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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




La última sesión de Freud
El domingo 3 de septiembre de 1939 mientras Neville Chamberlain, primer ministro de Gran Bretaña, se dirigía por radio al pueblo británico anunciando el comienzo de la Segunda Guerra Mundial con aquellas fatídicas palabras -"desde las 11 horas de hoy este país se encuentra en guerra con Alemania"-en el barrio londinense de Hampstead tenía lugar un duelo dialéctico entre dos prominentes figuras del panorama intelectual de la época: el Dr. Sigmund Freud, internacionalmente reconocido como el fundador del psicoanálisis, y el popular escritor y ensayista británico C. .S. Lewis . El debate versaba sobre los fundamentos últimos de la religión y la ciencia.
 
En este transfondo tan emocionalmente denso y plagado de incertidumbres se desarrolla la magnífica representación de la obra de teatro original de Mark S.t. Germain que confronta la visión materialista del mundo de un científico que, aún en el crepúsculo de su vida, agotado por la enfermedad que le consume, se niega a abjurar de los postulados que siempre defendió y la atrayente y sugestiva  perspectiva de un creyente fervoroso que mantiene incólume su fe en momentos de desesperanza.
 
Más allá del enfrentamiento dialéctico "La sesión final de Freud" nos brinda una inmejorable oportunidad para reivindicar la grandeza de espíritu y el talento sin igual de uno de los últimos representantes de aquella cultura centroeuropea forjada en el crisol de lo que se conoce como "El genio austrohúngaro" por emplear el afortunado título de la obra de Williams Johnston. El Freud de sus últimos días londinenses seguía desplegando aquella presencia majestuosa que le permitía decir a Virginia Woolf que destilaba un aura no de "fama" sino de "grandeza".
 
Es naturalmente cierto que Freud fue hijo de su tiempo. Y en algunas ocasiones esta obviedad se ha esgrimido para enfatizar las limitaciones de su pensamiento, señalando la obsolescencia de algunos de sus postulados desmentidos por los recientes descubrimientos de las denominadas neurociencias cognitivas. Nada hay que objetar a esto. El destino de todos los descubrimientos científicos es sólo ser superado por los nuevos avances de la ciencia. Pero algunos de sus críticos olvidan con demasiada frecuencia que el tiempo de Freud fue también una época extraordinariamente fructífera en el ámbito intelectual o artístico o científico.
 
La Viena de Freud fue también la de Popper, Wittgenstein, Kafka, Musil o Theodore Herzl entre muchos otros. Todos ellos conformaban un universo cultural de una asombrosa fertilidad y encontraron un terreno abonado, en donde a pesar de todas las limitaciones de una sociedad estancada y burocráticamente acartonada, o quizá precisamente por ello, el talento florecía sin cortapisas en todas sus manifestaciones artísticas, culturales o científicas.
 
En este sentido Freud fue la quintaesencia de su época. ¿Quién hubiera dicho que aquel médico vienés profundamente conservador, enraizado como nadie en la cultura burguesa de su ciudad, marginado por su ascendencia judía, una fe a la que nunca se adhirió, convertido en el tradicional patriarca de su numerosa familia, amante de sus hijos y devoto de su esposa, iba a dinamitar para siempre la arqueología  emocional del mundo al que pertenecía identificando la culpabilidad del padre con su complejo de Edipo o resquebrajando el dominio del mundo interior con el descubrimiento de las alborotadas pasiones del inconsciente?.
 
Y sin embargo, fue allí en esa Viena de fin de siglo, que sintetizaba como ningún otro sitio el mundo ambiguo y dual de la cultura centroeuropea, donde hallamos uno de aquellos momentos estelares de la humanidad, los puntos nodales de emergencia del espíritu, la edad axial de Jaspers. Hay algo distintivo que impregna el aroma de todas aquellas generaciones de grandes creadores y descubridores que emergieron en ese periodo. No es sólo el fruto de una determinada educación. Es más profundo, es la construcción de la totalidad de la personalidad; algo que capta bien el concepto griego de Paideia que Werner Jaeger describe como el Bildung del espíritu, una particular impronta del Geist típico de la cultura alemana.
 
Algo de esto se refleja también en inolvidable debate entre Freud y Lewis que tiene lugar en el escenario. Lo interesante no es el resultado de la confrontación que, el autor con buen criterio, nunca explícita. En la dialéctica cruzada de los diálogos, en los argumentos que soportan las razones de cada uno de ellos se aprecia la huella de la distinta procedencia cultural de ambos interlocutores. La complejidad casi inextricable del pensamiento de Freud, gobernado por la idea directriz de la preeminencia del método científico, producto de la rica herencia cultural del humanismo centroeuropeo, frente a la necesidad apremiante de una cultura que no se interroga por el pasado porque busca soluciones en el presente, que convierte la fe en Dios en una esperanza que va más allá del grito de desesperación de Jesús en la cruz. Es la diferencia entre entender el mundo como un conjunto de preguntas o pensar que en la tierra que nos ha tocado vivir están ya todas las respuestas, que el mundo es lo que existe y nada más que lo que existe.



Martes, 8 de Marzo 2016