmente escandalizado por semejante mensaje. Jesús se mantuvo siempre fiel al código de la Torah y para el hubiera resultado increíble la figura de un Salvador divino encarnado en un ser humano y habría considerado sacrílego atribuirse esa condición. Aún más, el fracaso de su misión y la muerte ignominiosa en la cruz de un ser divino hubiera resultado del todo blasfemo para el maestro de Galilea.

Ahora, desgajado del tronco original del judaísmo militante, el cristianismo Paulino estaba preparado para transformarse en la “ nova religio”. Sólo necesitaba insertarse en el marco de una tradición escrita. Los evangelios sinópticos siguiendo el rastro de las epístolas Paulinas culminaron esa labor y al hacerlo postergaron, como lo hizo Pablo mismo, al verdadero protagonista y al auténtico fundador del cristianismo.


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