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Blog de la Fundación para la Investigación sobre el Derecho y la Empresa




DE MÉRITOS Y EMÉRITOS

En aquella lluviosa tarde de noviembre de 1948 nadie, ni siquiera sus mentores que habían organizado aquel enjuague, hubieran apostado un solo céntimo por ese muchacho de rostro pálido y asustadizo, de forzada sonrisa que descendía del tren que, procedente de Estoril, le traía por primera vez a la tierra que su abuelo se había visto obligado a abandonar diecisiete años antes. Pero los meandros de la historia recorren senderos impredecibles.
 
Y es la traza de esa huella que se incrusta en el destino lo que llamamos biografía. La de Juan Carlos de Borbón no es una historia sencilla. Su dificultad no estriba en la escasez del material disponible, la accesibilidad de las fuentes o la veracidad de la información debidamente contrastada. Aquel pacto de silencio con que los protagonistas de la transición sellaron su compromiso con lo que ellos llamaban "La Historia" no podía sobrevivir en un mundo coral de múltiples voces, en los códigos abiertos de la era de Internet. Pero una vez que hubo desaparecido el monopolio de la verdad oficial y se rasgó aquella "cortina de silencio", emergió con todo su poderoso atractivo aquel mito que durante treinta años los juglares de la corte se habían empeñado tan afanosamente en construir.
 
La historiografía oficial y autorizada-convertida en una vulgar apologética para consumo de plebeyos-se encargaría, de tiempo en tiempo, de apuntalar aquel edificio en ruinas. No hay una sola biografía de nuestro monarca emérito que merezca el reconocimiento de la crítica seria. Y aunque sólo sea por ello, la obra de Rebeca Quintans, "Juan Carlos I La biografía sin silencios" merece un momento de consideración.
 
Si hemos de ser sinceros, no es la calidad literaria  el signo distintivo de la obra. Tampoco es la objetividad, aún en su vertiente más crítica, la divisa de la autora. El lenguaje narrativo está impregnado de una beligerancia militante que le hace sospechoso de cualquier sesgo que el lector quiera atribuirle. Añádase a ello que no aporta ninguna novedad significativa. La autora expresamente lo reconoce. No ha tenido acceso a ninguna fuente privilegiada de información, entre otras cosas, porque todavía está vigente aquel cordón sanitario que tan laboriosamente pergeñaron los serviles cortesanos de palacio.
 
Su indudable mérito hemos de buscarlo en otras latitudes, lejos de los saloncitos afelpados  donde los amanuenses palaciegos cincelan al personaje con la argamasa de las epopeyas troyanas. Cuando se impone el canon del mito sobre el rigor de la historia la verdad se vuelve esquiva y se cobija en el relato de lo fragmentario, lo anecdótico y lo periférico. Sucede entonces que es en las zonas  tibias de la clandestinidad donde hallamos los restos arcaicos de aquello que llamamos hechos, el material con el que se fabrica la historia.
 
Durante años la iconografía oficial diseñó un arquetipo que, como una segunda naturaleza, terminó por sustituir al personaje de carne y hueso. La biografía no autorizada de Rebeca Quintans recupera ahora, desde la aventajada plataforma que proporciona la retrospectiva, la imagen especular de un monarca aquejado de los mismos vicios y defectos que la mediocre y lóbrega sociedad que le acogió.
 
Así, aquel brillante y aplicado alumno que nos retrataba Torcuato Fernández Miranda resulta ser el torpe y díscolo pupilo, de una esterilidad intelectual paralizante, que colma la bíblica paciencia de su mentor Eugenio Vegas Latapie. El hijo abnegado y leal entregado a la causa dinástica se convierte por mor de un juramento oportunista en aquella fatídica fecha de julio de 1969, en el príncipe heredero de un general insurrecto.
 
Los "títulos mesiánicos" que la hagiografía oficial ha ido construyendo tan laboriosamente durante los largos años del silencio se desmoronan paulatinamente frente a los embates de una realidad que ya no es posible desconocer. El "piloto de la transición", el garante de la constitución frente a los militares golpistas, uno de los iconos mejor elaborados por los "pintores" de la corte, deja paso al cómplice lenguaraz entregado a las mismas insidias políticas que su detestable abuelo.
 
Pero es en el íntimo recinto de la vida familiar, allí donde los vicios privados contaminan la ejemplaridad pública, donde el contraste entre la mitología oficial y la realidad prosaica de una biografía que se ha desprendido de la censura del silencio, se torna insalvable. El "patrón" como se hace llamar en la intimidad, lo es de una embarcación que naufraga a la deriva, agrietada por múltiples vías de agua que anticipan su inevitable naufragio.
 
 Aquella "gran profesional" siempre al lado y acompañando a su marido en los actos oficiales, que abandonó el exilio forzado de su tierra y de su pueblo para emprender una aventura dinástica en un país cuya lengua y costumbres no conocía, reaparece ahora como la esposa victimizada rumiando el rencor de un adulterio mediático retransmitido por las revistas del corazón a medio mundo. La última de las sustitutas, una princesa austríaca de apellido postizo, que procedente del palacio de chocolate de un principado austríaco aterrizó un día en la frívola y aburrida vida de un monarca insatisfecho ha convertido la institución en el degenerado cambalache de un juego de trileros en el que se sortea el destino de la nación.
 
El resto de aquella familia "ejemplar" se asemeja al naufragio del Titanic. En el horizonte sólo se divisa a flote un montón de cadáveres. La corrupción, las trifulcas, las maquinaciones y los desencuentros entre sus irreconciliables intereses han acabado por dinamitar el escaso rédito de una institución cuyo tiempo definitivamente ha periclitado. Para las nuevas generaciones, educadas en un mundo líquido de códigos digitales, la monarquía, con toda la inservible alharaca de su cortesano protocolo, es sólo una estampa en la historia como los castillos del Loira o la Roma Capitolina. La biografía sin silencios de Juan Carlos de Borbón anticipa, en la persona de su protagonista, su inevitable desaparición.
 
 



Miércoles, 15 de Junio 2016

SOY DEL GOBIERNO Y ESTOY AQUÍ PARA AYUDAR
Ronald Reagan, en uno de sus histriónicos arrebatos de inspiración que tanto contribuyeron a forjar la moderna conciencia de América, definió estas ocho palabras "como las más terroríficas de la lengua inglesa". Que un actor secundario de reparto se convirtiera en Presidente de los EE.UU. no debe atribuirse sólo, ni principalmente, a esa singularidad de la democracia de marketing norteamericana que privilegia la estética de las etiquetas, sino a la profunda carga ideológica empaquetada en ese atractivo envoltorio.
 
La historia de los últimos treinta años nos ha enseñado que había mucho de verdad en la crítica radical de la burocracia que inauguró la denominada "revolución conservadora" de Reagan y Thatcher. Es cierto que aquellas incendiarias soflamas ideológicas no contribuyeron demasiado a liberarnos de la insufrible carga de la burocracia y el papeleo, hasta el punto de que quizá pueda enunciarse-tal como sostiene David Graeber  en su magnífica obra-una especie de Ley de hierro del liberalismo que viene a afirmar que toda reforma o iniciativa del Gobierno dirigida a reducir los trámites burocráticos e impulsar las fuerzas del mercado tiene como efecto final, "el aumento del número total de regulaciones, la cantidad total de papeleo y la cantidad total de burócratas que emplea el Gobierno". Pero en cualquier caso aquel demoledor slogan contribuyo a poner en primer lugar de la agenda política el defectuoso funcionamiento de nuestros sistemas políticos y administrativos.
 
Desde entonces el lenguaje político de la derecha conservadora se ha apropiado del monopolio de la crítica a los excesos del intervencionismo estatal. Y no sólo en América. Ha sucedido lo mismo en todas partes. El conservadurismo político, sea cual fuere la forma o filiación que adopte, ha sido capaz de erigir un sólido corpus ideológico que ha pasado a integrar nuestro imaginario colectivo que contrapone las fuerzas del mercado, la libertad de elección y la creatividad individual al rancio y anquilosado mecanismo de la burocracia y el papeleo.
 
Y ello, ha de admitirse forzosamente, ha germinado en un terreno abonado. Hoy pasamos más tiempo que nunca rellenando formularios, padeciendo laberínticos trámites administrativos para casi cualquier cosa, peleando en las ventanillas de los ministerios y las administraciones, navegando por interminables páginas repletas de encuestas, peticiones o solicitudes que gobiernan  nuestra vida. Vivimos en un mundo enteramente administrado. Y todo ello resulta de una esterilidad paralizante y de un frustrante agotamiento para el ciudadano común.
 
"La utopía de las normas" es un brillante intento, un ensayo en la mejor tradición del género, con el que David Graeber pretende contribuir desde "el otro lado" a atenuar la asombrosa indigencia intelectual de una crítica no conservadora del "imperio de la burocracia". Y lo hace sin refugiarse en el numantino blindaje de los arcaicos cascotes del Estado del bienestar, esa especie de Linea Maginot, hoy tan perforada como un queso suizo, que constituye la última trinchera del lenguaje políticamente correcto. Su futuro es ineluctable, y no merece siquiera una palabra de consuelo.
 
Graeber como buen antropólogo extiende su penetrante mirada más allá de la superficie, busca las raíces. Parece haberlas encontrado en ese inestable y atractivo equilibrio entre el juego y las reglas que lo definen, como uno de los secretos placeres de la burocracia que tanto nos reconforta. Necesitamos normas, reglamentaciones que organicen la convivencia pero la gran pregunta sigue siendo cuantas y de qué tipo. La tesis de Weber parece haberse confirmado: la burocracia extiende sus tentáculos allí donde se implanta sin otro objetivo que su propia pervivencia.
 
Más allá del análisis conceptual siempre discutible hay algo profundamente atractivo e inspirador en "La utopía de las normas". Se trata de una respuesta que atiende al nódulo de nuestras emociones. Es el tipo de respuesta que muchos ciudadanos anhelamos frente a la intromisión totalizadora que nos impone un mundo plenamente administrado, esa irritante disciplina del papeleo y el formulario que domestica la existencia y hace surgir en quienes se afanan en preservar todavía la genuina huella del valor de lo individual, una aversión casi física frente a todo lo que conserva el aroma de aquel mundo arcaico y vetusto de funcionarios y manguitos.
 
 
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Jueves, 9 de Junio 2016