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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




¿UN PAÍS DE EMPRENDEDORES?

Como Joseph Schumpeter escribió en una ocasión toda crisis genera su correspondiente dosis de “anticuerpos”. Y la Gran Recesión que en nuestro país se ha prolongado durante casi una década no ha resultado ajena a esa inveterada tradición. En una nación cuyos gobernantes acostumbran a desafiar al destino a golpe de Boletín Oficial del Estado la tentación de inventariar una farmacopea de herbolario para consumo de la ciudadanía resultaba, sencillamente, irresistible.
Hoy ya nadie lo recuerda. Pero entonces aquella ley que pretendía cambiar el modelo productivo español a golpe de decreto se publicitó por el gobierno de turno como un hito histórico que inauguraba la nueva era de la economía digital. Acabó donde lo merecía: en el basurero, no sin antes servir de mofa y escarnio de sus desventurados autores.
La nueva administración que sucedió a aquellos descarriados tenía su propio equipo de marketing: eran más jóvenes, más modernos, venían con un master por alguna universidad de medio pelo del otro lado del Atlántico, y habían oído hablar de las “Star up” y de Silicon Valley. La receta era para los jóvenes, que por centenares de miles engrosaban las filas del paro y caían en la desesperanza, antesala de la tan temida radicalización, ante un futuro, por lo demás, completamente sombrío.
Tenían, debían convertirse en emprendedores, una palabra que comenzó su largo idilio con las pasarelas del buen gusto y de la corrección política una tarde de otoño cuando Soraya Sáenz de Santamaría, una abogada del Estado cuyo único emprendimiento se reduce a un temario de oposiciones, alumbró aquella magnífica proclama.

Resulta curioso, o quizá esa no sea la palabra exacta, que en un país que tradicionalmente ha denostado la actividad empresarial, vinculándola entre otras lindezas con la denominada “cultura del pelotazo”, en el que hasta hace poco a los jóvenes talentos se los orientaba en el seno de la escuela y de la familia hacia una carrera en la administración, sea precisamente una funcionaria, aupada temporalmente al rango de vicepresidenta del gobierno, quien apadrine la nueva consigna.

Definitivamente no es curiosidad ni caprichosa coincidencia. Es el síntoma más elocuente de una patología crónica que afecta al tejido de la sociedad española, que arrastra la debilidad de una sociedad civil escasamente vertebrada víctima de una modernización tardía y a trompicones que, salvo en algunas zonas geográficas muy determinadas, fue incapaz de generar aquella cultura que entronizaba la empresa y el comercio y convertía a los empresarios en los líderes indiscutidos de la comunidad. En lugar de los Rothschild, los Krupp o los Ford aquí tenemos abogados del Estado.

¿Quién puede entonces extrañarse de que, según una reciente encuesta, uno de cada cuatro jóvenes universitarios españoles quiera ser funcionario?. Y eso que aún hemos de felicitarnos porque es la primera vez que una mayoría-el 26,2%-prefiere crear una empresa propia antes que incorporarse a la administración pública. Tampoco nos puede extrañar que sean precisamente los titulados en ingeniería y arquitectura los que más proclives se muestran a asumir una iniciativa propia. El otro viejo lastre de la educación universitaria española, la patética obsesión por las humanidades, proyecta aún su larga y torva sombra en aquella angosta caverna desde la que Unamuno desafiaba a Europa: “que inventen ellos”.

El mundo ha cambiado y no se vislumbra otra alternativa que la que apunta Andrés Oppenheimer en su magnífica obra: “¿Crear o Morir?” Lamentablemente no parece que haya muchas razones para la esperanza. Un país gobernado por un Registrador de la propiedad y una Abogada del Estado no parece que sea un modelo muy sugestivo para las jóvenes generaciones



Miércoles, 18 de Mayo 2016

EL EFECTO LÚCIFER

En 1971, en el reducto académico más elitista de la civilizada California- la Universidad de Stanford-, Philip Zimbardo, un psicólogo experimental hijo de inmigrantes italianos, que pasó su adolescencia correteando por las calles del Bronx y esquivando las bandas callejeras, elaboró un singular estudio de cómo determinadas situaciones ambientales adecuadamente configuradas modifican hasta el extremo la conducta de los individuos, como "los chicos buenos terminan haciendo cosas malas" cuando su comportamiento resulta condicionado por la influencia determinante del entorno.
 
El estudio que ha pasado a formar parte de los anales de la psicología clínica conocido como "El experimento de la prisión de Stanford" consistió en simular de manera muy realista un entorno carcelario integrado por veinticuatro estudiantes universitarios elegidos de una muestra previamente seleccionada, a los que se les asignaron, de manera completamente aleatoria, roles opuestos: doce actuaron como carceleros y otros doce como prisioneros. El experimento tenía una duración prevista de quince días, pero al cabo de tan sólo seis días Philip Zimbardo se vio obligado a suspenderlo.
 
 
Casi desde el principio comenzaron los problemas. El segundo día un grupo de "presos" se amotinó por las duras condiciones impuestas por los carceleros. La "revuelta" fue sofocada y a los presos rebeldes se les sometió a lo que se denominó "un tratamiento especial". Desde ese momento se generalizaron los abusos, humillaciones, actos de un sadismo inimaginable en aquellos muchachos de clase media alta y de una crueldad que desbordaba todas las previsiones. Rápidamente-tan sólo al cabo de seis días- el experimento se situó "fuera de control" y prudentemente se decidió cancelarlo.
 
El experimento de la prisión de Stanford había demostrado en condiciones de laboratorio lo que desde hacía ya tiempo se sospechaba: que seres humanos normales y corrientes, que no padecen ninguna patología especial y que viven plenamente integrados en las comunidades de su entorno, cuando las circunstancias se envilecen y el contexto lo estimula son capaces de comportarse de un modo tan cruel y depravado que excede la lógica de cualquier respuesta. No parece que haya un soporte de resistencia moral en el sustrato de nuestra naturaleza como especie que limite el comportamiento maligno, de gratuita perversidad. El sadismo es también una expresión del lado oscuro del alma humana.
 
Algunos lo habían anticipado. Aquel extraordinario estudio sobre la banalidad del mal en el que Hanna Arendt retrataba la insignificancia y vulgaridad de un burócrata desapasionado, de un hombre gris y mediocre que se encargó de gestionar la deportación de miles de judíos de toda Europa a los campos de la muerte. Adolf Eichmann no era el monstruo que el Tribunal de Tel Aviv se empeñaba en mostrar; tan sólo un miserable funcionario eficiente. Esa lúcida descripción le costó Hanna Arendt el ostracismo de la comunidad intelectual y el desprecio del pueblo al que pertenecía.
 
Después la historiografía académica se encargaría de poner las cosas en su sitio. Durante muchos años  aquel debate sobre "el pasado no superado" de la sociedad alemana impidió un análisis detallado del grado de complicidad de la población alemana durante el Tercer Reich. Años más tarde, cuando la generación que combatió en la Segunda Guerra Mundial y protagonizó el milagro económico de la recuperación se extinguía, sus hijos y sus nietos se encargaron de decirnos la verdad. Y el resultado no fue agradable. Se extendía la mancha de la culpa colectiva, aquella que un imperturbable Heidegger siempre se negó a reconocer a su discípula preferida: Hanna Arendt.
 
Hoy ya no caben muchas dudas. El experimento de la prisión de Stanford tuvo un precedente natural treinta años antes y no sólo en los territorios ocupados de la Europa del Este. Allí se perpetró la matanza. Los batallones policiales, los Einsatzgruppen, aquellos hombres grises que tan magistralmente retrata Christopher Browning en la macabra historia del batallón policial 101, esos fueron los perpetradores. Pero desgraciadamente no estuvieron solos. Millones de alemanes corrientes se convirtieron sin coacción alguna en lo que Daniel Goldhagen calificó como " los verdugos voluntarios de Hitler". Lo conocían, lo sabían y lo aplaudieron con entusiasmo. Allí se oye el eco de ese maestro de escuela alemán que relata la poesía de Paul Celan.
 
Ésa es la verdadera esencia de la maldad. Y no hay ningún misterio que desvelar, no hay ningún " singular camino alemán hacia el abismo". Habita potencialmente en nuestra naturaleza porque al fin y al cabo como nos recordaba André Malraux en "La condición humana" pertenecemos a una especie que es capaz de todo.
 
 
 
 
 


Miércoles, 4 de Mayo 2016