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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




Después del terrible terremoto de Lisboa de 1755, aquella gran tragedia que asoló el siglo, Voltaire se convenció para siempre de que la tierra que habitamos creada por Dios, no era el mejor de los mundos posibles y que pese a la infinita bondad divina había algo definitivamente equivocado en aquel diseño ideado por el Creador. En apenas cien páginas que pasarían a la historia de la literatura, Voltaire ajustó cuentas con el destino. Su "Cándido" se convertiría desde entonces en el símbolo universal de un arquetipo cincelado literariamente que conserva su imperturbable sonrisa, teñida de una ingenuidad culpable, incluso cuando su vida se desmorona frente a los embates de la realidad.
 
Y sin embargo, pese a todo, en última instancia Cándido sabe que sólo se engaña a medias. En todo momento es consciente de las desgracias e infortunios que la vida le depara. Sólo se niega a aceptar que el mal tenga en definitiva la última palabra. Se trata de un optimismo teñido de esperanza, pero el mundo en el que vive sigue siendo el mundo real que se rige por leyes objetivas, imperturbables frente a los denodados esfuerzos de una voluntad que fracasa una y otra vez. No es un psicótico, sólo un fracasado de una tenacidad admirable. Por eso conserva siempre abierta una puerta de salida: ese anclaje final al mundo de la vida, las cosas pequeñas y sencillas de un hogar humilde. "Hay que cuidar nuestro jardín", sentenciaba Voltaire.
 
Tres siglos después, el nuevo "Cándido posmoderno" ha perfeccionado aquella gigantesca estafa, renovando la promesa de una felicidad enajenada, mediante una suerte de ilusionismo a gran escala que no se limita al mercado de las emociones, sino que extiende sus efectos a la propia realidad que conforma el devenir de la existencia. Por fin, ahora somos dueños de nuestro destino: somos capaces de adecuar la realidad a nuestros deseos, sólo hay que pensar en el mundo que anhelamos… positivamente. La nueva ciencia de la felicidad se llama: " pensamiento positivo".
 
Si la aciaga ruleta de la fortuna le ha deparado una grave enfermedad, no cometa Ud. el error de interpretarlo como una mala noticia. Puede parecerlo pero no lo es. Esa sería una manera derrotista de afrontar lo que, de hecho, representa una gran oportunidad para proporcionar un nuevo sentido a su existencia, un reto cuya superación le fortalecerá emocionalmente y le hará sentirse orgulloso de su propia capacidad. La noticia del despido de su puesto de trabajo es poco menos que una bendición, el momento iniciático que abre su vida a un nuevo horizonte de posibilidades hasta entonces ignoradas. Si a un hijo suyo le ha acaecido alguna desgracia o ha sufrido un accidente, felicítese por su buena suerte porque esa es la ocasión para estrechar aún más sólidamente los lazos de solidaridad familiar.
 
La enseñanza que hemos de aprender es de una clarividencia abrumadora. La clave está en comprender que somos los dueños de la llave para descifrar y construir nuestra propia existencia. No se trata sólo de cambiar nuestra percepción de la realidad. No se trata de subjetivizar la experiencia, poniendo al mal tiempo buena cara. Eso no es más que un truco de magia que la psicología conductista ha descubierto hace mucho tiempo. Es algo más y algo distinto. Pensar positivamente cambia, transforma y altera la propia realidad. Podemos fabricar nuestro destino. Es el nuevo elixir del bienestar.
 
Una terapia sin contraindicaciones…. aparentes. ¿Qué hay de malo, de negativo o de censurable en afrontar las calamidades de la existencia y las penalidades de la vida mediante una fórmula semejante que ilumina el futuro amable de un presente sombrío, aunque al fin y a la postre resulte ilusorio?.
 
Si todo el asunto se redujera a la mera aplicación técnica de una terapia, a un autoengaño más o menos consciente, un producto más entre los muchos que nos ofrece el mercado de las emociones sustitutivas, la cuestión quedaría relegada al escaparate de un supermercado. Pero hay un matiz sutil que se desliza más allá del gusto de los consumidores.
 
Es precisamente lo que Barbara Erhenreich detecta en una magnífica obra bajo el sugerente título de "Sonríe o Muere. Las trampas del pensamiento positivo". El pensamiento positivo no es una técnica, no se reduce al consejo de un amigo o a una palmada en el hombro. Es una visión del mundo, una ideología que permea los nódulos fundamentales de la existencia con la pretensión de alterar no solo la percepción, sino su propia naturaleza constitutiva.
 
Se trata de una perniciosa variante del "pensamiento mágico" que se fundamenta en lo que se denomina una "ontología creativa" de la existencia, sugiriendo la idea de que la realidad no es más que un constructo mental, un esquema, un arquetipo standard que podemos alterar voluntariamente. Y si lo hacemos adecuadamente-pensamos en positivo-entonces entraremos por la puerta grande en el nirvana de la felicidad. Aquí hay una barrera de entrada para todos los pesimistas, los cenizos y los negativos, los individuos demasiado realistas que se niegan a abrazar la pócima de la felicidad.
 
Desgraciadamente para todos los seguidores de los gurús, los lectores de libros de autoayuda, los adeptos de la "new age", los practicantes de la "medicina alternativa" y el resto del rebaño que idolatran las infinitas modalidades de la pseudociencias, las regularidades bien establecidas de las leyes físicas no se rigen por el itinerario de ningún optimismo de supermercado. Negar la evidencia y abandonar el camino seguro de la ciencia es casi siempre la ruta directa hacia la catástrofe. Del mismo modo que nadie comprendería a un individuo que estallara en un llanto inconsolable cuando le ha tocado la lotería o cuando recibe la noticia de que le han concedido el trabajo de su vida, igualmente absurdo resulta quien pueda sentirse afortunado cuando le entregan la carta de despido o le anuncian  una tragedia familiar. Abogar por el realismo científico no significa ensombrecer el lado amable de la vida, pero tampoco ignorar los momentos oscuros de la existencia, porque en esa dialéctica se residencia el avance del conocimiento, que es tanto como decir el fundamento de nuestra civilización.
 
 


Miércoles, 27 de Enero 2016

La fórmula pensamientos iconoclastas nos remite a una tradición que hoy permanece casi enteramente olvidada. Cierto es que nunca gozó de excesiva popularidad, ni tampoco lo pretendió. En el Olimpo del pensamiento la crítica intempestiva está condenada a vivir en la clandestinidad. Su lugar no es la Academia. Se halla más confortablemente instalada en un tonel. Diógenes nunca fue un escolástico. Y sin embargo aquella existencia degradada, marginal, que rozaba la locura, resultaba, en un sentido morbosamente atractivo, mucho más sugerente que la Metafísica de Aristóteles porqué susurraba el anhelo de un momento utópico, aun pagando el alto precio de la estridencia.
 
Hoy, ante la clausura categorial que impone el universo cerrado del discurso oficial, el pensamiento crítico subsiste y revive entre las grietas del sistema, contemplando el mundo desde una perspectiva subjuntiva que nos dice más lo que debería ser que lo que es. Aunque resulte frágil e inestable hay una oportunidad para construir una perspectiva que preserve la identidad de las cosas sin caer en la banalidad de un melancólico romanticismo utópico. Y esto es con toda humildad la alternativa que pretendo desarrollar en este formato que generosamente me ha brindado FIDE.
 
El objetivo es nutrir una corriente de pensamiento que necesariamente ha de retroalimentarse reflexionando sobre segmentos de la realidad que, por minúsculos que parezcan, son susceptibles de abstracciones generalizadas porque contienen una expresión de la totalidad, sea en la forma de crítica literaria, artística, científica, social o económica.
 


Viernes, 8 de Enero 2016