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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




LA JERGA DE LOS SEÑORES

Entre los más vividos recuerdos que conservo de mi infancia se encuentran aquellas ocasionales y rutinarias visitas al médico de cabecera, como se decía entonces, en compañía de mi madre. Los resultados eran intrascendentes pero el doctor siempre se las ingeniaba para expresar el inocuo diagnóstico en un lenguaje indescifrable, una especie de cháchara pseudocientífica, a la que inevitablemente seguía la súplica claudicante del paciente: "doctor, por favor explíquemelo en cristiano". Y entonces sobrevenía un momento extático: el rostro de aquel estúpido se iluminaba como el amanecer en oriente y esbozando una sonrisa de mezquina condescendencia concluía pedagógicamente con el estribillo de siempre: " no es nada importante, el chaval está perfectamente, que se tome un par de aspirinas y listo".

Años después he sido testigo en numerosas ocasiones de "la conspiración de la jerga". Durante el tiempo que pasé en la administración de justicia, con aquellas sentencias plagadas de párrafos interminables imposibles de leer sin tomar aliento, repletas de arcaicas fórmulas estilísticas y cuyos escasos razonamientos se expresaban mediante un reguero de tecnicismos ininteligibles. Más tarde, en el propio ejercicio de la abogacía o en el contacto con profesionales de otras disciplinas, el mismo ritual iniciático, esa jerga jeroglífica que señaliza la infranqueable frontera de la identidad entre la comunidad de iniciados y el resto.

El tecnicismo lingüístico cuando resulta superfluo enmascara la lógica de la dominación. No se busca precisión y claridad en la expresión. La oscuridad del lenguaje denota los significados ocultos, no verbalizables. La advertencia de Wittgenstein es inderogable: todo lo que puede decirse, debe ser dicho claramente. En la indescifrable retórica de la jerga, aderezada con el barniz del especialísimo, se escucha el eco atávico del chamán que invoca la acéfala sentencia del abstracto fundamento del destino, aunque con ello no logre ocultar la realidad; sólo aplaza su descubrimiento.

Y sin embargo en ese largo intervalo de penumbra se las arreglan para habitar toda suerte de idioteces. Hay un saber colonizado por el lenguaje del especialísimo que se nutre de la versión literaria de aquel "síndrome de las melodías familiares de los grandes compositores" sobre el que nos advertía Robert Musil. Tiene como divisa el primer mandamiento que todo estúpido necesariamente ha de cumplir: todo lo oscuro es necesariamente profundo. Parodiando la magnífica obra de Hanna Arendt no es tanto como la banalidad del mal pero si la banalidad del ignorante. Un discurso vacuo y fatuo. "Mera palabrería expresada en lenguaje altisonante", como resumió Popper la filosofía de la jerga.

Hay algunas evidencias memorables. Me viene a la memoria la lúcida denuncia de Alan Sokal y Jean Bricmont en su obra "Imposturas Intelectuales" sobre la mistificada farsa de lo que ha venido en llamarse el "pensamiento posmoderno". En un demencial revoltijo que se caracteriza por el rechazo explícito de la tradición racionalista de la ilustración una banda de charlatanes pretende convencernos de que la ciencia es poco menos que un texto que debe ser "deconstruido", que las evidencias científicas representan tan sólo un punto de vista sin privilegio alguno de verificación , que la historia debe interpretarse en clave de género o de sospecha u otros desvaríos semejantes. Eso sí todas estas "patologías" a pesar del desprecio que sienten por la ciencia oficial, no dudan en aprovechar su prestigio inundando sus "reflexiones" con una catarata de tecnicismos sin sentido que harían sonreír a cualquier estudiante de bachillerato.

Desconfiar del lenguaje pretencioso y del tecnicismo banal e innecesario parece un buen consejo. Nuevamente el gran Wittgenstein: "de lo que no se puede hablar hay que callar. Pero lo que se puede decir, tiene que ser dicho claramente". Al margen de la disciplina específica, en el lenguaje jeroglífico de la jerga, en su indescifrable parloteo sin sentido, se esconde aquella ancestral voluntad de poder que invocaba la protección mágica de los espíritus o elevaba las plegarias de los sacerdotes en honor de los antepasados. El mismo discurso, otro lenguaje, otros protagonistas.


Miércoles, 20 de Abril 2016

EL SÍNDROME DE LILIPUT


EL SÍNDROME DE LILIPUT


Recuerdo que, cuando aún no era un adolescente y estaba aprendiendo a jugar al tenis, un magnífico y experimentado profesor me explico cuál era, a su entender, la diferencia entre los buenos jugadores y el resto: “hay algunos que ven la pelota como un balón de fútbol y siempre están en su sitio; otros sólo perciben una canica diminuta y nunca alcanzan la bola.” Entonces comprendí el secreto del juego; pero sólo mucho más tarde se me hizo evidente el alcance y significado de aquel ejemplo aparentemente banal.
 
Hay un cierto modo de estar en el mundo que fragmenta la existencia en sus componentes más elementales, que concibe el transcurso de la vida como una sucesión discreta de momentos anecdóticos. Son aquellos que viven instalados en el acontecimiento inmediato, en la insustancial sucesión de lo instantáneo, cuya visión del mundo se representa como un gigantesco mosaico repleto de insignificantes detalles, que comparten un universo microscópico sin ningún horizonte de significado.
 
Son los mismos que siempre nos advierten con ese tono cauteloso y paternalista que sólo proporciona una experiencia curtida en lo minúsculo, saboreando algunos de esos proverbios extraídos de los arcanos temores de su raquítica conciencia: “el diablo está en los detalles”. Sí, y en muchos sitios más. Son los que se erigen en portavoces de esa estética jibarizada que reduce la belleza a lo pequeño como si el Partenón, las pirámides de Egipto o la capilla Sixtina debieran formar parte de otra lista. Son los recaudadores de impuestos del mundo de la vida, los contables de la existencia, siempre preocupados porque les cuadren las cuentas aunque para ello tengan que amortizar el saldo de felicidad que nos procura la naturaleza.
 
No se trata de características aisladas. No es sólo una suma agregada de rasgos peculiares. Tienen un denominador común: la existencia en miniatura. E integran una visión del mundo. Al menos son merecedores de una etiqueta. Yo propongo denominarlo: el síndrome de Liliput. La sintomatología está extendida y se detecta por doquier: desde el íntimo recinto familiar, convertido en el núcleo de la resignada y tediosa sucesión de lo cotidiano, hasta los espacios de ocio y los momentos de esparcimiento, en esa convivencia que multiplica el aburrimiento en grupo y la trivialización de la amistad, poco más que un cotilleo compartido, hasta el lugar de trabajo en donde se multiplican las oportunidades para que arraigue ese alma mezquina entrenada en lo ínfimo.
 
Entiéndase bien lo que quiero significar. No se trata de devaluar las cosas pequeñas de la vida, ni de menospreciar a quienes encuentran deleite en ello. Hay toda una tradición intelectual que lo desmiente. Como escribió una vez Theodor Adorno: “el pensamiento se honra defendiendo lo que es condenado por nihilista”. A uno de los mejores críticos del siglo XX, Walter Benjamín, debemos la extraordinaria disección de la sociedad de su tiempo mediante ese método de mirada microscópica de inigualable profundidad. Para el observador crítico en los minúsculos fragmentos de la existencia se hallan momentos de la totalidad.
 
Pero para quienes lucen los escapularios del síndrome no sólo lo pequeño es hermoso, no sólo los detalles importan, no sólo lo cotidiano forma parte de la vida. En ese mundo se comprime toda su existencia. No hay ningún horizonte más allá de la colina. Los árboles no les dejan ver el bosque pero tampoco lo necesitan. Su vida transcurre entre los matorrales, en las laberínticas enredaderas que conducen a ninguna parte. No necesitan el destino. Y cuando se les pregunta al respecto su respuesta, invariablemente, siempre pone de manifiesto la incorrección de la pregunta.
 
Son en definitiva, la gente pequeña que habita un mundo pequeño. Se desenvuelven en una rutina aprendida, en la urdimbre de los hábitos, la disciplina de las costumbres y la estadística de sus paupérrimas cuentas. Me viene a la memoria la frase de Horkheimer en Dämmerung : “los números son para la gente pequeña. Los grandes poseen la intuición… Y con frecuencia sus resultados son mucho más acertados que las laboriosas operaciones de los pobres que pasan su vida calculando su miseria”
 
 

 




Lunes, 4 de Abril 2016