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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




¿QUE DECIMOS CUANDO HABLAMOS DE DIOS?
Probablemente muchas cosas, quizás demasiadas. Partimos de una evidencia empírica incontestable: la modernidad tardía ha fragmentado definitivamente la homogeneidad del contenido semántico de la fe en Dios. Dios es hoy un concepto formal con una multiplicidad de significados. Y desde esta constatación Juan Antonio Estrada en su magnífico libro del mismo título se interroga por la validez de la fe en una cultura escéptica.

Se trata de una obra singular en un sentido muy específico porque representa un honesto y genuino intento por parte de un teólogo católico de legitimar la fe religiosa o lo que pueda quedar de ella, en un mundo que se identifica y reconoce como posreligioso, en el que los paradigmas científicos y la racionalidad crítica han sustituido a las antiguas cosmovisiones filosóficas y religiosas. El autor lo admite sin ambages: “lo que ha sido la religión para la sociedad durante milenios ha comenzado a ser la ciencia en occidente desde el siglo XIX”. Y así, la razón científica se ha convertido en el modelo fundamental del saber exigiendo que “todo conocimiento debe tener una base empírica para ser cierto”.

Entonces, en una cultura postmetafísica en el que todo conocimiento y toda creencia está obligado a legitimarse ante el tribunal de la razón, ¿cuál es el territorio, el espacio que puede ocupar la religión?, ¿Cuál es el sentido y el alcance de la fe?, ¿Qué significa hoy hablar de Dios?.

Juan Antonio Estrada, además de doctor en teología es un filósofo formado en la tradición del pensamiento crítico, buen conocedor de los desafíos de la modernidad que han erosionado definitivamente el pensamiento escolástico, y acierta plenamente en el diagnóstico. No hay nada que objetar a la indiscutible hegemonía del canon científico frente al que ha de medirse cualquier otro conocimiento. Cualquier creencia con pretensiones de verdad debe ser justificada críticamente y sólo resulta plausible en la medida en que sus postulados se ajusten a las fronteras de las certezas científicas. La cosmovisión religiosa del mundo, que se sustentaba en la fe y en la revelación, se ha tornado problemática.

La engorrosa existencia del mal en el mundo ya no puede confinarse en el recinto escolástico de la teodicea; la experiencia subjetiva de la fe, para resultar plausible, demanda imperativamente un correlato empírico de fundamentación que pueda ser intersubjetivamente compartido; la revelación de los textos canónicos se ha convertido, por mor de la crítica exegética, en un coro de voces disonantes y por último, la resurrección y la salvación por el Cristo de la fe exigen una anticipación en este mundo más allá del clásico mesianismo utópico.

Pero una vez admitido todo esto, subsiste la pregunta ¿qué podemos decir de Dios?. Y es precisamente aquí donde quiebra la locuacidad crítica del autor. La penetrante agudeza del brillante diagnóstico se diluye en poco más que un susurro cuando se trata de formular respuestas. Juan Antonio Estrada parece inclinarse por alguna variante de la teología del silencio porque su alternativa se limita al ejemplo ético de la vida de Jesús de Nazaret y la esperanza de la resurrección en una vida futura como testimonio de su muerte en la cruz.

Pero esa, precisamente en un mundo como este, no puede ser una respuesta satisfactoria. Porque ambas cuestiones más que resolver el problema lo desplazan. Tanto el Jesús de la historia como el Cristo de la fe-el de la resurrección-resultan hoy extraordinariamente problemáticos. La crítica exegética y el largo proceso de desmitologización que se remonta a Bultman y a sus epígonos y que alcanza hasta la moderna crítica anglosajona, ha convertido el Jesús de la historia en un terreno extraordinariamente resbaladizo para las creencias fideístas. Por lo demás, la resurrección ni siquiera pertenece a ese ámbito y su historicidad es desechada incluso por un teólogo ortodoxo pero intelectualmente honesto como Joachim Gnilka.

Debemos entonces preguntarnos si la insuficiencia de las respuestas no será un índice de las extraordinarias dificultades con que tropieza la mera formulación coherente de la pregunta. Una vez que la religión ha perdido la hegemonía ideológica de su visión del mundo, su inevitable “aggiornamento” conlleva necesariamente una depotenciación de sus elementos constitutivos, particularmente de aquellas instancias vinculadas a las explicaciones y justificaciones de la existencia y de las preguntas últimas por el sentido. Hoy cada uno habla de Dios a su manera, con un significado distinto casi para cada ocasión. Y lo que es peor muchos no hablan. La idea de Dios no sólo ha perdido pertinencia intelectual como afirma Juan Antonio Estrada. Para una mayoría ya no suscita interés. En la medida en que la ciencia ha sustituido a la religión en la respuesta a las preguntas últimas, no hay ningún hueco en la conciencia que pueda ocupar dignamente la religión.

 Obligada a justificarse críticamente, la religión se ha mostrado incapaz de conservar un lugar para Dios. Porque ese refugio que el autor imagina- el sentido último de la vida- ha sido también colonizado por la conciencia del individuo que ya alcanzado la mayoría de edad y se ha emancipado definitivamente de las cosmovisiones míticas. La pregunta por el sentido de la vida-como universal colectivo-ha perdido pertinencia intelectual en la medida en que la ha ganado el hombre concreto del aquí y ahora. Cada vida tiene su proyecto y cada uno es consciente de que esa es su tarea.

El hombre de nuestro tiempo está perfectamente instalado en la finitud porque la ciencia le ha proporcionado la certeza de que el mundo es todo lo que hay y nada más que lo que hay. La necesidad de trascendencia, si queremos llamarla así, no se vincula a la existencia de Dios sino a las leyes de la biología. Al final, ese es el corolario obligado del acertado diagnóstico que hace el autor. Y por eso Juan Antonio Estrada termina por ofrecer poco más que una teología de mínimos: una guía ética y una esperanza escatológica, para la que admite, el cristianismo carece de fundamento.

Es cierto y en justicia debemos concedérselo al autor, que una religión despojada de toda esperanza soteriológica y reducida a un mesianismo terrenal resulta mucho más aceptable en un mundo dominado por la hegemonía de la razón científica. Sólo al precio de esa devaluación la religión logra el aura de respetabilidad que desesperadamente necesita para ser tomada en serio. Pero entonces el Dios del que hablamos, si aún el concepto conserva algún significado, es el Dios de Spinoza no el de los Evangelios.
 
 


Jueves, 18 de Febrero 2016

DE ESPERPENTOS Y TITIRITEROS

Los incondicionales apologistas de la marca España deberían estar de enhorabuena. Nuestro país ha vuelto a acaparar las portadas de los principales diarios internacionales. Y nuevamente ha sido por lo de casi siempre. Esa incorregible inclinación al esperpento que nos ha acompañado desde Viriato y que tanto ha contribuido a forjar nuestra identidad nacional sobrevive incluso en las más adversas condiciones de la era digital y la modernidad tardía.
 
Esta vez el detonante, porque de eso se ha tratado, ha sido la representación en un teatro de guiñol de una burda parodia que pretendía ironizar, en un tono rastreramente anarquizante, sobre la corrupción de la investigación policial y la persecución de los disidentes. En ese contexto uno de los títeres exhibía una pancarta con un acrónimo en el que se hacía figurar la leyenda de organizaciones terroristas. En definitiva, una estupidez de mal gusto y que desde luego no era adecuada para un público infantil.
 
Naturalmente, esta nimiedad no hubiere merecido siquiera un recuadro en la última página de ningún medio de comunicación, si no hubiere sido por lo que sucedió a continuación. Los autores de la obra fueron detenidos, acusados por la fiscalía de un delito de enaltecimiento del terrorismo y enviados a prisión. El ayuntamiento, que  patrocinaba la representación fue objeto de las críticas más acerbas hasta el punto de que la alcaldesa se vio obligada a pedir perdón por el error cometido….. Y durante varios días este episodio ha centrado la atención nacional.
 
Que un acontecimiento de esta naturaleza, que en una sociedad normalizada no alcanzaría el umbral de una cháchara de patio, se haya elevado a la categoría de suceso nacional es la mejor evidencia empírica de cómo en este país, estamos expuestos al designio impredecible de fuerzas caóticas completamente ingobernables. El aleteo de una mariposa puede desencadenar un terremoto y un delirio obsesivo de persecución produce el mismo efecto letal cuando entra en contacto con cualquier realidad sensible.
 
Salvo en la Alemania de los años treinta a nadie se le hubiere ocurrido vincular una acción terrorista con la pancarta de un títere en un guiñol……. Excepto a esa inagotable fuente de imaginación que tiene en el esperpento nacional un proveedor inagotable. Y así, un Juez de la Audiencia Nacional en connivencia con la fiscalía, usurpando de manera evidente la competencia, acordó la prisión provisional de estos peligrosos terroristas ……sólo para revocar su decisión cinco días después aduciendo que no había riesgo de continuidad delictiva porque literalmente se habían requisado los muñecos……
 
Por supuesto, tan ecuánime juzgador, incapaz una vez más de rectificar el error, obliga a los terroristas a personarse diariamente en el Juzgado de su domicilio para evitar el riesgo de su inminente fuga….. Solo una pregunta: ¿a que todos Uds. saben lo que pasará cuando el procedimiento se archive porque los hechos no sean constitutivos de delito?..... pues eso, lo de siempre. Mi amigo vuelve a tener razón: aquí nunca pasa nada y cuando pasa se le saluda. Y mientras tanto, a esperar la próxima


Jueves, 11 de Febrero 2016





 
Mucho me temo que así será. Leo en el periódico que el Tribunal Supremo ha ordenado la puesta en libertad de Romano  Van Der Dussen porque le ha absuelto de la condena por violación que le impuso en su día la Audiencia Provincial de Málaga. Los marcadores genéticos han acreditado sin género de dudas que el autor de aquellos crímenes era un ciudadano británico detenido en Londres, sin ninguna conexión con Romano.
 
 Y aún así la Sentencia de nuestro Alto Tribunal le absuelve de uno sólo de los tres delitos de violación por los que fue condenado, porque no existen muestras genéticas de las otras dos violaciones con las que comparar el perfil del verdadero autor y ello, pese a que se cometieron prácticamente en el mismo lugar y en el transcurso de hora y media, curiosamente los mismos criterios que utilizó la Audiencia Provincial de Málaga para justificar la Sentencia condenatoria. En el ínterin, han transcurrido 15 años en los que este ciudadano holandés ha sufrido todo tipo de agresiones, palizas, vejaciones y humillaciones en siete cárceles españolas. Un entreacto demasiado largo, que concluye para mayor vergüenza y escarnio sin un gesto de disculpa, sin una palabra implorando perdón.
 
¿Y ahora qué?. Sólo un cínico irrecuperable o un indigente intelectual puede pensar que se ha hecho justicia. En un país civilizado la puesta en libertad de Romano Van Der Dussen no sería nunca el final de esta malhadada historia. Ahora resta por escribir el capítulo más apasionante con el que se debe iniciar el principio del fin. ¿Quiénes son los responsables de todo este gigantesco despropósito? ¿Dónde estaban la Fiscalía y los defensores de la legalidad durante los 15 largos años en los que Romano ha permanecido en prisión condenado por un delito que no había cometido? ¿Quién va a reparar los extraordinarios perjuicios de todo tipo que la desidia, la negligencia y la incompetencia de unos ineptos le ha ocasionado?.
 
No habrá que esperar mucho para escuchar la inacabable y agotadora letanía de excusas, explicaciones y justificaciones plagadas de estúpidos tecnicismos a los que apela tradicionalmente esa exangüe casta esclerotizada para disimular su ineptitud e incompetencia. La mala suerte, el azar, la esquiva fortuna, los inevitables errores y todo el arsenal al uso con el que habitualmente adornan su caprichosa arbitrariedad.
 
¿Será distinto esta vez?. No son buenos tiempos para extender patentes de corso. La ciudadanía está cansada, agotada de sufragar con su esfuerzo, su trabajo y su dinero el coste de una administración que presenta claros síntomas de descomposición moral. Pero no seamos ingenuos. No hay demasiadas razones para la esperanza. Vivimos en un país que ha hecho de la vieja fórmula de Lampedusa "cambiarlo todo para que todo siga igual" una visión del mundo. Veremos.
 


Jueves, 11 de Febrero 2016

La trágica fatalidad que arruinó para siempre la vida del ciudadano holandés Romano Van der Dussen merecería, sin duda, un remake de “El expreso de medianoche”. Hay muchas similitudes con la versión original, pero la única diferencia dista mucho de resultar anecdótica. Porque el desgarrador relato de una vida truncada por la incompetencia, la negligencia y la perversidad no ha acontecido en una lejana dictadura oriental, sino en el corazón de la Europa civilizada, en un país que se vanagloria de estar a la vanguardia de la justicia universal, en un Estado democrático de derecho que garantiza el imperio de la ley. El nuestro.
La narración de los hechos resulta simplemente demoledora: corría el verano del año 2003. Tres jóvenes son víctimas de una agresión sexual en la localidad malagueña de Fuengirola. Pocos días después Romano es detenido por la policía en Benalmádena donde vivía desde hacía algún tiempo, acusado de intento de violación. En mayo del año 2005 la Audiencia Provincial de Málaga le condena más de 15 años de prisión como autor del delito, pese a que su ADN no coincide con el hallado en el lugar de los hechos, porque el tribunal concede mayor credibilidad a una dudosa identificación fotográfica de dos de las agredidas.
 Algún tiempo después la policía inglesa detiene en Londres a un ciudadano británico, autor de la violación y asesinato de una joven. El perfil genético del agresor coincide con las muestras que se encontraron en el lugar del crimen imputado a Romano. La policía española comprueba a través de la base de datos de Interpol la identidad, y el 23 de febrero del año 2007 emite un informe dirigido al juzgado de Fuengirola en el que concluye que es cincuenta y cuatro millones de veces más probable que el agresor sea Mark Dixie, el ciudadano británico detenido en Londres, que cualquier otra persona. Desde esa fecha el caso entra en un laberíntico bucle judicial plagado de recursos, solicitudes de libertad denegadas y gestiones administrativas cuyo resultado final es digno de figurar en cualquier antología de los errores y horrores judiciales: Romano Van der Dussen continúa en prisión, lleva once años, más de cuatro mil días privado injustamente de libertad por un delito que no ha cometido.
Lo extraordinario de este suceso no se residencia-al menos, no únicamente-en el desafortunado cúmulo de mayúsculos errores, imperdonables negligencias y detestable desidia que el caso evidencia. En un mundo en el que se toman decisiones, y el universo de la jurisdicción está sometido a esa disciplina, es una verdad apodíctica que no se puede garantizar la infalibilidad. Todos los procedimientos de toma de decisiones-y aún el sistema de justicia más depurado-padecen de un cierto grado de dispersión aleatoria, están sometidos a la probabilidad estocástica del error. Dicho en otras palabras, estamos condenados a convivir con el fracaso.
Aunque la diferencia cuantitativa es relevante, lo que verdaderamente distingue un sistema de administración de justicia eficiente de otro que no lo es, se residencia en los procedimientos de gestión de las desviaciones y los fracasos . La depuración del sistema, la corrección de los errores sólo puede acontecer mediante la aplicación de la misma metodología que nos ha legado el conocimiento científico: ensayo y error.
Lo que esto significa es bien sencillo: los errores deben tener consecuencias. Por eso resulta tan decepcionante-además de éticamente inadmisible- la respuesta de nuestro sistema de administración de justicia anclado tradicionalmente en la cultura de la queja, en la justificación atrabiliaria de la impunidad, indagando siempre en la búsqueda microscópica de la disculpa minúscula.
Padecemos un sistema de gestión de lo público-y la administración de justicia constituye una evidencia emblemática-regido por la dinámica estacionaría del “nunca pasa nada”, un mundo inerte sin incentivos ni sanciones, ajeno por completo a las consecuencias que se derivan de los resultados y que, atenazado por la esclerosis que garantiza la impunidad, es incapaz de depurarse.
Cuando este malhadado episodio termine y concluya con la puesta en libertad de la verdadera víctima de todo este gigantesco disparate, después de haber padecido durante tantísimos años los incontables sufrimientos de una prisión injustificada, los responsables de todo ello no tendrán siquiera que esforzarse en justificar su deleznable conducta. Nadie les pedirá cuentas. Y si alguien se atreve a insinuarlo se pondrá en marcha la vieja maquinaria del desplazamiento de responsabilidades con toda su inagotable parafernalia de excusas, funcionarán las ancestrales lealtades del anquilosamiento esclerótico. Bastará con depositar la culpa en cualquiera de esas abstracciones, sin nombre y apellidos, a las que nos tienen acostumbrados. Y para los más cínicos siempre quedará la mala suerte.
Y junto a este episodio indignante y desgarrador leo en el periódico, pocas páginas después, la noticia de que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha propuesto al Consejo General del Poder Judicial que reconozca que un magistrado de la Audiencia de Sevilla ha fallecido a consecuencia de la carga de trabajo que soportaba, junto con la queja de un vocal del citado organismo que lamenta la deficitaria prevención de riesgos laborales en el ámbito judicial. No me mueve ninguna inquina contra el fallecido que, con toda seguridad era un magistrado ejemplar, pero no puedo evitar la inquietud y el desasosiego que me produce semejante contraste. Me lo decía un querido amigo:  aquí nunca pasa nada y cuando pasa se le saluda. Juzguen ustedes mismos.
 
 
 


Lunes, 1 de Febrero 2016